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RESEÑA A MI NOVELA “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER”, POR LA POETISA INMACULADA GARCÍA HARO

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Una nueva reseña sobre mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015) acaba de aparecer en la web de la ACE (Asociación Colegial de Escritores de España, sección de Andalucía). Se trata de una detallada y original crítica de la poetisa Inmaculada García Haro. Digo original, porque su punto de vista y el enfoque que le ha dado a esta reseña, de nuevo positiva (hasta ahora, todas las críticas a esta novela son muy buenas, por suerte), es realmente diferente a las demás. Inmaculada ha desmenuzado la parte más plástica de la novela, esa que enlaza la literatura con la pintura, en especial las obras de Matisse que, de una u otra forma, son parte de la vida del protagonista de esta historia… Y he de confesar que ha dado en la diana.

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La reseña comienza así:

“La Emperatriz de Tánger es, sin duda, una excelente novela que se desarrolla en la época dorada de la ciudad magrebí, entre las décadas 40 y 50 del pasado siglo. Bañada de una luz especial, Tánger era conocida como la “ciudad de los sentidos”. A través de las peripecias de Augusto Cobos Koller, personaje memorable y rotundo, el autor nos muestra la verdadera protagonista del texto: Tánger, a la que convierte en el imperio de un universo de libertades impensables en ninguna otra ciudad de la órbita occidental de aquel momento, dejando al lector que elija, entre sus numerosos personajes femeninos, a su emperatriz. Como centro de la narración, Augusto, un escritor ficticio, creado por su autor, Sergio Barce, cuya vida atormentada por numerosas adicciones (alcohol, drogas y sexo) lo convierten en un ser agónico, siendo precisamente esa inclinación continua hacia el abismo lo que lo hace profundamente atractivo para el lector.

Tánger, sin duda, es un escenario mítico…”

Para seguir leyéndola, debéis entras en la página de la ACE, y aquí os doy el enlace oportuno:

http://www.aceandalucia.org/index.php?id=noticia0&tx_ttnews%5Btt_news%5D=28857&cHash=ef60e221a91dd264d2649525da62f548

INMACULADA GARCÍA HARO

INMACULADA GARCÍA HARO

Inmaculada García Haro ha participado en numerosas publicaciones de poesía: LA RUTA SAGRADA (Málaga, 1996); VERBO UNGIDO (nº2 de la Colección Wallada. Edic. ALAS. 2001.); SIRENAS ANCESTRALES (Hummus Proyect. 2001); GUARDIÁN DE RIQUEZAS (primer premio Certamen de Poesía Amatista. Coín, 2003); MÁSTIL DE ARAUCARIA (nº 8 de la colección Wallada. Edic. ALAS 2005); CENTROS –Haykus-(Edit. Rubeo. 2010), LAS HIJAS DE YEMAYÁ (Edit. El Desván de la Memoria. Madrid 2013), UNO DE CORAZONES (Cuadernos Monográficos Publicapitel. Málaga, 2015), FEMINAE (Nº 9 de la colección Wallada. Edic. ALAS 2016) y LA SANGRE DE ERATO (Ediciones del Genal. Málaga, 2016). En narrativa ha publicado, entre otros títulos, HISTORIAS DE BABILÚ (nº 3 de la Colección Áurea. ALAS, 2008; Colección Torremocha. Edit. Rubeo 2010) y ha participado en numerosas publicaciones colectivas.

Su poemario infantil LA BRUJA PITIRUFA Y LAS ESTACIONES DEL AÑO (Edit. Vértice. 2011) ha sido llevada al teatro por la compañía MUNCHOTEATRO MÁLAGA, siendo representada en la RED DE BIBLIOTECAS MUNICIPALES dentro del PLAN DE FOMENTO DE LA LECTURA 2012. Y ha participado en varias antologías de poesía entre las que habría que destacar “HOY ES SIEMPRE TODAVÍA” (Humanismo Solidario. Grupo Palimpesto, Sevilla, 2014) y “PUERTA DE LA ESPERANZA (DAR TIKA) POESÍA SOLIDARIA” (Humanismo Solidario, 2015). Es colaboradora habitual, entre otras, de la revista “TERRAL. El viento que modela las nubes” (Benalmádena), “SUR. Revista de Literatura” (Málaga) y “HÉRCULES CULTURAL” (Algeciras).

Ha obtenido el PRIMER PREMIO DE POESÍA del V CONCURSO LITERARIO “MUJERES DE ANNAÖ” (Málaga 2000), el PRIMER PREMIO del II CERTÁMEN DE CARTAS ESCRITAS POR UNA MUJER (Estepona 2001) y el PRIMER PREMIO DE POESÍA del III CERTAMEN DE POESÍA AMATISTA (Coín 2003). 
Pertenece, además, a GRUPO CAPITEL, a la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE-Sección Autónoma de Andalucía), al movimiento HUMANISMO SOLIDARIO, a la ASOCIACIÓN CULTURAL HÉRCULES -Algeciras-, a REMES (Red Mundial de Escritores en Español) y a la Asociación Cultural y Científica ISLA DE ARRIARÁN.

Su último poemario recientemente aparecido es LA SANGRE DE ERATO.

Para más información podéis entrar en su blog personal:

 http://rutadeinma.blogspot.com.es/

Inmaculada García Haro y Sergio Barce

Inmaculada García Haro y Sergio Barce

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“LOS JUDÍOS DE MELILLA”, POR JOSÉ EDERY BENCHLUCH

 Siempre es un placer publicar en mi blog los artículos del Tabib Harofé larachense José Edery. Me ha parecido de gran interés cultural e histórico este artículo en concreto sobre los judíos de Melilla, que reproduzco a renglón seguido.

