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“¡OH, LARACHE!”, UN POEMA DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Mi amigo y paisano León Cohen me envía una vez más uno de sus textos, pero, en contra de lo habitual, no se trata de uno de sus relatos, sino un bellísimo poema dedicado, cómo no, a Larache; pero también a gente muy querida por León. En ese sentido, es un halago que me haya incluido entre ellos, y, especialmente, que lo haya hecho también con mi padre.

El poema hay que leerlo con tranquilidad, con los ojos entrecerrados, como escuchando de fondo el romper de las olas en Ain Chakka…

Sergio Barce

Desde el Balcón del Atlántico, Larache contempla al mar 

y este la mira encantado.

¡Oh Larache!

¡Larache! Hoy te canto, y te recuerdo

Con tu pedazo de mar y tu trocito de cielo,

Con la luz que te ilumina,

Con tu Playa de las Olas y con la del Matadero,

-¿Qué diré de la Otra Banda, del Espigón, de su Barra?-

Con la vega del río Lukus donde reinan los naranjos,

-que diría Federico-

Con tus salinas, tus sargos, tus angulas, tus sábalos,

Con la cuesta del Fondak y con la del Aguardiente,

Con el barrio de las Navas y con los Cuatro Caminos,

Con tu Plaza de España y tu Torre del Judío,

Y con tu Calle Real bajando del Zoco Chico,

Con la Calle Barcelona y el paseo de Chinguiti,

Con tu Iglesia del Pilar y la Snoga de Pariente.

¡Tantos recuerdos, Larache!

¡Oh Larache! Tú eres mi infancia y mi patria.

¡Oh Larache! No olvides nunca a tus hijos,

Que a ti yo nunca te olvido.

————————-

Dedicado a mi padre, a Pepe Osuna, al Momi, a Gibilo, a Driss (el de los cacahuetes), a Mr.John, a mi prima Flora, a Yudá “Pesetilla”, a mi amigo Santi Hernández, a Facundo, a Bouchaib, a Auda, a Mohamed Sibari, a Cardosa el taxista, a los limpiabotas del callejón del Pozo, a Federico y a Serfati del Hotel España, a mi amiga Danielle Quiot, a mi amigo Eduardo Ortega, a Perejil el zapatero, a Machaco, al Dr. Machín, al Sr. Benchuch el practicante y cómo no a mi amigo Sergio Barce y a su padre Antonio, a todos los larachenses que no he olvidado nunca y que no puedo nombrar.

 León Cohen enero 2017

***

León Cohen Mesonero ha publicado, entre otros libros La memoria blanqueada (Hebraica Ediciones, 2006), Entre dos aguas (Hebraica Ediciones, 2012), Cartas y cortos (2011) o Apuntes (Círculo Rojo, 2014).

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BALCÓN ATLÁNTICO de Larache – foto de Akran Serifi Bouhsina

 

 

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“ZOCO CHICO”, UNA NOVELA DE MOHAMED CHUKRI

Cabaret Voltaire acaba de editar Zoco Chico (As-suk ad-dajili) de Mohamed Chukri. Uno de mis autores de cabecera. Vuelve a llevarme a ese Tánger en el que el Chukri real vivió como un pobre y un desecho humano, y luego, cuando ya era un autor maldito, como un rebelde que iba a contracorriente y que llevaba un cuchillo siempre encima por si le atacaba algún integrista.

El pan desnudo o El pan a secas (Al hobs al hafi) y Tiempo de errores (Zaman al Akhtaa), a mi entender los dos mejores libros del escritor marroquí, me han marcado profundamente. A ellos dediqué algunos de mis artículos sobre Chukri. Su estilo directo, su desgarro personal y espiritual, su tremendo humanismo que se traduce, sin embargo, en obras de una crudeza pocas veces igualadas por otros creadores, me sacuden como latigazos en el alma. Leerlo es fácil, pero asimilar sus historias resulta algo más complicado. No es sencillo para muchos lectores aceptar lo que nos cuenta, especialmente duro es para muchos de sus compatriotas, esos que no quieren arrostrar una realidad que siempre ha estado ahí.

