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APERITIVO DE “TRIBUTO A DOS CIUDADES: LARACHE Y TÁNGER”, UN LIBRO DE LEÓN COHEN MESONERO

Dentro de pocas fechas, saldrá a la calle el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero, y que lleva por título Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger.

León, paisano y amigo, me ha pedido que le escriba el prólogo. He tardado en hacerlo, pero le ha llegado con tiempo para incluirlo en el libro. Estas palabras que ahora escribo son, sin embargo, un pequeño adelanto, un aperitivo al libro de León Cohen. Las cosas bien hechas, merecen ser presentadas poco a poco, con invitación previa, con degustación antes de sentarse a la mesa. Su nueva obra es un libro de relatos, que es lo que domina a la perfección León: las historias breves. Y, si además, como es el caso, las ambienta en las ciudades de su corazón, resultan más exquisitas.

LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

En estos tiempos, en los que cualquiera se lanza a escribir novelas y relatos ambientados en Marruecos aunque no conozcan nada del país ni de sus gentes, que son respaldados por editoriales a las que sólo les interesa el decorado exótico, que narran sin consistencia ni alma, sin pasión ni sangre, en estos tiempos, como digo, se agradece que salga una nueva obra de alguien que sí sabe de lo que escribe, que conoce a fondo lo que son y fueron ciudades como Larache y Tánger, que han convivido y vivido en sus calles, que además ha formado parte del paisaje humano.

Esto, ya lo he dicho, sólo es un aperitivo, así que os dejo, por ahora, con las palabras de presentación de Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger, escrito por su propio autor: León Cohen Mesonero.

Larache se manifiesta como el paisaje de la infancia y de la adolescencia del autor, como su casa materna. Por su emplazamiento en la desembocadura del rio Lukus en el mar Atlántico, por su luz cegadora en verano, por sus avenidas y sus cruces de caminos, por sus cuestas, por su inigualable balcón sobre el mar, por su barra donde siguen rompiendo con ímpetu y bravura inusuales las olas de un mar bravío, por sus playas tan originales como diversas, por sus riquezas agrícola y pesquera, por sus salinas, Larache se me antoja como un pequeño paraíso donde nacer es una suerte del destino. En alguna parte escribí: “I was born in a little and beautiful town, near the sea, near the sun.”

Pero una cosa es Larache, el paisaje, y otra la época que me tocó vivir. Una cosa es el continente y otra el contenido.  No me voy a referir a lo político porque de todos es conocido, y además, porque por razones de edad, no era esa una cuestión que a mí me afectara ni mucho ni poco, todavía. Pero en lo social, aquel no fue precisamente un periodo dulce o de justicia social. Digamos, que casi todos por no decir todos, éramos o fuimos pobres, sobre todo si comparamos la situación con las vividas luego en democracia en España y en Europa. Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán, aunque en nuestro caso, esa igualación por lo bajo resultó positiva en el sentido de que no hubieron en general desigualdades sociales significativas, y al menos en nuestro entorno, no era posible envidiar a quien no tenía. Lo que sí es cierto y me atrevo a afirmar, es que lo que se dice pasar hambre como la generación anterior, a nosotros afortunadamente no nos tocó. Fueron unos años de escasez y de carencias evidentes e innegables, que tampoco nos afectaron demasiado (digo a los niños) porque no habíamos conocido otra cosa. A pesar de todo, fuimos niños felices y juguetones, conocimos la solidaridad de los que nada tienen. Recibimos una educación primaria y secundaria de calidad, gracias a diversas instituciones como el Patronato, los Maristas, las Monjas, la Alianza israelita o la Misión universitaria y cultural francesa. Aunque algunos, los que estudiamos en el Colegio Francés, para acceder a la secundaria tuviéramos que desplazarnos a otras ciudades más o menos cercanas. 