LOS JUDÍOS DE MELILLA:

ORIGEN y EVOLUCIÓN DE SU POBLACIÓN

Por el Dr. José Edery Benchluch

Como complemento instructivo a un artículo que escribí en el Hospital de El Escorial hace algunas décadas en relación al Reino Judío de Taza y sus habitantes judíos de Taza, Debdou, Guercif y Taourirt; me interesaba “la Melilla Judía”, su origen y su evolución demográfica hebrea en los últimos siglos. Los datos que me proporcionaban, para la gran mayoría desconocidos o ignorados, sus actuales habitantes u oriundos correligionarios en la Península, eran pocos e imprecisos. Ya no disponía de la magnífica Biblioteca del Casino Israelita de Tetuán, una de las más completas que ha habido sobre judaísmo y donde me he pasado tardes enteras tomando notas, entre otras, sobre la historia magrebí de mis correligionarios. Apuntes que me permitieron no solo preparar mi tesis universitaria en Historia de la Medicina referente a la “Medicina Judía en la Edad Media”; sino también escribir muchos años después un extenso artículo (del que este es un resumen) extractado de mi obra en preparación sobre “El Reino Judío de Taza-Debdou”. Así como varios capítulos de mis obras “Viajando por el Magreb Hispánico” y “Viajando por el Magreb” (que con sus 600 páginas y fotografías, a 17 euros, todavía se pueden solicitar en la “Casa del Libro” en Málaga, en Sevilla o en Madrid). Lástima que la gran mayoría de obras judaicas de la Biblioteca del Casino Israelita tetuaní efectuasen una “desconocida Aliá” por medio de desconocidas personas “transportistas” y a destinos también desconocidos, ignorados o particulares. Recuerdo entre ellas con amplia información de los judíos de Melilla: la Enciclopedia Británica, las obras de Laredo, las de Salafranca Ortega, las de los autores argelinos Shloush o de Bergé, etc…

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BARRIO HEBRERO en Melilla

Desde la expulsión de los judíos de España y Portugal y especialmente desde la desaparición de la aljama malagueña, la población judía de Melilla desapareció, bien por expulsión, bien por conversión al cristianismo o bien por migración a las vecinas ciudades y regiones musulmanas de Marruecos y Argelia. Principalmente en Marruecos en la región del Rif integrándose una parte entre sus correligionarios rifeños de las tribus judías de los Beni Rhiata así como en las ciudades fronterizas. Y por miedo a invasiones hispano portuguesas y al largo brazo de la melhoca y preta Inquisición, en poblaciones más alejadas como Taza, Berkane, Debdou, Fes o Meknés, o en las argelinas de Tlemcen u Orán. Aunque en estas por poco tiempo ya que España ocupó estas zonas del Oranesado durante tres siglos desde Felipe II y Carlos V.

En el oeste de Marruecos no se refugiaron excepto en Salé y en Tetuán. Ya que ciudades como Ceuta en 1415, o en 1471 Tánger y Arcila (en esta permanecieron hasta finales del año 1600) habían sido conquistadas por la “muy cristiana” Portugal, excepto Larache (esta lo estuvo por España de 1610 a 1689) y Alcazarquivir que sufrían el constante acoso portugués. Pero sí llegaron los judíos melillenses a Tetuán (a pesar de la peligrosa cercanía de la cristiana y portuguesa ciudad de Ceuta) fundada por moriscos granadinos en 1484 y a la que también llegaron expulsados por los Reyes Católicos muchos judeo andaluces en 1492. Muchos judíos oriundos de Melilla, gracias a su conocimiento del Mediterráneo y de las artes de navegar se fueron trasladando desde la primera década de 1600 a la “Republica de Salé-Rabat” o “de Hornachuelos”, que con labor de corso y piratería en el Atlántico y Mediterráneo fue creada por moriscos procedentes de la ciudad extremeña de Hornachos que habían sido expulsados de España por Felipe III, el mismo que dijo “Que solamente Larache valía por todo el África”.

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SINAGOGA de Melilla

La población judía de Melilla era inexistente a principios del siglo XIX por razones obvias tras la antedicha expulsión y prohibición por el Edicto de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón de 1492. Mientras que al terminar el siglo XIX eran ya alrededor de unas 600 personas residentes en Melilla. Al comenzar el siglo XX, en el año 1905 llegaron cientos de refugiados judíos procedentes de Taza que se instalaron al pie del denominado “Horcas Coloradas”, en tiendas del ejército español, y sería el embrión del “Barrio Hebreo de Melilla”. Año en que la población judía ascendió a más de 1.500 personas, por lo que se puede calcular aproximadamente la cantidad de refugiados originados por las persecuciones y matanzas de judíos por El Rhogui en la región de Taza.

En años posteriores además de la gran huida de Taza tras la destrucción de su mellah, desde las diferentes regiones rifeñas y ciudades del ex “Reino de Taza-Debdou”, como Debdou, Guercif, Taourirt, Msoun y hasta de Berkane y Oujda, fueron emigrando judíos de origen meghorashim (“expulsados”) o sefarditas mayoritariamente, y toshabim (autóctonos que eran generalmente árabe o bereber parlantes) hasta alcanzar la cifra en Melilla al terminar la Primera Guerra Mundial de unos 3.550 “hebreos”. Un adjetivo calificativo más que un vocablo como se les denominó a los judíos, para evitar lo que consideraban peyorativo, durante la República en España y en el Protectorado Español de Marruecos, a semejanza del término “Israelite” que utilizaron los franceses. Por lo que pienso que hay que agradecer a los dirigentes de algunas de nuestras comunidades, como la de Madrid, que cambiasen en su designación el término “Israelita” por el de más autenticidad de: “Comunidad Judía de…”.

Pero mi sorpresa, y la del lector probablemente, fue conocer quiénes fueron los primeros judíos que se instalaron en Melilla desde que se les autorizó oficialmente. Los primeros “repobladores” por vecindad, evolución histórica y relaciones comerciales deberían haber sido rifeños o de las ciudades cercanas o de las que pertenecieron al “Reino Judío de Taza-Debdou”.

¡Pues no fue así! ¡Los primeros judíos de Melilla procedían de Tetuán! Ciudad distante a más de 500 kilómetros de carreteras y pistas montañosas atravesando el Rif; o todavía más distante dando un mayor rodeo al sur por Taza. O por vía marítima con un vapor que esporádicamente hacía el trayecto Tánger-Orán y viceversa con escala (no siempre) en Río Martín y en Melilla. Pero sobre todo hay que pensar y recordar que no había carreteras en el concepto actual, y que los caminos y rutas, además del peligro de seguridad y bandidaje, apenas eran carrozables.

En el año 1869 se van instalando ya con mayor tranquilidad y libertad los judíos en Melilla, con la promulgación de la Constitución Española de 1869, en que se permite en España la libertad de culto, de residencia a los judíos y sobre todo para ellos el poder ser al mismo tiempo judío y español. Pero antes se van produciendo instalaciones y/o salidas temporales dependiendo de la promulgación de anteriores Constituciones. Se les abrieron las esperanzas y algunas puertas con la Primera Constitución Española de José Napoleón en 1808. Y sobre todo con la Segunda, la de Cádiz denominada “La Pepa” en 1812, en que se abolió la Inquisición aunque relativamente. Se les cayó el mazal de nuevo a los muestros a los pocos años con el retorno de la monarquía borbónica absolutista de Fernando VII y el restablecimiento parcial de la melhoca y preta Inquisición (esta fue suprimida definitivamente de hecho y derecho en 1834 por la Regente María Cristina).

