LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 9

Seguimos con las viejas estampas de principios del pasado siglo en Larache… Esta es ya la página 9.

Volvemos a encontrar nuevas imágenes de la plaza de España, con el desembarco y desfile de tropas, del puerto en construcción, del Zoco Chico, un sello de correos dedicado a Larache, algo de publicidad…

Las he tomado de las páginas de Houssam Kelai, Radio Larache, Hassan Zouber, HHH, Manolo Alarcón y de otros paisanos.

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BOXEO en Larache

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Aeródromo

Posiblemente el aeródromo de Auámara

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aeródromo de Auámara

Aeródromo de Auámara – Larache

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Afueras de Larache

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BALCÓN ATLÁNTICO 2

BALCÓN ATLÁNTICO

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BALCÓN ATLÁNTICO y autobús de La Escañuela

BALCÓN ATLÁNTICO y autobús de La Escañuela

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RÁPIDO AUTOBUSES Hassan Zouber

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calle Chinguiti

calle Chinguiti y el Teatro España

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CASTILLO DE LA CIGÜEÑA

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CUARTEL ARTILLERÍA

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SELLO Larache

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JARDIN DE LAS HESPÉRIDES

JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

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LARACHE Hospital de la Cruz Roja - Radio Larache

Hospital Cruz Roja

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Medina

LA MEDINA

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RÁPIDO ALGECIRAS

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PLAZA ESPAÑA 1

PLAZA DE ESPAÑA

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PLAZA ESPAÑA desfile militar

TROPAS EN LA PLAZA DE ESPAÑA

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PLAZA ESPAÑA

PLAZA DE ESPAÑA

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PUERTO trabajos

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ZOCO CHICO 2

ZOCO CHICO

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ZOCO CHICO

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ZOCO CHICO 4

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“DÍAS CON ERRE”, UN LIBRO DE RELATOS DE ANA AÑÓN

Ana Añón y yo nos conocimos en Valencia, en la última Feria del Libro. Habíamos coincidido ya antes con nuestros cuentos en varios libros de relatos colectivos de la Generación Bibliocafé. En Valencia, nos dedicó un ejemplar de su libro Días con erre (Ediciones de la Discreta – Madrid, 2015). Me dio la sensación de que es de esas personas a las que les gusta observar, analizar a quien tiene delante, guardarse la información y, cuando es pertinente, utilizarla con inteligencia.

Ya de regreso, leí su libro. Su narrativa me confirmaba mi impresión, y, además, me desvelaba algo más de su personalidad: su sentido del humor. Un humor mordaz, muy negro. Ese es “el toque de la casa”. Utilizar el humor negro no es fácil, puede resultar ramplón, excesivo, a veces, incluso ridículo. Ana Añón lo conjuga a la perfección, sabiamente, en sus dosis precisas.

En poco tiempo he leído dos libros llenos de humor negro y muy bien escritos: el de Ana Añón, y la novela La uruguaya, de Pedro Mairal. Buena literatura en ambos.

Reconozco que, con Días con erre, he soltado alguna carcajada, otras veces he esbozado una sonrisa, y, en alguna ocasión, he llegado a arquear la ceja por el giro sorprendente o inesperado que Ana da a sus relatos. Lo inverosímil, a veces, se hace tan cercano que incluso asusta. Es prodigiosa su facilidad para que una historia cotidiana o simple, acabe siendo un relato de terror o se transforme en puro surrealismo. Pero siempre, con sus gotas de humor, ya digo, como si ese fuese su pequeño aderezo con los que convierte estos cuentos en algo muy personal, reconocibles.

Cuando acabé de leer su libro, le dije a Ana que, en algunos aspectos, éramos un poco como almas gemelas. Me había llamado poderosamente la atención una escena de su relato Aviones. Ocurre algo, algo terrible, y su manera de resolverlo es casi igual a como yo afronto una situación similar en mi novela Una sirena se ahogó en Larache. Me encantó esa coincidencia. Me di cuenta de que mi decisión entonces había sido la más elegante, porque al leerlo en el relato de Ana Añón vi que solucionaba la encrucijada con mucha delicadeza y un gran estilo. Eso sucede si las sensibilidades creativas y personales se parecen, y nos parecemos en eso.

