FRAGMENTO DE “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Aún queda algo de verano, momento propicio para leer. Para quienes no lo hayan hecho, os invito a entrar en las páginas de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del Premio Vargas Llosa de Novela y del Premio de la Crítica de Andalucía.

portada premio LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aquí tenéis un fragmento del libro:

-¿Cómo conociste a Yamila?

-La había visto actuar, pero un día la vi junto a un puesto de especias. Llevaba una chilaba turquesa y el cabello suelto. Lo primero que me llamó la atención fueron sus labios… Me pareció más hermosa que con su traje de lentejuelas… Y la seguí por todo el Zoco Grande –se le secó la boca-. Me había descubierto y advertí que me vigilaba de reojo. Yo no me ocultaba. Cuando nuestras miradas se encontraban, se azoraba. Parecía tímida, pero su boca y sus ojos me decían que no era una ingenua. Me lancé a pequeñas locuras como hacerle creer que me atragantaba con una aceituna o que iba a zamparme una sandía entera, cualquier payasada. Ella giraba la cabeza, para ocultar la risa. Recorrimos así gran parte del Zoco, hasta que en un momento dado me planté –el Olimpic de Augusto Cobos también se quedó inmóvil entre sus dedos, incluso el humo que se elevaba pareció quedar petrificado en el aire-. Me quedé parado junto a la puerta de un horno, viendo a Yamila zigzaguear por entre los carros, asegurándose de que yo continuaba tras ella. Pero aguanté en ese sitio fingiendo el más absoluto desinterés… Entonces me sonrió y yo me rendí de inmediato… –notó que algo lo hacía temblar, que ese recuerdo de Yamila lo emocionaba-. Al instante, se dio la vuelta y comenzó a bajar la cuesta. Comprendí que me invitaba a que la siguiese; ya sabes cómo actúan algunas mujeres en Tánger…

En Tánger, en Marrakech, en Mogador… malditas embaucadoras, malditas salteadoras de almas. Said Barrada había visto cómo los hombres eran capaces de las mayores vilezas por alcanzar la promesa de una mujer: robar a su patrón, engañar al mejor amigo, matar al propio hermano. Todo por una noche, todo por una ilusión pasajera que se esfuma con el alba. Pero también se guardaba una verdad irrefutable: no podía imaginar alcanzar la felicidad sin una mujer a su lado.

-Y fuiste tras de ella… –aventuró.

-Ya no había salida –Augusto sonrió-. ¿Qué podía hacer? Fue una larga caminata hasta el barrio de Hafa, interminable. Comencé a sentirme mal: una fiebre de arrebato y de sinrazón. Las calles se iban estrechando y el calor me agobiaba. Era también una fiebre de impaciencia, creía que nunca llegaríamos a donde me conducía… Pero, al fin, se detuvo frente a una puerta y me miró un segundo. Sus ojos me rogaban que esperase a una distancia prudente del callejón, y allí me aposté, sediento de sus labios y hambriento de su vientre y de sus pechos… Me consumía. Absolutamente. Así transcurrió un buen rato sin que nada ocurriese –el inspector había cerrado los ojos unos segundos, creyendo estar en Arbaoua besando a aquella mujer sin nombre-. Seguí en aquella bocacalle hasta que llegó la noche. Estaba desesperado. Habría ido entonces, sin dudarlo, hasta la puerta y habría llamado, le habría rogado con tal de estar con ella, pero sabía que debía aguardar. Tuve suerte y alguien salió del edificio, era un hombre mayor que, renqueante, fue alejándose por la calleja hasta perderse en un recodo. Dudé si debía continuar en mi puesto de vigilancia: tal vez ella me había olvidado y dormía, tal vez no creía que yo me hubiese armado de tanta paciencia –Augusto tragó saliva-. Justo en ese instante de incertidumbre, Yamila se asomó. Corrí con el corazón en la boca, deshecho por el cansancio y la tensión. Entré apresuradamente, empujado por mi propio entusiasmo, y nos quedamos muy quietos, uno frente al otro, mirándonos por primera vez. “Era mi padre” se excusó con timidez. Su aliento me llegaba en ráfagas de fuego. Me asió de la mano con un movimiento de atadura. Quise entonces tocarla pero Yamila me refrenó. “Vienen a recogerme. Debes irte” me dijo. Pasé mis dedos por sus labios, quería borrárselos para que únicamente mi boca pudiera saborearlos –Augusto se miró entonces la mano, como buscando la sombra de aquellos labios-. Ella entornó los ojos, supongo que adivinando mis pensamientos. Había tanta belleza en ese instante… Hay en Yamila un aroma a viento salvaje y un sabor a leña mojada -arrugó la frente, en un gesto de amargura, apagando su voz-. Ahora me doy cuenta de que jamás he vuelto a sentir algo parecido. No sé si me entiendes…