Con las “Constituciones Isabelinas” de 1837 y de 1845 en que no se prohibían expresamente otras religiones, ya había comenzado una tímida llegada de judíos a Melilla. Acentuándose con la ya señalada Constitución de 1869 que les da una definitiva tranquilidad para migrar e instalarse en la antigua metrópolis portuaria fenicia, bereber y romana de Rusadir. Las siguientes Constituciones de 1876, la republicana de 1931 y la actual de 1976 ratifican la libertad de cultos y su ejercicio público o privado; excepto que fue algo más restrictiva desde 1939 durante el periodo franquista. Ya que a través del “Fuero de los Españoles” ya no autorizaba, sobre todo en la Península, los cultos y ceremonias religiosas públicas de otras religiones fuera de la católica, y con dificultad a veces también las privadas o en determinados recintos o instituciones.

Aunque ya en el siglo XVII se señala la existencia de un judío “residente en prisión o en el juzgado” llamado Moisés Melul. Y durante el “Sitio de Melilla” entre los años 1774 y 1775 por las tropas moras del Sultán Sidi Mohamed, algunos de los pocos judíos supervivientes que el Sultán colocaba desarmados avanzando delante de su tropa y que eran los primeros en ser abatidos por los defensores cristianos de Melilla, pudieron refugiarse y ser acogidos en la ciudad desconociéndose su existencia o suerte posterior.

En el año 1874, cinco años después de la promulgación de la “buena” Constitución de 1869, en el Censo de la ciudad melillense se señala la existencia de 29 judíos residentes. De los cuales 23 varones y 5 hembras, pero especificando que 27 proceden de Tetuán; y 2 varones proceden de Orán y de Gibraltar. Tres años antes, en 1871, un judío residente en Melilla, también procedente de Tetuán y llamado Abraham Aserraf es el primero en obtener la ciudadanía española. Y en el año 1904 se produce la gran repoblación de judíos en Melilla procedentes de la ciudad de Taza a consecuencia de las persecuciones y matanzas que se produjo en la destrucción total de su mellah y juderías de la región por El Rhogui y sus huestes tribales guerreras.

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Y para terminar y no ser pezgo como en las ketubot habituales de mis artículos, hay que resaltar que, sobre el origen primigenio de los judíos tetuaníes en la población mosaica de Melilla, tres de las cuatro grandes personalidades que ha tenido la ciudad nacieron y procedían de Tetuán. Como fueron D. Samuel Salama Hachuel, el profesor D. Isaac Ben David Levy y D. Yamín Benarroch Benzaquen conocidos no solo por los melillenses sino por diferentes kehilas de Marruecos y España. Ya que Rebí Abraham Cohen Dayan asesinado por dos correligionarios en 1920 era natural y procedía de Debdou.

Alrededor del año 1870 se puede cifrar la llegada a Melilla de las tres personalidades judías citadas procedentes de Tetuán. Época lógica tras la emigración producida entre la población judía tetuaní por las represalias de las autoridades magrebíes tras la ocupación de la ciudad de 1859 a 1860 por las tropas españolas de Prim y de O´Donnell. Generales que habían ganado esta “Guerra de África” tras sus victorias en las batallas de Castillejos, Tetuán y Wad Ras (con los cañones conquistados en esta última se fundieron los Leones del Congreso de los Diputados en Madrid). Represalias y persecuciones de las autoridades marroquíes tetuaníes por la lógica colaboración, confraternización y apoyo que prestaron la mayoría de los judíos de Tetuán a las tropas y civiles ocupantes en la ciudad. Ocupación que fue de gran impacto cultural en esos años y en años y siglo posterior entre una población sefardí que hablaba casi la misma lengua que el ocupante temporal, español, cristiano y extranjero.

Una de las conclusiones o Hal Hassú es que aunque los primeros pobladores judíos de Melilla provenían de Tetuán, ejercieron poca influencia cultural entre sus futuros moradores; y menos en tradiciones y supersticiones ya que los tetuaníes “casi” carecían de estas segundas; excepto su legado tradicional y habitual de no mencionar sus riquezas, dineros ni ganancias para que no se les haineara. En cambio, las siguientes oleadas migratorias, con un menor nivel cultural que los judíos de la región de Yebala, y que procedían de regiones bereberes y árabe-bereber como las del Rif, las llanuras de Taza y Debdou o los poblados de las laderas septentrionales del Atlas Medio aportaron a los judíos de Melilla gran parte de su cultura y tradiciones ancestrales judeo bereberes. En la que predominaban las supersticiones relacionadas con “el mal de ojo”; el temor a las maldiciones sobre todo provenientes de rabinos; la creencia en yenun maléficos o buenos; o una acentuada devoción a sadikim locales o tenidos como tales, asociada a un determinado marabutismo, Improntas culturales que vemos reflejadas en la actualidad en muchas personas o familias melillenses tanto en su urbe natal como en otras ciudades.

Y ya wa dezeo que no se me cahseen mis javerim de Melilia; que El Dio les jade, asín como a todos los shudiós del holam. Y ojalá veamos y mireis con sajá, simjá y vida larga un shalom para siempre en Tierras de Israel.

Se kadeó esta estitua meguilá y supeteis con este baydaber las nacencias, tzamarás y guajlás de los shudiós shloh, yeblis y españolis, ansina enfueran megorashinim o toshabinim, que levantaron el mazal y la ferza de antes y de agüera de medina Melilia.

