“SOLO QUIERO REMAR”, un relato de SERGIO BARCE

SOLO QUIERO REMAR es uno de los relatos que forman parte de mi libro ULTIMAS NOTICIAS DE LARACHE Y OTROS CUENTOS (Aljaima – Málaga, 2004), y está dedicado a mis amigos Mohamed Lahchiri, Mohamed Chakor y Mohamed Bouissef. La historia dice así:

Cruzando el Lükus

En cuanto llegábamos al embarcadero, yo buscaba con excitación la barca de Abdussalam. Aguardábamos en un orden anárquico nuestro turno, observando la perezosa y rutinaria pelea de los barqueros pugnando por hacerse con otros pasajeros nuevos. Las pateras chocaban entre sí, como frágiles cascarones, y el sonido de esos golpeteos y el del agua, lamiendo las escalinatas grises, se mezclaban con las voces de los barqueros y las de nuestros padres mientras regateaban fijando el precio para que nos ayudasen a cruzar a la otra banda. Al fin, descubría a Abdussalam y tiraba de la camisa de mi padre señalándole aquella barca quejumbrosa. Mi padre cedía entonces su turno a los que nos seguían, hasta que Abdussalam conseguía acercarse lo suficiente para que saltásemos a su embarcación.

Cruzando en la barca mi madre. Manolo Alvarez, mi hermana Marisol, Miguel Alvarez y yo

La patera se tambaleaba a causa de nuestros inexpertos abordajes. Abdussalam nos asía de las manos, pero, así y todo, era inevitable no creer que zozobraríamos ridículamente en el propio embarcadero. Íbamos mis padres, mis hermanas y yo. Lentamente, bogando con un solo remo y manteniendo el otro hundido en el agua, Abdussalam conseguía zafarse de la absurda maraña de barcas atascadas al final de las escalinatas. Por fin, sorteando a unas y a otras, nos alejábamos de ellas y la barca enfilaba hacia el interior del río. Ahora, Abdussalam bogaba con los dos remos a la vez. Para ayudarse, tomaba como punto de apoyo la tabla del centro de la embarcación, descansando ahí un pie, y el otro lo dejaba firme en el fondo. Llevaba los pies descalzos, negros y encallecidos, y el torso desnudo, igualmente tostado por el sol que lo perseguía con pereza en cada una de sus travesías de banda a banda. Sólo vestía un pantalón, que parecía haber sido verde, lleno de lamparones, roído y agujereado. Al hundir los remos y tirar de ellos hasta el pecho, sus músculos se tensaban, perlados con un sudor acristalado y ardiente. Había, en las venas henchidas de sus manos, un paisaje lunar de ríos y de mares, de sal y de fango. Yo admiraba su destreza y pretendía imitar el sabio rimo que confería a sus movimientos. A cada boga, resoplaba como un toro malherido.

-Rubio, ¿tú <aiuda>?

cogiendo la barca – foto de Itziar Gorostiaga

Abdussalam conocía perfectamente que yo llevaba todo ese trecho aguardando a que me pidiese ayuda, aunque fuese innecesaria. Saltaba por encima de mis hermanas, me acomodaba a su lado y, cada uno, sujetábamos uno de los remos con las dos manos.

-¡Uáhed, yuy, tléta! 

A la de tres, y seguíamos camino. Ahora era yo quien, a su lado, capitaneaba la barca hacia la boca del río. Mi padre sonreía al comprobar que mis pies aún no alcanzaban la traviesa en la que Abdussalam apoyaba la pierna, pero yo pretendía estar a su altura y me esforzaba por seguir el ritmo que había impuesto. Al hundir el remo en el agua, el extremo que yo asía se levantaba muy por encima de mi cabeza y me elevaba con él, obligándome por su fuerza a incorporarme de mi asiento. Luego, tenía que tirar con todas mis energías para llevármelo al pecho y volvía a sentarme para darle de nuevo brío a la embarcación, una y otra vez, sincronizado con Abdussalam, al menos en lo que podía. Era un esfuerzo endiablado. Me levantaba otra vez con el impulso del remo y volvía a sentarme arrastrando la palada, como si descuartizara el vientre de un cetáceo.