ZOCO CHICO - CHUKRI

Y ahora me sumerjo en su Zoco Chico, y me doy de bruces de nuevo con ese Mohamed Chukri que escribe como siente, sin comedimiento, dándole bocados insaciables a la vida y a la desesperación. Escribe como piensa, o piensa como escribe. A veces, es un torrente, y las ideas se desparraman en párrafos suicidas. Sus páginas se leen de un suspiro, con esa falsa sencillez narrativa que nos emboza. Una vez más, consigue impregnarme de la sensualidad, la violencia soterrada y el mundo que se mueve por el kif, la bebida y el sexo.

El personaje de esta novela, Alí, es un trasunto del propio Chukri. Es fácil reconocerlo en sus elucubraciones, en su mirada cargada de curiosidad por los misterios de la vida. Las escenas en las calles de Tánger, empapadas de una voluptuosidad que pocos autores son capaces de transmitir al lector como lo hace Chukri, ese roce de cuerpos, esas miradas cargadas de deseo y de frustración; su mundo, ese mundo donde el alcohol y el kif abotargan los sentidos, y los locales de ese Tánger ya decadente de finales de los sesenta y principios de los setenta, ese baile que protagoniza Alí con otro hombre, descrito con una fuerza inaudita, y luego esos decadentes amigos occidentales que han recalado en su Tánger inasible que, con su embrujo, los convierte en fantasmas desorientados… Y Alí como testigo de todo lo que ocurre a su alrededor.

Me alegra haber regresado a las páginas de Chukri. Me hacía falta. Me reconcilia con cierta literatura: la que nace de las tripas. Pocos autores me transmiten esta sensación de caos y desesperación, de vacío existencial, de búsqueda de algo indescifrable pero que queremos identificar con ese enigma que nos dará la felicidad.

Zoco Chico no es su mejor novela, pero es un libro valiente, como son sus obras, y es un libro desaforado a veces, erótico otras, absolutamente sugerente y sugestivo.

El documental de Driis Deiback se titula Choukri, un hombre sincero. Este libro lo demuestra: Mohamed Chukri es el hombre sincero.

Sergio Barce, mayo 2016

“…Todavía no sé si lo que estoy viviendo en esta ciudad es importante o no. Aun así, prefiero las futilidades de la vida a las de la muerte. Existen muertes gloriosas, aunque el heroísmo tiene sus propias exigencias.

Yo podría no estar aquí, pero me quedo atado a las cosas o a la gente dondequiera que esté. La fantasía es lo único que me salva. Me es posible, por ejemplo, imaginar la forma de otra mesa si la que tengo delante no me gusta. Y otro tanto puedo decir de la mujer que está frente a mí leyendo un periódico y fumando. Lleva unos grandes pendientes de aros, gafas oscuras, una pulsera dorada y pantalones blancos. Esos objetos son de su gusto, pero no del mío. Puedo despojarla de sus adornos con mi pensamiento y vestirla con otros. O imaginarla más joven o más vieja. Para mí es ella y no es ella. Las cosas existen y no existen. Al igual que mi angustia ahora. A menudo siento deseos de agredirme a mí mismo y a los demás; dañar un órgano concreto de mi cuerpo. Me sucede incluso cuando estoy en armonía conmigo mismo y con los que me rodean. Siento deseos de arrancarme un ojo o darle una paliza al primero que se cruza en mi camino en ese momento, pero enseguida me arrepiento. Y poco a poco se sosiega mi agresividad cuando me pongo a reflexionar y la reprimo. Así he llegado a entender que la alegría y la tristeza mantienen una estrecha relación con el crimen.”