ANA AÑÓN y SERGIO BARCE – foto de Celia Corrons

Para más similitud, Ana obtuvo el I Premio de Relatos “21 de marzo” de Tres Cantos con su extraordinario y tenebroso cuento Los huéspedes del hotel Áldor (que abre el libro Días con erre), y yo gané el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con Sombras en sepia. En las dos ocasiones, el presidente de los respectivos jurados fue Luis Mateo Díez. Esto podría dar lugar a que Ana escribiese una historia socarrona y siniestra. En cualquier caso, no es una mala señal que tengamos este detalle en común. Otro más.

Además de Los huéspedes del hotel Áldor, un relato redondo, que pasa de la ironía y del humor al absurdo y al terror casi gótico, en su libro hay muchas pequeñas joyas. A mí me gusta particularmente Bruno entre vampiros. Lo inquietante se instala desde la primera línea de esta historia y, sin tener muy claro hacia dónde nos lleva la trama, uno se va removiendo en el sillón barruntándose de que algo va a ocurrir, algo sin tintes de que acabe siendo agradable. Hay un sutil juego entre realidad, ensoñación y enfermedad, hasta construir un puzle que hubiera querido montar el mismo Hitchcock. Alucinante relato.

Difícil escoger entre el resto de los otros cuentos de este libro, además del que mencionara al comienzo, Aviones. Duro, áspero, perfecto. Pero me quedaría también con el titulado Cactus.

Le pedí a Ana que escogiese uno de los relatos para acompañar a esta reseña, y fue ése el relato que eligió. Lo entiendo. Es otra pequeña obra de ingeniería literaria.

Cactus, que podéis leer a continuación de mis palabras, y que os recomiendo fervientemente, es un ejemplo perfecto de la narrativa añoniana: concisión, inquietud, misterio, humor negro (negrísimo), fantasía, el absurdo, lo cotidiano, el horror instalado en la casa… Es una metáfora, y es un cuento surrealista. El pulso de Ana Añón lo transforma en algo excepcional.

Hay en Ana Añón huellas de buenas lecturas y mejores plumas. En estos cuentos, planean las sombras de Chesterton, de Shaw, de Quiroga, de Tom Sharpe, de Hitchcock (ya mencionado), de Tim Burton o de Stephen King, que son los que se me ocurren a vuelo pluma. Cine y literatura nos influyen a la par, y Ana conjuga su suave estilo con la potencia de las imágenes que nos hace estallar en la cara.

Vuelvo a insistir: quien lea a continuación Cactus, buscará Días con erre para seguir pasándolo bien y mal, para reír y para inquietarse, para leer buenos cuentos.

Sergio Barce, agosto 2017

 

CACTUS

de Ana Añón

Muchas veces Bernardo Cebamanos pensó en su muerte, pero jamás adivinó que acabaría sus días en el interior de una bolsa de basura. Esperaba resignado la llegada del camión, dentro del contenedor donde su hijo Nicolás lo había depositado. El niño no dudó al hacerlo: abrió la tapa, lanzó la bolsa, y la dejó caer de nuevo volviendo tras sus pasos.

Cabía la posibilidad de que su esposa, Silvia, lo rescatara arrepentida antes de que se lo llevaran. Pero cuando oyó cómo el camión descargaba los contenedores unas calles más arriba, perdió toda esperanza. Aquel terrible abandono era la evidencia de que ya no le importaba a nadie. Sin duda, para recordar algún gesto de cariño o señal de complicidad debía remontarse a los tiempos de noviazgo o, tal vez, a los primeros años de Nicolás en que el niño mostraba cierta admiración por él.

Se encontraba ya muy débil; los acontecimientos ocurridos en las últimas semanas le habían hecho perder la vista y la movilidad, pero sin embargo, su oído y su olfato se habían vuelto ahora extraordinariamente sensibles; tanto, que el olor a leche agria, al moho de las latas de tomate, y a los mejillones rancios con los que compartía espacio, le hicieron evocar aquella noche.

