LARACHE vista por… MOHAMED CHUKRI en “Tiempo de errores”

Ya he hablado de El pan desnudo (Al hobs al hafi) de Mohamed Chukri. Hoy traigo otro libro del mismo autor que, a mi entender, es su mejor obra: Tiempo de errores (Zaman al Akhtaa, 1992). Pero lo hago únicamente para transcribir uno de sus párrafos, donde describe algo de su vida en Larache, y dejaré para otro momento el comentario sobre la novela en sí.

La vida de Mohamed Chukri en Larache está presidida por la pobreza y la desesperanza, y así escribe:

Suelo permanecer en el cafetín de Sidi Abdellah hasta que cierra. Después de medianoche, deambulo por las calles adyacentes a Bab Allah, la mezquita grande, que abre sus puertas para la oración del alba. Duermo en uno de los rincones, sobre la estera de la que se desprende un olor de humedad humana. Me despiertan de mi sueño profundo unos gritos; debe de ser un guarda, con vista de lince, o alguno de los asiduos de la mezquita, que me echa diciendo:

-¡Éste es un lugar para la oración y la plegaria, no para dormir!

Le ruego que me deje quedarme. Como se obstina, irritado, maldigo a gritos la vagina de la madre que lo parió y a toda su parentela y salgo, descalzo, con los zapatos en la mano, de nuevo hacia las callejuelas.

Una mañana temprano, estaba acurrucado en una esquina de la mezquita. Siento que un cuerpo tropieza con el mío y luego se me cae encima. Me despierto y me dispongo a insultarle con furia. Es el ciego Mojtar El Hadad. He oído hablar de él. Es alumno del Instituto de Estudios Islámicos. Un alumno brillante. Destaca en lengua árabe y en gramática y se sabe de memoria el Corán, los hadices del Profeta y la poesía árabe –la de los malditos y la consagrada-. Se deshace en disculpas. Cuando le digo que yo también estudio, saca de debajo de su chilaba de lana el libro “Las lágrimas de los tres amantes” de Kaki Mubarak. Me invita a desayunar juntos en el Café Central para que se lo lea. Es domingo. Al salir de la mezquita le voy contando algunas cosas de mi vida y las circunstancias que me han llevado a estudiar a Larache. Hemos simpatizado enseguida. Cualquier comentario mío o suyo le hace suspirar. Él es también un miserable, pero no un vagabundo como yo. Es huérfano. ¡Él no intercambia maldiciones con su padre! Sin duda, Dios debe de alegrarse de nuestro encuentro. Tiene un hermano mayor que es el que mantiene a la familia y otro menor que va a la escuela. Me repite varias veces en un árabe culto:

-¡Y todo no es más que futilidad…!

Se conoce los atajos de las calles y los desniveles de las aceras. Al ir a cruzar la calle, me detiene en el bordillo. Gira la cabeza a derecha e izquierda, como si él fuera mi lazarillo, y me dice:

-¡Ya podemos cruzar!

Él ve con los oídos. Le dejo ejercer su destreza, como si estuviera solo. Compramos churros y nos vamos al Café Central. Después del desayuno, le leo fragmentos de Las lágrimas de los tres amantes. Cuando me atasco en alguna palabra difícil, él me ayuda, haciéndome repetir:

-El árabe es una lengua oral –me dice.

Estamos en el año cincuenta y siete. En los ochenta leeré un libro titulado “La lengua árabe: un fenómeno fonético”.

Cuando topamos con un verbo difícil, me lo explica, lo analiza y lo conjuga. Él será mi verdadero maestro y yo su asiduo lector. ¡A la mierda los docentes que no tienen paciencia para enseñar!

Leo cualquier cosa escrita: libros –prestados o robados- o una hoja impresa tirada en el suelo; la mayoría de las veces están en español. Me obsesiono intentando descifrar los rótulos de las tiendas y de los cafés, que, a veces, copio en una hoja suelta o en mi cuaderno de notas. Casi todos ellos están también en español. Me urge aprender y me aplico a ello con ahínco, incluso en los momentos más difíciles. ¡Rimbaud tenía razón cuando dijo que no era bueno que los pantalones se gastasen en los bancos de la escuela! Tenía razón él, un hombre que escribió y vio la vida.

larache

Pero, inesperadamente, en el capítulo 16 (“De la miel a la ceniza”) encontramos una de sus creaciones más inspiradas, escrita en el Café Central, y aquí Chukri deja libre su vena más romántica y poética, pero la desesperación aflora al final:

Café Central, 25-9-1961. Para poder vivir siempre con una mujer, he de alejarme de todas las demás. Ella tiene que encarnar a todas las mujeres en una sola; que ninguna se le parezca, que yo la reconozca entre una multitud de mujeres, en la oscuridad; que si se apagan las velas, nos iluminemos el uno al otro; y, si nos separan con un velo espeso, yo la siga viendo y ella a mí. ¡Mujer, luz penetrante! ¡Mujer, criatura cristalina! Aún no te he encontrado.”

Los anteriores textos pertenecen a la versión castellana de Karima Hajjaj y Malika Embarek. Editorial Debate, 1995.

Mohamed Chukri

Anuncios
Etiquetado , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s