(Fragmento de Zoco Chico, editado por Cabaret Voltaire, enero 2016. Con traducción del árabe de Karima Hajjaj y Malika Embarek)

MOHAMED CHOUKRI

MOHAMED CHOUKRI

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“LA NOCHE DE LOS TAMBORES”, POR JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ GALLARDO

PUENTE DE EL KERMA

PUENTE DE EL KERMA

La historia o la memoria de una familia se conserva por tradición oral, pero, a veces, también tenemos la suerte de que haya alguien que recupere esa historia y la plasme por escrito. Uno de los primos de mi madre, José María Fernández Gallardo, suele recuperar sus recuerdos personales y los comparte. Acaba de escribir un pequeño texto en el que habla de mis bisabuelos maternos, esos mismos que aparecían en mi relato La vida cotidiana durante el protectorado en la ciudad de Larache, que publiqué con Iberdrola en el volumen de El Protectorado de España en Marruecos: La historia trascendida.

Lo que cuenta José María es una pequeña anécdota, pero leyéndola me ha hecho pensar en lo que relataba mi madre cuando hablaba del Kerma, y me he acordado de mi abuelo Manolo Gallardo y de mi bisabuela María, que tuve la suerte de conocer y que siempre recordaré como una mujer dulce y entrañable, que me miraba y mimaba con mucho cariño.

Sergio Barce, abril 2016

LA NOCHE DE LOS TAMBORES

 por José Mª Fernández Gallardo

Los tambores sonaron toda la noche, y solo las primeras luces del alba consiguieron aplacar aquel mensaje amenazador que llegaba desde las cercanas cabilas. Aquella misma tarde, Juan Gallardo descendió de la cabina de la vieja camioneta Hispano Suiza y, mientras los hombres bajaban con ánimo cansino de la parte trasera, daba órdenes a  Mohamed para que aparcara la camioneta en la parte trasera de la casa, cerca de la puerta del corral. Una vez que los obreros guardaron las herramientas en los correspondientes cobertizos, fueron abandonando la explanada con dirección a sus jaimas, ya que en su totalidad eran nativos moradores de las pequeñas cabilas que se asentaban en todo el territorio del Lukus. 

A pocos kilómetros de Alcazarquivir, muy cerca del puente colgante de El Kerma, el Ministerio de obra y fomento poseía una finca que utilizaba como base central para la construcción y mantenimiento de las carreteras que discurrían por la provincia de Larache. Allí era donde vivían Juan con su esposa María y su prole. Un varón y siete hijas, Manolo, el heredero, María e Isabel habían nacido en la península. Carmen, Anita Emilia, Luisa y Antoñita nacieron ya en el protectorado de Marruecos, a donde Juan fue destinado en 1927 por el Ministerio de fomento como capataz de obras públicas. El recinto estaba compuesto por un caserón de dos plantas y varios cobertizos con funciones concretas como la de garaje, taller o almacén, todos ellos dispuestos alrededor de una gran explanada central ocupada por alguna maquinaria pesada, aparcada bajo la sombra de un gran eucalipto. Tras el caserón principal, un pequeño huerto y un establo donde se criaban cerdos, conejos y gallinas. Algo más alejado, se encontraba el puente que cruza de orilla a orilla las aguas del rio Lukus, que bañaba todas aquellas hermosa y fértiles tierras del valle de Garb.

EMILIA

EMILIA

Juan entró en la casa y pidió a María que reuniera a sus cinco hijas en la cocina. Su primogénito y su hija mayor, por aquel entonces, ya habían formado sus familias y vivían en el pueblo cercano de Alcazarquivir. Una vez que María consiguió que todas sus hijas estuvieran sentadas alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la cocina, les hizo saber la noticia que el comisario de policía le había comunicado al medio día a pie de tajo. Aquella noticia no era otra que la confirmación de la creciente agitación en las provincias del protectorado, desde que un manifiesto donde se reclamaba la independencia de Marruecos había visto la luz.