Said Barrada apretaba las mandíbulas. Cómo no iba a entenderlo. Él mismo tenía otros pequeños tesoros que también podrían parecer inocuos, un mundo encerrado en cuatro horas de vida. El simple y desnudo olor del cuerpo de esa mujer, perversamente inolvidable, permanecía ahí, sin que nada pudiese lograr desterrarlo, su abrazo desesperado. Súbitamente, miró a Augusto Cobos como quien duda de si sus elucubraciones han escapado, de si no ha pronunciado una palabra inadecuada en voz alta.

-Puedo imaginar qué ocurrió después –osó a decir.

-Te equivocas –Augusto clavó sus pupilas en el mar, sugestionado por la historia que él mismo estaba relatando. Se interrogaba sobre si había ocurrido tal y como ahora lo recordaba, como si le costara asimilar su propia conducta de entonces y de ahora-. No fue como imaginaba… Ella simplemente me echó, con un suave empujón, con una elegancia irreprochable; pero evitando mi mirada, como si temiera ceder o sucumbir a nuestros instintos. “Vienen a buscarme” me repetía con una insistencia que era una disculpa. Estaba en sus manos. Hube de ceder. Salimos. Al instante, apareció un vehículo. Subió a él y se marchó. Luego supe que los del cabaret recogían a las bailarinas para llevarlas al local. Curiosamente no me sentí frustrado, y me quedé toda esa noche sentado en el acantilado de Hafa, al borde de un mar apacible que, sin saberlo, presenciaba el inicio de mi cautividad –Augusto Cobos mudó, sorprendido por esta inesperada confesión suya, como si no la hubiese hecho él mismo. Pero tampoco su otro yo. Tal vez en esta ocasión hablaba su corazón. Y añadió en seguida: No. Jamás he vuelto a sentir algo así…

-Pero no es la mujer que buscas… –murmuró Barrada, jugueteando con el pitillo que saltaba de un dedo a otro.

-No sé cuál es la mujer que busco. Nunca lo he sabido. Dudo incluso que la encuentre –se miró el anillo, el único regalo de Carmen-. Seguramente tú tampoco lo sabes…

Sopesando si debía responderle o no, Said Barrada sintió una penosa y sangrante punzada en el pecho, como si le hubiesen azotado el alma.

-Yo la encontré -posó la mirada en el cigarrillo, lo partió por la mitad y se quedó mirando las hebras, como si en ellas habitara el recuerdo de las horas en Arbaoua-. Dicen que el verdadero amor sólo dura un segundo. Es lo que dicen… -si no conociera tantos detalles de la vida de Augusto Cobos Koller, al escuchar la historia que le había relatado habría podido cambiar la idea que se había formado de él e, incluso, habría podido llegar a creer que, tal vez, no existía diferencia alguna entre ellos. Sin embargo, sabía que algo insalvable los separaba, que no se guiaban por los mismos códigos, que no estaban al mismo nivel ético. Y sintió una especie de rabia mientras le preguntaba con cinismo: ¿Sigues cautivo?

