LA TIERRA PROMETIDA, UN RELATO DE LA ESCRITORA LARACHENSE ALICIA GONZÁLEZ DÍAZ

De nuevo un delicioso escrito de Alicia González que me envía para ser colgado en este blog. En esta ocasión, un hermoso viaje por todo Marruecos, mirado desde cierta nostalgia y un profundo cariño hacia esta tierra. Para quien no conoce el país, sin duda es un aperitivo irrechazable, casi una invitación a conocerlo de manera obligatoria. Pero sin duda son las lineas que dedica a su pueblo natal, Larache, las que más emoción transmiten, las que delatan su arraigo y sus raíces. Ahora que Alicia está a punto de reeditar de nuevo en PDF su novela “Entonces y después”, saboreemos el lujo de sus palabras.

Sergio Barce, febrero 2013

LARACHE - foto composición de Houssam Kelai

LARACHE – foto composición de Houssam Kelai

LA TIERRA PROMETIDA

Viajando por Marruecos es preferible no fijarse metas de antemano, pues se suceden constantes descubrimientos, casi siempre sorprendentes, ya que un encanto particular se desprende de la gran variedad de sistemas de vida, que van desde los rascacielos en los bulevares de la metrópoli de Casablanca a las jaimas de los nómadas en las extensas comarcas del Sur; mezcla perfecta de la vida moderna y lo exótico.

Descendiendo por la carretera de la costa atlántica, desde Tánger, al más meridional pueblecito, Goulimine, mercado de camelleros y residencia de gentes emparentadas con los tuareg, encontraremos los grandes centros urbanísticos donde conviven el aguador que transporta el líquido en odres de piel de cabra, el modesto mercader de quincallería, el humilde zapatero ocupado en una tarea milenaria, el preparado técnico, el intelectual y el gran empresario internacional, y pequeñas localidades que despertarán nuestra curiosidad: los poblados bereberes, neolíticos ksar, que de lejos parecen inaccesibles, siendo en realidad, un conjunto de pequeñas casas construidas con arcilla comprimida en cajones, apoyados sobre las paredes del fantástico valle del Dades, y donde las mujeres aún trituran el trigo con muelas de mano, o aldeas donde el pasado revive con especial evidencia, como la minúscula fortificación de Tineghir, en el Alto Atlas, completamente amurallada y que hacer recordar las incursiones que las tribus de las montañas llevaban a cabo contra los habitantes de la llanura.

valle del Dades

valle del Dades

En las ciudades de Marruecos, poco numerosas pero en fase de desarrollo y crecimiento, el bullicio, la vida, se concentra en torno a la medina, antiguo núcleo árabe de la población, que constituye, por sí misma, un típico rincón de este país del norte de África, con evidentes contrastes de intrincados laberintos de callejuelas, donde el visitante extranjero se perderá sin los servicios de un buen guía, y en las que se ofrecen numerosos cuadros pintorescos entre los artesanos en sus oficios ancestrales: tintoreros, curtidores, hilanderos, herreros…, todos, empleando métodos de trabajo del Medievo. En los zocos o mercados cubiertos, late el corazón del Marruecos enigmático y peculiar, en los que el comerciante trata de convencer apasionadamente al cliente de la excelente calidad y el bajo precio de sus artículos y donde en el curso de una sola tarde hasta el anochecer, podrá comprar teteras, alfombras, tarbús y antiquísimos astrolabios; degustar unas deliciosas rghaïfs con miel, unos sabrosos pinchitos, que se mantienen calientes en braseros de carbón o tomar el té con hierbabuena, ver a un encantador de serpientes, probar puntería en un puesto de tiro al plato, hacerse un corte de pelo, aspirar el olor de las especias, la albahaca, el incienso, y los perfumes, descubrir amuletos y pociones o contemplar a un grupo de Gnawa, bailarines ataviados con vistosos trajes  y que acompañarán su animado espectáculo con la música de los tradicionales tambores hechos de barro, pintados de vivos colores y cerrados por un extremo con la piel tensa de un carnero y, por otro lado, construcciones, a veces espléndidas como la mezquita de Kutubia, célebre símbolo de Marrakech, y cuyo alminar es el más bello y fino ejemplo almohade del siglo XII.

