“PUNTOS EN EL TIEMPO” (Points in time) de PAUL BOWLES

PUNTOS EN EL TIEMPO (Points in time) (1982) de Paul Bowles

Puntos en el tiempo - portadaCon Marruecos como única referencia común, se reúnen en este volumen pequeños relatos, canciones o fragmentos de historias reales, cuentos orales y anécdotas que, durante tiempo, fue recopilando Paul Bowles. Aunque no es una de sus obras más conocidas, sí contiene sin embargo el poder de la seducción que siempre causa el ambiente y la cultura marroquí, y de la que el escritor americano es un maestro.

“La voz del mar en el viento que sopla por las calles de Essaouira es hoy la misma que hace doscientos años, cuando Andrew Layton era dueño de una pequeña casa de exportación, en sociedad con dos franceses, messieurs Secard y Barré. Los tres solían salir a cabalgar por los alrededores, con los galgos de Layton. Había muy pocos europeos, así que estas excursiones se habían convertido en su pasatiempo favorito.

ESSAOUIRA

ESSAOUIRA


Un día los tres, y un empleado que trabajaba en la oficina, salieron del pueblo en sus caballos.

Para evitar el viento, en lugar de bordear las dunas por la parte sur, se dirigieron tierra adentro. Esta ruta les llevó a través de varias aldeas “shléuh”. Los perros corrían de aquí para allá entre la maleza. Pasaron por un caserío donde hombres y mujeres trabajaban en el campo, mientras las vacas pacían a poca distancia.

Los galgos acudieron a la escena y entre todos atacaron al ganado. Cuando una  ternera cayó al suelo, un campesino levantó su escopeta y mató a uno de los perros. Los otros se dispersaron.

Los europeos habían visto lo ocurrido. Se acercaron y desmontaron, pero antes de que empezaran a hablar, los labriegos se pusieron a tirarles piedras. Monsieur Barré recibió serias heridas. Sobrevino una reyerta general, en el curso de la cual Layton y sus asociados se sirvieron de sus látigos con entera libertad. Luego dieron media vuelta y galoparon de regreso a Essaouira en un estado de suma indignación. Lo ocurrido era insólito y, según ellos, una atrocidad. Fueron a ver al pachá inmediatamente.

Para apaciguar a los europeos, con quienes mantenía relaciones amistosas, el pachá comenzó por aconsejarles que en adelante cabalgaran hacia el sur, a lo largo de la playa, en vez de meterse tierra adentro por las aldeas. Luego accedió a emplazar a los campesinos responsables. Al día siguiente, un numeroso grupo de ellos se presentó en el pueblo. Estaban muy alborotados, y enseguida comenzaron a dar voces frenéticamente, pidiendo satisfacción. Una de las mujeres había perdido dos dientes, y aseguraban que Layton se los había quebrado. Una y otra vez, en el nombre de Alá y del Profeta, los aldeanos clamaban justicia.

El pachá, perplejo ante el giro que las cosas habían tomado, decidió remitir el caso al sultán. La respuesta de Su Majestad llegó a su debido tiempo, con la orden de que las partes interesadas comparecieran en el palacio de Marrakech.

Durante la audiencia, que por fin se llevó a cabo en presencia del sultán, Layton cometió la ingenuidad de hacer una relación puntual de lo ocurrido. Incluso admitió haber golpeado a la mujer con el cabo del látigo, con lo que le rompió dos incisivos. Ofreció retribuirle con dinero, pero los aldeanos rehusaron categóricamente. No habían venido a Marrakech por dinero, declararon. Querían un desquite cabal: Layton debía entregarles dos de sus dientes. Cualquier otra cosa seria inaceptable.

Como los campesinos estaban en su derecho al exigir que se aplicara la ley del lugar, el sultán se vio obligado a ordenar que la extracción se efectuara ahí mismo. El sacamuelas oficial se presentó, listo para comenzar. Layton, aunque bastante confundido, tuvo la suficiente presencia de ánimo para pedir que le sacaran dos muelas que hacía poco habían comenzado a molestarle. Los litigantes estuvieron de acuerdo con la sugerencia. Como los molares son más grandes y pesados que los dientes delanteros, pensaron que así salían ganando.

La operación se ejecutó bajo el atento escrutinio de los aldeanos. Esperaban oír gritos de dolor del infiel. Pero Layton guardó un silencio estoico a lo largo de la dura prueba. Las muelas fueron lavadas y entregadas a los demandantes, que se marcharon perfectamente satisfechos.

El sultán había observado las diligencias con creciente interés, y concertó con Layton una entrevista privada para el día siguiente, durante la cual expresó su admiración por la entereza del inglés.

No podía menos, dijo, que conceder cualquier favor que su huésped le pidiera.

Layton respondió que su único deseo era que se le extendiera el permiso para exportar un cargamento de trigo de Essaouira. Su modestia y su ingenuidad hicieron que el monarca le cobrara afecto, y llegaron a ser buenos amigos.

El emperador esperaba que, con el tiempo, podría persuadir a Layton de que aceptase el puesto de cónsul británico en Marrakech. Por lo menos allí –argumentaba- no tendría que enfrentarse con el viento. Pero la idea no le gustaba a Layton, que prefería continuar su vida en Essaouira con sus caballos y sus perros. Ya se había acostumbrado al viento, decía”

(IV – Puntos en el tiempo)

De entre los escuetos relatos, destacaría tres de ellos: su versión del incidente que, según el propio Bowles, se mencionaba en The empire of Morocco de James Grey Jackson (William Bulner & Co., Londres, 1809) –que corresponde al fragmento antes transcrito-, la historia de la joven Hachuel, y que también, según el autor, es relatado por Eugenio María Romero en El martirio de la joven Hachuel, la heroína hebrea (Gibraltar, 1837) y por Antonio Calle en un drama publicado en Sevilla en 1852, y, por último, el más próximo a la literatura de Paul Bowles quizá sea el episodio protagonizado por un ladronzuelo y pícaro llamado Hattash y que fue un episodio acaecido en 1980.

Puntos en el tiempo, pues, es un collage hecho de pinceladas marroquíes que, en pocas páginas, nos desvelan parte de su alma en un rápido viaje de siglos.

Sergio Barce, Noviembre 2010

Jane & Paul Bowles

(Puntos en el tiempo (Points in time) está editado por Alianza Literaria, 2010, y la traducción es de Rodrigo Rey Rosa – ISBN 978-84-206-5151-4))

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