LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 2

Larache antiguo

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Y ya que estamos en el mes de Ramadán, traigo de nuevo mi relato Ramadán en Larache, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Ediciones del Genal, 2015 – Málaga).

RAMADÁN EN LARACHE

La sirena comenzó a sonar, subiendo de tono muy lentamente hasta alcanzar la nota más alta, se mantuvo unos largos segundos en ese punto, y luego, también muy despacio, se fue apagando como si no le quedara aire en los pulmones. Larache entonces se quedó completamente vacía.

   El sol apenas se veía ya, ahogándose en el horizonte. Igual que su luz, las voces se habían marchitado, los niños habían dejado de corretear por la plaza de España, y el susi del bacalito de al lado de mi casa, el que estaba frente al jardín de las Hespérides, echó el cierre ruidosamente y se dirigió diligente a su casa, con una bolsa de papel de estraza llena de paquetes de té, hierbabuena y algo de especias. Las golondrinas inundaron el cielo, atravesando la avenida como un escuadrón de aviones. Un denso aroma a harira llenaba las callejuelas, y el silencio se imponía imperturbable, era como si una plaga hubiera acabado con los habitantes de la ciudad.

Era en esos instantes cuando Luisito Velasco aparecía por mi casa, yo cogía mi bicicleta, una preciosa bici roja plegable que mis padres me habían comprado en el Bazar Yebari, y nos íbamos pedaleando hasta el Cine Avenida. En la rotonda, estaba Juan Carlos Palarea, que aguardaba en la puerta de su casa, y Pablo Serrano y José Gabriel Martínez, y juntos, montados en nuestras bicicletas, nos metíamos por los pasajes de la Burraquía, sólo por el placer de circular por sus arterias increíblemente solas, y dábamos la vuelta y bajábamos por la cuesta del mercado, lanzados a tumba abierta, pedaleando con todas nuestras fuerzas, porque sabíamos que nadie estaría circulando salvo nosotros.

   Competíamos por ver quién llegaba al Consulado el primero, pasando por el balcón del Atlántico como una exhalación. Yo notaba cómo el manillar de mi bici temblaba, pero apretaba los pedales con más intensidad, y les veía a ellos hacer lo mismo, dando gritos que retumbaban en la callada quietud del anochecer.

   El mes sagrado del Ramadán nos convertía en los dueños de las calles de Larache, eran sólo para nosotros. Una gigantesca pista de carreras. El circuito se improvisaba sobre la marcha. Podíamos comenzar en la puerta de Uniban, pero otros días escogíamos la Estación de la Escañuela, donde las guaguas adormecían sin pasajeros, para subir hasta la calle Barcelona y bajar por la avenida Mohamed V, o bien en la bajada de la Torre del Judío, para descender, sin esfuerzo alguno, hasta el puerto. Nadie se interponía en nuestras carreras de bicis, todas las calles abiertas en canal como si nos engulleran al pasar a toda prisa. Sentíamos el aire en nuestros rostros, la agradable sensación de la brisa, más refrescante al ocaso, y el olor del mar.

   A veces, veíamos a algún hombre, con la cabeza oculta bajo la capucha de su chilaba, que corría a última hora para llegar cuanto antes a su casa y romper por fin el ayuno. Pero eran pocos. La mayoría aguardaba la señal de la sirena ya en el interior de sus casas, dejándonos todo el pueblo para nosotros.

   Me gustaba el sonido de la sirena. Llenaba el aire de incertidumbre, presagiaba el feliz instante de nuestras correrías en bicicleta, un tiempo mágico.

   Las familias musulmanas cumplían con el rito, mientras que los niños que no profesábamos esa religión nos adueñábamos de las calles para sentirnos libres, y correr, correr a toda prisa, como si presumiésemos que la gozosa niñez pasaría tan rápida que no nos daríamos cuenta.

   Ya de noche, la ciudad comenzaba a llenarse de gente, y nosotros dejábamos de correr tan envalentonados. Llegaba Lotfi Barrada, y Hassan y Taha, y dejábamos las bicis, porque ya no se podía circular sin atropellar a alguien, y Larache se transformaba en un torbellino de luces, de cantos, de algarabía. Sudando, nos marchábamos al balcón para hablar de nuestras cosas, de las niñas del cole, de Gabriela, de Yamila, de Amina, de Matilde o de Conchi, pero sobre todo del equipo de fútbol que estábamos formando para jugar contra los de la calle Real, o bien nos poníamos a coger renacuajos con latas oxidadas o cazar alguna rana que habíamos escuchado croar. A veces, pasaba Fatima el Bouhtoury con sus amigas y nos miraba de soslayo, siempre lo hacía con aires de niña resabiada, pero había algo en su mirada que nos hacía sonreír. Creo que le gustaba ver cómo intentábamos coger a las escurridizas ranas que huían saltando en zigzag.

