MI BALCÓN DEL ATLÁNTICO

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Hoy me siento nostálgico, y me encantaría estar en estos momentos en el Balcón del Atlántico. Necesitaría sentarme en la balaustrada, perder la mirada más allá del horizonte azul, fundirla con el sol justo cuando la bola roja se hunde más allá de los sueños. Necesitaría hoy sentir la brisa que sube de Ain Chakka. Necesitaría cerrar los ojos, y ser aquel niño que jugaba por entre los jardines del Balcón. Hoy me gustaría ver a mi madre subir por entre las piedras del pequeño recodo que hace el Lucus en su desembocadura, justo donde depositamos sus cenizas para que siguiera nadando en sus aguas, y llevarla a la terraza del Central y sentarnos allí un rato junto a Sibari. Pero sólo puedo hacerlo con mi imaginación, y me sabe un tanto amargo este té que bebo a solas.

Un buen momento para ver fotos de mi Balcón, y para releer mi cuento El primer regreso, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente.

Quizá me queráis acompañar en su lectura, aunque ya lo conozcáis. Es una manera de volver, de endulzar este té con hierbabuena y flor de azahar.

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

 

El primer regreso 

La primera vez que regresé a mi pueblo habían transcurrido más de quince años desde que lo abandoné junto a mi familia. Sí, incomprensiblemente habían pasado demasiados años sin volver, sin saber más que lo que alguien nos contaba y que, a su vez, había escuchado de un tercero. Demasiados años, y, sin embargo, todo parecía seguir en su sitio. Las calles apenas habían cambiado. En las paredes de los edificios descubrí los mismos desconchones y las mismas grietas de entonces. Era como si nunca hubiese salido de Larache.

La antigua plaza de España, rebautizada en su día como plaza de la Liberación, continuaba siendo el destino obligado de quien entra en la ciudad, con su aire de matrona que protege en su regazo a quien busca el refugio de sus brazos acogedores. Los soportales, construidos bajo el perfecto compás de un ritmo de huecos y arquerías, seguían resguardando a los cafetines y a las tiendas del sol plomizo del verano. Únicamente la fuente y sus jardines habían cambiado por completo. Los lucidos azulejos celestes y alberos, tan andaluces y tan marroquíes, habían dado paso a una fuente anodina, casi estaliniana, ajena al entorno de fachadas blancas y azules. Incluso los peces de colores, que los niños solían admirar con fantasía, se habían muerto en la estanqueidad de un paisaje deforme. Algo paradójico, teniendo en cuenta que el primitivo nombre de Larache, al-Arà´is, significa jardín de flores.

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Andaba por las aceras con la seguridad de quien camina por su barrio, junto a los vecinos de siempre. Ninguna cara me era familiar, pero ninguna me era ajena. Ocurría lo mismo con la brisa, que subía con suavidad desde los acantilados; podía reconocerla al sentirla en mi rostro, al olerla. En todo momento, sentía el martilleo de mi corazón, retumbando con impaciencia, y avanzaba con el inesperado entusiasmo de mi niñez, de golpe recobrada, que inconscientemente me había dirigido al Balcón del Atlántico.

Pasé junto al Castillo de San Antonio, abandonado a su triste suerte, sobreviviendo de rodillas, sosteniendo el peso de su ruina sobre unos muros calcinados y arenosos. Me asomé al Balcón para emborracharme con el verde esmeralda del océano, para sentir con más intensidad la caricia de su aliento, para escuchar el fragor suicida de las olas rompiendo en Ain Chakka. Aunque llegar hasta allí no era del todo casual. En realidad, existía otro motivo más poderoso: estaba ansioso por volver a la casa en la que viví gran parte de mi niñez. Tenía el Consulado español a mi espalda, y giré la cabeza a la izquierda, con el temor a no encontrarla. Pero el edificio continuaba en pie, algo más triste y, también, algo más viejo.

Mis padres en el Balcón

Mis padres en el Balcón

Su fachada de dos pisos, justo frente al Balcón, en la calle Mulay Ismail, estaba malherida, como el resto de los viejos edificios de la ciudad. Tenía varias cicatrices y parecía desangrarse. Me acerqué con la incertidumbre de saber si sus moradores me permitirían entrar en ella. Lo ansiaba y lo temía. Creía recordarla hasta en sus últimos detalles y venía dispuesto a comprobarlo.