Augusto frunció el cejo, meneando la cabeza de un lado a otro, lentamente, como si quisiera ganar tiempo. En esos segundos pensó que su vida afectiva era una sucesión de mujeres, una colección de imágenes frías y distantes, que hacía años se había montado en un tiovivo del que no era incapaz de bajar, y que el tiovivo seguía dando vueltas, como si hubiera comprado todos los tickets. Bajó los ojos. Sabía que en cuanto el tiovivo se detuviera, y algún día tendría que hacerlo, se encontraría solo en medio de un inmenso desierto.

-Las mujeres son mi dicha y mi desdicha –balbuceó finalmente-. A veces pienso que he amado a tantas que ya no sé amar a ninguna. Quizá no he querido a ninguna o creo que no he querido a ninguna y en realidad he amado a alguna sin darme cuenta. Puede que no sepa discernir el verdadero amor o que todo lo reduzca a sexo. La bebida me ha gastado muchas bromas y me ha costado algunos disgustos… Ni siquiera sé si reconocería a una mujer que estuviera realmente enamorada de mí. No es nada confortable llegar a esta conclusión…

Said Barrada lo escuchaba como si descubriera un mensaje oculto en cada palabra. Halló una amargura profunda en su lacónica letanía.

-¿Pensabas en Yamila cuando escribías el libro? –Barrada trataba de ayudarlo a desmadejar sus dudas.

-Cuando se crea, coges, hurtas y robas retazos de muchas vidas, tantas como cuantas conoces. Es como montar un puzzle con las piezas que te convienen. No dudo que Yamila esté ahí… -tomó aire, y tragó saliva-. Es curioso que no haya olvidado aquella emocionante persecución por el Zoco Grande… –y en ese instante supo que la noche sería para ella.

Pero cuando escuchó de nuevo al inspector, Augusto Cobos se limitó a pestañear automáticamente, como si lo hubiesen despojado de su libertad, como si lo hubieran encerrado en el penal del Hacho.

-Te daré un consejo, jai: ten cuidado con esa chiquilla con la que te estás viendo. Juegas con fuego. Y, tal vez, tu baraka te abandone en esta ocasión…

Estuvo a punto de jurarle que nunca más volvería a verla, pero apartó la mirada y siguió las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana. La tormenta restallando en medio del mar.

 

foto SLB

foto de Salvador López Becerra

 

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ADIÓS, CAPITÁN TRUENO

EL CAPITAN TRUENO

EL CAPITAN TRUENO

Ha fallecido Víctor Mora. El escritor que creó el Capitán Trueno y al Jabato. Aquellos cómics fueron mis primeros libros de aventuras, y los disfruté profundamente. Soñé y viajé. Por eso le doy las gracias a este creador que fue un hombre comprometido. Siempre en busca de la justicia, con el Capitán Trueno, Goliath y Crispín… Maravillosa infancia.

Reproduzco el artículo que ha escrito Juan José Téllez con motivo de la pérdida de Víctor Mora. Para leerlo entra en el siguiente enlace:

http://www.publico.es/opinion/victor-mora-escritor-comunista-creo.html

EL JABATO

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VICTOR MORA

VICTOR MORA

 

 

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“ÍTACA”, UN POEMA DE KONSTANTINO KAVAFIS

ÍTACA

 de Konstantino Kavafis

(Alejandría, Egipto, 1863 – 1933)

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 

pide que el camino sea largo, 

lleno de aventuras, lleno de experiencias. 

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón, 

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta 

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. 

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes 

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo. 

Que muchas sean las mañanas de verano 

en que llegues -¡con qué placer y alegría!- 

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

Te siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

Edición y traducción de Pedro Bádenas de la Peña, para Antología poética, de Alianza Editorial. Madrid, 1999.

KAVAFIS

KAVAFIS

 

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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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“Jardín de las Hespérides, 1971” (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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“MI AVIÓN HERIDO”, UNA NOVELA DE MARIO CASTILLO

MI AVIÓN HERIDO portada

La imagen del silencio, novela con la que Mario Castillo ganó el Premio de Narrativa Feria del Libro de Almería, me descubrió a un escritor inmenso. Ahora, veinticinco años después, su última novela Mi avión herido, ha sido galardonada con el Premio de Novela María Zambrano de Málaga, y me ha reafirmado en mi idea: es un narrador excepcional, y que, además, ha crecido con los años.

