“LA VENUS DE TETUÁN”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Mi relato La Venus de Tetuán se ha publicado en el libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones, – Valencia, 2014) que presenté, junto a la escritora Herminia Luque, en Málaga, en la Librería Proteo.

Espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo lo hice al escribirlo.

Sergio Barce, enero 2015

POR AMOR AL ARTE - portada
 

LA VENUS DE TETUÁN

Llevaba años sin saber nada de él, y cuando recibió la llamada de Jadiya no supo negarse a ir. Pero de aquel trabajo en Tetuán recordaba muy a menudo los apacibles días, las largas sesiones en el estudio, las playas de Martil, los paseos hasta la plaza del Feddan, los valses embriagando las estancias, a veces, incluso, lo que nunca ocurrió. No podía hacer demasiadas conjeturas porque todo le parecía inesperado y extraño, y, sin embargo, cómo eludir esa cita, cómo despreciar la última voluntad de un hombre como Rivanera. Sin embargo, seguía sin comprender por qué al final se había acordado de ella.
Mientras el taxi, un viejo modelo Mercedes de los setenta, avanzaba por la carretera, un calor húmedo y cansado la acompañó durante la mayor parte del trayecto hasta Tetuán. El taxista le hablaba en perfecto castellano de su familia, del tiempo, de Castillejos, de que Marruecos no notaba la crisis porque llevaban toda la vida en crisis, del año que pasó en Barcelona trabajando en la construcción… Paloma cerró los ojos en algún instante, acunada por la voz del hombre, por el monótono ronroneo del motor, por el bochorno que entraba por la ventanilla del coche. En la breve duermevela quizá, fue cuando regresaron como la pleamar los largos meses que pasó con Rivanera. Se acordó de su casa, un riad en la vieja medina situado en una callejuela estrecha pero con un mirador espectacular, los colores, las voces, los alumnos que pasaban por allí, y aquella copia de La Venus del espejo de Velázquez que presidía el patio. Rivanera la había hecho reproducir a tamaño real y, cada mañana, se sentaba frente al cuadro y lo contemplaba durante una hora.
Pero en esta ocasión iba al encuentro de la sombra del artista. Jadiya le rogó que fuera porque, aunque hacía un mes que ya lo habían enterrado, debía enseñarle algo, algo que no podía dejar de ver, algo que él había legado para ella, pese a los años sin ningún contacto entre ellos. No le dijo de qué se trataba y Paloma no lo preguntó.
Paloma tenía una coqueta tienda de ropa en Sevilla, pero durante quince años fue una de las modelos más solicitadas por los pintores de Madrid. Modelo y musa, así la describieron en algún artículo de prensa. Y cuando Rivanera la reclamó para que acudiera a su estudio en Tetuán, fue sin pensarlo. Eso ocurrió en 1996. Entonces Paloma acababa de cumplir veinticinco años. Se miró las manos, delgadas, desde hacía tiempo le iban apareciendo manchas en la piel, muescas del tiempo que avanzaba imparable, y pensó que comenzaban a transformarse en las manos de una mujer mayor.
Rivanera pasaba por ser uno de los mejores pintores realistas del momento, y trabajar para él como modelo suponía entonces elevar el caché. Le pagaría bien, y además, durante su estancia en Marruecos, tendría cubierta la manutención y la estancia. La recibió en su casa como si esperase a alguien que iba a salvarlo de algún desastre. Eso halagó a Paloma, y se rindió en seguida a los educados modales de Rivanera, a su voz tranquila y modulada, a sus largos monólogos mientras pintaba, a sus discos. Pero lo primero que hizo cuando ella entró en la casa, fue enseñarle la réplica del Velázquez.
-Es la perfección –dijo entre dientes-. Lástima que no tengamos el original ¿verdad?