En Málaga y para mis correligionarios y amigos. Noviembre de 2016

El Dr. José Edery Benchluch “Al Tebíb Harofé”, desde la Maestranza y el Calafa

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Sinagoga Or Zaruah / Yamin Benarroch (Melilla)

 

 

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“LARACHE: MITO E INFANCIA EN LA OBRA DE SERGIO BARCE”, POR EL ESCRITOR MARIO CASTILLO DEL PINO

Mario Castillo del Pino, amigo, autor de esa novela maravillosa que es Mi avión herido, me dijo hace tiempo que pensaba escribir sobre el viaje que hizo a Larache acompañado por su familia y por una de mis novelas. Hoy he recibido por fin ese texto, que se ha hecho de rogar. Sin embargo, la espera ha merecido la pena. Al acabar de leerlo, le he enviado un whatsapp a Mario para decirle que ya hablaremos porque, en estos momentos, no podría hacerlo: me ha emocionado demasiado y comienzo a estar mayor para dar ningún espectáculo, por mucha confianza que nos tengamos. En cualquier caso, el texto que ha escrito sobre aquel viaje y lo que ha escrito sobre mis obras ambientadas en Larache, me ha llegado al alma, me ha tocado, me ha hecho volar (por qué negarlo). Es un texto bellísimo en la forma, lo que no me sorprende porque Mario Castillo escribe como quiere; y también es un texto bellísimo en el fondo. Lo he paladeado, primero porque me he sentido reconfortado al descubrir que ese Larache que he ido modelando en mis historias quedará para siempre en el recuerdo de quienes me lean, y segundo porque a quién no le gusta sentir el afecto de un amigo. Yo hoy lo he sentido. Y ahora, ya puedo darte las gracias, Mario.

Espero que disfrutéis de su texto con la misma intensidad que yo.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

LARACHE: MITO E INFANCIA

en la obra de Sergio Barce

por Mario Castillo del Pino

   Nacemos demasiado pronto. Seres indefensos y vulnerables. Mal formados e incapaces de mantenernos en pie, de alimentarnos por nosotros mismos, entregados a una experiencia soñada y olvidada. Pero, sobre todo, desposeídos de la habilidad de acumular recuerdos concretos durante los primeros años de nuestra vida. La ausencia de asideros que anclen lo que realmente somos. Es en esa tierra de nadie, aguas pantanosas que desdibujan la realidad bajo una espesa neblina, en donde nace el mito y en donde los sueños más persistentes se nos acomodan para el resto de nuestra vida. Los primeros años de infancia surgen y se recomponen como fantasmas que nos habitarán para siempre, preñados de historias contadas, retazos de memoria ajena que pululan en el entorno familiar, mil veces contadas, mil veces olvidadas. Olores, tactos, luces ocultas en las sombras.

Sergio Barce vivió en Larache algo más de la primera década de su vida. Es en ese momento, a los trece años de edad, en el que desafortunadamente es desarraigado por el destino y traído a tierras extrañas. Digo desafortunadamente porque esa experiencia trunca su letargo infantil, el acogedor, cálido y seguro refugio que para Sergio niño supone Larache. Sin embargo, por otro lado, estoy profundamente convencido de que esos acontecimientos históricos que provocaron el exilio de miles de nativos hispanos en tierras marroquíes es un hecho afortunado, ya que fruto del desarraigo surge todo un corpus literario, una Ítaca milenaria y mitológica a la que todos estamos obligados a retornar. Fruto de esa experiencia, hoy disfrutamos en sus textos de una infancia revisitada, el Avalon difuso que hubiese sido imposible sin la distancia. Por eso es afortunado su exilio y por eso se lo agradecemos sus lectores.

LARACHE (foto página de Radio Larache)

LARACHE (foto página de Radio Larache)

En todos nosotros acontece un momento en la vida en que todo comienza a ser concreto y toma cuerpo. Es ese momento de la adolescencia a partir del cual todo lo vivido es contemporáneo a nuestra memoria y los acontecimientos de nuestra vida tienen fecha en el calendario. Antes de ese punto todo es mítico, velado, irracional. Es por eso que la más tierna infancia, esos primeros años mágicos, no son lugares en un mapa. Esos años son, en definitiva, la geografía del alma.

La mayoría de nosotros compartimos el espacio físico de ambos mundos: el soñado en el duermevela de la infancia y el posterior, fruto de la vigilia aguda y descarnada de la razón; seguimos pisando como adultos los mismos empedrados en donde pateamos nuestros primeros balones soñando que éramos estrellas del fútbol. Todavía continuamos pasando por las mismas calles, pero ahora para, digamos, renovar el carné de conducir o para hacer la declaración de la renta. O entramos en ese mismo portal en donde dimos nuestro primer beso nervioso, pero ahora para recoger el resultado de una prueba médica que nos inquieta o para encargar unos muebles de cocina que no podemos pagar.

Sergio Barce tuvo la “fortuna” de deslindar ambos mundos; los primeros años en África quedaron pues lejos en la distancia y el tiempo. Así, desde el exilio y el desarraigo se fue forjando en Sergio Barce un espacio mítico, inalcanzable. Es en ese entorno plagado de cíclopes, medusas, monstruos y sirenas en donde nos emplaza con una obra dedicada al retorno. El ramillete de libros bellísimos que nos ha regalado a lo largo de los años es su fortuna como poeta y su drama como persona. Para el lector sensible, su Marruecos revisitado es un viaje de introspección hacia lo que realmente somos. Sergio Barce, a lo largo de toda su obra larachense, se vuelve del revés y nos muestra las hilaturas con las que fue tejida su inocencia. Es una traslación vertical, un viaje en el tiempo, una caída a las simas de la memoria. En definitiva, un descenso emocionado por la madriguera que, como Alicia, ha sabido horadar para nosotros.

Sin embargo, sus libros están preñados de desconsuelo y decepción. Al mismo tiempo que nos traslada a las profundidades de su infancia, en algún momento de su vida adulta, tuvo la osadía o el coraje de volver físicamente a los lugares que le inspiraban. Fue, supongo, el pago de una deuda, un compromiso personal, no literario. Es de ese viaje perpendicular del que se nutre su obra, contraposición de la esencia mítica de si mismo y el encuentro con los espacios físicos que la acogen.

