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“DÍAS CON ERRE”, UN LIBRO DE RELATOS DE ANA AÑÓN

Ana Añón y yo nos conocimos en Valencia, en la última Feria del Libro. Habíamos coincidido ya antes con nuestros cuentos en varios libros de relatos colectivos de la Generación Bibliocafé. En Valencia, nos dedicó un ejemplar de su libro Días con erre (Ediciones de la Discreta – Madrid, 2015). Me dio la sensación de que es de esas personas a las que les gusta observar, analizar a quien tiene delante, guardarse la información y, cuando es pertinente, utilizarla con inteligencia.

Ya de regreso, leí su libro. Su narrativa me confirmaba mi impresión, y, además, me desvelaba algo más de su personalidad: su sentido del humor. Un humor mordaz, muy negro. Ese es “el toque de la casa”. Utilizar el humor negro no es fácil, puede resultar ramplón, excesivo, a veces, incluso ridículo. Ana Añón lo conjuga a la perfección, sabiamente, en sus dosis precisas.

En poco tiempo he leído dos libros llenos de humor negro y muy bien escritos: el de Ana Añón, y la novela La uruguaya, de Pedro Mairal. Buena literatura en ambos.

Reconozco que, con Días con erre, he soltado alguna carcajada, otras veces he esbozado una sonrisa, y, en alguna ocasión, he llegado a arquear la ceja por el giro sorprendente o inesperado que Ana da a sus relatos. Lo inverosímil, a veces, se hace tan cercano que incluso asusta. Es prodigiosa su facilidad para que una historia cotidiana o simple, acabe siendo un relato de terror o se transforme en puro surrealismo. Pero siempre, con sus gotas de humor, ya digo, como si ese fuese su pequeño aderezo con los que convierte estos cuentos en algo muy personal, reconocibles.

Cuando acabé de leer su libro, le dije a Ana que, en algunos aspectos, éramos un poco como almas gemelas. Me había llamado poderosamente la atención una escena de su relato Aviones. Ocurre algo, algo terrible, y su manera de resolverlo es casi igual a como yo afronto una situación similar en mi novela Una sirena se ahogó en Larache. Me encantó esa coincidencia. Me di cuenta de que mi decisión entonces había sido la más elegante, porque al leerlo en el relato de Ana Añón vi que solucionaba la encrucijada con mucha delicadeza y un gran estilo. Eso sucede si las sensibilidades creativas y personales se parecen, y nos parecemos en eso.

ANA AÑÓN y SERGIO BARCE – foto de Celia Corrons

Para más similitud, Ana obtuvo el I Premio de Relatos “21 de marzo” de Tres Cantos con su extraordinario y tenebroso cuento Los huéspedes del hotel Áldor (que abre el libro Días con erre), y yo gané el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con Sombras en sepia. En las dos ocasiones, el presidente de los respectivos jurados fue Luis Mateo Díez. Esto podría dar lugar a que Ana escribiese una historia socarrona y siniestra. En cualquier caso, no es una mala señal que tengamos este detalle en común. Otro más.

Además de Los huéspedes del hotel Áldor, un relato redondo, que pasa de la ironía y del humor al absurdo y al terror casi gótico, en su libro hay muchas pequeñas joyas. A mí me gusta particularmente Bruno entre vampiros. Lo inquietante se instala desde la primera línea de esta historia y, sin tener muy claro hacia dónde nos lleva la trama, uno se va removiendo en el sillón barruntándose de que algo va a ocurrir, algo sin tintes de que acabe siendo agradable. Hay un sutil juego entre realidad, ensoñación y enfermedad, hasta construir un puzle que hubiera querido montar el mismo Hitchcock. Alucinante relato.

Difícil escoger entre el resto de los otros cuentos de este libro, además del que mencionara al comienzo, Aviones. Duro, áspero, perfecto. Pero me quedaría también con el titulado Cactus.

