FRAGMENTO DE “UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE”, NOVELA DE SERGIO BARCE

MATADERO - LARACHE

Fragmento de mi novela Una sirena se ahogó en Larache (2011), Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012.

Baja al Matadero. Bennani lo espera impaciente con ganas de ir al cementerio cristiano donde suelen buscar cigarrones. Saltan la tapia y corren por entre las tumbas, a las que siempre vigilan con recelo, temiendo algún sobresalto inimaginable. Tami se detiene en algunas de ellas para leer el nombre de los muertos y las fechas cinceladas en los mármoles gélidos. Domina perfectamente el castellano, una de las obsesiones de su abuelo que consiguió matricularlo en el Luís Vives, pese a la inicial oposición de Mohammed. En septiembre comenzará el nuevo curso, su segundo año en el colegio español. El Hach sabe lo que supone dominar otro idioma, cómo se abren las puertas cuando buscas trabajo. Ha fracasado con Ahmed, un caso perdido, pero no quiere que le ocurra lo mismo con su nieto menor. Ahmed se negó a estudiar y ahora vaguea por las terrazas de los restaurantes y por los cafetines; el abuelo le augura un futuro complicado. No quiere esa vida para Tami, en el que atisba una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad; posee, por otro lado, una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente. Y, además de todo eso, tiene sus mismos ojos, que no es nada.

   Continúan su deambular por entre las tumbas, y a Tami le impresiona descubrir que, al fallecer, algunos de los que reposan en el cementerio apenas tenían su misma edad. Eso le hace pensar que él mismo podría morir en cualquier momento. Sabe que es débil, que está enfermo; se lo ha escuchado decir a menudo a su madre, a su abuelo, al médico, y la idea de sucumbir tan pronto le aterra. Bennani también anda de hospital en hospital, pero él sufre ataques de epilepsia que son cada vez más frecuentes. Sus enfermedades los unen de una manera fraternal, aunque no hablen de ello.

   Llegan al borde del acantilado, a la última de las hileras que conforma una larga fila de blancos sepulcros. Bennani se ha agachado y Tami lo imita. Tiene entre los dedos de la mano derecha un hermoso ejemplar, tal vez el cigarrón más impresionante que ha visto nunca.

   -Es el rey de los cigarrones –sentencia Bennani levantando la mano.

   Entre sus dedos, el enorme insecto agita encabritado las patas y las antenas, y los ojos saltones se remueven igualmente buscando la manera de huir de esas garras que le tienen aprisionado. La cabeza es verde oscuro y el resto del cuerpo de un amarillo pálido y vegetal. Sin saber la razón, Tami se acuerda de Amin cuando lo acorrala en los callejones de la Medina para robarle o burlarse de él. Mira al cigarrón con condescendencia, como si ahora fuese él quien ocupara el lugar del insecto, y siente compasión.

   -¿Los cigarrones tienen reyes? –Le pregunta con el ceño fruncido después de un rato en el que ambos se han mantenido en silencio, uno estudiando a tan singular insecto y el otro con sus dudas sobre si el cigarrón se sentirá desdichado o no.

   -¡Claro, jae! –Dice Bennani con autosuficiencia-. El rey es el único cigarrón que vive cien años.

   -Cien años –musita Tami sin ser capaz de calcular cuánto tiempo son cien años.

   -Toma.

   Lo ase con cuidado de no aplastarlo, mientras el cigarrón se remueve sin cesar plantando cara a esos gigantes que le han capturado. Eso le convence de que efectivamente debe de tratarse del rey, un rey guerrero que lucha hasta el último aliento.

   -¿Qué hago con él? –Le pregunta.

   -Te lo regalo, jae -con el sol, la piel oscura de Bennani brilla y parece que fuera de plomo. El ojo ocular también destaca en su cara, de frente despejada y facciones marcadas por unos huesos definidos.

   Bennani se lo regala todo. Cualquier cosa que se encuentra en la calle se la da, aunque para él sea valiosa o pueda venderla en el zoco y sacarse unos dirhams. Una vez incluso le entregó un billete de cincuenta francos, pero su padre se lo quitó en cuanto lo descubrió en el bolsillo de sus pantalones creyendo que los había robado.