Evidentemente todos tenemos nuestro propio Abdelazziz que nos llevara de la mano, todos hemos compartido juegos con nuestros propios Loftis y nuestros propios Dukalis. Todos hemos corrido como Tami por nuestro Zoco Chico y hemos nadado desafiantes en nuestras playas peligrosas. Todos hemos encontrado nuestras sirenas varadas y nos hemos refugiado en nuestros tañidos propios de laúd. Todos hemos soñado largos y emocionados matinales en nuestro propio Cine Ideal. Pero hay una gran diferencia entre su experiencia y la mía. Yo vi crecer a mis amigos, vi envejecer a mis ídolos de infancia, incluso algunos, ya demasiados, se me fueron muriendo por el camino. Vi cómo, después de años de abandono, me derribaron el cine Duque en donde ocultaba la fascinación de unos ojos infantiles. En cambio Sergio Barce y todos los que tienen la “fortuna” de haber conservado intacta la memoria, a los que les guardaron bajo llave los recuerdos míticos de la primera infancia, han tenido que luchar ante la cruel disyuntiva de rememorar la geografía del alma en la distancia, o bien ceder a la tentación de regresar y buscar entre los escombros. Esa disyuntiva define con claridad todas las páginas en las que Larache es la protagonista de su obra.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

Desde que leí su primer libro hace ya muchos años, Sergio Barce inoculó en mí una inquietud difusa, susurrada, embriagadora, casi opiacea. Larache pasó por tanto a engrosar la larga lista de lugares míticos que atesoro. Sinceramente, nunca pensé que un autor contemporáneo y tan cercano a mí (prometo que nuestra amistad no enturbia un ápice mi criterio como lector exigente) pudiese crearme con tanta intensidad un espacio onírico que me influyese personal e íntimamente con tal virulencia. El Larache mítico de su obra fue creciendo dentro de mí como un ser extraño, me fue habitando y se quedó conmigo para siempre.

Personalmente guardo con celo esos espacios oníricos que me alimentan los mitos. Me gusta protegerlos de la mirada sucia y decepcionada. Los mantengo a la distancia suficiente para que no pierdan el halo tibio y sugerente de lo soñado. La Nueva York de Midnight Cowboy, la Troya de Homero, El Jardín de las Delicias del Bosco, la Venecia de Mann, la Casablanca de Bogart. Todos comparten el privilegio de la ficción pero algunos sufren la desgracia de contar con espacios reales que les han robado el nombre. Los soñados, por fortuna, están a salvo. Sin embargo, los inspirados en escenarios reales están condenados a las hordas de turistas, las cámaras, la decepción. Lógicamente he intentado evitarlos siempre que he podido; no pisar el polvo de mis lugares míticos y dejar que reposen para que me sigan alimentando los sueños. Desgraciadamente no siempre he podido protegerlos. La vida es larga y el mundo pequeño. En algunas ocasiones he sido capaz de crear mundos paralelos, espacios con idéntico nombre (el del mito y el del usurpador mezquino) que han convivido desde entonces sin interferencias. Atesoro, sin embargo, un caso que es excepcional: el Larache de Sergio Barce. El espacio mítico de su obra ha sobrevivido, afortunadamente, a mis botas sucias.

En la primavera de 2013 leí su novela Una sirena se ahogó en Larache. Personalmente creo que es la obra más bella que ha escrito y que encumbra y culmina su serie larachense. Aunque eso el tiempo lo dirá. Dudo que Sergio sea capaz de mantener su pluma alejada del tintero oscuro y espeso de su memoria africana. Fue una obra que me impactó especialmente. Tenía todos los elementos que había atesorado en sus obras anteriores, universos que habían flotado como escombros dentro de un torbellino antes de precipitarse y tomar su forma definitiva. De pronto comprendí que toda su obra anterior no había sido más que un cortejo, un preámbulo, una preparación, un flirteo, un rondar de león al acecho, jugando con su presa. Una sirena se ahogó en Larache es el zarpazo definitivo, la obra que cataliza el mito con el que ha coqueteado durante tantos años. Es una pequeña gran obra dedicada al abandono, el desconsuelo, la vulnerabilidad y, al fin, a la redención y la esperanza.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Casualidades del destino, o no, a principios de ese mismo verano de 2013, mi mujer propuso un viaje de familia. Los niños se iban alejando y el viaje del verano siempre ha supuesto un reencuentro, un paréntesis en nuestras vidas paralelas y distantes. El mayor propuso Marruecos. Todos aceptamos ilusionados. He de reconocer, sin embargo, que a mí me asaltó una sombra de duda, un miedo oculto, casi un vértigo. Unos amigos nos recomendaron Assilah, en la costa atlántica. Fue entonces cuando el miedo tomó forma. Sabía que Larache estaba cerca, más al sur. Era un destino fácil de esquivar, las guías para turistas suelen ignorarla para destacar lugares más pintorescos, más a la medida y expectativa de un turista europeo. Pero yo supe desde ese momento que estaba condenado a arrasar la memoria sagrada de mi Larache mítico, que quedaría desde entonces descarnado, expuesto, indefenso bajo los pasos casuales, la mirada trivial, la obscenidad de un selfie. Pude haberlo ignorado, pero no lo hice. El canto hipnótico de la sirena me arrastró sonámbulo. Supe que había perdido la partida, que la atracción hacia el vacío era demasiado irresistible. Rendido, llamé a Sergio y le dije que en unos días visitaría Larache. Me dio el teléfono de un taxista amigo de la familia Barce, de varios de sus íntimos de la infancia, reencontrados, “re-conocidos” tras años de ausencia. No me fue fácil ignorar el miedo cuando identifiqué los nombres que me pasó ilusionado, personajes de sus cuentos, fantasmas de sus novelas larachenses. En los días previos a la partida, releí la Sirena de Sergio Barce. La devoré con gula, con fruición, con ansiedad. En el último momento, casi como un gesto simbólico, metí el libro en mi mochila para que me acompañase.

Unos días después, mientras cruzábamos el mar y el contorno de África se hizo preciso, supe que aquel viaje sería especial. No era mi primera visita a Marruecos. Recordé la primera vez que de niño crucé de Málaga a Tánger a bordo del Ibn-Battuta, cuando mi padre me llevara con apenas ocho años a recorrer el desierto por pistas perdidas en la frontera con Mauritania en 1971 en un destartalado Seat 124. Desde entonces, mis visitas a Marruecos habían sido escasas pero recurrentes. He aterrizado muchas veces en Tetuán, Tánger y Casablanca. He volado sobre el Mediterráneo con el Atlas al frente y el Atlántico perdido en el horizonte. Pero sabía que en esta ocasión sería diferente. Me estaba internando furtivamente en el sueño de otro, profanando sus vivos, sus muertos, sus fantasmas. De alguna manera me alivió el pensar que también eran míos, que el Larache que Sergio Barce nos había confiado en sus páginas sinceras pertenecía a la memoria colectiva de sus lectores tanto como a él mismo.