Cuando bajó la basura después de cenar, había notado que la bolsa estaba rota por una de las esquinas y observó contrariado el reguero verde que había dejado tras de sí, pero como estaba ya más cerca de la calle que de casa, continuó bajando las escaleras. Atravesó el portal, abrió la puerta y caminó hasta el contenedor donde se deshizo de su carga. A pesar de ello, un olor penetrante y putrefacto se había instalado en su nariz y le acompañó de vuelta a casa. El olor venía de sus pies que estaban cubiertos de una sustancia verde gelatinosa. «¿Qué demonios será esto?», se preguntó intentando recordar lo que había comido aquel día. Pensó que podía tratarse quizás de restos de alguna mascarilla de las que usaba Silvia para el cutis o de algún experimento de Nicolás, que siempre andaba haciendo potingues. Notó que sus manos estaban pringosas, por lo que en lugar de sacar las llaves del bolsillo, trató de pulsar el interfono con el codo. Nadie contestó. Silvia y Nicolás estaban en casa, era imposible que no le escucharan. Llamó varias veces y, finalmente, desesperado, introdujo la mano en el bolsillo y sacó las llaves. Al entrar en casa dio un portazo y escuchó unas risas que venían de la cocina. Se dirigió aprisa al baño para quitarse cuanto antes aquel olor.

–Silvia, voy a darme una ducha –le gritó a su esposa–. Me he manchado con la basura. –Ella no contestó.

Al quitarse la ropa advirtió extrañado que tenía unos puntos rojos por todo el cuerpo que parecían picaduras de mosquito. Quiso enseñárselos a Silvia pero cuando salió del baño, Nicolás y ella ya estaban durmiendo.

–Buenas noches –susurró resignado antes de acostarse.

Los picores no le dejaron dormir. Cuanto más se rascaba, más le picaba. Pasó una noche horrible pero al día siguiente se encontraba mucho mejor.

Ahora, metido en una bolsa de basura y con el camión cada vez más próximo, seguía recordando aquella mañana cuando entró en el cuarto de Nicolás para despertarlo. Al besarle en la mejilla, el niño lanzó un grito de dolor.

–Papá, ¿qué me has hecho? –le preguntó desconcertado tocándose la mejilla.

Silvia, que había escuchado el grito, acudió corriendo junto a ellos. La mejilla de Nicolás estaba chorreando sangre.

–¡Bernardo, animal!

–Yo… no…

No le dio tiempo a explicarse. Pensó que la herida del niño era muy profunda para haber sido causada por la barba por lo que se dirigió al baño y, frente al espejo, observó una inmensa púa que sobresalía en su barbilla. La tocó. Estaba muy dura. Bernardo cogió las pinzas de depilar de Silvia y trató de arrancarla, pero no pudo. Entonces fue a la galería y buscó entre las herramientas unos alicates. De nuevo en el baño, apoyó el pie en la pila para empujarse, agarró la púa con los alicates, y tiró con fuerza pero tampoco pudo arrancarla, aunque consiguió partirla. Al menos ya no dañaría a su hijo. Le enseñó a Silvia los puntos rojos de la piel –ahora aparecían con un punto blanco en el centro, como infectados–. Ella seguía enfadada, estaba curando a Nicolás y no le hizo mucho caso. Tras asearse y disculparse varias veces delante del niño se marchó al trabajo.

A las doce menos cuarto estaba de nuevo en casa. Los puntos rojos se habían convertido en ampollas, algunas de las cuales habían estallado dejando paso a unas enormes púas. Bernardo llamó asustado a su esposa pero ésta no pareció alterarse demasiado. «Iré en cuanto pueda», le dijo.

Silvia llegó unas horas más tarde y, al ver el aspecto que presentaba su marido, llamó de inmediato al médico. «Tiene que venir, doctor, en mi vida he visto nada igual», le dijo, «Además, está poniéndose verde». El doctor no se molestó en ir y le indicó por teléfono que debía de tratarse de una alergia y que le diera un jarabe antihistamínico.

Cuando Nicolás llegó del colegio no pudo contener la risa. Bernardo estaba ya cubierto de púas por todo el cuerpo. Silvia le pidió que no le molestara. Le explicó que había pasado todo el día de pie por no poder sentarse sobre las púas y que estaba hambriento. El pobre no había probado bocado porque las púas eran tan largas que nadie podía acercarse a él sin pincharse.

El niño susurró algo al oído de su madre sin dejar de reír.

