“ESTRATEGIA EMPRESARIAL”, UN RELATO DE JOSÉ LUÍS PÉREZ-FUILLERAT

Me ha llegado esta semana un relato escrito por el poeta José Luís Pérez-Fuillerat. Es un cuento curioso, que, muy lentamente, va despertando la curiosidad y la intriga del lector, lo que quiere decir que consigue su objetivo. Pero a mí, personalmente, lo que más me ha sorprendido de su narración ha sido, por supuesto, que una de mis novelas forme parte de la historia.

Me lo había advertido el propio José Luís en su correo, que acompañaba a su envío: “…ahí llevas, adjunto, ese relato que he escrito en estos días, con final especial de homenaje sergiobarciano...”

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JOSE LUIS PÉREZ-FUILLERAT

Por supuesto, su ingenio, como hace también en persona cuando nos vemos, no deja de admirarme. Un amigo con el que merece compartir un albariño.

Dentro de pocos días, también compartiremos el parto de su libro de relatos Cuentos de olores viejos y la nueva edición de mi novela El libro de las palabras robadas.

Sergio Barce

Estrategia empresarial

de José Luis Pérez-Fuillerat

  Asistía con la fidelidad de auténtico aficionado a las exhibiciones deportivas de ciclistas experimentados. La velocidad que adquieren en los velódromos y otros circuitos naturales, adoptando posturas sin la más mínima caída, los diferentes obstáculos que salvan, en perfecta sintonía con el vehículo, le parecían algo fuera de este mundo. A pesar de tanta admiración, el empleado Ernesto nunca sintió deseos de imitar a esos artistas deportivos. Su vida transcurría con una normalidad apabullante. Precisamente, asistir a esas actividades que se ofrecían de vez en cuando en la ciudad, rompían la rutina de su vida diaria: por la mañana, muy temprano, una ducha fría en cualquier estación del año; desayuno con pan tostado, frotado con una rodaja de tomate y aceite con pizquitas de sal. A las nueve, en su trabajo, puntual para fichar. Cuatro horas ininterrumpidas entre ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Comida rápida de mediodía y a las tres de la tarde, vuelta al trabajo: ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Vivía solo, pero no se sentía solo. La televisión no le llamaba la atención. Y cine, poco, sobre todo italiano. Desde aquella película en la que a Antonio Ricci le robaron la bicicleta no ha vuelto a ver más cine del país del Dante. “Tanto realismo me agota y me cierra la imaginación”, se decía para autojustificarse. Leía durante un par de horas antes de retirarse a dormir. A veces dos o tres libros a la vez. Dejaba señalada la página y seguía leyendo indiscriminadamente. Pero el final de su lectura diaria, y como lenitivo para iniciar un plácido sueño, era la relectura de las diferentes frases de personas célebres, que había grabado en las paredes de su habitación: “La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”, de Albert Einstein. La que más le gustaba y que presidía el cabecero de su cama era la de J.F. Kennedy: “Nada es comparable al sencillo placer de dar un paseo en bicicleta”. Y así acababa por dormirse, con su imagen subido a una bicicleta, palpando el libro abierto, abandonado en la cama.

Por eso, cuando se anunciaba que habría exhibiciones de acrobacia en bicicleta, o alguna otra concentración de ese deporte, nunca dejaba de asistir. Lo disfrutaba, precisamente porque su trabajo representaba lo contrario de esa actividad: la incertidumbre del ciclista, el posible peligro, no solo de algún accidente, sino, sobre todo, de fracaso en la realización final de los competidores, lo suspendían en un miedo controlado, eso sí, pero que también lo sacaban de la rutina. Estas inquietudes las comentaba entre sus compañeros de trabajo: que, aunque su ilusión sería tener valor para participar como ciclista en alguna de esas modalidades deportivas, creía que nunca podría conseguirlo, solamente por miedo al fracaso. Repetía esta palabra mucho y que aquello que dijo Samuel Beckett, “Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez, pero fracasa mejor”, no le convencía. Pensaba que, en el mundo del trabajo, un error puede costar muy caro; a veces hasta la vida. Y a él le gustaba ir sobre seguro.

Ernesto formaba parte de una compañía en la que el jefe se portaba muy bien con sus subordinados. No controlaba excesivamente sus obligaciones diarias. Sí la hora de entradas y salidas. También observaba, sin que se notara, que todos y cada uno de los empleados cumplía con su cometido y que la empresa superaba cada año los objetivos. También, por esa misma razón, una gran parte de los beneficios eran repartidos equitativamente entre todos los trabajadores.

