ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “LA BELLEZA”, UNA NOVELA DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE

Ayer presenté la novela de Miguel Torres López de Uralde, La belleza, galardonada con el Premio de Narrativa Francisco Ayala de este año, en el Centro Andaluz de las Letras.

A continuación, os reproduzco mis palabras, a la que siguió un ameno coloquio, en el que intervinieron muchos de los asistentes. 

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce  (Foto: Víctor Pérez)

 “La única obsesión del hombre es la memoria de su pasado, no su pasado real.”

“El delito no afecta en nada a la culpabilidad.”

Entré en La belleza sin saber qué iba a encontrarme. Me temía una novela críptica, seguramente seria y, por supuesto, muy filosófica; quizá una especie de tratado disfrazado de relato acerca de la belleza desde un punto de vista estético. Pero cuando llevaba apenas unos párrafos, me di cuenta de que Miguel Torres López de Uralde me estaba embozando con su aparente sencilla narrativa, y comenzaba a crearme una especie de angustia vital, incluso notaba una cierta ansiedad.

Sus palabras me introducían en la vida del protagonista: un maduro profesor y poeta en el declive de su vida, que, asediado por el comienzo del Alzheimer y obsesionado con la trágica muerte de su mujer, parecía abocado a un final inmediato, y quizá por ello había decidido que el poemario que acababa de escribir sería también su última obra.

En apenas dos o tres páginas, Miguel ya me había convertido en cómplice de ese hombre del que apenas sabía nada, pero al que por alguna razón comenzaba a comprender.

La forma de narrar de Miguel me sumía en una profunda inquietud. La trama iba dando pequeños giros, y me preguntaba qué era lo que iba a encontrarme a continuación.

Hábil, como hacía Alfred Hitchcock en sus películas, una insinuación o un interrogante quedaba suspendido al final de cada capítulo. La intriga a cuenta gotas.

Yo me iba identificando con el profesor, y sus miedos y fantasmas eran mis miedos y mis fantasmas.

Esa alumna que se presenta para forzarlo a que dirija su tesis, me planteaba serias dudas de si sería una especie de réplica envenenada de su mujer muerta o de un ángel negro venido para vengarse. A la vez, ir descubriendo el pasado del viejo poeta abría otros misterios que, en mi fuero interno, deseaba que no se confirmasen. Le había tomado afecto al profesor, y no quería que Miguel le hiciese pagar más de lo que ya había pagado.

Además de usar con acierto los resortes de Hitchcock, Miguel parecía poseer el poder de fascinación de Patricia Highsmith.

Me hizo que sospechase de Ada, la esposa muerta, y por eso llegué a pensar que fue una pérfida que ocultaba algo que el profesor no querría descubrir nunca (qué acierto de la novela que existan unas maletas nunca abiertas o un billete de avión sólo de ida); me hizo dudar de lo que hizo en su momento su mejor amigo, el gordo Fuentes, y por eso llegué a barruntarme que le habría traicionado; e incluso me hizo recelar también de Valentina, la criada, y por eso llegué a creer que finalmente acabaría convirtiéndose en algo así como la criada de Rebeca.

Pero Miguel seguía conduciéndome para que creyera lo que no iba a ocurrir, y cuando nos acercábamos al precipicio, daba un nuevo volantazo y me llevaba por otro camino.

El viejo poeta y su aventajada alumna, Elena, se convirtieron en los catalizadores de esta historia, porque, a través de la relación que se entablaba entre ellos, Miguel me desvelaba los demás misterios, como si sus encuentros se hubieran programado para cerrar algunas heridas, aunque eso significara abrir otras nuevas.

La belleza es una novela en la que no hay asesinatos o robos, ni persecuciones por el Monte Rushmore, pero es una novela con una intriga sutil, la intriga de la vida, el suspense del olvido y de la culpa. Una novela que nos plantea dilemas morales y personales, y que tiene un final cortante y amargo, pero que probablemente sea el final más lúcido.

Miguel Torres López de Uralde, me ha conducido por los pasadizos de una pesadilla real y cercana, y por ello más aterradora. Y, sin embargo, nunca ha dejado de mostrarme dónde se esconde la belleza de su narrativa.

Sergio Barce

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La belleza

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