Le pedí a Ana que escogiese uno de los relatos para acompañar a esta reseña, y fue ése el relato que eligió. Lo entiendo. Es otra pequeña obra de ingeniería literaria.

Cactus, que podéis leer a continuación de mis palabras, y que os recomiendo fervientemente, es un ejemplo perfecto de la narrativa añoniana: concisión, inquietud, misterio, humor negro (negrísimo), fantasía, el absurdo, lo cotidiano, el horror instalado en la casa… Es una metáfora, y es un cuento surrealista. El pulso de Ana Añón lo transforma en algo excepcional.

Hay en Ana Añón huellas de buenas lecturas y mejores plumas. En estos cuentos, planean las sombras de Chesterton, de Shaw, de Quiroga, de Tom Sharpe, de Hitchcock (ya mencionado), de Tim Burton o de Stephen King, que son los que se me ocurren a vuelo pluma. Cine y literatura nos influyen a la par, y Ana conjuga su suave estilo con la potencia de las imágenes que nos hace estallar en la cara.

Vuelvo a insistir: quien lea a continuación Cactus, buscará Días con erre para seguir pasándolo bien y mal, para reír y para inquietarse, para leer buenos cuentos.

Sergio Barce, agosto 2017

 

CACTUS

de Ana Añón

Muchas veces Bernardo Cebamanos pensó en su muerte, pero jamás adivinó que acabaría sus días en el interior de una bolsa de basura. Esperaba resignado la llegada del camión, dentro del contenedor donde su hijo Nicolás lo había depositado. El niño no dudó al hacerlo: abrió la tapa, lanzó la bolsa, y la dejó caer de nuevo volviendo tras sus pasos.

Cabía la posibilidad de que su esposa, Silvia, lo rescatara arrepentida antes de que se lo llevaran. Pero cuando oyó cómo el camión descargaba los contenedores unas calles más arriba, perdió toda esperanza. Aquel terrible abandono era la evidencia de que ya no le importaba a nadie. Sin duda, para recordar algún gesto de cariño o señal de complicidad debía remontarse a los tiempos de noviazgo o, tal vez, a los primeros años de Nicolás en que el niño mostraba cierta admiración por él.

Se encontraba ya muy débil; los acontecimientos ocurridos en las últimas semanas le habían hecho perder la vista y la movilidad, pero sin embargo, su oído y su olfato se habían vuelto ahora extraordinariamente sensibles; tanto, que el olor a leche agria, al moho de las latas de tomate, y a los mejillones rancios con los que compartía espacio, le hicieron evocar aquella noche.

Cuando bajó la basura después de cenar, había notado que la bolsa estaba rota por una de las esquinas y observó contrariado el reguero verde que había dejado tras de sí, pero como estaba ya más cerca de la calle que de casa, continuó bajando las escaleras. Atravesó el portal, abrió la puerta y caminó hasta el contenedor donde se deshizo de su carga. A pesar de ello, un olor penetrante y putrefacto se había instalado en su nariz y le acompañó de vuelta a casa. El olor venía de sus pies que estaban cubiertos de una sustancia verde gelatinosa. «¿Qué demonios será esto?», se preguntó intentando recordar lo que había comido aquel día. Pensó que podía tratarse quizás de restos de alguna mascarilla de las que usaba Silvia para el cutis o de algún experimento de Nicolás, que siempre andaba haciendo potingues. Notó que sus manos estaban pringosas, por lo que en lugar de sacar las llaves del bolsillo, trató de pulsar el interfono con el codo. Nadie contestó. Silvia y Nicolás estaban en casa, era imposible que no le escucharan. Llamó varias veces y, finalmente, desesperado, introdujo la mano en el bolsillo y sacó las llaves. Al entrar en casa dio un portazo y escuchó unas risas que venían de la cocina. Se dirigió aprisa al baño para quitarse cuanto antes aquel olor.

–Silvia, voy a darme una ducha –le gritó a su esposa–. Me he manchado con la basura. –Ella no contestó.