Subí la escalera con lentitud. Todo se había hecho más pequeño, más accesible. Olía a especias y a carne de cordero. Me detuve en el rellano, frente a la puerta, frente a la misma puerta marrón. Me agarrotaba una especie de miedo absurdo, de temor indescifrable a algo borroso, pero mi mano derecha golpeó con los nudillos hasta que, desde del fondo del interior, alguien respondió con sílabas ininteligibles.

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

La hoja se abrió con timidez, apenas lo justo para permitir que el rostro de una mujer mayor, arrugado y pintado con henna, me estudiara con inquietud. Dijo algo en árabe. Como viera que no la entendía, acudió a su parco español, aunque finalmente me las ingenié para que entendiese que su casa fue mi casa y que le pedía permiso para entrar.

—Mi marido fuera. Sola…

Era una mujer a la antigua usanza, respetuosa con la costumbre y, por supuesto, vergonzosa, pese a la edad. Asentí, comprensivo. La mujer debió de ver mi desilusión en la forma en que bajé la cabeza o en cómo entorné los ojos, decepcionado y frustrado, y, sólo entonces, se atrevió a abrir la puerta del todo.

Assalam âleykum —dijo—. Sólo un momento, por favor —añadió enseguida, como para que supiese que era un gesto de cortesía extraordinario por su parte. Seguramente no quería que me demorase por si llegaba su marido.

Recobré el ánimo y le agradecí su amabilidad inclinando la cabeza. Pareció satisfecha, y me dejó entrar.

Balcón Atlántico de Larache - Sergio Barce y Antonio Abad

Balcón Atlántico de Larache – Sergio Barce y Antonio Abad

De la misma manera en que recuperé el ánimo, lo perdí al instante. Ya en el interior, no reconocí nada de aquel desolado páramo. Sus dueños estaban en obras, reformaban el piso, y habían derribado todas sus paredes. El suelo estaba cubierto por completo de escombros. Una gran habitación deforme y en ruinas, era lo único que yo veía desde la entrada. La mujer atisbó de nuevo mi fracaso, aunque en esta ocasión comprendió que era tan abrumador que no podría consolarme. De manera que, educadamente, se alejó unos pasos de mí para dejarme a solas con aquella devastación demoledora.

Seguí un buen rato allí, muy quieto, en medio de la soledad de sus paredes abatidas, con los pies aplastando trozos inertes de ladrillos y de cemento seco. El aire, denso y ardiente, estaba emborronado con el polvo que aún seguía flotando sin acabar de posarse. Maldije la hora en que decidí buscar mi antigua casa.

Di un paso, torpe, muy corto, y me detuve. En ese instante, a mi derecha, vi a mi abuelo Manuel, el padre de mi padre, que salía de su habitación ajustándose primero la boina y, luego, sus gafas redondas de monturas de pasta marrón.

—Me voy al Central a echarme un cafelito.

Balcón - Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

Balcón – Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

De pronto comprendí que mis pies aplastaban parte de mi pasado, que los recuerdos de aquella casa yacían en el suelo, agonizantes. Pensé que, quizás, después de todo, llegar ese preciso día era un quiebro inteligente del destino. Estaba siendo testigo de los últimos estertores de ese ayer que moría ante mis ojos.

Di otro paso, y luego otro, caminando sobre esos trozos de recuerdos quebradizos, sobre pedazos llenos de esperanza, de sueños, de risas, de melancólicos latidos. Pisaba con cuidado, como si pudiera aplastar por descuido un beso de mi madre, una caricia de mi padre hecha en la espalda de su mujer, un abrazo escondido al abuelo Manuel. Todo eso quedaba recluido entre los ladrillos rotos, bajo los montones del arenoso cemento. Intuí que, no obstante, las voces, las palabras, los susurros, seguirían oyéndose en el eco imborrable de la memoria.

Sin las paredes de las habitaciones, el rectángulo escuálido de esa casa se me antojaba irreal, podía ser cualquier edificio de cualquier parte del mundo o bien un cuadro de naturaleza muerta. Di vueltas en redondo, aturdido, confuso. La mujer marroquí parecía haberse olvidado por completo de mi presencia y se esforzaba ahora por llenar un saco con los escombros.

