Fragmento de la novela “EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES”, DE SERGIO BARCE

   Si en “LA CASA DE LA ARAÑA” (The spider´s house), tal y como indicaba en el anterior post, Paul Bowles retrata el proceso previo a la Independencia de Marruecos y las contradicciones que se producían en la población, otros episodios de aquellos años son igualmente relatadas en mi primera novela  “EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES” (Aljaima, 2000).

Obviamente yo no fui testigo de esos acontecimientos, ni siquiera había nacido, pero sí que me inspiré en un hecho en concreto que vivieron mi madre y mis abuelos maternos, y que conté de la siguiente forma: 

“…Llegó la agitación que en muchas ocasiones trae la Historia, la que se escribe de cada pueblo, y el marroquí no fue excepción. Era un día caluroso y especialmente húmedo, la ropa empapada en sudor se adhería al cuerpo y todo se volvía incómodo, lento, sucio. María, su madre y yo regresábamos de Alcazarquivir, atardecía y la guagua de la Escañuela ronroneaba acercándose a Larache. Un marroquí con el fez descansando en sus rodillas dormía sobre mi pecho, me sentía empapado de sudor pero incapaz de despertarlo. Al entrar en la ciudad, noté cierto nerviosismo en los pasajeros, las cabezas se agitaban mirando a un lado y a otro por las ventanillas de la guagua. No se veía un alma en la calle.

-¿Qué pasa? –preguntó Eduarda, la madre de María.

   A medida que seguíamos avanzando, un extraño olor ocre y desagradable se fue adueñando del ambiente. El hombre que tenía sobre mi pecho dio un sobresalto y me miró como si hubiese despertado en medio de una pesadilla.

-¿Qué es ese olor? –preguntó poniéndose el fez.

-Será una fiesta, porque allí delante hay dos muñecos colgados… -dijo el conductor señalando con una mano.

-Al-láh nos proteja… -musitó el hombre del fez.

-Toni, ¿qué pasa aquí? –me preguntó María con la voz quebrada. Pasé una mano por encima del asiento y agarré la suya.

-Tranquila. Deben ser seguidores del báxa el Raisuni –Eduarda y María se taparon la boca y la nariz con sus pañuelos.

   Los muñecos eran dos cuerpos calcinados, dos traidores a los que habían ahorcado y quemado en ejecución pública y sumaria.

   El trecho de la Estación de la Escañuela a la casa de mis suegros en el Barrio de la Bilbaína se hizo largo, interminable. Corríamos por las calles solitarias bajo el sobrecogedor olor de las cenizas que el viento derramaba por la ciudad. La ciudad era un crematorio al aire libre. Escuchábamos gritos aislados, alguna carrera, una puerta que se cerraba o un portillo que corrían. Entramos en la casa con los corazones retumbando, empapados del sudor, del calor húmedo al que se había añadido el olor del que no había manera de zafarse. Cerré la puerta con llave y, al girarme, vi que María y Eduarda se sentaban lentamente a la mesa, acercándose con las sillas a la que ocupaba el padre de María. Su corpulento cuerpo me parecía entonces diminuto, como encogido, la cabeza hundida entre los brazos que tenía cruzados sobre la mesa; era un hombre abatido, triste, que lloraba. Me impresionó verlo de esa manera.

-Manolo… ¿estás bien? –Eduarda posó una mano en su brazo. María se había incorporado y lo abrazaba por la espalda.

Mi abuelo materno, MANUEL GALLARDO, formaba parte de la Policía de Tráfico de Larache. Es el primero por la derecha

-Papá, di algo.

-Son unos hijos de puta… -murmuró, aguardando en silencio a que don Manuel se tranquilizase y pudiera hablarnos.

-Hoy las nuevas autoridades han invitado a la españolas a que asistieran a un acto de exaltación nacional a favor de Mohamed V. ¿Sabéis en qué consistía? En algo tan patriótico como el ejecutar a sus propios paisanos en la calle. A unos los han atado a unas columnas, los han insultado, les han escupido, alguno se ha meado en ellos, y para terminar los han rociado con gasolina y les han prendido fuego… Gritaban… gritaban como animales –los ojos de don Manuel se empañaban de nuevo recordando las escenas tan espeluznantes que habían soportado-. Han muerto abrasados, de dolor, aullando como perros, peor que los perros. A otros los han ahorcado…

-Lo hemos visto –dijo Eduarda tratando de que don Manuel dejase de hablar.

