FRAGMENTO DE “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Aún queda algo de verano, momento propicio para leer. Para quienes no lo hayan hecho, os invito a entrar en las páginas de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del Premio Vargas Llosa de Novela y del Premio de la Crítica de Andalucía.

portada premio LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aquí tenéis un fragmento del libro:

-¿Cómo conociste a Yamila?

-La había visto actuar, pero un día la vi junto a un puesto de especias. Llevaba una chilaba turquesa y el cabello suelto. Lo primero que me llamó la atención fueron sus labios… Me pareció más hermosa que con su traje de lentejuelas… Y la seguí por todo el Zoco Grande –se le secó la boca-. Me había descubierto y advertí que me vigilaba de reojo. Yo no me ocultaba. Cuando nuestras miradas se encontraban, se azoraba. Parecía tímida, pero su boca y sus ojos me decían que no era una ingenua. Me lancé a pequeñas locuras como hacerle creer que me atragantaba con una aceituna o que iba a zamparme una sandía entera, cualquier payasada. Ella giraba la cabeza, para ocultar la risa. Recorrimos así gran parte del Zoco, hasta que en un momento dado me planté –el Olimpic de Augusto Cobos también se quedó inmóvil entre sus dedos, incluso el humo que se elevaba pareció quedar petrificado en el aire-. Me quedé parado junto a la puerta de un horno, viendo a Yamila zigzaguear por entre los carros, asegurándose de que yo continuaba tras ella. Pero aguanté en ese sitio fingiendo el más absoluto desinterés… Entonces me sonrió y yo me rendí de inmediato… –notó que algo lo hacía temblar, que ese recuerdo de Yamila lo emocionaba-. Al instante, se dio la vuelta y comenzó a bajar la cuesta. Comprendí que me invitaba a que la siguiese; ya sabes cómo actúan algunas mujeres en Tánger…

En Tánger, en Marrakech, en Mogador… malditas embaucadoras, malditas salteadoras de almas. Said Barrada había visto cómo los hombres eran capaces de las mayores vilezas por alcanzar la promesa de una mujer: robar a su patrón, engañar al mejor amigo, matar al propio hermano. Todo por una noche, todo por una ilusión pasajera que se esfuma con el alba. Pero también se guardaba una verdad irrefutable: no podía imaginar alcanzar la felicidad sin una mujer a su lado.

-Y fuiste tras de ella… –aventuró.

-Ya no había salida –Augusto sonrió-. ¿Qué podía hacer? Fue una larga caminata hasta el barrio de Hafa, interminable. Comencé a sentirme mal: una fiebre de arrebato y de sinrazón. Las calles se iban estrechando y el calor me agobiaba. Era también una fiebre de impaciencia, creía que nunca llegaríamos a donde me conducía… Pero, al fin, se detuvo frente a una puerta y me miró un segundo. Sus ojos me rogaban que esperase a una distancia prudente del callejón, y allí me aposté, sediento de sus labios y hambriento de su vientre y de sus pechos… Me consumía. Absolutamente. Así transcurrió un buen rato sin que nada ocurriese –el inspector había cerrado los ojos unos segundos, creyendo estar en Arbaoua besando a aquella mujer sin nombre-. Seguí en aquella bocacalle hasta que llegó la noche. Estaba desesperado. Habría ido entonces, sin dudarlo, hasta la puerta y habría llamado, le habría rogado con tal de estar con ella, pero sabía que debía aguardar. Tuve suerte y alguien salió del edificio, era un hombre mayor que, renqueante, fue alejándose por la calleja hasta perderse en un recodo. Dudé si debía continuar en mi puesto de vigilancia: tal vez ella me había olvidado y dormía, tal vez no creía que yo me hubiese armado de tanta paciencia –Augusto tragó saliva-. Justo en ese instante de incertidumbre, Yamila se asomó. Corrí con el corazón en la boca, deshecho por el cansancio y la tensión. Entré apresuradamente, empujado por mi propio entusiasmo, y nos quedamos muy quietos, uno frente al otro, mirándonos por primera vez. “Era mi padre” se excusó con timidez. Su aliento me llegaba en ráfagas de fuego. Me asió de la mano con un movimiento de atadura. Quise entonces tocarla pero Yamila me refrenó. “Vienen a recogerme. Debes irte” me dijo. Pasé mis dedos por sus labios, quería borrárselos para que únicamente mi boca pudiera saborearlos –Augusto se miró entonces la mano, como buscando la sombra de aquellos labios-. Ella entornó los ojos, supongo que adivinando mis pensamientos. Había tanta belleza en ese instante… Hay en Yamila un aroma a viento salvaje y un sabor a leña mojada -arrugó la frente, en un gesto de amargura, apagando su voz-. Ahora me doy cuenta de que jamás he vuelto a sentir algo parecido. No sé si me entiendes…

Said Barrada apretaba las mandíbulas. Cómo no iba a entenderlo. Él mismo tenía otros pequeños tesoros que también podrían parecer inocuos, un mundo encerrado en cuatro horas de vida. El simple y desnudo olor del cuerpo de esa mujer, perversamente inolvidable, permanecía ahí, sin que nada pudiese lograr desterrarlo, su abrazo desesperado. Súbitamente, miró a Augusto Cobos como quien duda de si sus elucubraciones han escapado, de si no ha pronunciado una palabra inadecuada en voz alta.