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Cuando llegó el día de los veinticinco años de vida de la empresa, el jefe sugirió que deberían hacerse un regalo entre todos. Fue una sugerencia que consistía en que cada empleado sorprendería a otro con algún regalo. Esa fue la idea del patrón, añadiendo a su propuesta que nadie sabría a quién entregaría su obsequio. Sería una sorpresa para todos. Cada empleado debía elegir, secretamente, a quién lo entregaría. El jefe lo tenía todo controlado. Los empleados, no tanto. Pero también mantuvieron un suspense que les agradaba y les motivaba.

Llegado el día, se reunieron todos en la sala principal de la empresa. Se colocaron mesas alrededor del recinto, muy bien ordenadas y repletas de platos con diferentes viandas y bebidas. Adornos oportunos en las paredes para que se notara que era una gran fiesta. Los buenos jefes saben que, si al trabajador se le mantiene contento, la empresa prospera.

Cuando llegó el momento de la entrega de regalos, nadie era conocedor de a quién entregaría cada compañero el suyo. Todos pensaron lo que podría ocurrir, dada la propuesta tan peculiar que se les hizo, pero siguieron su juego. El jefe sabía que su idea podría acarrear algún que otro disgusto entre el grupo de empleados, pero era un recurso más de comprobación sociométrica, dentro de otros varios que aplicaba esporádicamente para conocer la actitud de sus colaboradores. Siempre como estrategias para el bienestar de sus trabajadores y la prosperidad de la empresa.

El jefe invitó a todos a brindar por la empresa y por cada uno de sus integrantes. Se hizo el silencio consiguiente, mientras intentaban el sorbo de saludo, anteponiendo el ‘chinchín’ compartido, como sonido envolvente por el golpecito entre cristales. Así, el oído completó, con el ruidito de las copas, los otros cuatro sentidos con que el vino les iba a deleitar. Comían y bebían mientras charlaban entre ellos.

Cuando el jefe estimó que era el momento de la entrega de regalos, dijo: “Esta empresa ha nacido con vocación de progreso para todos nosotros y para la colectividad. Sabéis que no soy un explotador y que esta compañía paga sus impuestos como mandan las leyes del país. Pero lo que más me interesa es que vosotros estéis contentos y que, si el negocio prospera, vosotros también. Pero he decidido que este aniversario tan transcendente sirva para saber cómo habéis reaccionado ante la propuesta que os hice. Así pues, ya podéis ir a por vuestros regalos y entregarlos al compañero que habéis seleccionado para recibirlo”.

Veintinueve bicicletas salieron de la mano de otros tantos empleados, que se dirigieron todos hacia Ernesto. Sorprendido, quedó en silencio sin saber cómo reaccionar. Todo lo imaginado sobre el mundo de la bicicleta se multiplicó. Se vio sentado en una, paseando alegremente por las calles de la ciudad; superando, en otra, montículos y escalones naturales y, alcanzando, en la más ligera, una velocidad inusitada en algún velódromo de competición. Sin miedo alguno al fracaso.

Tras esa entrega multitudinaria al compañero elegido, como si se tratara del trofeo que merece el primero que llega a la meta, siguió el abrazo del jefe y, seguidamente, un silencio total. Naturalmente, faltaba un regalo, el del propio Ernesto, el empleado fiel, constante, perfecto en su trabajo y rutinario en su comportamiento personal. Temeroso del fracaso.

Por una vez, desobedeció al jefe: no pensó en obsequiar a un único compañero. Cuando oyó aquel día la propuesta del patrón, inmediatamente, en su interior y en secreto como el resto de sus compañeros, meditó muy bien lo que iba a hacer en ese acto del veinticinco aniversario de la empresa.

Extendió una mirada rápida a todos los concurrentes y sacó un gran paquete envuelto en papel transparente, de lujo, con lacitos de colores multiplicados. Lo abrió ante la expectativa de todos y entregó a cada uno de sus compañeros y al jefe, un libro. Un mismo ejemplar para todos y cada uno de ellos de “El libro de las palabras robadas” del escritor larachense y malagueño Sergio Barce.

Quizás ustedes, lectores, estén haciéndose dos preguntas:

Una: ¿Por qué su compañero Ernesto les hace esa clase de regalo?

Dos: ¿Qué pretende el jefe con esa estrategia?

La mayoría terminaría esta historia así:

El empleado Ernesto, a la hora de decidir un obsequio para sus compañeros, pensó que, aunque un libro tiene un valor económico escaso, el que adquiere, cuando se lee, es incalculable económicamente, pues alcanza valor literario, estético, por todo lo que puede sugerir y motivar. Por otra parte, el jefe quería saber cómo reaccionaban sus trabajadores ante la recepción de un regalo y, sobre todo, quién de entre ellos sería el más indicado para sucederle algún día como principal responsable de la empresa. Pues eso.

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“LOS JUDÍOS DE MELILLA”, POR JOSÉ EDERY BENCHLUCH

 Siempre es un placer publicar en mi blog los artículos del Tabib Harofé larachense José Edery. Me ha parecido de gran interés cultural e histórico este artículo en concreto sobre los judíos de Melilla, que reproduzco a renglón seguido.