Tánger – Edificio donde se ubicaba el Cine Mogador – foto de A.Lechugo – página Siempre Tánger

Creo haber descrito aquella época con crudeza, en varios relatos y más concretamente en uno titulado “Los trenes de mi infancia”: “Era la tristeza de unos niños hambrientos de tren, de “fuerte”, de soldaditos de plomo, de balón de reglamento. Era la mirada angustiada de unos niños de posguerra, dentro de aquellos pantalones “tres cuarto” zurcidos, dentro de aquellos “jerseys” oscuros como la época, dentro de aquellos eternos zapatos “gorila” a los que mamá había tenido que coser el contrafuerte para que aguantaran un invierno más. Toda nuestra infancia, toda nuestra España, era un parche para seguir tirando, porque cuando fuésemos mayores, seríamos otra cosa nos compraríamos el tren o la bicicleta que los mayores no querían o no podían regalarnos. Pero, ¿quiénes eran estos Reyes Magos tan pobres, tan poco generosos? Lo habían ido dejando todo en el camino, por Francia, por Europa, claro, como España estaba al final del trayecto… eso nos decían. Ni siquiera teníamos niños a quienes envidiar, todos éramos pobres.”

De esa primera infancia, destacaría por encima de todo, sus olores: olor a marisma, a yerbabuena, a culantro, a pinchitos, a “chuparquía”, a pan amasado y cocido en el horno del Zoco Chico, a “jaban coluban”, a sardinas asadas, olor a Camel de los cigarros que fumaban mi padre y mis tías, a dafina, el guiso de los sábados en casa de mi abuela Luna, a especias de los puestos y las tiendas, a grasa de cordero y a badana de los puff (que creo tenían el mismo origen)…Hace muy poco tiempo empecé a escribir un relato del que extraigo el comienzo. Aliocha soy evidentemente yo, y lo que cuento es exactamente lo que me parecía mi vida en esos primeros años en Larache, mi pueblo natal. Nadie elige donde nace, ni donde transcurrirá su primera infancia, pero puede ocurrir que el lugar de nacimiento determine su manera de ser y de percibir el mundo.

Larache: Primeros pasos

“Aliocha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo Nisimico, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el colegio. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliocha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliocha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliocha ama la vida y sus encantos. Sus amigos, van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliocha es un niño feliz. “

Fui por lo tanto un niño larachense feliz y desde el recuerdo de esa felicidad primera, al adulto solo le queda rendir tributo a su pueblo. Y ese homenaje queda reflejado en mis relatos, que también pretenden hacer realidad el sueño de una noche de verano, que empezó seguramente, cuando desde la ventana del ático de Edificio Bustamante, el niño que yo era, contemplaba con deleite, en las noches cálidas de verano, las luces de los pesqueros en el horizonte que le ofrecía el Balcón del Atlántico.

León Cohen Mesonero 

Una foto para nuestro recuerdo. De izquierda a derecha Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen – en Larache, hace ya unos años…

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LARACHE – COLORES

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Larache son muchas cosas: los recuerdos, las vivencias, lo que quedó allí, nuestros abuelos, nuestros padres, nuestra infancia, casi siempre hay algo de felicidad en la retina antigua, una añoranza, una nostalgia, por supuesto una idealización, incluso una ficción. Larache son muchas cosas: la risa, los niños corriendo por la Medina, el viento y las olas erosionando melódicamente Ain Chakka, los partidos en la orilla de la playa, la voz del almuédano posándose con suavidad sobre los tejados igual que las palomas lo hacen en la plaza de la Liberación.

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LARACHE – foto de Itziar Gorostiaga

Larache son muchas cosas: las ausencias y las presencias, el hanan habitando en sus moradas, las colinas de nieve de sus salinas, la plata de sus atunes, el fulgor resplandeciente de las penas y de los gozos, las cruces erguidas en su cementerio recortadas contra el horizonte igual que los minaretes de sus mezquitas, Larache es el eco de nuestras voces, las que se marcharon y las que se quedaron. También es una huella que el mar no puede borrar de la arena, una caricia que se ha escapado sin encontrar la piel sobre la que rozarse.

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Larache son muchas cosas: hoy me absorben los colores de sus especias y de sus frutas, y los colores de los ojos de sus mujeres, me absorben el color del río Lucus y el de sus barcas, los colores que aún logran hacernos soñar. Incluso los colores de su derrota y de su misera, los colores de sus ruinas. Me absorben esos colores que son los colores de toda una vida.