LA VENUS DEL ESPEJO
La acomodó en la casa adyacente a la suya, a la que solo debía ir para asearse, cambiarse y dormir. Y salvo las horas que no estuviera obligada a posar, era libre de hacer lo que se le antojara. Paloma se acostumbró en seguida a su nuevo ritmo de trabajo, a los apacibles desayunos con rarif recién hecho y untado de miel, acompañada de Rivanera y de Jadiya, a veces también con algún admirador que él nunca dejaba en la calle, a las cenas en la terraza bajo el cielo embaucador del viejo Tetuán, a los largos paseos. Iba acordándose de esas escenas, que habían sido su única compañía en los últimos años, y de aquella casa, siempre llena de lienzos, caballetes, óleos, pinturas, y sobre todo de música, música que resonaba sin parar deteniendo las horas. Era fácil encontrar la casa de Rivanera porque se escuchaban los conciertos desde las callejas cercanas, como invisibles anzuelos lanzados al aire. Paloma sonrió. Veía a Rivanera con Jadiya entre sus brazos, bailando un vals, la chica con las mejillas rojas como rosas… Durante las dos primeras semanas creyó que ella era su amante. Luego supo que nunca hubo nada entre ellos. Solo era una alumna de la Escuela de Bellas Artes que, para pagarse sus clases, trabajaba en la casa. Para su suerte, Rivanera, además, le enseñaba el oficio.
El primer día,