En el Balcón... Sergio, Juan Carlos y Javier

En el Balcón… Sergio, Juan Carlos y Javier

Pero, de improviso, en medio de ese territorio yermo y hostil, reconocí mi hogar. Estaba allá, al fondo, encarcelado en el marco de una ventana solitaria. En sus fronteras limitadas, el verde esmeralda del mar. Sin duda, era la ventana del salón de mi casa, aquella ventana a la que nos asomábamos mi madre y yo cuando oíamos el silbido inconfundible de mi padre al regresar a última hora de la tarde o cuando aguardábamos con ansiedad la llegada del camarero que traía en una bandeja plateada la paella recién hecha en el Casino.

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Tropecé con un ladrillo, con un resto polvoriento de un pasado ya lejano, pero seguí avanzando atraído por la llamada ineludible de esa ventana. Estaba emocionado. Mi casa, toda ella, me esperaba en aquel reducido espacio, un espacio vacío con un paisaje a lo lejos. Pisaba, ya sin contemplaciones y sin complejos, todas y cada una de las vivencias de mis padres, de mi abuelo, las de mi infancia inolvidable, que habían quedado rezagadas allí mismo. Apenas me separaban de la ventana del salón dos o tres metros, pero en ese exiguo trayecto, tan intenso, tan increíble, comprendí que mi vida no podía entenderse sin el recuerdo permanente de aquellos días, que guardaba en mi interior más profundo sencillos e imborrables detalles: el olor de la almadraba, la algarabía que estallaba en la romería de la Patrona Lalla Menana, el fragor de las olas rompiendo contra las rocas del Balcón del Atlántico, la leyenda del Teatro España, la sensación del fango en mis pies cuando me adentraba en las aguas del Lucus, la Gaba, con el tumulto lejano de los jabalíes en estampida, la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central, la imagen del guerrab que se apostaba a la entrada de la calle Real ofreciendo su agua a los más sedientos, ese té con flor de azahar que tomábamos bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas, en el Jardín de las Hespérides. También comprendí que seguían vivos aquellos crepúsculos azafranados que contemplábamos embobados desde el Castillo de San Antonio, el eco del almuecín llamando a la oración o anunciando el inicio del ramadán, el bullicio de los estrechos pasajes de la Burraquía por los que correteaba con mis amigos, la música que escapaba por encima de los muros del Casino, las pantallas mágicas del Ideal, del Avenida y del Coliseo que me transportaron al viejo Oeste o a la legendaria Arabia. Me veía de nuevo subir la antigua calle Chinguiti, entrar en los jardines señoriales del Palacio de la Duquesa de Guisa, detenerme en el cafetín de la Estación de la Valenciana para tomar un café bajo las aspas gigantes y rancias de sus ventiladores agotados, saludar a Sor María que me vigilaba desde la ventana del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, volver a mi clase de los Maristas, pasar por el Colegio Luís Vives, llegar al Club Hípico y adentrarme por la arboleda del Vivero para tumbarme en medio de su silencio, sólo roto por el gorjeo de las tórtolas. Me daba cuenta así de que nunca llegué a alejarme del todo de las calles del barrio de Las Navas, que aún escuchaba el griterío de las gradas del Estadio de Santa Bárbara, que me veía correr una vez más por todas sus callejuelas con el ímpetu desbordado y la inconsciente alegría de la infancia.

Todo eso lo reviví en aquellos escasos minutos, unos minutos suspendidos en el vacío. Cuando logré llegar a la ventana, me detuve de nuevo, y me puse a tirar con insistencia del borde del vestido de mi madre hasta que ella me asió con fuerza de la cintura, me incorporó a la silla que tenía a su lado y, apretándome contra su pecho, nos quedamos en silencio mirando aquel horizonte verde esmeralda que se mecía allá abajo del acantilado, cadencioso, hipnótico.

Sergio Barce

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

***

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6 pensamientos en “MI BALCÓN DEL ATLÁNTICO

  1. gallardo52 dice:

    ” la nostalgia es el precio que se paga por haber sido alguna vez feliz”, enhorabuena Sergio, por este blog tan estupendo.

  2. Adolfo Escolano Belmonte dice:

    Preciosas reflexiones… Hace unos meses estuve en el portal de la casa de Tetuán donde viví 19 años y no tuve el valor de subir para volver a ver mi casa … Prefiero vivir con el recuerdo que tengo en mi mente, un recuerdo perfecto y muy detallado … Me causó mucha pena el pensar que allí ya no estaban mis padres ni mis hermanos, …
    Un abrazo Sergio.

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