Sergio Barce, marzo 2017

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

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“ATARDECER EN LARACHE”, UN POEMA DE PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

La poetisa Paloma Fernández Gomá, tan generosa siempre, me envió hace unos días un precioso regalo: dos de sus libros. Uno es Las edades del alma (Ediciones Torremoza, 2015) y el otro es el titulado Espacios oblicuos (Devenir, 2015). En este segundo, me encuentro con una sorpresa, de la que Paloma era consciente al hacérmelo llegar: un poema dedicado a Larache. Se titula Atardecer en Larache, y, en ese estilo tan personal de Paloma Fernández Gomá, vuelve a fundir en sus versos la sensualidad, lo enigmático, la mitología y el cromático ritmo de sus palabras. Un poema cargado de simbolismo y que, sin embargo, nos lleva hasta las calles de Larache, mágicamente, sin apenas darnos cuenta.

Sergio Barce, febrero 2017

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ATARDECER EN LARACHE

de Paloma Fernández Gomá

El flujo de las mareas acerca vacías conchas

al palacio de las Cigüeñas,

recreando un espacio dormido de arena

y sonámbulas siluetas

que se dilatan sobre las aceras del paseo

junto al eco del agua,

en efímero y lento oleaje,

emanando tamices imperceptibles

que asoman su círculo tatuado

a través de los espejos, reflejándose

en las calles contiguas,

hasta llegar a ceder sus huecos a las estrellas.

Oráculos remotos predicen

el luto de las Hespérides.

La planicie de la noche se traslada

junto al rumor de cavidades marinas

donde son tañidos los crótalos de las estaciones

y anunciada la víspera.

Después agosto emerge desde su arco

de tormenta en declive,

dibujando órbitas sobre algún estanque,

horadando el tiempo con su yunque

de incógnitas y predicciones,

lamentando la erosión del vaho

o invadiendo sombras de vetustos presagios,

enmascarando la estéril línea del progreso

con baratijas de ultramar, parabólicas de azotea

y los tatuajes de Madame Sofí.

ATARDECER EN LARACHE - foto de Aziz Bouhdoud

ATARDECER EN LARACHE – foto de Aziz Bouhdoud

***

Paloma Fernández Gomá es autora, entre otros, de Calendas (Madrid, 1993), Sonata floral (1999), Senderos de sirio, Cáliz amaranto (2005) o Ángeles del desierto (2007). Galardonada con diversos premios literarios, como el Victoria Kent o el ª Luísa García Sierra, ambos de Poesía, también ha coordinado y dirigido diversas revistas literarias.

PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

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“¡OH, LARACHE!”, UN POEMA DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Mi amigo y paisano León Cohen me envía una vez más uno de sus textos, pero, en contra de lo habitual, no se trata de uno de sus relatos, sino un bellísimo poema dedicado, cómo no, a Larache; pero también a gente muy querida por León. En ese sentido, es un halago que me haya incluido entre ellos, y, especialmente, que lo haya hecho también con mi padre.

El poema hay que leerlo con tranquilidad, con los ojos entrecerrados, como escuchando de fondo el romper de las olas en Ain Chakka…

Sergio Barce

Desde el Balcón del Atlántico, Larache contempla al mar 

y este la mira encantado.

¡Oh Larache!

¡Larache! Hoy te canto, y te recuerdo

Con tu pedazo de mar y tu trocito de cielo,

Con la luz que te ilumina,

Con tu Playa de las Olas y con la del Matadero,

-¿Qué diré de la Otra Banda, del Espigón, de su Barra?-

Con la vega del río Lukus donde reinan los naranjos,

-que diría Federico-

Con tus salinas, tus sargos, tus angulas, tus sábalos,

Con la cuesta del Fondak y con la del Aguardiente,

Con el barrio de las Navas y con los Cuatro Caminos,

Con tu Plaza de España y tu Torre del Judío,

Y con tu Calle Real bajando del Zoco Chico,

Con la Calle Barcelona y el paseo de Chinguiti,

Con tu Iglesia del Pilar y la Snoga de Pariente.

¡Tantos recuerdos, Larache!

¡Oh Larache! Tú eres mi infancia y mi patria.

¡Oh Larache! No olvides nunca a tus hijos,

Que a ti yo nunca te olvido.