    Llegaba muy tarde a mi casa. Mi madre ni me preguntaba dónde había estado. La puerta solía estar abierta, y entraba empujándola. Mina había preparado harira, y me había dejado una fuente con chuparquía, y mis dedos se impregnaban de ella mientras las engullía con ansiedad. Me iba con la fuente al salón, y me tiraba al suelo, me gustaba ver la televisión tumbado bajo la mesa, como si estuviera en una tienda de campaña, y veía el nuevo capítulo de Misión Imposible mientras continuaba empachándome con los dulces.

    Cuando me acostaba, pensaba en el día siguiente. Teníamos todo un mes para poder pedalear por las calles de Larache, solos, como si fuésemos los emperadores de Lixus; pero lo más inminente era el día de mañana, esperar otro atardecer, cuando la sirena aullara de nuevo pausadamente para dar la salida a otra de nuestras carreras, en esta ocasión tal vez desde los jardines del Balcón, quizá desde la cuesta del Aguardiente, aunque yo siempre prefería empezar en la plaza de España, seguir la recta de la avenida Hassan II, girar a la derecha, pasando por el Palacio de la Duquesa de Guisa y la Estación, llegar a los Maristas y girar a la izquierda, salir a la avenida, alcanzar Cuatro Caminos, dar la vuelta a la rotonda y lanzarnos entonces audazmente de nuevo de regreso por Mohamed V, pasando por la puerta de Lalla Mennana la Mesbahía y llegar a la meta, en el Casino. Y daba igual quién ganara. Lo único realmente importante era la sensación de que el mundo te pertenecía, de que, durante los anocheceres del mes de Ramadán, Larache era mía.

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Larache en construcción

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Larache en construcción 2

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11-Larache nativo-1928-Vista parcial de la zona costera.

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12-Larache nativo-1928-Vista general de la zona costera.

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16-Larache nativo-1928-Vista de una calle del Zoco Chico.

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19-Larache nativo-1928-Cementerio y morabito (santuario)

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20-Larache colonial-1928-Edificios de correos de África y de la aduana.

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22-Larache colonial-1928-Edificio del hospital militar.

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LA MAYORÍA DE LAS IMÁGENES ESTÁN TOMADAS DE LA PÁGINA DE FACEBOOK DE RADIO LARACHE Y DE LA WEB DE JESÚS PÉREZ.

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9 pensamientos en “LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 2

  1. nurita dice:

    Que bonito relato Sergio, gracias por traernos estos maravillosos recuerdos de nuestro pueblo Larache que nunca olvidaremos.
    Un abrazo
    Nurita

  2. Irene del Rio dice:

    Sergio no se si mi hermano Rafa fue alguna vez con vosotros a esos paseo. Rafa era muy amigo de Luis Velasco..
    Un beso fuerte
    Irene del Rio

  3. Yamila dice:

    Precioso!!! Que recuerdos !!! Mientras leia , recordaba como yo disfrutaba de esa ciudad silenciosa , vacía y completamente para mi. Incluso alguna que otra vez tambien en bicicleta . Mas adekante fueron las motos . Paquito Aledo , Luis Velasco , etc con sus motos y a Paquito le pedia su moto para dar algunas vueltas. No habia peligro, estabamos solos , completamente la ciudad para nosotros.
    Algun dia me tienes que contar de que hablabais entre vosotros sobre nosotras las chicas. Curiosidad femenina, jeje. Besos y gracias querido Sergio.

  4. Raquel Moryoussef Fereres dice:

    Hola Sergio, precioso relato que había ya leído en tu libro, pasamos la semana pasada en Marruecos, Tetuán, Larache y Tánger unos días, poco menos de una semana, llevamos a nuestro hijo para que conociera sus orígenes…encontramos una Larache muy deteriorada dentro de su belleza, la fuente de la antigua Plaza España sin agua, creo que nunca la he visto con ella, pudimos disfrutar del Jardín de las Hespérides que ahora lleva escrito en los leones de la entrada, Jardín de los Leones en español y en árabe…la Calle Real y la Medina con las paredes, y casas cayéndose a pedazos, descascarilladas, me da mucha pena que comparándola con Tetuán que se ve pujante, con mucha gente en tiendas, negocios, pastelerías, tiendas de frutos secos, en Larache poco movimiento, excepto por algunos hombres sentados en los cafés que están frente a la plaza arriba mencionada….

    Ojalá que la prosperidad que vimos en las otras dos ciudades la veamos muy pronto en nuestra Larache.

    Lindo este blog que nos permite leer y compartir tantos recuerdos…

    • sergiobarce dice:

      Esa es la realidad de Larache, Raquel, y veo muy difícil que cambie. Hace años que está abandonada por las autoridades. No sé la razón, pero es así.
      Me alegro que al menos disfrutaras del viaje.
      Gracias por contármelo. Un beso

      • Raquel Moryoussef Fereres dice:

        Pues ojalá y se haga algo por su mejora, si hablo de como encontré el cementerio judío mejor me siento a llorar, un muladar está mucho mejor….

        El viaje lo disfrutamos mucho, la pena es ver una ciudad que podría ser tan próspera en total abandono.

        Saludos

      • sergiobarce dice:

        Es verdad, Raquel, podría ser muy próspera, lo tiene todo. Pero algo pasa. Tal vez un mal de ojo.

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