Aquella situación era, con toda seguridad, la razón por la que sus obreros nativos habían estado los últimos días más ásperos y por la que los cortes de luz y de teléfono se habían hecho más habituales de lo normal. Juan animó a María y a sus hijas para que estuvieran atentas a cualquier circunstancia anormal en la rutina de la finca. Igualmente les informó que, durante los siguientes días, Emilia, Luisa y Antoñita no asistirían al instituto hasta que los ánimos se calmaran. Después de asearse en el lavadero, en la parte trasera de la casa, Juan fumaba y conversaba en voz baja con Mohamed. Era una noche típica de verano, de esas que el calor va dejando poco a poco el paso de la brisa. Un intenso aroma de eucalipto envolvía todo el ambiente de la finca. El firmamento estaba sembrado de estrellas, y la luna llena invadía los campos de una luz azul, que permitía ver con claridad las cercanías de la finca, lo que Juan agradecía especialmente aquella noche.

La fina serpentina de humo del cigarro ascendía con lentitud hacía el firmamento, aquel firmamento que siempre le evocaba al de su pueblo natal. Juan nació en Roquetas de Mar, un pequeño pueblo pesquero bañado por las aguas del Mediterráneo, en la provincia de Almería. Desde muy niño, y contrariamente a la mayoría de sus convecinos, supo que el mar no iba a ser el medio de donde sacar un jornal. Dejó el colegio apenas sabiendo leer, escribir y las cuatro reglas básicas para sumar y restar. Pronto, empezó a trabajar como mozo en la construcción de la carretera que, por aquel entonces, el MOPU llevaba a cabo entre las ciudades de Almería y Málaga. Con esfuerzo y tesón, se fue haciendo un sitio entre aquellos duros obreros y, poco a poco, los ingenieros del MOPU fueron contando con él, hasta llegar a ser uno de los capataces más jóvenes de toda la provincia. Juan se enamoró de María, hija única de un patrón de barco de Roquetas de Mar. Se casaron y tuvieron tres hijos. Cuando le ofrecieron el traslado al protectorado de Marruecos, pensó que las ventajas y las pesetas extras facilitarían el bienestar de su familia. Aquella nueva tierra le había dado un trabajo donde todo el mundo lo respetaba, un techo donde vivir con las necesidades básicas cubiertas y cinco hijas más. Mirando las estrellas, sabía que nunca volvería a la península y que sus restos reposarían bajo aquella luna mora.

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

Los cuchicheos de María con sus hijas no cesaron mientras duraron el ir y venir de los preparativos de la cena. Como todas las noches, alrededor de las nueve, Juan presidia la mesa donde cenaba con su mujer y sus hijas. Como era hombre de pocas palabras. María aprovechaba ese momento para ponerle al corriente de los pormenores cotidianos de la casa. Las niñas seguían cuchicheando en voz baja, y los dos perros que vivían en la casa se esmeraban por coger algún resto de comida que caía al suelo. No habían acabado aún con el plato de sopa que todos comían cuando los primeros compases repetitivos de unos tambores, no muy lejanos, interrumpieron el ruido de cubiertos, la conversación del matrimonio, los cuchicheos de las niñas y hasta el canto de los grillos. Los perros, en pie, gruñeron, erizaron el lomo y estiraron las orejas. Pasado unos segundos, Juan le pidió a su esposa que siguiera con la conversación y solo la voz de María fue quien le echó un pulso al silencio sepulcral del resto de los comensales y al cada vez más intenso sonido de los tambores.

Una vez terminada la cena, y bajo la luz de las velas, aquella era una más de las muchas noches que el servicio de luz eléctrica se había interrumpido. María sentada en su hamaca intentaba dar un ejemplo de normalidad con el ganchillo entre las manos, Carmen y Anita fregaban los platos, Emilia leía en voz alta aquel libro de la novelista americana Louisa May que tanto les encantaba a todas. Luisa y Antoñita, con la cabeza sobre los brazos y apoyadas en la mesa, empezaban a sentir las primeras llamadas de Orfeo y apenas eran capaces de seguir la lectura de Emilia.