“…Me acerqué a la puerta de la primera cuadra, la más cercana a la cafetería, en donde el Indio dormía. Golpeé con los nudillos suavemente. No hubo respuesta. Volvía a intentarlo. Nada se movió tras la puerta. Esperé un instante y golpeé de nuevo, esta vez más decidido. Ya he terminado, susurré. Oí ruidos de muelle de somier viejo, un carraspeo y unos pasos dudosos acercarse. El Indio entreabrió la puerta y me miró como si no me conociera. Tenía mal aspecto, ojeras, el pelo enmarañado y no se había preocupado de cubrirse como otras ocasiones. La mano derecha sostenía la puerta a medio abrir, la izquierda se mesaba la larga melena. Durante los segundos que duró su desconcierto, me afané en asomar una mirada furtiva entre las sombras. Ya he terminado, le dije. No pareció haberme entendido. No sé ni siquiera si me oyó. Frunció el ceño y levantó la cabeza hacia el cielo ya casi amanecido. Me volvió a mirar a los ojos y me sorprendió escudriñando el interior a sus espaldas. Me sentí cazado y aparté la vista. Le miré a los ojos con mucha concentración. Ya he terminado, le repetí. Siguió ignorándome mientras me miraba largamente. Giró la cabeza ligeramente hacia el interior, pensativo. Después se sonrió cómplice y tras un breve asentimiento para sí mismo, abrió la puerta de par en par sin dejar de mirarme a los ojos. La escasa luz del amanecer se deslizó por el suelo de albero hasta llegar a los pies de la cama. Para mi sorpresa, aquello no parecía una cuadra. No había comedero y aunque las paredes eran de tabla como las demás, estaba decorado con algunas fotos y pósters de caballos, aperos de labranza, una silla de montar y algunas herraduras colgadas de alcayatas. Su cinta del pelo pendía de un perchero de hierro sobre el cabecero. Una chica joven, casi adolescente, de pelo muy corto como el de un muchacho, estaba tumbada desnuda en la cama. La penumbra dejaba ver una piel muy blanca que contrastaba con el pardo de la manta que se arremolinaba contra la pared de madera de la cuadra. Tenía los pechos muy pequeños y el vello púbico negro azulado y brillante, coronaba unas largas piernas de bailarina. Algo se movió junto a la cama. Fue entonces cuando vi a la segunda chica. Esta otra de pelo rubio y media melena, algo más robusta de carnes y pechos grandes, se removía sobre un jergón en las sombras. Parecía desperezarse, pero ya no me atrevía a mirar más y le devolví la mirada a los ojos del Indio que continuaban clavados en mí. No había perdido la sonrisa juguetona y sorprendida…”

Cuando acabé de leer este nuevo libro, sólo le envié un escueto WhatsApp para que supiera que ya lo había acabado. Mario sabía que lo estaba leyendo. Hablamos hace un par de días. Le había llamado, pero, al no responderme, imaginé que estaría volando. Acerté. Me devolvía la llamada nada más tomar tierra. ¿Qué te ha parecido? Me espetó, con la respiración entrecortada. Le ocurre cuando está ansioso. Le dije que no hubiera podido hablar al acabar con su novela, me sentía entonces demasiado emocionado, y que, por ese motivo, me limité a mandar ese corto mensaje. Con esa frase, Mario comprendió que su libro me había fascinado. Además, añadí antes de que me dijese nada, he volado con sus páginas. Podía imaginar su cara al oírme decirle esto. Estaría sacando pecho como un gallo en su corral.

Mario Castillo tenía algunas heridas en su vida, y además mantenía una deuda pendiente. Mi avión herido le ha servido para abrirse en canal, curarse de alguna manera de esas heridas y saldar esa deuda. Me ha impresionado su desgarro porque conozco la envergadura de la cicatriz que ahora se cierra.