-Como atrapen al Raisuni… Se han vuelto locos. Y nosotros como policías españoles debemos presenciar las ejecuciones en aras de la buena armonía entre nuestros pueblos… cabrones. Asesinan a los suyos… -Manuel me observó y dibujó una mueca-. Sé lo que estás pensando –me dijo. Yo sentí cómo me ruborizaba-. Sí, qué fue nuestra guerra civil sino esto mismo. Somos una mierda. Todos somos una mierda –se incorporó y se encerró en el dormitorio.

-¿Deben estar presentes en las ejecuciones? –Pregunté ingenuo.

-Deben permanecer y tragarse las ejecuciones para que no piensen que están contra Mohamed V. Sólo trata de que no nos ocurra nada a nosotras –dijo María mirando a la puerta que había cerrado su padre”.

 APROVECHO PARA INDICAROS QUE SI PINCHAIS EL SIGUIENTE ENLACE

PODREIS ESCUCHAR LA ENTREVISTA QUE RADIO NACIONAL DE ESPAÑA

ME HA REALIZADO CON OCASIÓN DE LA PUBLICACIÓN

DE MI ÚLTIMA NOVELA

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

http://www.rtve.es/alacarta/audios/fe-y-convivencia/fe-convivencia-islam-dialogo-convivencia-sergio-barce-31-07-11/1164726/

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9 pensamientos en “Fragmento de la novela “EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES”, DE SERGIO BARCE

  1. miguel a. ponce dice:

    yo he vivido esa noche “fantástica”, y el olor que había desde la Plaza de España hasta Cuatro Caminos, era “sobrecogedor”. Fue una pesadilla..
    Saludos Sergio

  2. Los hechos que narras, (estupendamente) nos lo contaron a todos los niños de la época. Por cierto, mi padre fue conductor de La Escañuela. Un abrazo.

  3. Joana dice:

    Lástima que no encontrara ningún ejemplar pues con lo que acabo de leer estoy segura que me hubiese encantado leer En el Jardín de las Hespérides. Me conformaré, de momento, con ello. Como siempre, Sergio, nos dejas con ganas de leerte más…

  4. mayte dice:

    “La mayor parte de los que habitualmente se encontraban a esa hora en el Casino se apelotonaban a la puerta de entrada. Vargas se giró y entró zigzagueando cubriéndose la boca con las manos, sin apenas fuerzas para contener las náuseas. Los gritos de la calle me llegaban nítidamente.
    Logré abrirme paso a codazos y me quedé allí paralizado con el resto del grupo. Varios cuerpos balanceándose en el centro de la Plaza de España a los que habían ahorcado y prendido fuego, antorchas humanas que se debatían con las manos atadas a la espalda, ya sus gritos de dolor se ahogaban bajo los de quienes chillaban por la calle a favor del rey. Unos gritos que me hicieron recordar las palabras de Don Manuel describiéndolos unos días antes. Eran aullidos estremecedores.
    Baba corría a la cabeza de un pequeño pelotón de cazadores de traidores y, al pasar junto a nosotros, me gritó sonriente:
    —Toni, nada contra ti !jTú, amigo!. —lo que no dejaba de ser un alivio.
    El odio político es abominable, pero si cruza la línea del fanatismo se convierte en el mayor de los terrores. Pasa a engrosar la ya de por sí larga lista de desgraçias naturales que acompaña al hombre. Así eran esos días en Marruecos: terroríficos. Gente de bien asesinada por el mero hecho de haber trabajado para el Báxa el Raisuni que tenía buenas relaciones con España. Marroquíes que habían dejado su vida en un miserable trabajo conseguido con esfuerzo, que sólo pretendían sacar adelante a sus familias, se veían de pronto azotadas y perseguidas por sus propios amigos y familiares. Las ejecuciones públicas en las plazas eran dantescas y los gritos de quienes fenecían lentamente torturados por las llamas se metían en los tímpanos y seguían gritando en nuestros sueños para despertarnos sobresaltados.”

    Sergio la leí al principio del verano y me gusto mucho. Es una parte de la historia de tu familia, un homenaje a tus padres y a tus abuelos, que creo que son los verdaderos artífices de que ames y añores tanto aquel jardín de las hespérides que fue el Larache en el que ellos vivieron. Describes a lo largo de toda la novela los sentimientos, creencias, costumbres y vida cotidiana de los personajes con tanta pasión, que al final tenemos la impresión que hemos estado allí, y que hemos vivido a su lado todos los acontecimientos que nos cuentas.