Al olor de Abdussalam era un olor a sudor de marino, a esfuerzos sin recompensas, a sueños embarrancados. Su olor era el almizcle del Lükus y del Atlántico, del azúcar y de la sal, de las redes encanecidas y del humo de los cangrejos cocidos. Su olor era como el color de sus ojos, verde esmeralda, verde océano, de agua y de aceite. Sintiendo su brazo al rozarme, me creía su compañero de fatigas, su apoyo ineludible sin el que no podría alcanzar su meta.

A veces, Abdussalam me echaba un vistazo por encima del hombro, con los ojos arrugados, con una sonrisa malévola, y aceleraba de improviso remando con más potencia, bogando con más rapidez y decisión. Yo trataba de seguirlo durante los primeros segundos, pero, enseguida, me enteraban unas incontrolables ganas de reír, una risa nerviosa y agotada, y él me imitaba y dejábamos caer los remos como fardos. Los maderos chasqueaban la superficie del agua como si rompiésemos una ventana a pedradas y ese mismo golpe levantaba unos ligeros y efímeros penachos de espuma. Mis padres se reían de mi gesto de derrota.

-Rubio, hoy major, jae, major…

Siempre me decía lo mismo. Eso significaba que debía volver junto a mis hermanas para que Abdussalam pudiera gobernar la barca hacia las rocas en las que íbamos a desembarcar. Allí, al borde de las piedras enfundadas con el verde profundo del musgo, un chaval agarraba la proa y la sujetaba mientras descendíamos. Mi padre le daba unos dirhams a Abdussalam, que regresaba al instante deshaciendo el camino. 

Ya en la playa, buscaba a mis amigos y jugábamos al fútbol aprovechando la bajamar. La arena se endurecía, viva y fresca, y así nos servía de improvisado campo de juego. Y, en cuanto volvía a subir la marea, me machaba con Juan Carlos Palarea y Luisito Velasco o con José Gabriel Martínez y Pablo Serrano a buscar cangrejos por entre las rocas. Aguilar prefería los centollos, pero eso era harina de otro costal y, casi siempre, terminaban en manos de los hermanos Alvarez, que eran mayores que nosotros. También teníamos la opción de recolectar mejillones en Punta Negra, aunque era territorio de los pescadores de caña y de los vendedores de mariscos. Allí me encontré a Conchi Lama, llorando porque su hermano Paco le había quitado un cangrejillo transparente con el que ella jugueteaba haciéndolo correr por encima de sus piernas. Le conseguimos otro, casi un duplicado, pero ella dijo que su cangrejo era más bonito y no hubo manera de convencerla de lo contrario.

Sergio Barce y Luis Velasco, muchos años después

A media mañana, comimos cangrejos cocidos, que vendían en la playa ofreciéndolos en cubos de plástico. Y, más tarde, también chumbos. Yo me atiborraba de chumbos jugosos, enrojecidos de sabor, que, al morderlos, te hacían cosquillas en la boca como una  carrera de hormigas que huyesen por tu interior hasta llegar a los oídos. Con eso, me daba por satisfecho. Pero mi madre me obligaba además a comerme un bocadillo de manteca amarilla. Ese almuerzo sólo era un breve paréntesis. En cuanto acababa con las viandas, volvíamos a nadar y a correr.

pescando en el espigón, foto de Javi Lobo

Miguel Alvarez nos desafió a un partido de fútbol. Era un encuentro desigual, desnivelado. Los mayores solían vapulearnos con cierto entusiasmo por su parte, como si protagonizasen una gran hazaña. Miguel y su hermano Manolo, Balboa, Eduardo Espinosa, Nourdine, Brito y Javi Lobo, por un lado, dieron buena cuenta de nuestro equipo infantil: Juan Yankovich, Luis Velasco, Cayetano Cabezos, Lotfi Barrada, José Gabriel Martínez, Palarea y yo. Los mayores se pasaron todo el partido burlándose de nosotros, mareándonos con la pelota de plástico que hacían circular para cabrearnos. Ese día nos humillaron con un contundente doce a uno. Lotfi juró no volver a jugar nunca más contra ellos, y Yankovich, que era el mejor de los nuestros, se contentó con marcarles nuestro gol del honor y haberle dado una buena patada en las espinillas a Manolo.