————————-

Dedicado a mi padre, a Pepe Osuna, al Momi, a Gibilo, a Driss (el de los cacahuetes), a Mr.John, a mi prima Flora, a Yudá “Pesetilla”, a mi amigo Santi Hernández, a Facundo, a Bouchaib, a Auda, a Mohamed Sibari, a Cardosa el taxista, a los limpiabotas del callejón del Pozo, a Federico y a Serfati del Hotel España, a mi amiga Danielle Quiot, a mi amigo Eduardo Ortega, a Perejil el zapatero, a Machaco, al Dr. Machín, al Sr. Benchuch el practicante y cómo no a mi amigo Sergio Barce y a su padre Antonio, a todos los larachenses que no he olvidado nunca y que no puedo nombrar.

 León Cohen enero 2017

***

León Cohen Mesonero ha publicado, entre otros libros La memoria blanqueada (Hebraica Ediciones, 2006), Entre dos aguas (Hebraica Ediciones, 2012), Cartas y cortos (2011) o Apuntes (Círculo Rojo, 2014).

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BALCÓN ATLÁNTICO de Larache – foto de Akran Serifi Bouhsina

 

 

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“PROFANACIÓN Y OLVIDO DEL ANTIGUO CEMENTERIO CRISTIANO DE LARACHE”, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Me envía Carlos Tessainer un artículo sobre Larache que, como siempre, está lleno de sentimientos encontrados. Y, como es también habitual en él, repleto de datos que no dejan de sorprenderme y que sólo sirven para aumentar mi admiración por su capacidad investigadora e histórica, y envidiar esa memoria que le caracteriza. También vuelvo a solidarizarme con sus palabras. Carlos y yo tenemos pendiente un viaje a Larache, tenemos la idea de desbrozar el pueblo en el que crecimos para sacarle las entrañas y buscar lo que se nos quedó allí. Me conformo por ahora con leerlo y compartir la misma rabia. Y que conste que a los dos nos duele cualquier cicatriz de Larache, sea cual sea, se trate de la confesión que se trate. No nos resignamos a que un lugar tan especial y rico vaya perdiendo su pasado de esta manera humillante y triste con la que se va borrando su historia.

Sergio Barce, enero 2017

Existe en Larache un antiquísimo cementerio cristiano del que pocos conocen su existencia, pero cuyas ruinas, profanación y total abandono, son muestra cuanto menos de la desidia de la que todos tenemos una parte de culpa.

No, no se trata del antiguo cementerio de La Marina, el que se halla camino del faro y fue restaurado a cargo del Gobierno español a comienzos de este siglo; ni tampoco del cementerio nuevo o de Sidi Laarbi, situado en el coloquialmente conocido como “Barrio de las Latas”. Éste del que quiero hablaros, está en el otro extremo de la ciudad. Acompaño este escrito de un plano de Larache en el siglo XIX, mediante el que el lector podrá situar sin dificultad su localización que, no obstante, no me resisto a detallar.

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A la derecha, junto al cementerio hebreo, el cristiano. Mapa escaneado del libro “Larache” de Guillermo Duclos y Pedro Campos (Junta de Andalucía, 2000)

Si se inicia el recorrido en la Avenida Mohamed V, en la calle lateral del “Jardín de las Hespérides”, dejando a la izquierda el castillo “Laqaliq” o de “Las Cigüeñas”, se llega a una bifurcación de la que parten dos cuestas. Se iniciará el descenso de la antaño conocida como “Cuesta del Alemán” (porque en ella tuvo su sede hasta 1945 el Viceconsulado de Alemania en Larache) o “Cuesta del Judío” (por la proximidad en su lateral izquierdo y en una calle paralela y situada a un nivel más elevado de la torre del mismo nombre) y que actualmente se llama Avenida  Zellaka. Y así se llega en su acera derecha a lo que fue sede del citado Viceconsulado de Alemania y residencia particular del Vicecónsul Adolf Renschhausen hasta su fallecimiento en Larache en 1948. Es un hermoso edificio que aún se conserva, aunque como todo lo antiguo de la ciudad, necesitado de una restauración, como puede apreciarse en el mal estado de la crestería que corona la fachada.