LOS JUDÍOS DE MELILLA:

ORIGEN y EVOLUCIÓN DE SU POBLACIÓN

Por el Dr. José Edery Benchluch

Como complemento instructivo a un artículo que escribí en el Hospital de El Escorial hace algunas décadas en relación al Reino Judío de Taza y sus habitantes judíos de Taza, Debdou, Guercif y Taourirt; me interesaba “la Melilla Judía”, su origen y su evolución demográfica hebrea en los últimos siglos. Los datos que me proporcionaban, para la gran mayoría desconocidos o ignorados, sus actuales habitantes u oriundos correligionarios en la Península, eran pocos e imprecisos. Ya no disponía de la magnífica Biblioteca del Casino Israelita de Tetuán, una de las más completas que ha habido sobre judaísmo y donde me he pasado tardes enteras tomando notas, entre otras, sobre la historia magrebí de mis correligionarios. Apuntes que me permitieron no solo preparar mi tesis universitaria en Historia de la Medicina referente a la “Medicina Judía en la Edad Media”; sino también escribir muchos años después un extenso artículo (del que este es un resumen) extractado de mi obra en preparación sobre “El Reino Judío de Taza-Debdou”. Así como varios capítulos de mis obras “Viajando por el Magreb Hispánico” y “Viajando por el Magreb” (que con sus 600 páginas y fotografías, a 17 euros, todavía se pueden solicitar en la “Casa del Libro” en Málaga, en Sevilla o en Madrid). Lástima que la gran mayoría de obras judaicas de la Biblioteca del Casino Israelita tetuaní efectuasen una “desconocida Aliá” por medio de desconocidas personas “transportistas” y a destinos también desconocidos, ignorados o particulares. Recuerdo entre ellas con amplia información de los judíos de Melilla: la Enciclopedia Británica, las obras de Laredo, las de Salafranca Ortega, las de los autores argelinos Shloush o de Bergé, etc…

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BARRIO HEBRERO en Melilla

Desde la expulsión de los judíos de España y Portugal y especialmente desde la desaparición de la aljama malagueña, la población judía de Melilla desapareció, bien por expulsión, bien por conversión al cristianismo o bien por migración a las vecinas ciudades y regiones musulmanas de Marruecos y Argelia. Principalmente en Marruecos en la región del Rif integrándose una parte entre sus correligionarios rifeños de las tribus judías de los Beni Rhiata así como en las ciudades fronterizas. Y por miedo a invasiones hispano portuguesas y al largo brazo de la melhoca y preta Inquisición, en poblaciones más alejadas como Taza, Berkane, Debdou, Fes o Meknés, o en las argelinas de Tlemcen u Orán. Aunque en estas por poco tiempo ya que España ocupó estas zonas del Oranesado durante tres siglos desde Felipe II y Carlos V.

En el oeste de Marruecos no se refugiaron excepto en Salé y en Tetuán. Ya que ciudades como Ceuta en 1415, o en 1471 Tánger y Arcila (en esta permanecieron hasta finales del año 1600) habían sido conquistadas por la “muy cristiana” Portugal, excepto Larache (esta lo estuvo por España de 1610 a 1689) y Alcazarquivir que sufrían el constante acoso portugués. Pero sí llegaron los judíos melillenses a Tetuán (a pesar de la peligrosa cercanía de la cristiana y portuguesa ciudad de Ceuta) fundada por moriscos granadinos en 1484 y a la que también llegaron expulsados por los Reyes Católicos muchos judeo andaluces en 1492. Muchos judíos oriundos de Melilla, gracias a su conocimiento del Mediterráneo y de las artes de navegar se fueron trasladando desde la primera década de 1600 a la “Republica de Salé-Rabat” o “de Hornachuelos”, que con labor de corso y piratería en el Atlántico y Mediterráneo fue creada por moriscos procedentes de la ciudad extremeña de Hornachos que habían sido expulsados de España por Felipe III, el mismo que dijo “Que solamente Larache valía por todo el África”.

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SINAGOGA de Melilla

La población judía de Melilla era inexistente a principios del siglo XIX por razones obvias tras la antedicha expulsión y prohibición por el Edicto de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón de 1492. Mientras que al terminar el siglo XIX eran ya alrededor de unas 600 personas residentes en Melilla. Al comenzar el siglo XX, en el año 1905 llegaron cientos de refugiados judíos procedentes de Taza que se instalaron al pie del denominado “Horcas Coloradas”, en tiendas del ejército español, y sería el embrión del “Barrio Hebreo de Melilla”. Año en que la población judía ascendió a más de 1.500 personas, por lo que se puede calcular aproximadamente la cantidad de refugiados originados por las persecuciones y matanzas de judíos por El Rhogui en la región de Taza.