En el desván trasero, Juan y Mohamed descolgaban las escopetas de cazas y recargaban el cinturón de la munición. Isabel los miraba atentamente, no era la primera vez que veía esa escena y sabía perfectamente que aquel era el momento que tantas veces le había comentado su padre. En ocasiones, Isabel era requerida por su progenitor con cierto secretismo y, acompañados siempre por Mohamed, se alejaban de la casa en dirección a la orilla del rio, hasta llegar a un recodo del camino donde había un viejo árbol caído en una noche de tormenta. Su padre le entregaba un viejo revólver, le explicaba el manejo del arma y luego hacían práctica de tiro. Mohamed ponía, sobre el viejo árbol caído, algunas latas y, mientras iba dando instrucciones a Isabel para que no errara el tiro, daba gritos de ánimos a Isabel tanto si el tiro era certero como si no. En el camino de vuelta, siempre felicitaba a Isabel por su buena puntería, aunque no todas las veces conseguía tocar las latas. El revólver siempre volvía envuelto entre trapos a la estantería más alta del desván. En aquella ocasión, Isabel guardó el revólver entre su delantal, en uno de los cajones de la vieja alacena de la cocina.

Alcazarquivir - los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Fatima entre sus brazos

Alcazarquivir – los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Kasmia entre sus brazos

Mohamed era un obrero de las primeras cuadrillas que Juan había tenido al llegar a Marruecos. Con el tiempo, se fue convirtiendo en la mano derecha del nuevo capataz y entre los dos hombres se creó un fuerte lazo a base de mutuo respeto y confianza. Tanto en el tajo como cuando salían juntos a cazar, Juan contaba con el criterio de Mohamed. Era el único obrero que dormía en uno de los cobertizos de la finca y las niñas aprendían de él las costumbres y el idioma autóctono de la zona. Mohamed se sabía parte de aquella familia llegada a su tierra desde el otro lado del mar.   

Aquella noche de verano, ningún habitante durmió en su cama. María paso la noche sentada en su hamaca dando cabezadas, sus hijas acomodadas en el lecho de la habitación más cercana a la cocina, según el sueño las fue venciendo. Juan sentado en la cocina, consumiendo café y tabaco, los perros entre los pies. Mohamed sentado en su estera, la cafetera llena de té y las escopetas cerca de ellos, apoyadas contra la pared. Todos muy pendientes del ritmo de los tambores, que se fue ahogando entre las primeras luces del amanecer.

Un sol brillante fue desperezando a los moradores de la casa, la explana poco a poco se fue llenando de obreros envueltos en sus chilabas, Juan y Mohamed devolvieron las escopetas y el revólver al desván y, con la camioneta repleta de obreros, se marcharon al tajo. Durante todo el día, por la finca de Kerma, pasaron las visitas habituales que María, como de costumbre, fue gestionando. No faltó el joven teniente de infantería, el atractivo carabinero con el bigote a lo Errol Flynn y el simpático chofer de la Valenciana. Todos ellos preocupados por cómo se había vivido en la finca aquella noche.

Al final de la jornada, y mientras cenaban, María volvió a sacar aquel tema tan delicado y que tantas veces le había propuesto a Juan, con la diferencia de que esa noche él aceptó. María alquiló una casa en el pueblo cercano de Alcazarquivir. La casa cumplía con las dos únicas condiciones que Juan impuso. Era amplia y estaba en la entrada del pueblo, donde empezaba la carretera a Larache. María era consciente de que la finca del Kerma, en mitad del campo, no era el lugar idóneo para casar a cinco hijas. Pronto, las hijas de María se acomodaron a vida social de Alcazarquivir, a los paseos por el bulevar, la doble sesión en el cine Español y a los bailes en el casino militar. A Juan fue al que más le costó abandonar las caminatas hasta la orilla del rio, los días de caza con Mohamed y el silencio de las noches, solo roto por el canto de los grillos.