Llegamos a Marruecos en pleno ramadán. La novena semana del año lunar hace que la vida cambie radicalmente para los musulmanes. Todo se ralentiza, casi detenido. Los restaurantes y bares prácticamente vacíos, las calles desiertas sin el habitual ajetreo vivo y colorido de África. Me resultó extraño. No era el Marruecos que recordaba. Pero me gustó sentir en los silencios la espera paciente. Pasé esos primeros días paseando por la medina de Assilah. Nos refugiamos del calor en las calles encaladas y frescas. Pasamos un día en Chefchaouen, abrumados por el olor esencial a especias y el azul añil de sus paredes. A ratos al caer la tarde, durante esos días de espera, cuando las calles de la medina recuperan la vida, nos refugiábamos cansados en la terraza que da a las murallas de Assilah que miran al mar. Mis hijos se dedicaban a callejear, el mayor con sus lápices y su cuaderno de dibujo, el mediano paseando largamente con un libro bajo el brazo y la pequeña, inquieta, lo capturaba todo con su cámara voraz. Mi mujer y yo nos tomábamos un respiro en la terraza. Yo releía detenidamente el libro de Sergio Barce que siempre me acompañaba como un talismán, un perro fiel, una preparación. Una emboscada.

Tras varios días recorriendo el interior y la costa atlántica, habíamos planeado la visita a Larache para el día siguiente. Nadie en la familia comprendía mi interés y mi insistencia pero se dejaban hacer. Sabían que era importante para mí. De alguna manera, mi visita a Larache se había ido convirtiendo quedamente en el eje de nuestro viaje. Todos lo sabían y estaban dispuestos a acompañarme, a seguir mis pasos sonámbulos. Aquella noche me dormí inquieto, ilusionado, cuando la algarabía de la calle se silenció ya de madrugada.

Como cada mañana, Abdul nos recogió temprano. Queríamos detenernos en un mercado rural a mitad de camino y pasear por las ruinas romanas de Lixus antes de adentrarnos en Larache. Le pedimos que se saliese de la general que va de Tánger a Rabat, así que su Mercedes blanco desvencijado se internó por las carreteras de la costa. Siempre me ha gustado tener el océano cerca. Abdul conoce a la familia Barce desde hace años y durante el camino tortuoso me fue contando historias de Sergio, de su madre. De sus vidas africanas. Yo no solo le dejé hacer, sino que le animaba sutilmente a seguir hablando. Abdul, amable y hospitalario, no se hacía rogar demasiado. Sus historias de la vida durante el protectorado me fueron acercando a la mítica Larache de las páginas de Sergio Barce. En algunos momentos quise vislumbrar en las palabras de Abdul cierto orgullo, incluso nostalgia, de haber sido parte de esa etapa de la historia de su pueblo. Yo esperaba el rencor anidado hacia el colono, silencio tenso al menos. Pero nada de eso ocurrió. Cuestiones políticas e históricas aparte, Abdul se había criado en la mezcolanza cultural del protectorado, era parte de su vida, parte de su infancia. Y nadie reniega del limpio y transparente gozo de los primeros años. En sus palabras quise ver un posicionamiento personal, vital, no político. La mitad de sus mejores amigos de infancia eran españoles. Abdul no renegaba ni sentía vergüenza de sus años españoles. Era su vida, al fin y al cabo.

Tras caminar media hora entre piedras sueltas y sillares insinuados de los restos romanos de Lixus, alcanzamos la parta alta, en donde los muros del templo aún son reconocibles. Sabía que estábamos cerca de Larache, apenas siete quilómetros nos separaban de la desembocadura del río Lucus. Pero me dejé sorprender cuando una vez coronada la colina, miré al sur y la vi. La vi allí en la distancia, sus muros blancos y el acantilado recortado al contraluz del Atlántico. El río desembocando ancho hacia el océano, las casas empinadas que terminan en la escalinata del puerto. Aun en la distancia, creí reconocer las barcas que cruzan el río hacia las playas de la otra banda. Casi pude reconocer a Tami agachado en la orilla junta a su sirena. Ya no pude soportarlo más. Vamos, dije. Y me arrojé a pasos largos colina abajo. Inquieto. Impaciente. Ilusionado. Mi familia me siguió a regañadientes.

Era media mañana cuando Abdul nos dejó en mitad de la plaza de la Liberación, otrora plaza de España. Ovalada, rodeada de arcadas que esconden la frescura de los soportales, me trasladó inmediatamente a los primeros años que Sergio Barce vivió y corrió por esos empedrados. La rodeamos con interés, los bares vacíos, los edificios coloniales abandonados, el olor del pasado. Buscamos primero la librería de Rachid. Teníamos que entregarle un mensaje y un abrazo de parte de Sergio. La librería es amplia y fresca. Me recordó a las librerías de mi infancia; estantes añejos repletos de cuentos infantiles aún en español algunos, textos en árabe, historias descatalogadas de Larache, manuales sobre el Corán; las obras de Segio Barce, cómo no; mostradores con anaqueles de madera bruñida; vitrinas con cristal biselado que atesoran material de oficina que parecen de segunda mano. Pregunté por Rachid, que nos recibió distante y frío. Tras un gesto de duda, confundido, se disculpó pues tenía que marcharse y no podía atendernos como él hubiese querido. Estaba saliendo en ese momento. Tras otra larga pausa que me pareció inhospitalaria, nos dijo que se dirigía al entierro de su padre. Sin más preámbulo, se marchó. Supuse que para Sergio sería importante. Lo llamé al móvil inmediatamente. El padre de Rachid ha muerto, le dije. Supuse que querrías saberlo. Otra pieza se desmoronaba desde la torre desde donde construyó su infancia. Supe que, como Rachid, no tenía muchas ganas de hablar y no le importuné con mis historias de turista casual.

Los primeros pasos por sus calles, me desvelaron algo que ya Sergio me había adelantado. Larache no es una ciudad turística, no es un escaparate para consumistas de imágenes, no es el museo de lo exótico en el que se han convertido muchas ciudades marroquíes. Larache es auténtica y lo supe desde el primer momento que pisé sus calles empinadas. Larache es sucia, desarreglada, caótica, desconchada. Auténtica. Bellísima.