Rivanera le pidió a Paloma que posara vestida con un caftán. Garabateó bocetos, ideas, líneas. Una semana después le dijo que ya se había adaptado a ella, que le resultaba cómoda su compañía, y entonces comenzó a pintarla desnuda. Para eso la había contratado. A Paloma nunca le había resultado violento hacerlo, en realidad era extraño que un pintor no se lo pidiese. Tenía un cuerpo esbelto y fibroso, y el cabello negro y largo. Sus ojos recluían el eco de un misterio.
Por las mañanas, cuando entraba en la casa grande para desayunar, Paloma encontraba a Rivanera arrellanado en un sillón de mimbre, estudiando La Venus del espejo, y, dependiendo de su humor, con Chet Baker o con Miles Davis en el tocadiscos, a esa hora casi inaudibles, como un siseo de compases. Se quedaba allí una hora, y luego entraba en la cocina y se sentaba con ellas, y les hablaba del cuadro de Velázquez, como si cada día descubriera algo nuevo en esa pintura.
-Busca algo. Es la verdad –solía decir Jadiya meneando la cabeza de un lado a otro cuando él se encaminaba a la habitación convertida en su estudio.
Ahora que las rememoraba, a Paloma se le antojaba que aquellas maratonianas jornadas de trabajo nunca le pesaron en absoluto. Fue muy fácil posar para él.
Cuando Rivanera le enseñó el lienzo acabado, con ella de motivo, en un desnudo frontal y directo, a Paloma le pareció tan real que creyó estar viéndose en un espejo. Sin saber por qué, se ruborizó, y los dos rieron y sus miradas se cruzaron en unos segundos de palabras innecesarias.
Al día siguiente, Rivanera montó la cama. Jadiya se encargó de retocarla, de cubrirla con una sábana y de poner cada pliegue en el lugar exacto en el que sabía que él deseaba que estuviera, incluso la posición del almohadón tenía que estar en su sitio. También fue Jadiya quien le dio las instrucciones precisas de cómo debía de posar para esta nueva obra. Tendida en la cama boca arriba, desnuda, por supuesto, pero de costado, la pierna superior extendida, la que quedaba debajo ligeramente recogida, el brazo izquierdo sobre el pecho y la mano derecha asomando tras su silueta a la altura de las nalgas, la cabeza apoyada en el almohadón pero girada en dirección al caballete, mirando al maestro, como si ya llevara un tiempo recostada aguardando a que llegase su amante.
-Qué guapa… Es la verdad –dijo Jadiya antes de salir del estudio.
A Paloma nunca dejó de sorprenderle la desenvoltura y seguridad de esa chica de diecinueve años que parecía una adulta en el cuerpo de una adolescente.
Rivanera entró en el estudio y estuvo contemplando a Paloma, casi sin pestañear. Y luego, súbitamente, lanzó el pincel en un movimiento de inspiración. En ese instante, desde algún lugar de la casa, llegaron los primeros acordes del primer vals.
-Busca algo. Desde hace mucho tiempo. Es la verdad –era un latiguillo que Jadiya le repetía a menudo.
-¿Sabes por qué me ha elegido a mí como modelo? –le preguntó Paloma días después, caminando por la calle Tranqat mientras la chica elegía las verduras y las frutas que habían ido a comprar.
-Busca su Venus del espejo –Jadiya pareció ruborizarse-. A mí me ha retratado algunas veces. Y han venido muchas modelos, que han posado como tú… Pero no es lo que quiere.
-Es la verdad –se adelantó Paloma, y Jadiya se echó a reír dándole una palmadita en el hombro.
Tardó diecinueve meses en acabar el cuadro. Nunca dejó que Paloma lo viera. Como un misterio imposible. Y durante todo ese tiempo, Rivanera apenas le habló de su vida, que Paloma fue intuyendo como si deshiciera una madeja, y eludió su mirada, como si temiera perder la concentración. Se limitaba a contar anécdotas que conocía de la vida de los músicos que escuchaban en cada sesión, anécdotas increíbles y divertidas de Mozart, y de Strauss, y de Bach y de Rossini, o a describirle al detalle las pinturas de otros artistas. Evitaba la realidad.
Baker o Davis lo acompañaba cada mañana al escrutar el cuadro de la Venus de Velázquez, y luego comenzaban los valses y los conciertos y las óperas. Jadiya se encargaba de poner el tocadiscos. Rivanera tenía toda la colección de música clásica Deutsche Grammophon, y cuando se editaba un nuevo disco le llegaba enseguida desde Hannover. El jazz era personal, lo escuchaba a solas en su dormitorio.