Mario tiene la capacidad de usar el lenguaje como si fuese el dueño del diccionario. Lo hace fácil, pero sus adjetivos, sus sustantivos, su sintaxis, no son en absoluto simples. La riqueza de sus armas es inagotable. Mario Castillo, voy a decirlo, aunque seguramente le incomode, es un hombre culto. Sus conocimientos rezuman a borbotones cuando mantienes una conversación con él, las ideas le brotan con tal rapidez que, a veces, las palabras se le atropellan. Sus alumnos dan fe de ello. Me hubiera gustado ser su alumno, aunque me conformo con ser su amigo. En su libro se asoma ese hombre instruido y cabal.

MARIO CASTILLO foto de Diario de Sevilla

MARIO CASTILLO foto del Diario de Sevilla

Y es que, en Mi avión herido, Mario combina exquisita y sabiamente varias historias y varias épocas de su vida. Por un lado, nos desvela la más sangrante de sus heridas abiertas, que trata de cerrar, que logra cerrar: la muerte de su padre. Una muerte que es inesperada, previsible, dolorosa, devastadora, violenta. Una muerte que sumió a Mario en un mar de preguntas y en un remordimiento que le ha perseguido durante años. Por otro, las pesadillas de aquel terrible accidente de Spantax en Málaga al que él acudió para ayudar en las tareas de salvamento. Otra experiencia vital ésta, pero también desgarradora. Por último, una explicación pendiente a sus hijos: muchos por qué en el aire, que Mario necesitaba responder, aunque ellos no hubiesen formulado las preguntas. Con estas páginas, también paga esta deuda con la que estaba hipotecado.

Pero, ¿por qué ahora? El detonante de esta magnífica narración fue un ataque al corazón que llevó a Mario al borde de la muerte… Esa es la puerta que se abrió a una resolución definitiva: enfrentarse con el pasado, afrontar el futuro.

“…Sin embargo, mi espíritu desasosegado y mi incapacidad física para estarme quieto han impedido, afortunadamente, que me haya convertido en oficinista o sepulturero. Fue durante esos mismos años de infancia cuando me senté con mi padre por primera vez a los mandos de un avión. Arriba, a miles de pies sobre las sombras, en la cabina de una PA28, miré el panel de instrumentos, alcanzable, ajustado a mi cuerpo como un traje de látex, y volví a sentir el ardor en el pecho, esa mezcla de quietud y de zozobra que solo me ofrecían los momentos felices, la clausura de mis cajas de cartón o el escritorio de mi padre. Alcé la mirada hacia las nubes altas en el horizonte y la bruma que me impedía ver la tierra. Me llegaba el sonido grave del motor, taladrado por los bips bips bips agudos de la identificación en morse de una baliza. Avión tuyo, dijo mi padre…”

PA25

De forma que, desde estos cuatro puntos cardinales (el abismo de la propia muerte, cercana y real, la amarga muerte de su padre, los pasajeros calcinados en el Spantax, desvelar los fantasmas más íntimos a sus hijos), Mario Castillo traza su plan de vuelo y nos lleva en su avión herido.

Le dije a Mario: me has hecho volar. Y es cierto. Las páginas de esta novela te llevan por los cielos, sientes lo que el piloto narrador te describe, sientes los mandos, sientes el placer, sientes el miedo.

Junto a Mario Castillo, pisé los restos del Spantax, y me sentí abrumado por ese paisaje de horror; volé por los cielos a su lado, como si llevara una vida haciéndolo; acudí al sepelio de su padre y me embozó la desorientación del piloto que Mario es, perdido en una ruta desconocida; pasé instantes placenteros con sus abuelos (su abuelo me recuerda al mío, se parecen en tantos detalles que me ha sorprendido el comprobarlo) y correteé con el pequeño Mario por el campo; descubrí a su lado el sueño de la aviación cuando despegó pilotando un coche; vi a través de su imaginación lo que sus ojos no llegaban a descubrir en la penumbra del cuarto del Indio (cómo he disfrutado las páginas de su infancia, los días del Ranchito); regresé con Mario al triste pasado de su abuelo encarcelado en el campo de concentración de Torremolinos (la crueldad sin límites que hubo de soportar antes de acabar ese infierno), que me emocionó, como tantas otras cosas; pisé la pista del aeropuerto como si fuera uno más de los pilotos y de los técnicos que pululaban cerca del hangar; me perdí entre la lluvia y sentí miedo, mucho miedo; lo acompañé durante unas horas en la habitación en la que lo habían ingresado, mientras respiraba a duras penas, hasta que Auxi entró y, sigiloso, me escabullí para dejarlos a solas…