   Van a la casa de Tami. Suben las escaleras estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente. Allí está el abuelo, en su dormitorio, arreglando una tostadora. Unas veces repara viejos cacharros, electrodomésticos, aparatos de radio y televisores, que consigue en Sidi el Yamani o en Asilah y los trae para que Mohammed los venda en su puesto del Zoco Chico y otras los que la gente le acerca para ver si tienen alguna solución o, en caso contrario, si han de tirarlos definitivamente; unas veces trabaja en la terraza y otras en ese rincón de su cuarto, pero sólo cuando siente el relente en la espalda. El anciano recibe una pensión exigua con la que ayuda a su hija y a su yerno a pagar el colegio del niño. Muchas veces dice que si no pudiera ayudarles se marcharía de Larache para no ser ninguna carga, y la madre de Tami se pone a llorar.

   Cuando entran Bennani y su nieto, el abuelo levanta la cabeza y los mira con sus ojos acuosos, con el azul amansado después de un día de faena. El coche está en un rincón, como un detenido al que hubiesen puesto contra la pared. El niño se queda observando el juguete, pero El Hach simula no haberse dado cuenta.

   -¿Qué llevas ahí?

   -Un cigarrón –replica olvidándose del coche, y se lo enseña.

   -Vaya… Es majestuoso.

   Tami mira a Bennani que, ufano, asiente a las palabras de su abuelo.

   -Bennani dice que es el rey de los cigarrones.

   El viejo sonríe, se echa el flequillo gris a un lado, un gesto que es casi una manía, igual que secarse la lágrima perenne de su ojo derecho, y coge con dos dedos al insecto.

   Cuidadosamente, lo deposita en la mesa donde apila otros cacharros. Ha cogido un carrete de hilo azul marino del costurero de su hija y, con una sola mano, lo va desenredando. Rodea luego el cuerpo del cigarrón con el hilo, le hace un diminuto lazo y lo suelta.

   Tami y Bennani dan un respingo cuando el rey de los cigarrones salta de pronto y extiende las alas. Sin embargo, no llega demasiado lejos. El hilo le permite volar sólo hasta donde el abuelo le ha concedido su permiso.

   Con paciencia, vuelve a cogerlo entre los dedos y se dirigen al cuarto de Tami y de su hermano. Ninguno de los dos niños se separa del viejo, pegados a la tela liviana de su candora. Pasa entonces el hilo por la contraventana y allí hace otro pequeño nudo. Luego, suelta al cigarrón que se queda muy quieto en el suelo. Los tres aguardan un rato, pero esta vez no se mueve, ni intenta volar, quizás intuye que ahora no es más que un cautivo en territorio enemigo.

   -Ahora tu cigarrón no se escapará –dice el abuelo saliendo del cuarto.

   El sol se proyecta por la ventana, cayendo en perpendicular sobre la solería. El cigarrón está justo en esa zona más cálida y no parece que le apetezca abandonar el lugar. Hierático, parece una figurita de plástico. Los dos niños aguardan unos minutos, ya con cierta impaciencia, hasta que, aburridos, dejan al cigarrón ahí en el rectángulo soleado, y salen para ir en busca de alguna mujer que, tras la compra, necesite ayuda para llevar las talegas hasta su casa. Una buena manera de sacarse una propina.

   Cuando un par de horas después Tami regresa, ve que el hilo azul se mantiene colgado aún de la contraventana, pero el cigarrón ha desaparecido. El niño recoge el débil lazo, deshecho, y lo busca por el cuarto, levantando las esteras, la manta, la ropa. El insecto no aparece por ninguna parte. Mira de nuevo el extremo del hilo, desgarrado, es como si lo hubieran cortado con brusquedad, de un tirón violento. Se da cuenta entonces de que la ventana está entreabierta. Saca la cabeza. Del lateral, varios cigarrones saltan y levantan el vuelo igual que una bandada de verdes pájaros minúsculos. Tami se sobrecoge y da un paso atrás a causa de la impresión inicial. En seguida se recupera y vuelve a asomarse. Apenas distingue al compacto grupo que se ha dado a la fuga, confundidos ya al cobijo de las primeras sombras del atardecer. No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey y de que, arrojados, valientes, se han conjurado para liberar al monarca. Tami siente admiración al imaginar el recibimiento de sus súbditos al ver a su rey de regreso al cementerio, a su territorio.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