Cruzamos la plaza ovalada y me dirigí sonámbulo hacia la puerta que da acceso al Zoco Chico. Estaba allí, al fin, entre tenderetes con ropas de colores, frutas, especias, pescados. Me detuve nada más entrar, inmóvil, abducido. Metí mi mano izquierda en el bolso que colgaba de mi hombro en bandolera y palpé a ciegas el libro de Sergio. Noté sus bordes y sus páginas, acaricié la cubierta satinada y acogedora. Tami, me dije bajito, a modo de saludo o de eco reencontrado. Mi mujer y los niños se adentraron a curiosear entre los puestos del zoco. Yo me quedé paralizado, mirándolo todo con voracidad, oliendo los colores tibios del medio día, huyendo entre las sombras frescas de los portales, ocultos, sugerentes. Barrí con la mirada la plaza rectangular como si lo buscara. Un niño salió corriendo de un portal y se perdió por una de las callejuelas que bajan a la medina. Esperadme aquí, le dije a mi mujer. Vuelvo enseguida.

Le seguí los pasos. Tuve que acelerar el ritmo para no perderlo. Fui bajando a grandes saltos por las escalinatas que salvan el desnivel hasta el río. Giré en recodos de calles imposibles, observado por mujeres que se asomaban entre la ropa tendida, hombres que se refugiaban a la sombra de los portales, detenidos en el tiempo y refugiados en la inactividad del ayuno. Al fin lo perdí de vista. Me quedé quieto, extenuado, y cuando recobré el aliento fui ascendiendo lentamente por otras calles angostas que no reconocía, deshaciendo mis pasos de vuelta al Zoco Chico. En medio de una callejuela encalada de añil, un letrero grabado en piedra me llamó la atención. Era una placa homenaje al que fuese el último rey taifa de Sevilla. Lo recordé inmediatamente. Sergio Barce lo nombra en Una sirena se ahogó en Larache. Un anciano trabajaba el cuero a la puerta de un taller de curtiduría. Le pregunté sobre la placa y su relación con Larache. Se levantó animoso y en perfecto castellano me contó toda la historia. Pasamos hablando más de quince minutos. Su hija estudiaba aparejadores en la Universidad de Granada y un sobrino vivía en Málaga. Insistió en que pasase a la casa. Llamó a su mujer que con gran algarabía me ofreció té. Le dije que mi familia me esperaba en el zoco y tenía que marcharme. Acababa el Ramadán y nos invitó a comer con su familia para el sábado siguiente. No supe qué decir. La verdad. Volvíamos a España el jueves y nos sería imposible. Agradecido, les ofrecí mis respetos y me marché con la promesa de volver con mi familia. Cuando conseguí encontrar el lugar de nuevo dos horas después, el portal del pequeño taller estaba cerrado. No pude resistirme y le pedí a mi hija que me hiciese una foto con el libro de Sergio y la placa como testimonio de mi lealtad.

MARIO CASTILLO en Larache

MARIO CASTILLO en Larache

Comimos pescado en un pequeño bar junto al puerto y después del almuerzo nos acercamos a las barcas que cruzan la desembocadura del Lucus hasta las playas de la otra banda. Cuántas veces lo había leído en los cuentos y en las novelas de Sergio; cuántas veces imaginado, soñado. Nos tumbamos en la arena al otro lado con la algarabía de fondo de unos niños que se lanzaban al agua desde el espigón, allá en la distancia, a los pies de la medina. Yo releí la escena en que Tami descubre a su sirena varada en la arena. Miré la ciudad blanca al otro lado y lo dejé marchar, imaginando que Tami me miraba mientras leía su nombre en unas páginas ajenas. Tras unas horas, volvimos a cruzar al lado de la ciudad y subimos despacio las calles empinadas. Vimos atardecer desde el mirador del paseo, arriba, en la parte nueva. Cuando el sol se ocultó tras el océano, volvimos nuestros pasos hasta la plaza de España. Abdul nos esperaba con una sonrisa. No preguntó nada. Yo se lo agradecí.

Nos alejamos de Larache en la semioscuridad y cuando cogimos la carretera hacia el norte pude ver el brillo espeso del río mezclarse con las aguas revueltas del Atlántico. Las dos orillas, la ciudad colgada del acantilado, la medina que parece precipitarse hacia el río, las luces que parpadean distantes. Una sirena que agoniza en la playa.

Cuando escribo estas líneas, han pasado ya tres años desde que caminé por las calles de Larache por primera y última vez. A diferencia de otros lugares-mito que han quedado desterrados por la avidez concreta de la realidad, los espacios ensoñados que nos ha legado Sergio Barce siguen igual de vivos en mi memoria como lector. Mis pasos torpes y breves por la ciudad de su infancia no han hecho más que reforzar la bruma velada y difusa que nos regala en sus historias. El Larache de Segio Barce quedará para siempre oculto entre sus luces y sus sombras frescas, sus olores especiados, sus callejuelas estrechas que descienden rodadas hacia el río y el océano, ecos de pisadas infantiles que se pierden en la distancia hasta que se reencuentran con las rocas golpeadas mil veces por las olas de la memoria. Nos quedará el salobre denso del Atlántico que lame el torso bello de una sirena agonizante.

Mi visita a Larache me tranquilizó. Un pensamiento me golpeaba las sienes mientras volvía a subir a bordo en Tánger para encarar de nuevo el trecho de mar que me devolvía al destierro. El de Sergio, el de todos. Un exilio compartido por los que hemos tenido la fortuna de leer la obra larachense de Sergio Barce. Porque de alguna forma nos pertenece a todos. Su recuerdo, su abandono. Tami está a salvo, me repetía sin querer volver la vista atrás mientras la costa africana se diluía en la niebla del estrecho. Tami está protegido de las inclemencias y la erosión del tiempo. Tami nos quedará como un refugio, una esperanza, un recordatorio de que alguna vez todo fue simple y bello.

Rosebud repite para sí Ciudadano Kane en su lecho de muerte. Rosebud. Rosebud. Cuando Sergio Barce intuya cerca el final, retornará con los ojos cerrados a las calles de Larache y buscará. Tami, quizá repita silencioso con una leve sonrisa esbozada. Tami. Tami. Y se dejará ir en paz.

Solo los grandes son capaces de transformar la realidad con la palabra y entregárnosla de vuelta convertida en magia. Yo tengo la fortuna de conocer a uno. Gracias Sergio. Tienes todo mi aprecio como amigo y mi admiración como escritor.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

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FELIZ AÑO A MUSULMANES Y HEBREOS, POR JOSÉ EDERY

Como siempre, un gusto y un honor recibir un texto de mi amigo el tebib Pepe Edery. Con ocasión de la celebración del nuevo año musulmán y del nuevo año hebreo, una de sus lecciones magistrales que tanto nos enseñan.