–Bernardo, ven a la cocina, Nicolás ha tenido una idea estupenda.

El muchacho apareció en la cocina con una caña de pescar y clavó un trozo de manzana en el anzuelo. Se subió a una silla y acercó la manzana a la boca de Bernardo que, con mucha dificultad, consiguió dar un par de bocados que le supieron a gloria. Cuando Nicolás dejó de divertirse, tiró la caña junto a un plato lleno de trozos de manzana y salió corriendo. Bernardo quiso gritar para pedir más comida pero una púa atravesó su garganta en ese momento y sintió un dolor agudo que le dejó mudo de golpe. En ese instante sintió una punzada en los ojos y ya no vio nada más. Todo quedó a oscuras. Comenzó a sentir de pronto unas fuertes convulsiones y notó cómo su cuerpo iba menguando. Después, sus piernas se fueron haciendo cada vez más ligeras hasta que no las sintió y, no pudiendo aguantar el peso de su cuerpo, cayó al suelo. Ya no pudo moverse.

Silvia dio un grito al entrar y Nicolás acudió deprisa y comenzó a llorar. Bernardo se concentró para escucharles.

–¿Crees que nos oye mamá?

–No sé, mejor no grites.

–¿Y qué hacemos?

Bernardo les oyó hablar en voz baja pero no entendió nada. Luego escuchó cómo Silvia le pedía a Nicolás una maceta de plástico. Al momento alguien lo levantó del suelo y lo introdujo en un montón de tierra. A continuación echaron un poco de agua y, al sentir la tierra húmeda, no pudo evitar pensar en la muerte. Pero pronto se dio cuenta de que no se trataba de eso y que el cactus, del que tanto hablaban su mujer y su hijo, era él. Un poco después lo colocaron en el mueble chino del salón, junto a las velas aromáticas.

Durante dos o tres días lo regaron, acariciaron sus púas y pronunciaron su nombre, pero después, Bernardo les escuchó arrastrar muebles, cambiar cosas de sitio, y abrir y cerrar puertas; eso le hizo temer que era el único de la casa que conservaba la esperanza de que el proceso pudiera ser reversible. Nadie llamó de la oficina –como era de esperar–. No entendía por qué Silvia no pedía ayuda y Nicolás tampoco parecía muy preocupado por la nueva situación.

Los inconvenientes que descubrió durante los primeros días se convirtieron pronto en ventajas. Como dejaron de regarlo pensó que de ser otra planta ya habría muerto.

Una tarde, Nicolás se acordó de él; le explicó a su madre que los cactus absorben las radiaciones electromagnéticas y colocó la maceta junto a la pantalla del ordenador. Al menos por unos días se sintió útil y acompañado, pero al poco se secó y Silvia le pidió a Nicolás que lo echara a la basura. Bernardo no podía creer lo que oía. El muchacho acudió a la cocina y se detuvo ante los cubos. «Por fin una señal de humanidad en esta casa», pensó Bernardo, pero en ese momento Nicolás gritó.

–Mamá… ¿lo echo en la orgánica o en la de plásticos?

–Da igual –contestó ella.

El niño cerró la bolsa y la bajó al contenedor.

De pronto, el ruido del camión interrumpió sus pensamientos. Bernardo notó cómo se elevaba el contenedor y la bolsa donde se encontraba caía sobre las otras. Lo último que sintió fue un fuerte golpe que lo dejó clavado en un tetrabrik.

 

ANA AÑÓN – foto de Ricardo Ferrando

Ana Añón  (Valencia, 1965). Es Ingeniera Informática por la Universidad Politécnica de Valencia. Imparte formación y consultoría para la aplicación de Técnicas Creativas y de Innovación en los procesos empresariales, educativos y artísticos. Escritora y profesora de talleres literarios. Ha ganado numerosos premios y menciones y participado en diversas antologías y publicaciones, entre las que destacan antologías de relatos y haikus. En su libro de relatos “Días con erre” se recoge el relato ganador del Primer Premio en el Concurso de relatos 21 de marzo del Ayuntamiento de Tres Cantos (2010). El jurado estuvo compuesto por los académicos Luis Mateo Díez y José Mª Merino, y los escritores Milagros Frías e Ignacio Ferrando. Se incluye también el relato que quedó finalista en el mismo concurso y el Accésit X Concurso Narrativa Mujeres Generalidad Valenciana (2009), Miniaturas, en el que se inspiró el corto del mismo nombre del director Vicente Bonet. Este cortometraje acumula doce premios nacionales e internacionales y multitud de selecciones en festivales.