   Fatigado, se sienta en su estera y se cubre con la manta. Súbitamente un frío intenso se ha ido deslizando por sus extremidades, igual que un hormigueo, hasta llegar a su vientre y luego al pecho. Comienza a tiritar, castañeteándole los dientes. Ya conoce esos síntomas y sabe que está a punto de sufrir una crisis, que empezará a toser y a respirar con dificultad.

   -¡Inmá!

   Llama a su madre varias veces, con un hilo de voz que va debilitándose hasta no ser más que un silbido del pecho, igual que un graznido de cría. Se acurruca bajo la manta, pensando en el cigarrón, en su cohorte rindiéndole pleitesía. El sudor asoma por la frente, pero se extiende en segundos por todo el cuerpo. Incómodo, se revuelve en el jergón, cada vez más agotado, y tose, una, dos, tres veces, ya no puede remediarlo, y se le saltan las lágrimas por el esfuerzo. No le llega el aire, atrapado en sus bronquios de alambre. Lentamente, siente cómo va ahogándose y cómo se aturde hasta casi perder el sentido. Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia. Sólo le siguen dos hombres, que sabe que le serán fieles hasta el final. Tami se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado.

   -¡Capitán! –Le increpa el que parece encabezar el grupo. Se han detenido frente a ellos, con ansias de venganza.- ¡Apártese de ahí! Venimos a hacer justicia…

   -Tengo orden de Salah al-Din de defender el templo…

   -¡Es una Iglesia! ¡Es un templo infiel que ha de ser pasto de las llamas, capitán! ¡Apártese o no respondo de lo que pueda ocurrir!

    Tami mira de soslayo a derecha e izquierda. Sus dos únicos aliados no se han inmutado ante esas amenazas e imitan a su capitán, levantando la hoja reluciente de sus sables que señalan el cielo, como si provocaran a los ángeles. No van a dar un paso atrás y los hombres del batallón lo saben. Dudan. Algunos bajan sus armas, sin saber qué hacer, pues tienen enfrente a hombres que pertenecen a su mismo ejército.

   -Sí, es una iglesia cristiana… La Iglesia del Santo Sepulcro. Pero Salah al-Din ha dado orden de que sea respetada –Tami señala a sus lugartenientes-. Y nosotros haremos cumplir la orden dada, aun a costa de nuestras vidas. Aquí os esperamos…

   De pronto, el batallón se desgaja y un estrecho sendero se abre, dejando paso a un caballo que avanza majestuoso. Tiene el pecho ancho, la crin reluciente, negro azabache, las bridas de oro. Salah al-Din lo monta. Su figura provoca admiración y temor. A pocos metros de Tami, el caballo relincha, se detiene al sentir un leve tirón de su jinete y se gira en una cabriola, elegante, para encarar al batallón que permanece en silencio.

   -¿Quién osará en atacar a mis tres hombres más valientes? –Grita Saladino con voz de trueno-. ¿Quién osará?

   Hay un eco tras sus palabras y su pregunta se convierte en una amenaza y en un reto. El viento ha cesado, el día se ha parado definitivamente.

   Tami entreabre los ojos, a duras penas, y ve a su madre, con la tez lívida, pasándole una esponja húmeda por la frente.

   -Delirabas, hijo mío… ¿Me oyes? Decías unas cosas tan extrañas que me has asustado…

   Le pesan los párpados como si se los empujaran para que se cerraran para siempre, pero Tami se resiste y trata de izar una sonrisa con la que tranquilizar a Rachida.

   -No te preocupes, madre, él ha venido en mi ayuda…

 

Anuncios
Etiquetado , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s