Paloma no tardó en conocer a algunos profesores destinados en el Jacinto Benavente y en el Juan de la Cierva, con los que se veía en la Casa de España. Y también se aficionó a los tayin de carne que preparaba la madre de Jadiya. Poco a poco hizo una vida más o menos rutinaria, y hasta tuvo pequeños escarceos con un par de hombres con los que trató de consolarse pero de los que apenas se acordaba. Donde realmente se sintió a gusto durante los meses que pasó en Tetuán, fue en la casa de Rivanera. Tal vez la música tuviera algo de culpa. En algún momento, años después, supo que jamás había sido tan feliz como entonces, que solo allí había estado a punto de lograrlo.
Jadiya solía entrar en el estudio sin avisar, y traía té con chuparquía o zumo de naranja con pastas. Paloma se cubría con una túnica liviana y Rivanera dejaba a un lado el pincel y la paleta, y servía el té a la manera tradicional, tal y como Jadiya le había enseñado. Y los tres conversaban durante un rato.
Paloma volvió a sonreír, cómo no acordarse de aquel día en el que ambas creyeron que Rivanera regresaba al caballete para proseguir con su obra y, sin mediar palabra, dio un sorprendente giro sobre los talones, asió a Jadiya de la cintura y la hizo bailar al compás de Strauss. La chica reía a carcajadas. Luego, la dejó e hizo lo mismo con Paloma, que giró y giró llevaba por la firme destreza de Rivanera hasta que, mareada, se sentó en el borde de la cama. Notaba el fluir de la sangre, un sofoco, una necesidad. Su mareo era dulce y reconfortante, como si la hubiesen besado en la boca hasta dejarla sin aliento. Y Paloma se llevó una mano al pecho, mirando de soslayo al retrovisor del taxista, temiendo que el hombre hubiese notado su inesperada excitación. Pero tenía los ojos clavados en la carretera, y Paloma suspiró aliviada.
Todo había sido especial; especial e irrepetible. Hacer este viaje parecía despertarla de un lamentable e indecente olvido. Y no encontraba una explicación plausible. Hasta que de pronto sintió que su vida se podía escribir en una sola cuartilla.
Dejaron el coche en una plazoleta adoquinada. El taxista le llevó la maleta hasta la puerta de la casa, y se despidió con un ademán. La puerta se abrió, y Paloma, al levantar los ojos, reconoció de inmediato a la mujer que le sonreía dulcemente y que la miraba con cierta emoción desde su rostro enmarcado por un hiyab turquesa. Se abrazaron. Las dos temblando.
Al entrar, el aire caliente quedó fuera, y Paloma agradeció el frescor del interior. Las paredes estaban llenas de obras de Rivanera, como un mosaico interminable. Jadiya parecía conservar su juventud intacta, aunque había en sus gestos un resto de cansancio y un recogimiento. La Venus del espejo continuaba en su sitio, pero descolorida y envejecida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, palpándose las manos mientras se preguntaban una a la otra cómo les había ido en esos casi veinte años que ya habían pasado y que tenían escritos en las arrugas de la piel. Jadiya se había casado y había enviudado, su marido murió en un absurdo accidente de tráfico. Tenía un hijo de dieciséis años que estudiaba en el Juan de la Cierva. Vivía bien. Y no temía al futuro porque Rivanera le había legado la casa y una buena cantidad de dinero. Se portó bien hasta el final.
-Era un hombre bueno. Es la verdad –sentenció.
Y Paloma esbozó una sonrisa al escucharla. No había cambiado nada.
-Me enteré de su muerte por Rachid Sebti, que me localizó no sé cómo…
-¡Ah Rachid! Sí. Se respetaban mucho…
Paloma recordaba a aquel Rachid que buscaba la luz en su pincel y que también pintaba mujeres desnudas. Venía a veces al estudio, y analizaba con ojos inquisitivos la técnica de Rivanera. Hablaban entre ellos en francés, casi en susurros, como si trataran de hallar un secreto que tenían delante de sus ojos pero que no veían. Podía verlo allí parado, en el vano de la puerta, observándola primero a ella, luego al cuadro que Rivanera seguía pintando después de trece meses intensos, y al final mirándola de nuevo con una sonrisa mal disimulada, para al final asentir con la cabeza y, sin decir nada, marcharse. Paloma intuyó en aquel momento que el cuadro comenzaba a cobrar vida. Pero Rachid no volvió al estudio mientras Paloma continuó en Tetuán.