Es autora del libro de relatos Días con erre (Ediciones de la Discreta, 2015) y junto con Isabel Rodríguez del libro de haiku bilingüe, Entre las zarzas/ Entre els esbarzers (Uno Editorial, 2015). Ha participado en varias antologías de los Talleres de Escritura de Madrid y Escuela de Escritores, II Cuadernillo de textos hiperbreves (Pompas de papel, 2007), El sol, los pájaros (Facultad Derecho de Albacete, 2008), Más cuentos para sonreír (Hipálage, 2009), II Antología de haiku (Paseos.net, 2009), Gaceta Haiku Hojas en la Acera (2009), Las mujeres cuentan (Generalitat Valenciana, 2010), Cuentos alígeros (Hipálage, 2010), Un mar de poemas solidarios (Desde la otra orilla para ASPANION, 2012), Antología del haiku en castellano, Un viejo estanque (Comares, 2014), Microrrelatario Grita-Crida IU Estudios Feminista y Género (Universidat Jaume I, 2015), Antología poética de autores valencianos: Miradas para compartir la luz (Centro UNESCO Valencia, 2016),  Luna en el río (Concurso Internacional de Haiku. Facultad de Derecho de Albacete, Uno Editorial, 2017).  Próximamente participará en la antología de haiku 13 lunas y publicará el poemario infantil, Alaridos en la colección Versos para duendes de la Editorial Lastura.

 

 

 

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LARACHE – FOTOS PARA ENMARCAR

Como se acaba de inaugurar el arreglo de la plaza de España o de la Liberación, de Larache, aprovecho no sólo para mostrar cómo ha quedado esta nueva reforma, que intenta recuperar el antiguo y original estilo que nunca debió desaparecer, para dar un paseo por la ciudad con las mejores imágenes de Radio Larache, y de los amigos Akram Serifi Bouhsina, Aziz Bouhdoud, Achraf Etaaqafy, Mohamed Rada Elhaouate, Mahfoudi Abdelkhalak y Abdellah Charafi. Que disfrutéis de tanta belleza.

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ENCUENTRO AL AZAR

A veces, uno se encuentra con sorpresas navegando por internet.

Hoy me he encontrado con el blog de Manuel Mariño: Los cuadernos de Vieco. No nos conocemos. No sé quién es. Pero su blos es altamente recomendable.

Su enlace es:

https://loscuadernosdevieco.blog/dietario-de-viecos/

Hay un post suyo que me ha hecho sonreír. De pronto, he descubierto cómo Manuel Mariño había descubierto a su vez mi novela. Escribe en su blog:

22 de marzo (2014)

Payaso cubano

Frase inteligente de un payaso cubano escuchada en la radio que Manuel Mariño copió en su cuaderno de notas, seguramente para enseñárselo a Vieco, para su blog:

Ustedes, los europeos, que trabajan en lo que no les gusta para comprarse lo que no necesitan.

 

15 de marzo (2014)

Títulos

Manuel Mariño a veces compra libros por el título, Antoni MaríLibro de ausencias, luego nunca le defraudan….

Stefan Zweig,  Confusión de sentimientosGeorge Perec,  La vida instrucciones de usoAntonio Lobo AntunesNo entres tan deprisa en esa noche oscuraSergio Barce, El libro de las palabras robadas; etc.

 

15 de mazo (2014)

Niños

Manuel Mariño se ve reflejado en este texto de Nir Baram:

Cada vez que te topas con un grupo de niños saliendo en tropel al patio del colegio, entiendes que tú ya has muerto una vez.

y así sigue…

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MIS PELÍCULAS FAVORITAS 2

 

Segunda entrega. Después de Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), doy un salto atrás, hasta 1949, año de estreno de El manantial (The Fountainhead), largo dirigido por el gran King Vidor.