    Me da mucha envidia ese amor que le tienes a los marroquíes y que sientes que ellos también tienen hacia ti. Yo que he sido durante tantos años parte y familia de ellos realmente nunca me he sentido tan querida ni aceptada. Aunque quizás no sea lo mismo ser un conocido o amigo que pasa un tiempo con ellos y que tus costumbres y forma de vida a ellos no les afecta para nada, que ser parte de los suyos y además ser la que educa a su nieto. O tal vez sea, mas que una cuestion de religión y cultura, una típica relación suegros nuera, jejeje… no?

    “Si Antonio hubiese sabido cuánto hube de luchar para que sus padres dejasen que me acompañara. Su madre pensó que era una locura, claro, de un viejo chocho, porque voy a cumplir los sesenta y uno soy un anciano para ella, ya veremos qué dice esa arpía cuando tenga mi edad, pero me salí con la mía, la primera negativa de mi hijo me fortaleció en mi postura, incluso él se opuso al viaje, para matarlo, incapaz de olvidar su niñez en estas tierras y estuvo a punto de negarle a su propio hijo que visitase las calles por las que él jugó a su edad, también el trabajo lo absorbe demasiado y esa mujer tan posesiva que no lo deja respirar, le dije «me llevo a Antonio os pongáis como os pongáis» y no supieron reaccionar, nunca me habían visto tan decidido, hasta Antonio pareció sorprendido asomado en la puerta del comedor, escuchando una discusión que debió parecerle absurda, ¿yo no era su abuelo?.”
    Un beso Sergio.

    • sergiobarce dice:

      Vaya, Mayte, me ha ecantado leer este fragmento de mi propia novela pero reproducida por alquien que no sea yo mismo, jeje. De lo que dices, supongo que tienes razón. Todo viene de mis abuelos, de mis padres, de la pasión de ellos por esa tierra, de mi infancia, que fue tan feliz allí, de los amigos que tenía y que sigo teniendo. También ha debido influir que Rachida, que fue compañera de mi padre en Uniban, se convirtiera en “mi segunda madre”, y tener una segunda madre musulmana y marroquí debe influir, o al menos hace que vea mi relación con los larachenses marroquíes más cercana. Mohamed Sibari se crió con mi abuelo materno, y Mina, la mujer que trabajaba en mi casa, me dio una lección de cariño que no puedo olvidar. Asíi que hay muchos factores para que se me note tanta cercanía con ellos.
      EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES es una ficción, una novela, pero está escrita con parte de la historia de mi abuelo, y de mi padre. En realidad cuento mi infancia, trasladada de época, y la juventud de mi padre, pero incluyendo cosas de mi abuelo. Así surgió esa historia.
      Me alegra saber que te gustó. Un beso

  5. Tiyani dice:

    Querido amigo,

    Tu magnifico relato me trae tristes recuerdos de esos dias negros en la historia de Larache. Te agradezco tu sinceridad y tu afecto a nuestra tierra, la que nos vio nacer y crecer, la que compartiremos a lo largo de nuestra existencia. Un cordial abrazo

  6. Joana dice:

    Las horas de estío dieron para mucho… para leer, meditar y mucho más.
    Finalmente pude leer EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, emocionante, conmovedor… y la aparición de Fátima en escena el toque supremo!
    No acabo de entender por qué según Enrique Vila-Matas, mezclar ficción y realidad es garantía de fracaso literario. No es en absoluto tu caso, Sergio, pues en esta novela has tomado la realidad y nos ha entregado la ficción de forma espléndida!

    • sergiobarce dice:

      Joana, creo que lo que dice Vila Matas no es un axioma. De hecho, cuántas obras fantásticas no se basan en hechos reales, y, por supuesto, con ficciones añadidas… Paul Bowles, Chukri, Vargas Llosa, Garriga Vela… Miles. Todos los escritores, lo admitan o no, utilizan de su experiencia personal o de sus amigos o de sus familiares, y hacen un cóctel con esa realidad y con lo que crean con su imaginación. Es así.
      Y lo que dices de la novela, gracias, espero que me hagas uno de tus detallados análisis.
      Besos
      sergio

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