Fez

En la parte vieja de la ciudad suele entremezclarse sutilmente el palacio del pachá, generalmente de extraordinaria fastuosidad, y los mihrab decorados con azulejos multicolores y rodeados de jardines donde crecen plantas exóticas, bambúes y plataneras en torno a la tumba de los Walis o santones, y edificaciones de puertas azules, balaustradas con arabescos de hierro forjado, pintorescas contraventanas y pequeños zaguanes donde los bordadores, verdaderos artistas en su trabajo, con hilo negro, añil o dorado adornan caftanes, chilabas y babuchas. En esta parte de la ciudad viven, casi exclusivamente, los descendientes de las familias de mayor raigambre, los comerciantes acomodados y los eruditos; en la parte moderna, cosmopolita, residen europeos. La melah o judería, son los barrios reservados para los hebreos, antes numerosos en este país y que visten y viven de un modo parecido al árabe tradicional; sin embargo, las mujeres no usan velo. Conservan su religión y hablan el español, tenazmente guardado desde los tiempos de la expulsión de los judíos de los diversos estados europeos, especialmente de la Península Ibérica; un castellano arcaico y curioso, desaparecido hace tiempo de España.  

En la zona que hasta hace algunos años fuera protectorado español y que está enclavada en tierras rifeñas, se advierte enseguida la coexistencia de una típica medina árabe y de una clásica plazoleta de rasgos españoles con arcadas y bancos de azulejos en torno a una fuente central. En medio de una atmósfera totalmente marroquí, se nota una profunda huella del plan de revalorización que España llevó a cabo allí; obras hidráulicas y portuarias, ferrocarriles, y la ordenación de ciudades tales como Tetuán, Xauen, Arcila, Alcazarquivir, Nador, Villa Sanjurjo, pero también es verdad, que polariza cierta emoción el contemplar, descuidadas y casi ruinosas, muchas de estas construcciones que fueron levantadas con esfuerzo, paciencia y una diligencia infatigable. Esta visión tiene, incluso para los acostumbrados, algo de nostálgico y sentimental.

Alcazarquivir

Alcazarquivir

En cualquier itinerario que siga el viajero, y aunque el país marroquí fue convertido en provincia romana bajo el mandato del emperador Claudio, el testimonio de la civilización romana es prácticamente inexistente, salvo en la costa donde quedan algunos vestigios: Volúbilis, junto a la ciudad santa de Muley Idriss, cerca de Mequinez.

Un periplo a través de Marruecos, nos mostrará los contrastes de un ambiente físico formado por ricas planicies, montañas nevadas, playas soberbias y ardientes desiertos. Esta misma variedad se da también en sus habitantes, mezcla de caucásicos bereberes, de origen misterioso, árabes y europeos, en armoniosa coexistencia de leyenda y vida moderna que crea una encantadora magia a cuyos sortilegios no se puede escapar.

La costa de la vertiente mediterránea, alta, abrupta y pintoresca, difícilmente alcanzable, con ensenadas a las que es imposible llegar desde el interior, exceptuando la magnífica bahía de Tánger, se transforma, pasado el cabo Espartel y siguiendo el particular movimiento ondulatorio del Atlántico hasta el lejano cabo Guir, en una ribera baja y arenosa, de playas acogedoras, como las inolvidables de Agadir, de aguas tranquilas, abiertas a las influencias externas.

Junto al sistema orográfico formado por el Rif y que puede seguirse a lo largo del anfiteatro en el que se curva sobre el Mediterráneo, mirando hacia España y que alcanza su mayor elevación precisamente en la mitad de este arco, en el Yabel Tidiguir, las tres cordilleras del Atlas, son casi paralelas y corren, respecto a los meridianos, diagonalmente.