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Fachada del antiguo Viceconsulado de Alemania en Larache

El citado edificio, hace chaflán con una calle estrecha, que desde siempre se llamó Derb Nakhla (o de las Palmeras), ya que conduce a la parte trasera  de parte del viejo cementerio judío de la ciudad, recientemente restaurado y caracterizado por la abundancia de palmeras existentes en el mismo.

Iniciando el recorrido por la citada calle y tras finalizar la fachada lateral del que fue Viceconsulado de Alemania, a los pocos metros se llega a una vivienda de “autoconstrucción”, que en realidad esconde el primitivo cementerio cristiano de Larache.

“Descubrí” aquel lugar siendo niño, en las muchas correrías que junto a  mis amigos, realizábamos los veranos por distintas partes de la ciudad. Recuerdo que no sin cierto reparo (pues pensé que me iban a regañar por haber ido a un lugar tan alejado de mi casa y “donde me podía pasar cualquier cosa”) se lo comenté a mis padres, a lo que contestaron de inmediato: “¡Sí, es el cementerio de los Gallego!”. Me dijeron que era conocido con ese nombre por los numerosos miembros de esa familia enterrados en él, nada extraño si se tiene en cuenta que esta familia española estaba establecida en Larache ya en la segunda mitad del siglo XIX.

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Sepultura de María Josefa Gallego

Hablo del año 1969. Y he de decir que el pequeño recinto, de unos doscientos o trescientos metros cuadrados (tal vez algo más) estaba ya en estado ruinoso; pero conservaba su tapia e incluso una vieja puerta de madera con restos de haber estado pintada en color marrón oscuro.

En el plano de Larache del siglo XVIII no se encuentra ubicación alguna de cementerio cristiano, como curiosamente tampoco aparece en él la existencia de ningún cementerio judío (algo incomprensible pues, en aquella época, existía población de este credo religioso residente en la ciudad).

Comparando los planos de Larache en los siglos XVIII y XIX, encontramos que las zonas representadas son casi idénticas, aunque es en el del siglo XIX donde aparece explícitamente indicada la existencia de ambos cementerios. Localización lógica: extra muros de la ciudad y relativamente próximos al cementerio musulmán de Lal-la  Mennana.

Sea como fuere, no se puede ubicar la existencia en Larache de un cementerio cristiano (salvo el que existió durante la ocupación española en el siglo XVII en las proximidades de la Explanada del Majzén, en la plazuela de la actual mezquita  Anwuar) hasta el siglo XIX.

Ya en el año 1950, el estado de total olvido que sufría el cementerio (que no sé si llegó a ser desacralizado) motivó el que algunos de los familiares de los allí enterrados, realizasen un adecentamiento del lugar, ordenando la limpieza del recinto, a la reparación de las tapias y sepulturas y a elaborar una relación de los que allí estaban sepultados y que fue posible tanto por el conocimiento que tenían del lugar de enterramiento de determinadas sepulturas como por las inscripciones de las lápidas. Este adecentamiento fue realizado por D´Arcy DE CUEVAS, Juan GALLEGO  URRESTARAZU  y  Lewis  FORDE  III  (CLAREMBAUX). El resultado fue un listado de veintisiete enterramientos, datando el más antiguo del 29 de septiembre de 1868 (perteneciente a A.B.T. DUNCAN) y el más reciente a María del Carmen  LEÓN SÁENZ, con fecha de fallecimiento del 15 de abril de 1923, cuando contaba dos años de edad.

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Sepultura de Alejandro Saenz y Atalaya, una de las pocas que se conservan sin destruir

Debe destacarse que en 1923, ya no se enterraba a los cristianos en este cementerio larachense, pues pasados uno o dos años desde el desembarco español del 8 de junio de 1911, se habilitó en el camino del faro de Punta Nador el nuevo cementerio de La Marina, que estuvo en funcionamiento hasta comienzos de la década de 1930. Por tanto, en fecha tan avanzada como 1923, el viejo cementerio cristiano del que se habla, no debía de estar desacralizado, lo que permitió a la familia LEÓN SÁENZ enterrar a esta niña junto a otros familiares que aparecen en el referido listado.