Tetuán - Plaza del Feddan años 70 - foto tomada del blog elbuitz.blogspot.com

Tetuán – Plaza del Feddan años 70 – foto tomada del blog elbuitz.blogspot.com

-¿De qué ha muerto? –preguntó Paloma.
-Se estaba quedando ciego, ¿sabes? Tenía que ayudarle a hacer casi todo… Decidió que la vida no tenía ningún sentido si ya no podía pintar.
Almorzaron en silencio, y mientras tomaban un té con hierbabuena y flor de azahar, Paloma miró a Jadiya, interrogándola. Ella asintió, y la condujo directamente hasta el estudio en el que posó para Rivanera. Los cuadros se amontonaban en el suelo, como hojas caídas en otoño, pero los que colgaban de las paredes, una decena de óleos y grabados, se abalanzaron sobre Paloma y le arrebataron el alma. No podía respirar. Jadiya la ayudó a sentarse, y la abanicó con un trozo de cartón.
Los cuadros eran cinco retratos y cinco desnudos. Y todos los retratos y todos los desnudos eran de Paloma. Paloma mirando de frente, Paloma de perfil, Paloma pensativa, Paloma dormida, Paloma viva. Veía su cuerpo desnudo, joven y lozano, expuesto al mundo en poses que nunca hizo: apoyada contra un muro blanco, sentado en una silla de enea, tumbada en un suelo de terrazo, bañándose en un hammán, mirándose a un espejo de cuerpo entero. Verse así fue como montar en un tiovivo que girase desbocado. Y notaba que había perdido algo indescifrable.
Jadiya le trajo agua con limón, la tranquilizó, le contó que Rivanera se arrepintió siempre de no decirle lo que sentía. Paloma clavó sus ojos en las oscuras pupilas de Jadiya, que con su silencio le confirmaba lo que una vez solo pudo intuir. Rivanera era demasiado tímido, excesivamente prudente, quizá fue un cobarde.
-Siempre hablaba de ti.
-¿Eso es verdad?
-Eso es verdad.
-Me pintó dormida… -dijo mirando emocionada ese cuadro en concreto.
-Fueron muchas sesiones, y a veces caías rendida… -Paloma frunció el ceño, incapaz de acordarse de que eso hubiera ocurrido realmente-. Él aprovechaba esos momentos y te pintaba. Nunca volví a verlo tan feliz. Nunca.
Una rara sensación recorrió su espalda. De pronto comprendía que aquello que a veces había rememorado no había sido el sueño o la fantasía que creía que era. Ocurrió una tarde, al marcharse Jadiya. Ella seguía posando, tendida en la cama, en la misma postura de los meses anteriores, pero debía de estar tan cansada que se relajó, girando la cabeza. Estaba medio dormida pero inusualmente inquieta. De pronto, notó la cercanía de un aliento sobre su cuello, sintiendo que el borde de la cama se hundía con suavidad, que una mano se posaba entre sus piernas y que un dedo rozaba, casi imperceptiblemente, su sexo. Paloma decidió que dejaría que sucediera lo que parecía ya ineludible. Lo esperaba. Lo deseaba. Pero un segundo después, la desarbolaba una agria sensación de decepción al notar que volvía a estar sola en la cama. Ahora sabía con certeza que esa fue la única vez que Rivanera lo intentó.
-Aquel día volví a la casa porque había olvidado algo, y entré justo cuando él estaba sentado a tu lado, acariciándote… Al verme, se apartó de ti avergonzado. Creo que se sintió mal por mi culpa. Nunca hablamos de eso.
Paloma se preguntaba si Jadiya también era capaz de leer sus pensamientos, pero se limitó a abrazarse a ella. Luego, Jadiya se incorporó y se acercó al único caballete que había en la estancia, cubierto por una sábana grisácea.
-Encontró la Venus que siempre estuvo buscando. Eso es verdad… La tituló La Venus de Tetuán. Y eras tú.
Dio un tironazo del extremo y la sábana se deslizó suavemente, como si fuese el telón de un teatro que se abriera para mostrar el escenario. Paloma se llevó las manos a la boca, como si reprimiera un grito, y se quedó ahí tan quieta que incluso dejó de respirar. Al fin veía el cuadro para el que posara de modelo durante un año y medio, al fin tenía delante el secreto de Rivanera. Y rompió a llorar como si nunca antes hubiera llorado.
Jadiya le secaba las lágrimas con las manos, le besaba los párpados, le susurraba que se tranquilizase.
-No me di cuenta –dijo Paloma entre sollozos-. Nunca me di cuenta de cuánto me amaba.
-Hasta el final… -añadió Jadiya-. Dejó estos cuadros para ti. Por eso te llamé..
El ferry surcaba las aguas del estrecho dejando una estela blanca a su espalda. Paloma estaba sentada, pero hubo de levantarse y salir a babor, para que le diera el aire. Estaba mareada. Sentía náuseas, y vomitó. Llevaba los treinta primeros minutos de travesía pensando en aquel día en el que Rivanera estuvo a punto de ceder a su deseo, sin saber que la tuvo a su merced, rendida. Se atormentaba preguntándose por qué no lo intentó de nuevo, por qué nunca le dijo nada. Cerraba los ojos al pensar que cuando Rivanera dio ese paso atrás los condenó a ambos.
Paloma rompió a llorar. No podía contenerse. Era un llanto roto y seco, personal e íntimo. Mientras se desahogaba apoyada en la barandilla, no dejaba de pensar que, si Rivanera no hubiese descubierto a Jadiya en la puerta del estudio, seguramente su mano habría continuado hasta apoderarse de ella y sus días más oscuros se habrían iluminado con sus besos, sus días más fríos se habrían abrigado con sus abrazos y sus días más silenciosos se habrían llenado de valses.