Al volver a visionarla, me he dado cuenta de que tiene algunos puntos en común con la primera, con Matar a un ruiseñor, especialmente dos: el primero, la dignidad del individuo; Atticus Finch en la cinta de Mulligan, al que da vida Gregory Peck, y Howard Roark en esta de El manantial, personaje encarnado por Gary Cooper. Es indudable que ambos actores, Peck y Cooper, junto a Henry Fonda, Spencer Tracy y James Stewart, conforman ese grupo de intérpretes que traspasaban la pantalla para ir más allá del personaje, los que mejor han encarnado la decencia. Y el segundo punto, el juicio. Y es que en ambas cintas hay un juicio y un tribunal. En una, Gregory Peck hace un hermoso alegato contra el racismo y la defensa de la presunción de inocencia de todo hombre; en la otra, Gary Cooper se dirige al tribunal para probar que sus actos violentos están justificados (llega a dinamitar la construcción de un edificio que había diseñado porque, con engaños, se construye sin seguir sus directrices), y realiza también un modélico discurso para defender la libertad creativa de todo artista, incluyendo a los arquitectos, y la integridad del mismo creador, que debe estar por encima de modas, intereses o presiones, todo ello con un larvado pero efectivo ataque contra los corruptos y contra quienes se venden con tal de satisfacer al poder. No puede ser más actual.

La diferencia entre ambas películas está en la sensualidad que desborda El manantial.

Haciendo una breve sinopsis, en El manantial, un arquitecto, innovador y vanguardista, que se adelanta a su tiempo con los proyectos que diseña, ha de luchar día a día contra una sociedad en la que sólo impera el dinero, la manipulación de las masas, el borreguismo, el pensamiento único… Parece que estuviera hablando de hoy en día. Pero este film, también adelantado a su tiempo, se rodó apenas cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.

GARY COOPER y PATRICIA NEAL en El manantial

El arquitecto, Howard Roark, va a enfrentarse a pruebas muy duras para poder sacar adelante sus ideas, ideas que van contra las que imponen el poder, encarnado por un personaje oscuro e intrigante llamado Toohey, al que da vida con maquiavélico cinismo Robert Douglas, y contra las que imponen los medios de comunicación, que, en el film, están representados por un multimillonario dueño del periódico sensacionalista The Banner, y al que interpreta Raymond Massey, uno de los mejores actores de carácter de la historia del cine. A Massey se le recuerda en papeles como los de El caserón de las sombras (The old dark house, 1932) de James Whale, Arsénico por compasión (Arsenic and old lace, 1944) de Frank Capra, con ese personaje siniestro pero cómico del asesino desfigurado que aterroriza a Cary Grant, o su papel como padre de James Dean en Al Este del Edén (East of Eden, 1955) de Elia Kazan, por nombrar sólo tres de sus magistrales trabajos. Pues bien, en El manantial, Raymond Massey borda el papel de hombre sin escrúpulos que, sin embargo, al conocer a Howard Roark, se verá a sí mismo cuando fue joven y tenía aún ideales, y será él quien, dejando a un lado sus propios intereses y su despreciable uso de la prensa amarilla que sólo hurga en los escándalos y trapos sucios, salga en defensa del protagonista, hasta que se dé cuenta de que eso sólo le lleva a enfrentarse, como hace Roark, a todos.

Pero, como decía más arriba, El manantial guarda una notable diferencia con Matar a un ruiseñor, y es su erotismo. Hay films que se consideran eróticos, como Instinto básico (Basic instinct, 1992), porque hay una escena en la que se vislumbra el sexo de Sharon Stone, lo que no es sino algo burdo; y hay otros que se consideran eróticos porque sus escenas, elegantes y sinuosas, rezuman sensualidad y sexualidad. Es lo que ocurre en El manantial.