Es curioso destacar que tras el desembarco español de 1911, no aparece (salvo el de 1923) ningún enterramiento, datando los tres últimos de 1910. La familia “ocupante” en la actualidad del referido lugar, asegura que existen treinta y ocho tumbas (la mayoría cubiertas por chabolas), lo que vendría a corroborar el listado de enterramientos de 1950 realizado por los señores  DE  CUEVAS,  FORDE  y GALLEGO, en el que, en un escrito anexo, D´Arcy  DE  CUEVAS  hace  constar que sólo han podido ser identificadas veintisiete de las sepulturas, siendo ilegibles en el resto de las existentes el nombre del fallecido.

Digo esto porque siempre oí a mi padre o a personas mayores nacidas en Larache decir que, allí estaba enterrada una enfermera militar que desembarcó con el ejército español en 1911, falleciendo poco tiempo después. Pero en la relación de sepulturas de la que se habla, no aparece ningún enterramiento en este año o en años posteriores, salvo el de 1923.

Puede suponerse que tras el desembarco de 1911 y antes de que se habilitase como cementerio cristiano el terreno ubicado en el camino del faro de la ciudad, este pequeño cementerio hubiera continuado siendo utilizado durante uno o dos años más y que sean las sepulturas de aquella época (1911-1912-1913) las que no pudieron ser identificadas en 1950, lo que explicaría la diferencia entre las veintisiete que pudieron ser identificadas en 1950 y las treinta y ocho que afirman que existe la familia que actualmente vive sobre gran parte de este lugar.

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Sepultura de Emmanuel Clarembaux (Agente Consular de Bélgica en Larache)

Entre los allí enterrados, figuran tres hijos y un nieto del que fuera Vicecónsul de España en Larache  Teodoro  DE  CUEVAS  Y  ESPINACH;  el que fue Vicecónsul de Italia en Larache: Nicolás GUAGNINO (fallecido el  19 de noviembre de 1873), cinco miembros de la familia GALLEGO, el que fuera Agente Consular de Bélgica en Larache: Emmanuel  CLAREMBAUX  (fallecido el 15 de febrero de 1900 y cuya lápida, que aparece en una de las fotografías que acompaña este artículo, ha sido recientemente arrancada).  Y, bajo un mausoleo, el que fue Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache desde 1894: Lewis FORDE II (FLAVELLE) (fallecido el 4 de enero de 1904), al que luego sucederían en el cargo su hijo Lewis FORDE III (GUAGNINO) y su nieto Archibald FORDE (CLAREMBAUX). Su lápida, aparece manchada a propósito con restos de pintura.

El citado mausoleo hecho en mármol, se remataba con un busto también en mármol del difunto, de gran calidad artística, como puede apreciarse en una de las fotografías que ilustran este artículo y cuyo original obra en mi poder.

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Busto de LEWIS FORDE II (Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache)

Pero como en 1950 servía como objetivo de puntería a las pedradas que le lanzaban los niños (preferentemente a la nariz, lo que puede comprobarse en la fotografía), la familia FORDE decidió retirarlo y llevárselo a su domicilio. Hoy en día se halla en una residencia particular.

Lo cierto es que, aunque abandonado, este lugar ha sido objeto de visita en distintos momentos por personas que saben que allí están enterados sus familiares.

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Mausoleo de LEWIS FORDE II

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Detalle del Mausoleo de Lewis Forde

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Así, a finales de la década de 1980, Fernando LEÓN SÁENZ, bisnieto, nieto y hermano de tres de los allí enterrados, fue desde Estados Unidos a Larache a visitar el cementerio. Quedó espantado por lo que vio, yendo al bajalato para interesarse por la responsabilidad de este lamentable estado; le contestaron que al ser una “propiedad privada”, ellos no podían hacer absolutamente nada. La cuestión está en que siendo supuestamente propiedad privada, no se ha esclarecido de quién es la titularidad de aquel terreno. Dado que los franciscanos no llegaron a Larache hasta 1888 y, habiendo sido identificados ocho enterramientos anteriores a esta fecha  (el primero en 1868), cabe la posibilidad de que los pocos cristianos residentes en Larache antes de 1888, entre ellos las familias españolas  DE CUEVAS y GALLEGO, adquiriesen colectivamente el solar para uso funerario, quedando “diluida” en la comunidad cristiana la referida titularidad.