Lo que más sorprende a quien atraviesa estos sistemas de montañas y valles, es su fascinante monotonía, las formas redondeadas o las moles que se recortan en quebradas sobre el cielo, inmensa serenidad compensada por el fantástico colorido y el inesperado surgir, en los puntos y momentos más imprevistos, de impresionantes paredes rocosas y claras cimas que recuerdan a los Alpes y que como un gigantesco signo mágico sobre los valles, sobre el mundo entero, domina todo, se impone a todos, obsesionante, silencioso, contrapunto a la lejanía, al tumulto de la superficialidad y de futilidad del espectáculo de una urbe en boga. Bosques de coníferas: tuya, ciprés, cedro y enebro; encinas y carrascos; alcornoques en Mamora y en las zonas húmedas, olmos y fresnos, contribuyen a la belleza de los parajes. El esparto se extiende como una plaga, al igual que el aroma del mirto, la lavanda, el tomillo, la menta y el tamarindo.

Los montes marroquíes se prestan muy poco al asentamiento de núcleos de población, excepto en algunas laderas de suaves declives, donde se hallan diseminadas numerosas aldeas y cábilas formadas por casitas bajas con techo de hojalata, casi siempre emplazadas cerca de un uadi de curso irregular, cuyas aguas se emplean para el regadío. Sus habitantes se dedican al pastoreo y al cultivo de pequeñas parcelas de tierra que intentan resguardar de la erosión producida por fuertes precipitaciones ocasionadas por la cercanía del mar, y del Charguí, viento procedente del Este, muy parecido al Siroco.

Superados los trece kilómetros del Estrecho de Gibraltar que separa al Imperio Jerifiano de Europa, nos encontramos con una humanidad que cambia totalmente de civilización, de cultura, de modo de vivir y de pensar, sobre todo el elemento bereber en el que se impone el pasado, practica una especie de seminomadismo, se ha mostrado siempre consumado jinete y muy belicoso. El grupo que habitualmente pasa por árabe, aun conservando tradiciones del mundo islámico, se adapta con rapidez a las nuevas formas de vida que el cambio de estructuras económicas del país lleva inevitablemente consigo.

El escritor Julián Marías decía que en el rostro humano, abreviado y resumido en los ojos, es donde se descubre a la persona y se hallan las trayectorias que son la parte virtual de su biografía íntegra. En la mirada de un marroquí encontramos apasionamiento, lealtad, indolencia, astucia, generosa hospitalidad y una entrega total a la amistad verdadera; frente a la traición, un  desmedido afán de venganza y una admiración reverente de los “no elegidos” hacia los que poseen el poder espiritual que ellos llaman baraka.

Región del Rif

Región del Rif

Las gentes que viven en la región del Rif, en las fértiles tierras que se extienden entre los ríos Muluya y Kert, antaño fanáticos cabileños que acaudillados por Abd-el-Krim, una de las figuras más importantes del nacionalismo musulmán contemporáneo, derrotaron a las tropas del general Silvestre en Annual  y amenazaron gravemente las soberanías francesa y española en Marruecos, son, hoy día, pacíficas y caballerescas, dedicadas a la agricultura y al particular pastoreo de trasladar el ganado de las zonas elevadas a las llanuras y viceversa, según la estación, en busca de pastos. Pertenecientes al tronco semítico, no se asemejan a otros bereberes de rasgos parecidos a los indígenas del valle del Nilo, de labios gruesos, nariz ancha y piel un tanto oscura; ni presentan las características raciales primigenias del árabe; son tipos que se parecen más a los habitantes de las regiones meridionales de Europa; cuerpos esbeltos e incluso cabellos y ojos bastante claros.

Sin apenas contactos con otros ambientes, se aferran a su tradicional forma de vivir y a antiguos hábitos, conservando en toda su pureza las viejas creencias y supersticiones. Sus vidas se amoldan a un patrón sencillo; para ellos un día no es distinto a los demás, sucediéndose los años sin dejar una huella ni una pisada y silenciosamente, sin amargura, sin reproches, con una paciencia estoica, soportan las vicisitudes que les puedan acaecer.