María daba gracias a Dios cada vez que una de sus hijas subía al altar. Vio nacer a sus nietos, lloró la muerte de Juan y murió en Barcelona a la edad de noventa y dos años, dejando en mi corazón un recuerdo imborrable y, en algún recodo de mi memoria, historietas como las que hoy os cuento.

Barcelona, Abril 2016.

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

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A LOS SEFARDÍES DE MARRUECOS, POR CARLOS TESSAINER

Cuando de mi tierra hablo, cuando a Marruecos me refiero, hay algo que en la mente tengo grabado, que siempre repito y en lo que no me cansaré jamás de insistir. Y ello es la convivencia armónica, ejemplar, respetuosa -salvo excepciones- que, al menos en la Zona Norte administrada por España desde 1912 a 1956 y también en la internacional de Tánger, existió entre los creyentes de las tres religiones mayoritarias que allí se profesaban: musulmanes, judíos y cristianos. Y esa armonía y respeto, continuó cuando en 1956 Marruecos fue ya independiente.
Nací cuando ya conseguida la independencia, reinaba Sidi Mohammed V. Y durante los diecisiete años que allí viví, siempre existió una tolerancia y un respeto mutuo que por ser habitual, por formar parte del día a día, he podido valorar ya pasado el tiempo. No relato un “cuento azul”, nada de quimeras, sino realidad vivida y vívida.
Creo sinceramente que entre otras cosas, el alma del blog en que ahora escribo, es su espíritu de convivencia. ¡No es poca cosa! Conseguir que en él se escriba sobre cuestiones bien dispares, con autoría de cristianos, musulmanes y judíos; y que personas pertenecientes a estas tres religiones puedan plasmar sus comentarios, dice mucho por sí mismo.

Boda judía en Marruecos,  lienzo de Delacroix

Boda judía en Marruecos, lienzo de Delacroix

Cansado estoy de que me hablen de la Castilla del siglo XIII y que pongan como ejemplo de comprensión y confraternización a Toledo y a su Escuela de Traductores. Loable fue el hecho, sin duda alguna, pero remoto en el tiempo.
Por ello he querido referirme, al principio de estas líneas, a algo más reciente: concerniente a quienes lo vivimos, sin tener que remontarnos a la Edad Media y a Al-Andalus, o a los reinos cristianos que entonces existían en la Península Ibérica.
Pero en el Norte de Marruecos y además de lo referido, ocurrió un hecho insólito e histórico. El que los españoles cristianos, en tierras musulmanas, se reencontrasen, además de con los andalusíes, con los judíos expulsados de España en 1492, los sefardíes: con los hijos de Sefarad; que jamás olvidaron sus orígenes hispanos, que conservaron usos, costumbres y hasta la lengua (bien que preñada de vocablos hebreos, árabes y portugueses); la misma lengua que hablaban sus antepasados de casi quinientos años atrás, los que se fueron de España llorando…
En absoluto me referiré a la Zona que Francia administró, siendo conocedor que en ella también vivían muchas familias de origen sefardí. Sólo me centraré en la que España administró bajo el régimen colonial y, por extensión, a la Zona internacional de Tánger. Pues en la primera y de manera oficial, fue donde se reencontró con quienes casi medio milenio atrás había expulsado.