Miguel Alvarez y Javi Lobo

Sobre las seis y media, la gente comenzaba a recoger y a marcharse de la playa. Algunos se rezagaban en el Bar Playa y otros compraban cubos de angulas por un duro. Era el mejor momento del día, como si una calma edulcorada se apropiase de la playa entera. El río se hacía más lento y el sol se contagiaba igualmente de un cierto candor. Mi padre se animaba entonces a jugar conmigo, yo de portero y él chutando, lanzándome inocentemente la pelota para que yo la detuviese sin dificultad. Volvían a pasar los vendedores de chumbos, de bogavantes, de cangrejos y de angulas, pedro mi madre negaba con la cabeza contestando así a mi gesto de súplica, sabiendo que si volvía a probar un chumbo más me pondría enfermo del empacho.

Cuando el sol se tornaba de un naranja flamígero, apoyado suavemente como un globo en lo alto del faro del espigón, plegábamos la sombrilla y nos dirigíamos al improvisado embarcadero del primer meandro del río. En mi entusiasmo, me adelantaba a mi familia y corría por la arena hasta llegar a las rocas para vigilar desde allí y localizar a Abdussalam y a su barca. Yo sentía en mi pecho el aleteo del nerviosismo, la vibración del entusiasmo, la urgencia por saltar a su barca cansada y bogar a su lado, bogar a la par y luchar brazo con brazo hasta alcanzar las escalerillas del muelle. Yo sólo quería remar.

Sergio Barce

Vista del río Lükus – foto Itziar Gorostiaga

    

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10 pensamientos en ““SOLO QUIERO REMAR”, un relato de SERGIO BARCE

  1. Simon Pariente Oziel dice:

    Hola Sergio tus comentarios sobre Larache son tan bonitos que siempre que leo algo me quedo muy emocionado,te dire una cosa a mi me gustaba remar mucho, nosotros como chiquillos pasamos nadando hasta la otra banda y uno de nosotros cojia la ropa en la barca.
    Un abrazo SIMON

    • sergiobarce dice:

      Gracias, Simon. Yo también solía tirarme de la barca e iba nadando a su lado, creo que eso lo hemos hecho todos cuando éramos chavales. Y me alegra que mis historias te emocionen.
      un abrazo
      sergio

  2. Charly Susana Moryusef dice:

    Si que és verdad que lo pasabamos bomba el verano,con los botes para pasar la otra banda,era una excurcion,recuerdo una anecdota,que cuando volviamos de la otra banda,poniamos los cangrejos y los boquerones o sardinas en una especie de chimenea que habia fuera de la fabrica de hielo para asarlos y estaban buenisimos y un sabor del mar,,,,,,,,,
    Sergio gracias por recordarnos cosas de nuestro pueblo
    Un abrazo
    Charly

  3. Raquel Fhima dice:

    Hola Sergio

    Encantada de repasar este relato nuevamente, ya lo había leído en el libro, pero es un gusto leer cosas tan hermosas, recuerdos que me son tan afines, mi madre también nos cuenta que le pedía los remos al barquero y ella remaba a Otra Banda……su madre, mi abuela z`l les preparaba bocadillos de tortilla española o francesa y almorzaban con ellos,…cuando llegaba el verano no desperdiciaban un solo día de playa……

    Te cuento que hace poco termine de leer nuevamente Una Sirena se ahogo en Larache, es un libro que me ha encantado, me ha dejado muchísimo….y siento que es una novela que quizás nos de una segunda parte……

    Saludos

    Raquel

    • sergiobarce dice:

      Vaya, Raquel, no había pensado en una segunda parte, pero nunca se sabe… Me encanta saber que te ha gustado tanto que la has leído por segunda vez, no te imaginas lo que eso me anima a seguir escribiendo.
      Besos
      sergio

  4. Cristina Martínez Martín dice:

    Precioso relato Sergio, ¡enhorabuena!