Al quitarse la ropa advirtió extrañado que tenía unos puntos rojos por todo el cuerpo que parecían picaduras de mosquito. Quiso enseñárselos a Silvia pero cuando salió del baño, Nicolás y ella ya estaban durmiendo.

–Buenas noches –susurró resignado antes de acostarse.

Los picores no le dejaron dormir. Cuanto más se rascaba, más le picaba. Pasó una noche horrible pero al día siguiente se encontraba mucho mejor.

Ahora, metido en una bolsa de basura y con el camión cada vez más próximo, seguía recordando aquella mañana cuando entró en el cuarto de Nicolás para despertarlo. Al besarle en la mejilla, el niño lanzó un grito de dolor.

–Papá, ¿qué me has hecho? –le preguntó desconcertado tocándose la mejilla.

Silvia, que había escuchado el grito, acudió corriendo junto a ellos. La mejilla de Nicolás estaba chorreando sangre.

–¡Bernardo, animal!

–Yo… no…

No le dio tiempo a explicarse. Pensó que la herida del niño era muy profunda para haber sido causada por la barba por lo que se dirigió al baño y, frente al espejo, observó una inmensa púa que sobresalía en su barbilla. La tocó. Estaba muy dura. Bernardo cogió las pinzas de depilar de Silvia y trató de arrancarla, pero no pudo. Entonces fue a la galería y buscó entre las herramientas unos alicates. De nuevo en el baño, apoyó el pie en la pila para empujarse, agarró la púa con los alicates, y tiró con fuerza pero tampoco pudo arrancarla, aunque consiguió partirla. Al menos ya no dañaría a su hijo. Le enseñó a Silvia los puntos rojos de la piel –ahora aparecían con un punto blanco en el centro, como infectados–. Ella seguía enfadada, estaba curando a Nicolás y no le hizo mucho caso. Tras asearse y disculparse varias veces delante del niño se marchó al trabajo.

A las doce menos cuarto estaba de nuevo en casa. Los puntos rojos se habían convertido en ampollas, algunas de las cuales habían estallado dejando paso a unas enormes púas. Bernardo llamó asustado a su esposa pero ésta no pareció alterarse demasiado. «Iré en cuanto pueda», le dijo.

Silvia llegó unas horas más tarde y, al ver el aspecto que presentaba su marido, llamó de inmediato al médico. «Tiene que venir, doctor, en mi vida he visto nada igual», le dijo, «Además, está poniéndose verde». El doctor no se molestó en ir y le indicó por teléfono que debía de tratarse de una alergia y que le diera un jarabe antihistamínico.

Cuando Nicolás llegó del colegio no pudo contener la risa. Bernardo estaba ya cubierto de púas por todo el cuerpo. Silvia le pidió que no le molestara. Le explicó que había pasado todo el día de pie por no poder sentarse sobre las púas y que estaba hambriento. El pobre no había probado bocado porque las púas eran tan largas que nadie podía acercarse a él sin pincharse.

El niño susurró algo al oído de su madre sin dejar de reír.

–Bernardo, ven a la cocina, Nicolás ha tenido una idea estupenda.

El muchacho apareció en la cocina con una caña de pescar y clavó un trozo de manzana en el anzuelo. Se subió a una silla y acercó la manzana a la boca de Bernardo que, con mucha dificultad, consiguió dar un par de bocados que le supieron a gloria. Cuando Nicolás dejó de divertirse, tiró la caña junto a un plato lleno de trozos de manzana y salió corriendo. Bernardo quiso gritar para pedir más comida pero una púa atravesó su garganta en ese momento y sintió un dolor agudo que le dejó mudo de golpe. En ese instante sintió una punzada en los ojos y ya no vio nada más. Todo quedó a oscuras. Comenzó a sentir de pronto unas fuertes convulsiones y notó cómo su cuerpo iba menguando. Después, sus piernas se fueron haciendo cada vez más ligeras hasta que no las sintió y, no pudiendo aguantar el peso de su cuerpo, cayó al suelo. Ya no pudo moverse.