Así como para los tuareg, el mehari es motivo de orgullo, para los rifeños, su precioso capital es la tierra y bajo la lluvia suave y el calor del sol, ven en el surgir de cada nueva cosecha, aunque crezca también la mala hierba, una promesa, y se entregan a una labor penosa, dura, agotadora, como es la aplicación de cualquier proyecto que depende auténticamente de la tierra para ser realizado y cuando llega la hora y la muerte devuelve sus almas a Dios, sus cuerpos son depositados en la fosa donde yacerán sin otro recubrimiento que esta misma tierra. 

LIXUS

LIXUS

Las ruinas del antiguo Lixus, ciudad fenicia donde la leyenda sitúa el Jardín de las Hespérides, del que procedía la Manzana de la Discordia con la que Hipómenes derrotó a Atalanta, dista unos tres kilómetros de El Araish, población del norte de Marruecos asentada entre el Atlántico y el lado izquierdo de la desembocadura del Lucus, y que limitada por salinas y tierras de cultivo, es una ciudad amable y pequeña, cortés y sin afanes brutales de elevarse sobre las demás.

En su medina, los alminares, algunos de considerable belleza, se elevan sobre el deslumbrante blanco de las terrazas y umbrosas mezquitas. También dentro de la ciudad vieja se encuentra el Museo de Testimonios Fenicios y Romanos y el Conservatorio de Música, con un patio interior de admirables estucos; el puerto pesquero de modesta capacidad y la heterogénea animación de su Zoco Chico, donde se mezclan intrincados laberintos de callejuelas, bazares, talleres instalados en minúsculos receptáculos acoplados en estrechos zaguanes y las formas y los colores de las mercancías que se desparraman desde las pequeñas tiendas en las que se comercia y se paga en dirhans, ofrecen gran interés.

Las características comunes en todos sus barrios periféricos son la aglomeración de construcciones humildes y la ausencia casi total de infraestructuras urbanas.

La ciudad nueva conserva una profunda huella española en sus recogidos barrios de edificios que respiran autoridad, algunos prácticamente abandonados. En la avenida principal, llamada Mohamed V, se hayan algunas casas comerciales, los bancos, la Misión Católica, el edificio de Correos y una hilera de bonitas villas de sencillo estilo cuya ornamentación son algunas molduras y dibujos de cal, rodeadas de jardines donde se retuercen ampelopsis y enredaderas de papel, arranca del cementerio de Lalla Menana hasta el corazón de la vida ciudadana: la Plaza de la Liberación, guarnecida de altas palmeras y decorada con cerámica sevillana, está rodeada de cafés de estilo europeo y constituye, al caer la tarde, una meta de bullicioso paseo. Una de las arterias que irradian de esta plaza conduce a un amplio mirador sobre el Atlántico; espectáculo de esplendor saturado del olor del Océano y el ruido del romper de las olas en espuma contra las ásperas paredes rocosas.  

BALCON ATLANTICO DE LARACHE

BALCON ATLANTICO DE LARACHE

Soy hija de Larache. He alcanzado ya esa edad en que las horas y las hojas del calendario parecen pasar muy aprisa y, a veces, cuando me encuentro sola, en una escapatoria del presente, mi corazón de mujer se hunde en pensamientos nostálgicos, en viejas reliquias que son custodia de mi niñez y adolescencia. Cierro los ojos. Veo mi ciudad natal como la veía entonces: sus calles dormidas en las hermosas noches estivales; la belleza del Océano contemplado desde la larga balaustrada del Mirador en las tardes de encendido Poniente, bajo un cielo manchado de color ciruela y un olor, mezcla de salitre y humedad, impregnando el aire por el que volaban gaviotas; la belleza de sus jardines vestidos de primavera o desnudos en la agonía del otoño dorado. Cerca, al atardecer, la alegre algarabía que los gorriones con un clamor de batalla formaban en el jardín de la que fuera residencia de la familia Gomendio. En las estrechas callejuelas, el sol haciendo chiribitas. La Plaza de España con altas palmeras, cálidas, silenciosas, o con el ronroneo de sus grandes hojas, delicado y suave. La animación de la calle Chinguiti, pequeña arteria plena de vida, alegre. A lo lejos, el faro solitario… En las mañanas marceras, nubes densas deslizándose en la bóveda ininterrumpida de un cielo de brumas… Todos estos lugares y todas estas cosas tenían a mis ojos algo poético y guardo hacia su memoria una gran devoción.