Boda hebrea en Larache

Boda hebrea en Larache

Ya en 1860, con la llamada “Guerra de África”, los españoles hallaron con sorpresa en Tetuán y zonas circundantes a quienes a ellos se dirigían en una lengua comprensible. Pero fue tras 1911-1912, cuando los españoles al fin se reencontraron con aquellos hijos de la diáspora, con aquellos expatriados por supuestos motivos religiosos. Y fue a partir de entonces, en el tiempo que duró el llamado Protectorado español en parte de la zona norte de Marruecos (1912-1956) y aun años después, donde los españoles, en muchos casos ignorantes del pasado, se reencontraron con los descendientes de los expulsados y cuando tuvieron la oportunidad de convivir en armonía y tolerancia: unos intentando comprender qué había sucedido en realidad para que en tiempo tan lejano hubiesen sido objeto de expulsión quienes ningún problema planteaban y en los que nada malo percibían. Los sefardíes marroquíes dichosos de encontrar con quienes podían hablar y entenderse en su dialecto castellano: el haquetía, aunque pronto aprendieron el español “moderno”; y generosos al perdonar -olvidar era imposible- la vejación sufrida y un injusto exilio. Fueron tiempos para reconocerse y quererse. Por supuesto que hubo roces e incomprensiones; pero fueron coyunturales y consustanciales a cualquier tipo de convivencia.
Es necesario hacer hincapié que la trascendencia del reencuentro, la constituye tanto el hecho en sí como algo novedoso y único hasta ese momento: el que no fuese algo ocasional, si no duradero y fructífero en el tiempo. Como poco, por más de cuatro décadas… Y el que fuera algo que afectó no tan solo a un grupo de personas, si no a un considerable contingente humano.
Desde el recuerdo al Marruecos en que nací y viví – Larache fue mi epicentro – en la tierra querida, donde el verdadero reencuentro entre españoles y sefardítas fue posible; donde la convivencia entre españoles -cristianos o no creyentes- y “hebreos” ( en aquel tiempo así siempre los denominamos) fue un hecho histórico, este cristiano quiere hoy dedicar un recuerdo a quienes fueron y son sus amigos, con quienes el convivir -insisto, como lo fue entre los creyentes de las tres religiones- por cotidiano y normal, fue gratificante y enriquecedor. Quiere decirles algo a los sefardíes…

Fiesta hebrea en Larache

Fiesta hebrea en Larache

Los sefarditas de Marruecos jamás olvidarán que se fueron de España llorando. Ojalá que nunca olviden a los españoles con quienes se reencontraron y convivieron.
Sólo me queda añadir, aparte de mi profundo respeto y cariño, que verdaderamente el Norte de Marruecos fue la tierra del reencuentro, la tierra del milagro. Y ello ocurrió en tierras cherifianas, en las del Magreb- al- Aksa, en el Imperio de Poniente. Aunque en los corazones de los que allí nacimos o vivimos, su sol es y será siempre naciente.

A LOS SEFARDÍES DE MARRUECOS

De Marruecos sefarditas,
¡los hijos de Sefarad!
Sentimiento que palpita
con deseo de hermandad.

Que de España os alejaron
pesarosos, con gran dolor.
A quienes os expulsaron,
¡apenas si un resquemor!

Alegría fue la vuestra,
con la que nos recibisteis.
Rencor casi sin muestra
por penar que padecisteis.

Hijos de tierra lejana,
Sefarad en vuestro ser.
Hijos de tierra cercana,
¡lo imposible pudo ser!

Con nosotros convivisteis,
en Marruecos fue posible.
Logramos, al fin pudisteis
calmar pesar insufrible.

Y en Marruecos fue el Norte
donde el reencuentro sucedió:
¡español buscando norte
a sefardita reencontró!

Españoles encontraron
a expulsados que penaban.
Expatriados hallaron
que su tierra anhelaban.

De Marruecos sefardíes,
de Sefarad siempre seréis.
Vuestras raíces sefardíes
¡nunca, jamás olvidaréis!

Carlos TESSAINER-TOMASICH.
(Larachense)

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“TANGERINA”, UNA NOVELA DE JAVIER VALENZUELA

“…Chukri te ha contado que tus padres los conocieron y, aunque ellos jamás te hablaron de los Bowles, tú sabes que los dos eran, digamos, bisexuales.