Hay también mucho amor en este libro. Me conmovió la relación con su padre, los silencios, las palabras nunca dichas. Curiosamente, el sábado pasado hablé con mi padre, y lo hice más de lo habitual. Mario es el culpable. Se lo agradezco.

Hay muchas páginas en las que se describen varios vuelos. El del horror del Spantax, el de la ilusión cuando se aprende, el de la felicidad plena al volar por primera vez, el del terror al ser consciente, irremediablemente tarde, que no se han cumplido los protocolos, el del último viaje con el avión de tu vida… Pero cuando Mario Castillo se demora en los detalles técnicos, en las maniobras, en las explicaciones primorosas de cada uno de esos vuelos, no habla sólo de lo que parece a simple vista, Mario nos está mostrando algo más: nos habla de él, abriendo de par en par su interior. Hay mucho que desvelar, todo lo que se había prometido descubrir a sus hijos para que supiesen quién es él en realidad. Ha sido un acto de valor.

“…Autorizados a descender directos a Andraitx a mil pies. Preparé el avión y reduje un poco de motor para dejarlo planear suavemente hacia la isla que ya cubría todo el horizonte frente a nosotros. Canturreando su canción inventada, y moviendo el cuerpo como si estuviese poseído, mi padre tiró de la palanca de gases y el avión empezó a descender a quinientos, setecientos, mil pies por minuto en el variómetro. Entonces, en medio de su estribillo desafinado, gritó:

-¡Yuhuuuuuuu! ¡Deja que el viento nos lleve! ¡Vamos! ¡Deja que el viento nos lleve!

Nivelé el avión a mil pies sobre un mar encrespado de olas blancas y rotas cuando teníamos la costa norte de la isla prácticamente frente al morro del avión. De pronto se quedó en silencio, sonriente, pensativo. Nos miramos cómplices un instante y dejamos que el avión se aproximase a los acantilados.

Ese es nuestro lugar de encuentro, el puerto de arribada que me permite la memoria. Arriba, a miles de pies sobre un mar embravecido y distante que arrastra desde el norte una violenta tramontana. Desde entonces cuando establezco régimen de crucero y permito que mi avión se estabilice, cierro los ojos un instante y tras el rugir apagado del motor todavía puedo oír su canturreo entusiasmado. Es allí arriba en donde sigue oculto, donde me espera cada vez que asciendo en su busca, el paraíso de los vivos. Por eso creo que nunca vino a ocupar una silla a la mesa del salón de los muertos. Es allí arriba donde lo encuentro, en cada vuelo. Hasta que un día me enfrente a mis aguas de Toulon, mis balas, mi cordero. Mientras tanto, esperaré paciente sobrevolando la línea del horizonte que me marca el instrumento de mi avión. Donde la luz no proyecta las sombras de un cuerpo que no es mío. Sobre la línea del horizonte…”

Si te hubiese llamado al acabar la novela, no habría podido articular una palabra. Eso también se lo dije cuando hablamos por teléfono. Y es que el último capítulo del libro es el capítulo perfecto para cerrar esta historia. No voy a desvelar nada, pero es sublime: sencillo, emocionante, donde el principio y el fin, el futuro y el pasado se dan de la mano. Es como si te dejara de pronto los mandos del avión, sin avisar… Y vuelas.

-November-Xray, autorizado a despegar pista uno-cuatro… -escuché cuando cerré la novela. Y volé como los pilotos de antes, sin GPS, con una vieja brújula como compañera y dos o tres referencias que Mario me había indicado poco antes de subir.

Sergio Barce – agosto, 2016

Mi avión herido se ha publicado por etclibros El Toro Celeste, Málaga, 2016.

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