  5. matilde lopez quesada dice:

    hola sergio no tengo el gusto de conocerte yo soy mati la hermana de pepe el interno de los maristas buscando si podia encontrar gente conocida de aquellos años lei un comentaio que te hacia lobo referente a mi hermano me gustaria contactat con los de aquel tiempo no recuerdo muchos nombres pero si algien se acuerda de mi de mis hermanas pepi reme marga y por supuesto pepe que contactara conmigo un saludo

    • sergiobarce dice:

      Hola, Matilde. Yo creo que sí nos conocíamos del colegio de las monjas, ¿es posible? ¿No llevabas unas gafas de montura de pasta oscura? Lo mismo me estoy equivocando de persona, pero tenía una compañera llamada Matilde, y lo mismo eras tú.
      sergio

  6. La verdad es algo tan bonito, estos escritos que narran algo sobre recuerdos larachenses, al leerlos siento calidez en mi cuerpo y alma en estos dais un poco fríos que se notan en mi lindo natal Larache, pues miles de gracias estimado amigo Sergio de rescatarlos y compartirlos con nosotros un abrazo cordial y aquí les dejo algo de mi recuerdos personales sobre mi lindo natal Larache.

    ALGO PARA HISTORIA
    DE MI LARACHE
    (13/09/2010)

    ¡Oh! mi tránsito te suplico no te contienes
    mientras los que forman mis entidades
    al diario las veo, se marginan y se humillan
    legiones de barro y ladrillos se adelantan
    le atacan y con sus pies le injurian
    liderados por los que no comparten
    conmigo realce de mi sentido noble
    el que me atrae al lugar donde broté
    mi conciencia y el cariño me otorgó
    mi primer rayito de luz en él lo he notado
    donde les he hecho oír mi primer grito
    sus calles admitieron mis curiosidades
    cuando era un fanfarrón adolescente.
    Un día me saquearon todo lo bonito
    lo querido que me ataña a mi pasado
    por ignorar lo intocable de la gente
    como las sagradas memorias de mi mente.
    Ayer al Teatro España gemir le he oído
    cuando martillos lo estaban derribando
    después al famoso Cine Ideal llegaron
    con saliva del comercio en sus labios
    dio resistencia a sus ruidosos picachos
    no se rindió, resistió hasta que usaron
    gigantescas perforadoras de hierro
    levantaron sobre sus escombros
    los grandes edificios de inmuebles.
    Luego en silencio de la media noche
    se agruparon los amigos monopolios
    en mesa redonda trataron en conjunto
    Coliseo Maria Cristina apelaron su muerte
    lo borraron de la historia de mi Larache
    antes lo hicieron con la hermosa Fuente
    de la plaza central de la medina privilegiada
    postales en azulejos en aguas sumergidos
    donde nadaban pequeños pececitos
    chorros de agua de bronceados lionés
    en cada vértice, un sapo de bronce
    faroles de luz la iluminan en cada noche
    macetas de colores con rosas y flores,
    palmeras verdes en rincones de sus jardines
    fueron el reloj del tiempo con rayos solares
    un reloj eléctrico con tres facetas grandes
    plaza rodeada con la otoñal arbolada de Arces.
    Me hicieron vivir sin mis bellos recuerdos
    ¡Oh! mi final acelérate, ya no puedo soportar
    tantas perdidas de los que me hacían recordar
    bellos tiempos que he vivido en mi Larache.
    Hoy solo con ansia los oigo en mi oído trepidar.
    Asociaciones ciudadanas hoy lograron parar
    sus ambiciones injustas de querer niquelar
    Cine Avenida a un comercio querían cambiar.
    La vetusta Larache o “Lixus” la novia del mar
    en su verde colina en días, la quieren dañar
    ya de este tiempo no tengo nada que esperar
    ¡ay! de mi, a mi Larache no he podido olvidar.

    Autor: Mustafa Bouhsina
    Derechos reservados

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