En años posteriores además de la gran huida de Taza tras la destrucción de su mellah, desde las diferentes regiones rifeñas y ciudades del ex “Reino de Taza-Debdou”, como Debdou, Guercif, Taourirt, Msoun y hasta de Berkane y Oujda, fueron emigrando judíos de origen meghorashim (“expulsados”) o sefarditas mayoritariamente, y toshabim (autóctonos que eran generalmente árabe o bereber parlantes) hasta alcanzar la cifra en Melilla al terminar la Primera Guerra Mundial de unos 3.550 “hebreos”. Un adjetivo calificativo más que un vocablo como se les denominó a los judíos, para evitar lo que consideraban peyorativo, durante la República en España y en el Protectorado Español de Marruecos, a semejanza del término “Israelite” que utilizaron los franceses. Por lo que pienso que hay que agradecer a los dirigentes de algunas de nuestras comunidades, como la de Madrid, que cambiasen en su designación el término “Israelita” por el de más autenticidad de: “Comunidad Judía de…”.

Pero mi sorpresa, y la del lector probablemente, fue conocer quiénes fueron los primeros judíos que se instalaron en Melilla desde que se les autorizó oficialmente. Los primeros “repobladores” por vecindad, evolución histórica y relaciones comerciales deberían haber sido rifeños o de las ciudades cercanas o de las que pertenecieron al “Reino Judío de Taza-Debdou”.

¡Pues no fue así! ¡Los primeros judíos de Melilla procedían de Tetuán! Ciudad distante a más de 500 kilómetros de carreteras y pistas montañosas atravesando el Rif; o todavía más distante dando un mayor rodeo al sur por Taza. O por vía marítima con un vapor que esporádicamente hacía el trayecto Tánger-Orán y viceversa con escala (no siempre) en Río Martín y en Melilla. Pero sobre todo hay que pensar y recordar que no había carreteras en el concepto actual, y que los caminos y rutas, además del peligro de seguridad y bandidaje, apenas eran carrozables.

En el año 1869 se van instalando ya con mayor tranquilidad y libertad los judíos en Melilla, con la promulgación de la Constitución Española de 1869, en que se permite en España la libertad de culto, de residencia a los judíos y sobre todo para ellos el poder ser al mismo tiempo judío y español. Pero antes se van produciendo instalaciones y/o salidas temporales dependiendo de la promulgación de anteriores Constituciones. Se les abrieron las esperanzas y algunas puertas con la Primera Constitución Española de José Napoleón en 1808. Y sobre todo con la Segunda, la de Cádiz denominada “La Pepa” en 1812, en que se abolió la Inquisición aunque relativamente. Se les cayó el mazal de nuevo a los muestros a los pocos años con el retorno de la monarquía borbónica absolutista de Fernando VII y el restablecimiento parcial de la melhoca y preta Inquisición (esta fue suprimida definitivamente de hecho y derecho en 1834 por la Regente María Cristina).

Con las “Constituciones Isabelinas” de 1837 y de 1845 en que no se prohibían expresamente otras religiones, ya había comenzado una tímida llegada de judíos a Melilla. Acentuándose con la ya señalada Constitución de 1869 que les da una definitiva tranquilidad para migrar e instalarse en la antigua metrópolis portuaria fenicia, bereber y romana de Rusadir. Las siguientes Constituciones de 1876, la republicana de 1931 y la actual de 1976 ratifican la libertad de cultos y su ejercicio público o privado; excepto que fue algo más restrictiva desde 1939 durante el periodo franquista. Ya que a través del “Fuero de los Españoles” ya no autorizaba, sobre todo en la Península, los cultos y ceremonias religiosas públicas de otras religiones fuera de la católica, y con dificultad a veces también las privadas o en determinados recintos o instituciones.

Aunque ya en el siglo XVII se señala la existencia de un judío “residente en prisión o en el juzgado” llamado Moisés Melul. Y durante el “Sitio de Melilla” entre los años 1774 y 1775 por las tropas moras del Sultán Sidi Mohamed, algunos de los pocos judíos supervivientes que el Sultán colocaba desarmados avanzando delante de su tropa y que eran los primeros en ser abatidos por los defensores cristianos de Melilla, pudieron refugiarse y ser acogidos en la ciudad desconociéndose su existencia o suerte posterior.

En el año 1874, cinco años después de la promulgación de la “buena” Constitución de 1869, en el Censo de la ciudad melillense se señala la existencia de 29 judíos residentes. De los cuales 23 varones y 5 hembras, pero especificando que 27 proceden de Tetuán; y 2 varones proceden de Orán y de Gibraltar. Tres años antes, en 1871, un judío residente en Melilla, también procedente de Tetuán y llamado Abraham Aserraf es el primero en obtener la ciudadanía española. Y en el año 1904 se produce la gran repoblación de judíos en Melilla procedentes de la ciudad de Taza a consecuencia de las persecuciones y matanzas que se produjo en la destrucción total de su mellah y juderías de la región por El Rhogui y sus huestes tribales guerreras.