Del mundo de los recuerdos no tenemos sino pocos momentos que luego nos sintetizan zonas a veces dilatadas de nuestras vidas. El mar, un camino, un jardín, la casa familiar, nuestra ciudad. El paisaje, una vez recorrido, se compendia en nuestro espíritu en una parcela de visión, en aprehensiones de aquí y de allá del amplio horizonte. No otra cosa sucede con los trechos de nuestra existencia, con los afanes y amores que en ellos ponemos. Por eso he aprendido a valorar y agradecer a los que, seguramente guiados por el mismo amor hacia Larache, mantienen vivos nuestros recuerdos.

Mi encuentro con el Blog de Sergio Barce, un enamorado de Marruecos y un generoso amigo, ha sido algo magnífico.

Gracias a Driss Sahraoui por sus acertados relatos descriptivos. Gracias a Carlos Tessainer porque sabe reconfortarnos con sus manifestaciones en defensa de “nuestra tierra”. Gracias a Paco Rodríguez porque de manera sencilla y sincera nos ha contado que antepasados suyos dieron vida e identidad a algunos de los pioneros españoles que se asentaron en aquellas tierras africanas.

Querida Maruja Gallardo, también yo siento la misma inquietud al pensar que llegará un día en que físicamente no estaré capacitada para volver a Larache. Será triste, pero me reconforta esperar que quizás nuestros hijos y nietos sientan ese orgullo que nutre y exalta el espíritu de ser descendientes de los españoles de Marruecos y consigan que aquella parte de la Historia no caiga en el olvido.    

En el cementerio cristiano de Sidi Larbi, en Larache, la muerte parece perder su horror y sólo inspira reposo y paz; la majestuosa gravedad de lo eterno. Entre cientos de otras sepulturas cubiertas de mármol o ladrillo donde reposan soldados de España y civiles de todas las edades y condición, está la tumba que guarda los restos de mi hermana Chonita, mientras su alma imperecedera habita en un hemisferio desconocido para los vivos… Fuera del recinto, la vida que prosigue y forja los destinos.

                                                                      Alicia González Díaz

JARDIN DE LAS HESPÉRIDES Larache

JARDIN DE LAS HESPÉRIDES Larache

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9 pensamientos en “LA TIERRA PROMETIDA, UN RELATO DE LA ESCRITORA LARACHENSE ALICIA GONZÁLEZ DÍAZ

  1. adelkhaleq amrani dice:

    el jardin de las heséredes,(jardin de chita) asi como le llamavamos nosotros,es donde he pasado buena parte de mi infancia ,yo vivia en la calle de abi inan el marini ,junto a la antigua sinagoga, esquina con la avenida de hassan segundo, que tiepos aquellos,yo hice un viaje con amigos españoles bajando por la costa del atlantico y subiendo por el atlas,en otras ocasiones me fue al sahara del este de marruecos,lugos hice el sahara occidental,es como si en varios paises ,cambia totalmente el paisaje ,la cultura,costumbres,todo ,es lo que hace de marruecos un país grande. tengo un especial cariño a los españoles marroquies,porque son parte de mi pasado y de mi infancia.un saludo a todos,y muchas gracias.

    • Carlos TESSAINER Y TOMASICH dice:

      Adelkhaled, el especial cariño que sientes por los ESPAÑOLES-MARROQUÍES, es el mismo que yo siento por MARRUECOS Y LOS MARROQUÍES, QUE TAMBIÉN formáis parte de mi infancia y juventud, por lo que os llevo en mi pensamiento y en el corazón.
      Un saludo fraternal,
      CARLOS