-Puedo imaginar qué ocurrió después –osó a decir.

-Te equivocas –Augusto clavó sus pupilas en el mar, sugestionado por la historia que él mismo estaba relatando. Se interrogaba sobre si había ocurrido tal y como ahora lo recordaba, como si le costara asimilar su propia conducta de entonces y de ahora-. No fue como imaginaba… Ella simplemente me echó, con un suave empujón, con una elegancia irreprochable; pero evitando mi mirada, como si temiera ceder o sucumbir a nuestros instintos. “Vienen a buscarme” me repetía con una insistencia que era una disculpa. Estaba en sus manos. Hube de ceder. Salimos. Al instante, apareció un vehículo. Subió a él y se marchó. Luego supe que los del cabaret recogían a las bailarinas para llevarlas al local. Curiosamente no me sentí frustrado, y me quedé toda esa noche sentado en el acantilado de Hafa, al borde de un mar apacible que, sin saberlo, presenciaba el inicio de mi cautividad –Augusto Cobos mudó, sorprendido por esta inesperada confesión suya, como si no la hubiese hecho él mismo. Pero tampoco su otro yo. Tal vez en esta ocasión hablaba su corazón. Y añadió en seguida: No. Jamás he vuelto a sentir algo así…

-Pero no es la mujer que buscas… –murmuró Barrada, jugueteando con el pitillo que saltaba de un dedo a otro.

-No sé cuál es la mujer que busco. Nunca lo he sabido. Dudo incluso que la encuentre –se miró el anillo, el único regalo de Carmen-. Seguramente tú tampoco lo sabes…

Sopesando si debía responderle o no, Said Barrada sintió una penosa y sangrante punzada en el pecho, como si le hubiesen azotado el alma.

-Yo la encontré -posó la mirada en el cigarrillo, lo partió por la mitad y se quedó mirando las hebras, como si en ellas habitara el recuerdo de las horas en Arbaoua-. Dicen que el verdadero amor sólo dura un segundo. Es lo que dicen… -si no conociera tantos detalles de la vida de Augusto Cobos Koller, al escuchar la historia que le había relatado habría podido cambiar la idea que se había formado de él e, incluso, habría podido llegar a creer que, tal vez, no existía diferencia alguna entre ellos. Sin embargo, sabía que algo insalvable los separaba, que no se guiaban por los mismos códigos, que no estaban al mismo nivel ético. Y sintió una especie de rabia mientras le preguntaba con cinismo: ¿Sigues cautivo?

Augusto frunció el cejo, meneando la cabeza de un lado a otro, lentamente, como si quisiera ganar tiempo. En esos segundos pensó que su vida afectiva era una sucesión de mujeres, una colección de imágenes frías y distantes, que hacía años se había montado en un tiovivo del que no era incapaz de bajar, y que el tiovivo seguía dando vueltas, como si hubiera comprado todos los tickets. Bajó los ojos. Sabía que en cuanto el tiovivo se detuviera, y algún día tendría que hacerlo, se encontraría solo en medio de un inmenso desierto.

-Las mujeres son mi dicha y mi desdicha –balbuceó finalmente-. A veces pienso que he amado a tantas que ya no sé amar a ninguna. Quizá no he querido a ninguna o creo que no he querido a ninguna y en realidad he amado a alguna sin darme cuenta. Puede que no sepa discernir el verdadero amor o que todo lo reduzca a sexo. La bebida me ha gastado muchas bromas y me ha costado algunos disgustos… Ni siquiera sé si reconocería a una mujer que estuviera realmente enamorada de mí. No es nada confortable llegar a esta conclusión…

Said Barrada lo escuchaba como si descubriera un mensaje oculto en cada palabra. Halló una amargura profunda en su lacónica letanía.

-¿Pensabas en Yamila cuando escribías el libro? –Barrada trataba de ayudarlo a desmadejar sus dudas.

-Cuando se crea, coges, hurtas y robas retazos de muchas vidas, tantas como cuantas conoces. Es como montar un puzzle con las piezas que te convienen. No dudo que Yamila esté ahí… -tomó aire, y tragó saliva-. Es curioso que no haya olvidado aquella emocionante persecución por el Zoco Grande… –y en ese instante supo que la noche sería para ella.

Pero cuando escuchó de nuevo al inspector, Augusto Cobos se limitó a pestañear automáticamente, como si lo hubiesen despojado de su libertad, como si lo hubieran encerrado en el penal del Hacho.

-Te daré un consejo, jai: ten cuidado con esa chiquilla con la que te estás viendo. Juegas con fuego. Y, tal vez, tu baraka te abandone en esta ocasión…

Estuvo a punto de jurarle que nunca más volvería a verla, pero apartó la mirada y siguió las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana. La tormenta restallando en medio del mar.

 

foto SLB

foto de Salvador López Becerra

 

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