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Y para terminar y no ser pezgo como en las ketubot habituales de mis artículos, hay que resaltar que, sobre el origen primigenio de los judíos tetuaníes en la población mosaica de Melilla, tres de las cuatro grandes personalidades que ha tenido la ciudad nacieron y procedían de Tetuán. Como fueron D. Samuel Salama Hachuel, el profesor D. Isaac Ben David Levy y D. Yamín Benarroch Benzaquen conocidos no solo por los melillenses sino por diferentes kehilas de Marruecos y España. Ya que Rebí Abraham Cohen Dayan asesinado por dos correligionarios en 1920 era natural y procedía de Debdou.

Alrededor del año 1870 se puede cifrar la llegada a Melilla de las tres personalidades judías citadas procedentes de Tetuán. Época lógica tras la emigración producida entre la población judía tetuaní por las represalias de las autoridades magrebíes tras la ocupación de la ciudad de 1859 a 1860 por las tropas españolas de Prim y de O´Donnell. Generales que habían ganado esta “Guerra de África” tras sus victorias en las batallas de Castillejos, Tetuán y Wad Ras (con los cañones conquistados en esta última se fundieron los Leones del Congreso de los Diputados en Madrid). Represalias y persecuciones de las autoridades marroquíes tetuaníes por la lógica colaboración, confraternización y apoyo que prestaron la mayoría de los judíos de Tetuán a las tropas y civiles ocupantes en la ciudad. Ocupación que fue de gran impacto cultural en esos años y en años y siglo posterior entre una población sefardí que hablaba casi la misma lengua que el ocupante temporal, español, cristiano y extranjero.

Una de las conclusiones o Hal Hassú es que aunque los primeros pobladores judíos de Melilla provenían de Tetuán, ejercieron poca influencia cultural entre sus futuros moradores; y menos en tradiciones y supersticiones ya que los tetuaníes “casi” carecían de estas segundas; excepto su legado tradicional y habitual de no mencionar sus riquezas, dineros ni ganancias para que no se les haineara. En cambio, las siguientes oleadas migratorias, con un menor nivel cultural que los judíos de la región de Yebala, y que procedían de regiones bereberes y árabe-bereber como las del Rif, las llanuras de Taza y Debdou o los poblados de las laderas septentrionales del Atlas Medio aportaron a los judíos de Melilla gran parte de su cultura y tradiciones ancestrales judeo bereberes. En la que predominaban las supersticiones relacionadas con “el mal de ojo”; el temor a las maldiciones sobre todo provenientes de rabinos; la creencia en yenun maléficos o buenos; o una acentuada devoción a sadikim locales o tenidos como tales, asociada a un determinado marabutismo, Improntas culturales que vemos reflejadas en la actualidad en muchas personas o familias melillenses tanto en su urbe natal como en otras ciudades.

Y ya wa dezeo que no se me cahseen mis javerim de Melilia; que El Dio les jade, asín como a todos los shudiós del holam. Y ojalá veamos y mireis con sajá, simjá y vida larga un shalom para siempre en Tierras de Israel.

Se kadeó esta estitua meguilá y supeteis con este baydaber las nacencias, tzamarás y guajlás de los shudiós shloh, yeblis y españolis, ansina enfueran megorashinim o toshabinim, que levantaron el mazal y la ferza de antes y de agüera de medina Melilia.

En Málaga y para mis correligionarios y amigos. Noviembre de 2016

El Dr. José Edery Benchluch “Al Tebíb Harofé”, desde la Maestranza y el Calafa

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Sinagoga Or Zaruah / Yamin Benarroch (Melilla)

 

 

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LARACHE – ÁLBUM DE FOTOS 21

Viendo esta fotografía de los carnavales que se celebraban en el Casino de Larache, mi hermana Marisol me ha recordado que, el disfraz que nos confeccionó mi madre, hizo que yo creyera que íbamos a ganar ese año el primer premio. Como no fue así, por lo visto, me pillé un enfado monumental y no quise hablar con nadie… 

Ahí estoy con mis padres y mis hermanas Marisol y Mónica. Detrás, Puri Paz González.

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Y ya que he desenterrado esta imagen, aquí tenéis otras de más larachenses…

1973: en la foto aparecen Vicky Fernández Moraga, María Jesús Villacorta, Cristina Galbis, Fernando Muñoz, Alejandra Gomendio, Miguel Angel Ramírez, Maite Bertomeu, Conchita Serrano, José Miguel Palarea, Antonio Velasco.