  2. Joana dice:

    Qué descripción tan exquisita del Marruecos de mis amores, Alicia, es fantástico leerte!
    Estoy segura que habiendo personas como tú y tantas otras que habitan este blog, la Historia no se olvidará, estas palabras que tan bien escribes no se las llevará el viento.
    Me invade un profundo sentimiento hacia todo el que ama Marruecos y ahora mismo este sentimiento quiere volar hacia ti.
    Son imborrables los recuerdos de la infancia con mis hermanos, las vivencias de mis padres y de mis abuelos -también uno de ellos está enterrado en el cementerio de Larache-. Es un gran orgullo el haber nacido allí y haber encontrado aquí a tantos paisanos.
    También he pasado mucho tiempo buscando algo que no sabía qué podría ser, pero el día en que el destino me puso esta dirección en las manos comprendí mi empecinada búsqueda hacia mis raíces y me sentí feliz.
    Me había interesado por tu novela “Entonces y después” pero al saber que estaba agotada hace tiempo me había planteado preguntarte si tal vez la podía conseguir de alguna forma. Aunque, ahora, me alegra saber, según dice Sergio, que volverá a ser reeditada en PDF.
    También me encantaría leer, pronto, esa última novela en la que estabas trabajando.
    Ese cálido torrente de palabras que derrochas escribiendo me dicen que eres alguien muy especial… tal vez la vida haga que nos encontremos un día… tal vez en El Araish..
    Te deseo lo mejor.
    Sergio, ¡gracias por estos momentos únicos de maravillosas lecturas!

    • Alicia dice:

      Querida Joanna,
      gracias por esas amables palabras que me dedicas. También yo deseo conocerte personalmente, pero de lo que estoy completamente convencida es de que nuestras almas se encontrarán alguna vez.
      Cuando salga “Entonces y después” en pdf tendré mucho gusto en enviártelo.
      Un abrazo
      Alicia
      (la respuesta anterior estaba incompleta)

  3. Estupendo relato que me llena de alegría al estar recorriendo con la autora muchos lugares conocidos desde niña y a los cuales he vuelto estos dos últimos años-
    Miles de gracias por endulzar nuestros recuerdos de nuevo con estas memorias que se nos brindan-

    Un saludo desde Canarias-

    Mercedes Muñoz-
    20/ 02/ 13-

  4. Como siempre que lo hace Alicia, nos deleita con su forma de narrar. Para mí supone un placer leerla.Ahora en su comentario sobre nuestro Larache, y también a través de su libro “Entonces y Después”. ella logra emocionarme. Yo me considero un privilegiado al tener un ejemplar que ella me dedicó.

  5. angela lopez cobos dice:

    Felicidades por este interesante y detallado relato que paso a imprimir para posteriores trabajitos con los alumnos .La primera foto me impactó ,en mis frecuentes paseos por Larache me sigue llamando la atención el no encontrarme con ese edificio (Casino ESpañol,Casa de España..). Saludos

  6. fran Morales dice:

    Me ha resultado muy interesante este párrafo: “En la mirada de un marroquí encontramos apasionamiento, lealtad, indolencia, astucia, generosa hospitalidad y una entrega total a la amistad verdadera; frente a la traición, un desmedido afán de venganza y una admiración reverente de los “no elegidos” hacia los que poseen el poder espiritual que ellos llaman baraka.” En efecto, al conectar con “esa mirada”, siento ampliarse las vistas y panorámicas, la línea fluctante del horizonte, los rumores perturbadores del viento, el océano, las voces y las frondas… todo lo que detallada y hermosamente describe este relato. Esa mirada me confirma con sus reflejos que también yo soy “hijo de ese paisaje”.

  7. Francisco rodriguez melendez dice:

    Me ha emocionado mucho este recorrido que haces por todo Marruecos del que yo conozco gran parte y me gusta como defines al marroquí que en realidad es como tu dices acogedor y leal donde los haya. Yo dejé allá muy grandes amigos y cuando volví al cabo de los años me trataron como a un hermano. He discutido mucho y siempre he defendido cuando ha llegado la ocasión; a esta tierra que por el desconocimiento que tienen algunas personas referente a todo lo marroquí maltratan de palabra y a algunos marroquies tambien de hechos. Gracias por tu retrato de nuestra tierra P.R

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