El caso es que en esta cuestión de cuidado y conservación de los cementerios cristianos, al menos en el norte de Marruecos, la Iglesia como tal, siempre se ha lavado las manos. En algún momento el “camposanto”  (que por algo se les llama así) debió ser sacralizado, para permitir los enterramientos según el rito cristiano-católico. Pero ¿fue en alguna fecha desacralizado y por ello dejó de ser “camposanto”? Me gustaría saberlo, así como si también el Arzobispado de Tánger es conocedor de esta situación.

Ya sé que a la Iglesia de Larache (como institución religiosa), poco se le puede pedir, pues en la actualidad su presencia es casi “testimonial”. No obstante, me consta que siempre soslayó cualquier compromiso o responsabilidad con respecto a los cementerios critianos en la ciudad. Recuerdo cómo a comienzos de la década de 1970, cuando nuestros mayores se quejaban al párroco de turno acerca del creciente deterioro del cementerio cristiano nuevo (el de Sidi Laarbi), era frecuente el que obtuvieran como respuesta: “De quien hay que ocuparse es de los vivos, no de los muertos”. Y yo preguntaría: ¿aunque se estén profanando sepulturas en un “camposanto”?

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Utilización actual del cementerio

Y con respecto a lo que pudiese hacer la Cancillería de España en Larache (por la que tanto hicimos hace pocos años para que no fuese cerrada por el Gobierno de España), me consta que fue tan solo hace unos cuatro años cuando un empleado de la misma, de nacionalidad española, tuvo conocimiento de la existencia del viejo cementerio: y fue porque un amigo y paisano judío se lo comentó y le llevó a visitar el lugar, para gran sorpresa del citado empleado.

¿Conoce el actual canciller  -que lleva bastantes años ejerciendo el cargo- tan siquiera la existencia de este cementerio y, sobre todo, la situación en que se halla? ¿Sabe que más del  noventa y cinco por ciento de los allí enterrados son españoles?

Antes de escribir lo que estoy ahora escribiendo, me he preguntado durante mucho tiempo si merecía la pena, por cuanto en mi convencimiento está la duda de si para algo puede servir.

Pero como historiador e hijo de Larache, he creído necesario que mis paisanos tengan conocimiento de cuanto he escrito en estas líneas, todo ello documentado. He querido y quiero que conozcan lo que quizá no sabían. Pues yo lo sé y pienso que es necesario dejar constancia escrita de un capítulo de la historia de Larache, ya que lo que no se escribe, sin más se pierde.

Si vais a Larache, id al lugar que os indico. Llamad a la puerta de la casucha de “autoconstrucción”. Os abrirán y, conocedores de que no tienen derecho alguno sobre el recinto, una familia musulmana de la que algunos de sus miembros tienen la nacionalidad española por haber residido durante largo tiempo en Cádiz, os dejará pasar. Y tras una infravivienda construida sobre sepulturas, podréis acceder a un “patio” en que se hallan, dejadas de la mano de Dios y de todos nosotros, sepulturas profanadas de la comunidad cristiana –insisto, la mayoría españoles– establecida o nacida en Larache desde la segunda mitad del siglo XIX. ¡El espectáculo os conmoverá!

Sí, me he preguntado durante mucho tiempo si contar lo que ahora escribo, debía ser escrito. Si era necesario o tal vez oportuno. Pero cuando de Larache hablo, cuando de ti pueblo mío -¡mi tierra!- se trata, no puedo ser indiferente. Y además, tenía la “obligación”, la “deuda” de haceros partícipes de ello.

Lo que os cuento, quizá pueda “escocer” a alguien; a alguien o a quienes debían de ser conocedores de una realidad bochornosa. A los que ocupan cargos para ser representantes de España en Larache, aunque de fallecidos se trate; sobre todo teniendo en cuenta que, la inmensa mayoría de las sepulturas allí ubicadas, son de españoles.