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En esta otra: mi querida Mina Zaher junto a Mari Cruz Sierra, Pepi García, María José Lyoto, Pilar Vicente Ascaso, Pura Sentamans, Eva Pavón, María Emilia Vázquez, Ana María Gadea, Manoli Ruiz…

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Preciosa Ana Tessainer

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Como lo es María Poveda, que aparece en esta foto fantástica:

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Mi  hermano Abderrahman Lanjri en el Balcón, por supuesto…

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Otra preciosa larachense: Adela Ramírez

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Otra bonita larachense: Amina Salmi

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Los Reyes Magos en el Bazar de Yebari… Agachado, otro hermano del alma: El Hachmi, hecho un pincel.

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Mi querida Gabriela Grech y su familia.

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Otro amigo desde la infancia: José María López Garry, con los suyos.

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El gran Ahmed Oubali… Como siempre, de bromas.

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Claro, mi jay Mohamed Laabi, junto al gran Choukri.

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La Rondalla… Con Ketty Beniflah, Miguel Alvarez, Pilar Vicente Ascaso, María José Vilches, María José Lyoto, Pepe Mínguez, Mª Nieves Rebollo, Abdelghani Merini, Juan M. Vilches, María Emilia Vázquez, Rosa Mari Recio, Manuel Pérez, Cristina Galbis, Vicky Fernández, Alejandra Gomendio, Pepi García, Pura Sentamans…

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Si está la Rondalla, no puede faltar don Aurelio…

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Para acabar esta página, una última foto larachense: con Miguel Fernández Moraga, Pilar Velasco Sánchez, María Isabel Navarro, José Bernal, Alfredo Menéndez, Mara Ocaña, Mohamed Hargal… 

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Mucha gente querida en estas imágenes. Seguro que, como a mí, a muchos de vosotros os traerán gratos y emotivos recuerdos.

 

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NUEVA EDICIÓN DE “EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

En proceso de maquetación, Ediciones del Genal lanzará en los próximos días esta 2ª edición en papel de mi novela El libro de las palabras robadas.

Os iré informando de su salida, y de las fechas y lugares de las distintas presentaciones que se hagan del libro.

Esta es la tercera novela que leo de Sergio Barce y, engolfado en toda su ciencia literaria, proveedora de materia y espíritu, de símbolos y signos, de solaz y conocimiento, se halla siempre un hombre que nos conmueve y nos seduce, que nos provoca ese leve gesto de rebeldía frente a lo inhumano y no nos libra de una lágrima inflamada cayendo lentamente sobre las sombras del corazón.

Manuel Gahete

Presidente de la Asociación Colegial de Escritores de España, sección de Andalucía.

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Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria del protagonista, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes cargados de humo.

Víctor Pérez

ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA “TAL VEZ DAKAR”, DE PABLO MARTÍN CARBAJAL

Ayer presenté la novela de Pablo Martín Carbajal Tal vez Dakar (MAR Editor, 2016) en la Libería Proteo de Málaga. Tras mi intervención, mantuvimos un animado y divertido coloquio con el autor que se prolongó más tarde con unas buenas cervezas.

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SERGIO BARCE Y PABLO MARTÍN CARBAJAL

Reproduzco a continuación lo que dije de su libro. 

Pablo Martín Carbajal nació en Tenerife en 1969. Economista, desde 2007 ocupa la dirección general de relaciones con África en el Gobierno de Canarias. Además de Tal vez Dakar, ha publicado otras tres novelas: Tú eres azul cobalto (2006), La ciudad de las miradas (2010) y La felicidad amarga (2013).

    Dakar. Decimos Dakar, y rápidamente pensamos en el París-Dakar. En un rallye. En una carrera de automóviles. En una competición de blancos en el África negra. En un campeonato diseñado para ricos en una tierra de pobres.

Dakar. Hasta que apareció Al Qaeda, tierra para jugar y divertirse con todoterrenos, y tierra en la que olvidar a los que nada tienen. Mejor en Dakar. Que se queden en Dakar y no crucen el mar para perturbarnos. Lejos. Que sigan en su negritud.

He estado en Dakar varias veces. Siempre fueron estancias de unas horas, simples escalas, sin tiempo para conocer la ciudad y, menos aún, para conocer Senegal.

Volví a Dakar por última vez hace casi dos meses, y fue mi primera visita realmente intensa. Se trataba en apariencia de un viaje de placer, un viaje al que me habían invitado. El billete me llegó de Canarias, tenía impreso el logo Tal vez Dakar, emitido por MAR Editor, y, para hacerlo más atractivo, te regalaban una guía. Está escrita por Pablo Martín Carbajal.

En seguida pensé que se trataría de una más de esas guías que se esconden en una novela, de esas en las que su autor te muestra la ciudad, pero, en realidad, lo que pretende es decirte que es un viajero audaz y que sólo él ha sido capaz de descubrir la ciudad que nadie ha visto nunca antes hasta su llegada. Para mi alivio, el texto de Pablo Martín Carbajal, nada tenía que ver con esa clase de historias.