FELIZ AÑO NUEVO JUDÍO y MUSULMÁN 

Recuerdo que poco antes de venirnos a España, hace tres décadas y media, hubo en la Esnoga Principal de Rabat en la Avenue Henry Popp un acto inter confesional judeo musulmán por coincidir Rosh Achaná con el Año Nuevo islámico, el primero de Muharram. Dicha coincidencia no se ha vuelto a repetir entre ambas confesiones excepto quizás hace dos años en que coincidieron el mismo día y mes el Yom Kipur con el fin del Ramadán, el Aid el Fitr o Aid el Seguer (“Fiesta Pequeña”).

Aunque El lizcor o “recordar” es una norma de supervivencia y convivencia del judío; memorizar y recordar hechos o leshanén como decíamos en nuestro Marruecos es bueno también. Hace una belhgá de años el Papa Gregorio XIII dijo que el Año Nuevo quistiano tenía que empezar el día de la Brit Milá de Jesús, supuestamente un primero de enero. Pues durante los casi seis siglos anteriores se celebraba el 21 de enero coincidiendo con un equinoccio primaveral. Por lo que es invariable casi como los “muestros” (ZL por Moïse Rahmani) que sufre muy pocas variaciones en otoño el uno de Tichrí.

Pero el Año Nuevo musulmán al ser lunar, pero sin años bisiestos que le regulen como el muestro va desplazándose hacia atrás a lo largo del año. Pero he aquí lo curioso o lo casi ignorado por muchos shudiós, quistianos y mulselmin y que relato ampliamente en las seiscientas páginas de cada una de mis dos últimas obras ketubot: “Viajando por el Magreb” y “Viajando por el Magreb Hispánico”.

 ¿Sabías que el Primero del mes de Muharram que se celebra el Año Nuevo islámico se debe a que recuerdan la victoria y salida de Moisés sobre el Faraón de Egipto?

Al jazú, como diría Joha, voz lo voy a levaer.

Mos dezían muestros sahbim shajenim en Tánger, Tetuán, Arcila, Alcazar y sobre todo en Larache, que la Fiesta del Achor o Achura (de achra que es diez o décimo día) en el mes de Muharram, los primeros diez días son los mejores del mes y el del Achor el mejor de todos. Los sunitas (los muestros del Magreb) en Achura celebran el ayuno y el agradecimiento de Musa (Moshé Rabenu) por su victoria sobre Faraón. Y los musulmanes chiitas, sobre todo en Kerbala (acordarvos de las procesiones y la tostazinas con vergajos, como el Rebí Abraham zl, que se dan en las espaldas) conmemoran el asesinato del Iman Housein Ben Alí, nieto del Profeta Mahoma, y al que consideran el legítimo Califa.

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¿Sabías también que el ayuno musulmán en Muharram tiene su origen en el Yom Kipur o “Día del Perdón” que celebraban los judíos en la península arábica?

Sucedió que Mahoma visitando la ciudad de Medina el décimo día en el mes de Muharram vio que sus numerosos habitantes judíos estaban ayunando. Al preguntarles les respondieron que por el perdón de sus pecados y por agradecimiento al Creador del Holam. Y relata el segundo Califa Omar Ben Khatab quien declaró Muharram como el primer mes del año y denominó Ras as Sana (“Cabeza de Año”) al primer día; que Mahoma ayunó y ordenó a sus seguidores que ayunasen. Y para que en lo sucesivo no coincidiera con el ayuno judío, instauró que se efectuase un día antes al décimo día. Y Mahoma explicó a sus fieles que en dicho día El Dió hizo la mayoría de sus prodigios como: Crear la Tierra y las estrellas, la creación de Adán y el Paraíso y creó a Gabriel y a los ángeles. Y coincide, dicen sus Hadiths, con el milagro de Musa (Moisés) con el Faraón y el nacimiento de Ibrahim (Abraham).

¡¡E instituyó para sus fieles que durante el mes de Muharram estaría prohibido luchar!!- Quizás habría que hacer “recordar” a miles de personas y dirigentes del Próximo Oriente esta prohibición; y que el mes de Muharram es uno de los cuatro meses sagrados del Islam.

¿Y sabías que durante la semana de Ashura fue tradicional en el Magreb, además del ayuno para el perdón de los pecados, visitar los cementerios, purificarse en un río si es posible, dar una generosa sakat (sedaká) y degollar un animal? Es una gran coincidencia con preceptos mosaicos del mes Tichrí.

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Y al jazú, todo lo que voz escrivo y es por lo que disho este alhad en el programa Shalom de TVE mi querido javer el luzido Presidente de la Federación de Comunidades Judías de España Isaac Querub Caro, a preguntas de la endiamantada directora la melillense Coty Aserín de Bendahan. Partiendo de sus premisas de que “la diversidad religiosa y cultural enriquece”; ambos y sobre todo el tanshaui multicultural Querub, defendieron el dialogo inter religioso, así como retomar y continuar la historia en común. Dar solución al drama de los refugiados y emigrantes, y sobre todo dar voz a los musulmanes moderados (yo añadirá “cultos e instruidos”) para activar positivamente el dialogo inter religioso, que desde las Comunidades Judías de España han venido impulsando periódicamente.

En esta línea de armonía y paz de Shalom, me uno a sus propósitos para desear junto con mi familia, a nuestros queridos amigos y paisanos shudiós, muslemin, y quistianos, unas Felices Fiestas y un Feliz Año Nuevo, Leshaná Tová Umetuka 5777, M´brouk al Aid u Ras as Sana 1438

Que ze voz haga todo lo güeno con sajá, buen mazal y perijá para toda vuestra aila (mishpahá), amen  

En Málaga farsheados por berajá del Dió: DR. JOSÉ EDERY BENCHLUCH-  Septiembre de 2016

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VIGON, LA VOZ DEL RHYTHM AND BLUES MARROQUÍ

Vigon es un cantante marroquí nacido en Rabat en 1945, cuyo verdadero nombre es Abdelghafour Mouhsine, que representa al más puro estilo rhythm and blues. Con una extensa discografía, que va desde 1965 a la actualidad, Vigon ha colaborado con artistas de la talla de Jimi Hendrix o los Rolling Stones.

En el siguiente enlace, podéis ver y escuchar una de sus actuaciones para televisión:

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VIGON

VIGON

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En el siguiente enlace, Vigon Bamy Jay (es decir, Vigon, Erick Bamy y Jay Kani) interpretan un clásico…

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