Y como no puedo ser indiferente, no sólo pongo en conocimiento de quien me quiera leer tanto la historia como la denigrante situación del primitivo cementerio cristiano de Larache. Sino que valiéndome de la generosidad de este blog, donde tiene cabida todo aquello que con respeto, sentido común y cariño se refiera a nuestro pueblo, hago una petición expresa a la Cancillería de España en Larache (¡que vayan y constaten in situ la realidad de lo que en estas líneas dejo constancia!), al Consulado de quien dependa y a la misma Embajada de España en Rabat, para que, respetando a quienes allí viven, que de nada tienen culpa, se proceda a la exhumación de todos los restos allí enterrados y que los trasladen a una fosa común del nuevo cementerio cristiano de Sidi Laarbi, colocando una placa con el nombre de los veintisiete fallecidos que en 1950 pudieron ser “censados”. Para facilitarles datos, quedo a su disposición.

No pido que desalojen a la familia o familias que sobre parte de las sepulturas viven y que utilizan la parte trasera del cementerio como “patio” para tender la ropa o sacudir alfombras. Insisto en que ellos de nada son culpables, pues están alojados en lo que fue abandonado. Como mucho, que tuviesen que soportar las molestias de lo que para ellos supondría el que tuvieran que levantar el suelo de “sus” casas para poder realizar las exhumaciones.

Sí que sería importante el que, por su valor artístico, fuese trasladado en su totalidad el mausoleo del Vicecónsul británico Lewis Forde. La pérdida de este testimonio europeo en Larache de la etapa precolonial, sería imperdonable. Dada la nacionalidad del allí sepultado y el que fuese desde 1894 hasta 1904 Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache, bien se podría informar e implicar en este asunto al Consulado de Gran Bretaña en Tánger y a la misa Embajada Británica en Rabat.

Cuando hace pocos años fue restaurado el viejo cementerio judío cercano al cristiano del que os informo, fue desagradable el que la policía marroquí tuviese que desalojar a las familias que sobre él vivían. Ante los gritos y lamentos de quienes desalojaban, alguien dijo: “¡No son ellos los que gritan y lloran, si no los muertos a quienes vosotros dejasteis abandonados!” Frase lapidaria que merece cuanto menos ser objeto de reflexión.

Cuando este pasado verano un matrimonio -compañeros profesores-  fueron de visita a Rabat, pues allí y en el instituto español está destinado actualmente otro compañero nuestro, al recordar que yo era de Larache decidieron desviarse y parar allí. Llegaron a la Plaza de la Liberación (antigua Plaza de España), al Balcón del Atlántico, cuyas vistas quedaron grabadas en sus retinas y al mercado… ¡Tuvieron suficiente!

Me contaron lo que habían visto y me preguntaron con cierto asombro: “¿Pero tú, dónde has vivido?” pues de las otras ciudades que habían visitado (Tánger, Arcila, Xauen) habían quedado prendados… Me dio tanta rabia, tanta tristeza, que esa misma noche busqué el álbum de fotografías hechas por mí mismo en tiempos mejores y de las postales de Larache de comienzos de la década de 1970. ¡Y al día siguiente se las llevé! No daban crédito a lo que les enseñaba (imágenes de las décadas de 1960, 1970 y 1980) y su comparación con lo que ellos habían podido ver. Yo quedé contento con que pudiesen percatarse de lo hermosa y bien cuidada que estuvo la ciudad en la que había vivido.

¿Pero qué ha sido de ella? En abril de 2012 en este blog escribí una “Carta a Larache”, lamentándome de su lejanía física, clamando por su abandono… con profunda tristeza constato que más de cuatro años después, no se ha puesto fin a la situación.

Para que no se sigan cometiendo más desmanes urbanísticos, que progresivamente van privando a la ciudad del encanto que siempre tuvo, para respetar lo que todavía queda y que vale la pena conservar y restaurar (empezando por la misma “Medina”), no estaría de más que se comenzara por respetar los cementerios de las comunidades religiosas que en el pasado convivimos en nuestra ciudad en paz y armonía, constituyendo sin duda un auténtico ejemplo a seguir.

CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

IMÁGENES DE LA UTILIZACIÓN ACTUAL DEL CEMENTERIO:

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