No es ningún secreto que a Paul Bowles le encantaba descubrir jóvenes talentos artísticos que no tardaba en convertir en amantes, como si mecenazgo y cama fueran una misma cosa para él. El pintor Ahmed Yacoubi fue uno de ellos, quizá el más importante para Paul. En 1947 lo descubrió en Fez y, dos años después, ya se lo había llevado a Tánger. Durante los tres lustros siguientes, Yacoubi sería el gran amor del autor de El cielo protector. Eso también está en los libros.

¿Y Jane Bowles? ¿Cómo llevaba la escritora de nariz respingona la cohabitación con el guapo, viril y simpático amigo de su esposo? Por lo que has leído, Jane se quejaba de que Yacoubi siempre le estaba sacando dinero a Paul, pero de ahí no pasaba. A ella le gustaban las mujeres y tenía sus propios líos. El más notorio, la relación casi sadomasoquista con Cherifa, su ama de llaves.

Cotorrito, el loro de los Bowles, era testigo de este ménage à quatre. ¿A cuatro? ¿Qué dices, Sepúlveda? Y a cinco y a seis también.

A mediados de la década de 1950, el pintor Francis Bacon desembarcó en Tánger tras los pasos de su gran amor Peter Lacy, un piloto de caza de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial. Paul Bowles le dio la bienvenida, le ayudó a acomodarse, le presentó a Yacoubi y le pidió que enseñara a su protégé a pintar al óleo. Yacoubi no tardaría en convertirse en un visitante asiduo del taller que Bacon abrió en la medina.

Francis Bacon con Ahmed Yacoubi, en Tánger, 1956

Francis Bacon con Ahmed Yacoubi, en Tánger, 1956

Una fotografía en blanco y negro fechada en 1956 muestra a Bacon, con camisa blanca, pantalón largo y sandalias de cuero, poniendo cariñosamente la mano izquierda encima de los hombros de un Yacoubi que sólo viste un bañador a cuadros y exhibe un torso musculoso. La leyenda tangerina cuenta que Bacon compaginó su aventura con Yacoubi, que seguía viviendo en casa de los Bowles, con su pasión con Peter Lacy.

Al veterano piloto de guerra podía vérsele en el Dean´s Bar, donde se ganaba la vida tocando el piano desde el atardecer hasta el amanecer. Conocía un amplio repertorio de temas de jazz que desgranaba mientras iba vaciando botellas de ginebra. De cabello largo, muy claro y peinado hacia atrás, y rostro pálido y bien proporcionado, solía vestir un traje ligero con camisa blanca y pajarita negra.

En 1962, cuando Peter Lacy murió, Bacon pintaría en Tánger un lienzo llamado Paisaje cerca de Malabata como homenaje al torturado amor que habían sostenido. Es uno de los más sombríos y dramáticos de su carrera: un paisaje abstracto, borrascoso, iluminado por relámpagos.”

Tangerina de J. Valenzuela - portada

Este fragmento que he escogido de la novela Tangerina (Martínez Roca – Madrid, 2015) de Javier Valenzuela., resume a la perfección qué tipo de libro ha escrito.

Javier Valenzuela es uno de los periodistas más reconocidos de nuestro país y, al enfrentarse a su primera novela, no ha podido evitar seguir ejerciendo su profesión. Así que estamos ante una obra plagada de información y de noticias.

Conocí a Javier Valenzuela en la Fundación Tres Culturas de Sevilla, en un encuentro en torno a la figura de Mohamed Chukri, en el que él intervenía junto a Rajae Boumediane y Juan José Téllez. Luego, tomamos algo y, finalmente, acabó por presentar mi anterior libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, en Madrid, en un gesto de generosidad que siempre le agradeceré.

En esas horas posteriores al encuentro de Sevilla, Javier dijo que estaba a punto de publicarse su novela: Tangerina. Yo comenté que estaba a punto de publicar la mía: La emperatriz de Tánger

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