En pocas páginas, logró que me sintiera envuelto en algo indescifrable. Pablo Martín Carbajal me sugería en su libro que siguiera a cierta distancia a su protagonista, a Álvaro Camino, y me dejó en las escalerillas del avión que nos llevaría, a Álvaro y a mí, hasta Dakar.

En cuanto me acomodé, apenas una fila más atrás de Álvaro Camino, vi cómo éste sacaba del bolsillo del respaldo del asiento que tenía delante, un ejemplar del National Geographic, edición de Historia. Supe entonces que ése era el primer anzuelo de Pablo.

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Llegué a Dakar siguiendo a Álvaro Camino a través de las palabras de Pablo. En seguida, me di cuenta de que el intenso olor a África, ese desasosegante ambiente que emboza a quien pisa por primera vez Senegal, había desconcertado a Álvaro Camino. Me daba cuenta de que, poco a poco, Pablo lo enredaba en una maraña de sucesos que lo llevaban hacia un abismo desconcertante. No iba a ser un viaje turístico al uso, y, pronto, yo también me vi atrapado en la trampa que las frases de Pablo Martín Carbajal iban tejiendo de manera hipnótica.

En esa espiral, a la que no se ha de mirar fijamente, me encontraba en Dakar, en el Dakar de hoy, y, a renglón seguido, sin saber cómo, de pronto, estaba en el París de primeros del siglo pasado. Curiosamente, seguía a Álvaro Camino en su titubeante deambular, y descubrí que no era sino una huida.

Álvaro escapaba de un trabajo que no le gustaba, de una familia que lo asfixiaba, de un entorno que no le ilusionaba en absoluto. Y, en esa huida, hallaba por casualidad el surrealismo, el dadaísmo, el cubismo, aquel mítico París de Picasso, Breton, Chirico, Eluard…  El París de Sartre. Y yo, absorto en la lectura, lo descubría con él.

Pablo nos desvelaba la influencia del arte africano en esos artistas vanguardistas, y también el significado de la Negritud, escrito con mayúsculas.

No podía pensar, me veía en una extraña aventura en medio de un país lleno de misterio, una extraña aventura entre poetas y artistas del surrealismo, una extraña aventura entre posibles traficantes de arte africano y de potenciales estafadores de blancos ingenuos.

Pablo me había llevado hasta Senegal siguiendo a Álvaro Camino, quizá siguiendo a Pablo que se disfrazaba de Álvaro.

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Aún no sabía que nuestro viaje finalizaría primero en Abiyán y luego en Casablanca… Porque acababan de aparecer en la historia los poetas Aimé Césaire y Leopold Sedar Senghor, que se unían a Jean-Paul Sartre y a Pablo Picasso. Y mientras tanto, Álvaro o Pablo, ya no sé con sinceridad quién de ellos, me había arrastrado hasta los barrios más pobres de Dakar, hasta la casa de Musa, hasta el centro del universo de una familia senegalesa, y también a una trama de engaños en la que hay en juego una máscara misteriosa, una máscara de puro arte africano que quizá estuvo en manos de Picasso y en manos de Martin Luther King, una máscara que le ofrecía a Álvaro una mujer llamada Mariama…

Mariama. Poderosa Mariama. Álvaro Camino la describe con las palabras que le presta Pablo: “Los ojos almendrados, las pupilas negras, los rasgos rasgados casi asiáticos, las largas pestañas; abrí la puerta de la habitación y me encontré con aquella  mujer intensa y exótica, distinta y atrayente; abrí la puerta de la habitación y allí estaba aquella mujer frente a mí, como si fuese la conclusión o una pieza más del puzzle de esa jornada extraña y surrealista, la última sorpresa del día cuando pensé que ya éstas habían acabado…”

Mariama. Yo también abrí la puerta de la habitación y pensé que esa mujer no era posible.

La intriga avanzando, y yo atrapado en la historia, hipnotizado en la espiral de Pablo. Sus palabras dando vueltas, atrayéndome hasta aquel París, lanzándome de improviso a las calles ruidosas y ardientes de Dakar. Y el peligro acechando. Y de pronto los djinn, los espíritus malignos, y los espíritus bondadosos. Atrapado en la huida de Álvaro, en la maraña literaria de Pablo. Pero buscando ya a Mariama, a la máscara, al secreto.