Sergio Barce

VENUS - cuadro de Claudio Bravo

VENUS – cuadro de Claudio Bravo

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9 pensamientos en ““LA VENUS DE TETUÁN”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

  1. Joana dice:

    Cuántas hermosas pinturas he podido imaginarme… Pero qué lástima que Rivanera sólo llegara a rozar la felicidad, qué lástima que Paloma sólo pudiera sentirla tan sutilmente… Qué lástima que la música y la pasión no hubiera inundado sus vidas….
    Se perdieron momentos insustituibles…
    Precioso relato, donde un amor secreto quedó plasmado en tantas poses diferentes.
    Bien lo sabes, Sergio, como esos cuadros, tus historias arañan, rozan, la perfección.
    Un beso

  2. Luisa dice:

    Sergio, me ha gustado leer este bonito y sugerente relato del pintor y su modelo ambientado en Tetuán. Resulta muy plástico, casi cinematográfico. ¡Enhorabuena por ese dominio de la escritura que arrastra al lector con deleite hasta el final!

  3. Lorenzo dice:

    Escribía el maestro umbral que tan importante es cómo se cuenta que lo que se cuenta, o quizá más. En tu relato, tras una breve introducción, somos puestos en antecedentes de una manera casi onírica, en realidad, en una duermevela de la historia de Paloma y el pintor. La secuencia de la entrevista de Paloma y Jadiya es muy rápida, se pasa casi de puntillas, y, finalmente, el viaje de vuelta. Todo ello para contarnos que algo pudo pasar y no pasó por timidez del pintor. ¿Es eso lo interesante del relato? ¿O acaso sea la manera de encararlo?
    Se dice que el producto final de une escritor no coincide con lo que tenía en su cabeza antes de comenzar. ¿Ha sido este tu caso, Sergio? Sinceramente, ¿qué críticas harías en tu manera de contar la historia? ¿Acaso lo harías de otra forma? Sin que mi opinión sea decisiva, creo que tal vez falte ritmo en contar la historia y peque de falta de cierta originalidad (hay algo de previsible en ella).
    De todas maneras, como no soy crítico literario, sino un simple lector, sobre todo de relatos, alabo y reconozco el esfuerzo de todo aquel que se enfrenta a una hoja en blanco y una idea a desarrollar en la cabeza. Gracias por tu relato, Sergio.
    PD/ Soy nacido en Tetuán y el relato me ha traído recuerdos indelebles de mi niñez y adolescencia: esas calles, esas plazas, esos olores, esas comidas, esos colores, esa luz…

    • sergiobarce dice:

      Gracias, Lorenzo, por tu crítica o tu comentario.
      No sé si escribir consiste en ser obligatoriamente original, no lo pretendo. Sólo relato una historia que es la que es. No sé si es previsible. Sin embargo, creo que previsible sería que la modelo cayera en los brazos del pintor o del maestro y consumaran su relación. Previsible sería que el pintor le hubiera dejado ver el cuadro mientras lo pintaba, que sería lo normal. Previsible, en fin, es que no sonara música de la manera tan obsesiva a como lo hace en esta historia. Yo creo que los detalles, como que en una casa de la medina de Tetuán cuelgue una reproducción del cuadro de Velázquez, y a la que el pintor le dedica una hora diaria a contemplarlo, lo hacen ya distinto… No sé, supongo que cada relato es un mundo, y por supuesto es imposible que atrape a todos los lectores. Sin embargo, el hecho de que le hayas dedicado unos minutos a comentarlo ya es algo positivo. Me alegra muchísimo que te haya traído esos recuerdos de tu preciosa ciudad.
      Un abrazo, y de nuevo te doy las gracias.
      Yo tampoco me criticaría a mí mismo. Ahora mismo, el relato me gusta como está. Dentro de un par de años, me parecerá deleznable. Pero esto me ocurre con todo lo que escribo.

  4. Manuel Morales dice:

    He empezado a leerte por tratarse de pintura, de Tetuán y de un relato. Te lo dice un aficionado a la pintura, que no expone, un escritor de relatos, que no publica y un maestro que llegó a Tetuán en 1955 y abandonó el “Jacinto Benavente” en 1975. Al margen de los gratos recuerdos que me has hecho revivir y de que mis aficiones coincidan con el tema, me has enganchado desde el principio y he llegado con gusto hasta el final. Gracias.
    Manuel Morales. Noviembre – 2015

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