La película, además de ser ese canto a la libertad creadora del artista, a la integridad del ser humano, además de denunciar la corrupción y el arribismo (muy bien ejemplificado en la película en el arquitecto Peter Keating, capaz de venderse con tal de entrar en la jet set), además de todo eso, es un film muy romántico. King Vidor da un toque maestro en su cinta: cuando el protagonista ha de rechazar el ejecutar sus proyectos porque no quiere ceder en sus planteamientos, acabará trabajando en una cantera, como simple peón que taladra la piedra para arrancar el mármol con el que se construirán los edificios que él desearía levantar. Es ahí, bajo un sol de justicia, donde Howard Roark / Gary Cooper, se encontrará por primera vez con la hija del dueño de la explotación, Dominique Francon, a la que encarna la actriz Patricia Neal. Patricia Neal nunca ha estado tan arrebatadora. Saltan chispas en cuanto sus miradas se cruzan, y no es difícil adivinar que, especialmente en ella, se despierta un deseo sexual casi irrefrenable. La sensualidad se ejemplifica en esta cinta de muchas maneras, pero a modo de ejemplo encontramos ya un detalle significativo en ese primer encuentro: ella lo ve taladrando la piedra, y entra entonces en juego el montaje de David Weisbart, ejemplar para el fin que se persigue, ya que corta cada toma mientras la cámara va acercándose al rostro de los dos protagonistas y, en cada corte, vamos observando el esfuerzo físico de Gary Cooper, luego cómo el taladro penetra en la piedra, a continuación la tensión de sus músculos, su brazo sudoroso empujando la taladradora… Simbolismo de su poder fálico, en contraste con la mirada de Patricia Neal, llena de deseo y de pasión, y que va sucumbiendo de manera inevitable. A partir de ese instante, la atracción física de los dos se convierte en una pieza fundamental de la cinta. Y sin embargo, se conjuga a la perfección con la honestidad y dignidad de Howard Roark que, realmente enamorado de ella, sabrá esperar el momento para que esa mujer, desbocada y visceral, caprichosa a veces pero entregada en cuerpo y alma, se dé por vencida y ceda a lo que él espera de ella.

Esa atracción sexual que explota en la pantalla, se trasladó a la realidad, y la relación entre Gary Cooper y Patricia Neal se convirtió en un gran escándalo, alimentado aún más por la prensa sensacionalista (una especie de paradoja teniendo en cuenta el argumento de la película) ya que la esposa de Cooper era católica practicante.

Hablar de Gary Cooper es hacerlo de un icono. Por muchos, está considerado como el mejor actor de cine de la historia. Yo sólo sé que, cada año, lo veo en Solo ante el peligro (High noon, 1952), y que, en cada ocasión, descubro un nuevo detalle en su interpretación. En El manantial dota al protagonista de ese aire entre hombre inocente y hombre determinado que no se arredra por nada y que supo utilizar en sus trabajos con tanta inteligencia.

En cualquier caso, la cinta es fantástica. El director King Vidor fue uno de los grandes maestros del cine, suyas son las obras maestras El gran desfile (The big parade, 1925) con John Gilbert, Y el mundo marcha (The crowd, 1928), Aleluya (Hallelujah, 1929), Noche nupcial (The wedding night, 1936) también con Gary Cooper, Stella Dallas (1937) con Barbara Stanwyck, La pradera sin ley (Man without a star, 1955) o su suntuosa versión de Guerra y paz (War and peace, 1956) con unos inolvidables Henry Fonda y Audrey Hepburn. Junto a estas cintas, Vidor llenó no sólo El manantial de un aroma sensual tiznado de inteligencia, sino que hizo lo mismo en uno de sus mayores éxitos: Duelo al sol (Duel in the sun, 1946) con Gregory Peck y Jennifer Jones, arrastrándose literalmente uno hacia el otro empujados por el deseo, y en otra cinta llena de atractivo, que fue Pasión bajo la niebla (Ruby Gentry, 1952) de nuevo con Jennifer Jones ahora atrapada por el imán de Charlton Heston.

La influencia del cine mudo, al que regaló quizá sus obras más redondas, se aprecia en El manantial en el uso de la fotografía, de la que se encargó Robert Burks, y que estaba evidentemente influido en este trabajo por la alargada sombra de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles. Burks, con el tiempo, se convirtió en el director de fotografía predilecto de Alfred Hitchcock.

Por último, la música de la película es del maestro Max Steiner. Compositor tan prolífico como admirado, tiene tantas bandas sonoras conocidas y aclamadas que sólo mencionaré tres de ellas: Lo que el viento se llevó (Gon with the wind, 1939) de Victor Fleming, Casablanca (1942) de Michael Curtiz o Centauros del desierto (The searchers, 1956) de John Ford.

El manantial, una película arrebatadora.

Sergio Barce, julio 2017

 

 

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