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Seguí a Álvaro, después de visitar la vida y la obra de Leopold Seda Senghor, de descubrir su traumática experiencia en un campo de concentración nazi, un negro en un campo de concentración en la segunda guerra, un negro poeta en medio de la alambrada, en medio del genocidio blanco en tierra blanca, un negro que salvará la vida y que llegará a Presidente de Senegal, eso es Historia, con H mayúscula; pero todo ocurriendo en esta sugestiva espiral de misterio en la que el cubismo del otro Pablo, de Pablo Picasso, nos llevaba irremediablemente también a la máscara, y la máscara a Mariama, y a una obra de teatro en Dakar, en la que experimenté cómo Álvaro era drogado de alguna manera para que entrara en una habitación en la que alguien lo esperaba…

Decidí entonces dejarme arrastrar como un perro, esta vez sí; y me arrastré como se arrastra Álvaro, pero sé que quien lo hacía era Pablo, y allí nos quedamos los tres, Álvaro, Pablo y yo, a cuatro patas, frente al sexo de Mariama, a un centímetro del sexo de Mariama… El calor sofocante de Dakar, la sensualidad de esa mujer de ojos almendrados, de rasgos casi asiáticos, de largas pestañas… Pero fue Álvaro el que se adelantó, y a partir de ahí arranca una nueva e inesperada vuelta de tuerca de esa espiral que me hipnotizaba.

Hay magia en todo esto, en cada página escrita por Pablo.

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Los djinn, los espíritus de los que se protegía Mariama con un amuleto atado a la cintura, a su cintura endiablada, se apoderaban de la historia. El desconocido continente negro del que surgen espíritus inauditos, los djinn que parecían proteger a la máscara, o que la maldecían, y que se convierte en el McGuffin de la historia, y me vi junto a Álvaro tratando de hacerme con la enigmática máscara pasara lo que pasese, aunque eso significara incluso renunciar a la familia, porque la máscara estuvo en las manos de Picasso, y en las de Leoplod Seda Senghor, y en las de Martin Luther King, una máscara de valor incalculable…

Seguía leyendo las palabras de Pablo Martín Carbajal y veía las espirales que diseñara Saul Bass para los títulos de crédito de la película Vértigo de Hitchcock, porque Pablo usa una espiral para narrar, aunque son las palabras, las frases, las que giraban una y otra vez, concéntricas, hechizantes, devolviéndonos al punto de inicio para volver a avanzar, atrapándonos en un mundo lleno de misterios, de sensualidad, de intriga, de arte, de espíritus.

La Negritud. Mientras seguimos la pista de la máscara, su origen, sus avatares, sus dueños, Pablo nos hablaba a la vez de ese África que continúa sumida en el desconcierto, con las rémoras de la colonización y de la descolonización a sus espaldas, y el espectro de lo que se vino en llamar la Negritud deambulando por las calles de Dakar.

Musa es el negro senegalés que me hablaba de una filosofía diferente de la vida, una filosofía que noté que impregnaba a Álvaro y que le hacía dudar de su manera de ver el mundo. Mariama, por su parte, le hacía dudar de su vida conyugal, de sus sentimientos hacia su mujer blanca, y Musa zarandeaba los cimientos de sus creencias personales. África tiñendo de negro el alma blanca.

La huida de Álvaro es la huida de un blanco que trata de apartarse de lo peor del colonialismo. Corrí con Álvaro, pero sin saber a dónde nos llevaba Pablo. Las historias nos envolvían, la Historia con mayúscula y la historia con minúscula, y a veces creía ver a Pablo disfrazado de Álvaro, y ya no sabía si además de la Historia con mayúscula, la de Senghor, la de Césaire, la de Picasso, la de Sartre, la de la Negritud, también había una historia verdadera en minúscula. Estoy tentado por desear que sea la de Mariama la cierta. Pero no lo sé. Como tampoco sé si la máscara existe y está poseída por un djinn maligno.

Pero monté en el avión que llevaba a Álvaro Camino a Abiyán, y, aunque ya no se me permite desvelar esta parte de la historia, puedo adelantarles que Mariama y la máscara siguen perturbándome, que incluso se produjo en algún instante una pequeña trifulca entre Álvaro, Pablo y yo por convertirnos en el único protagonista de cierta parte de la historia, pero, como de todos es sabido que en las novelas el que manda es su autor, Pablo fue quien decidió qué había de suceder y quién debía de protagonizarlo.

Luego, se limitó a seguir hipnotizándome, a malmeter con un djinn, a jugar con las palabras, porque lo que ha hecho Pablo Martín Carbabal con Tal vez Dakar es ilustrarnos, intrigarnos y dejarnos en medio de lo desconocido, perdidos en una calle estridente de la capital senegalesa, a nuestra suerte, buscando algo, tal vez buscándonos a nosotros mismos.

Sólo he de añadir que su novela es un viaje original y fascinante. Una novela que hay que leer.

Y como ya dije en una reseña sobre su libro: Tal vez Dakar es simplemente pura magia negra en un escritor blanco.

Sergio Barce, noviembre 2016.

FOTOS: ELENA MORÓN

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