Silvia dio un grito al entrar y Nicolás acudió deprisa y comenzó a llorar. Bernardo se concentró para escucharles.

–¿Crees que nos oye mamá?

–No sé, mejor no grites.

–¿Y qué hacemos?

Bernardo les oyó hablar en voz baja pero no entendió nada. Luego escuchó cómo Silvia le pedía a Nicolás una maceta de plástico. Al momento alguien lo levantó del suelo y lo introdujo en un montón de tierra. A continuación echaron un poco de agua y, al sentir la tierra húmeda, no pudo evitar pensar en la muerte. Pero pronto se dio cuenta de que no se trataba de eso y que el cactus, del que tanto hablaban su mujer y su hijo, era él. Un poco después lo colocaron en el mueble chino del salón, junto a las velas aromáticas.

Durante dos o tres días lo regaron, acariciaron sus púas y pronunciaron su nombre, pero después, Bernardo les escuchó arrastrar muebles, cambiar cosas de sitio, y abrir y cerrar puertas; eso le hizo temer que era el único de la casa que conservaba la esperanza de que el proceso pudiera ser reversible. Nadie llamó de la oficina –como era de esperar–. No entendía por qué Silvia no pedía ayuda y Nicolás tampoco parecía muy preocupado por la nueva situación.

Los inconvenientes que descubrió durante los primeros días se convirtieron pronto en ventajas. Como dejaron de regarlo pensó que de ser otra planta ya habría muerto.

Una tarde, Nicolás se acordó de él; le explicó a su madre que los cactus absorben las radiaciones electromagnéticas y colocó la maceta junto a la pantalla del ordenador. Al menos por unos días se sintió útil y acompañado, pero al poco se secó y Silvia le pidió a Nicolás que lo echara a la basura. Bernardo no podía creer lo que oía. El muchacho acudió a la cocina y se detuvo ante los cubos. «Por fin una señal de humanidad en esta casa», pensó Bernardo, pero en ese momento Nicolás gritó.

–Mamá… ¿lo echo en la orgánica o en la de plásticos?

–Da igual –contestó ella.

El niño cerró la bolsa y la bajó al contenedor.

De pronto, el ruido del camión interrumpió sus pensamientos. Bernardo notó cómo se elevaba el contenedor y la bolsa donde se encontraba caía sobre las otras. Lo último que sintió fue un fuerte golpe que lo dejó clavado en un tetrabrik.

 

ANA AÑÓN – foto de Ricardo Ferrando

Ana Añón  (Valencia, 1965). Es Ingeniera Informática por la Universidad Politécnica de Valencia. Imparte formación y consultoría para la aplicación de Técnicas Creativas y de Innovación en los procesos empresariales, educativos y artísticos. Escritora y profesora de talleres literarios. Ha ganado numerosos premios y menciones y participado en diversas antologías y publicaciones, entre las que destacan antologías de relatos y haikus. En su libro de relatos “Días con erre” se recoge el relato ganador del Primer Premio en el Concurso de relatos 21 de marzo del Ayuntamiento de Tres Cantos (2010). El jurado estuvo compuesto por los académicos Luis Mateo Díez y José Mª Merino, y los escritores Milagros Frías e Ignacio Ferrando. Se incluye también el relato que quedó finalista en el mismo concurso y el Accésit X Concurso Narrativa Mujeres Generalidad Valenciana (2009), Miniaturas, en el que se inspiró el corto del mismo nombre del director Vicente Bonet. Este cortometraje acumula doce premios nacionales e internacionales y multitud de selecciones en festivales.

Es autora del libro de relatos Días con erre (Ediciones de la Discreta, 2015) y junto con Isabel Rodríguez del libro de haiku bilingüe, Entre las zarzas/ Entre els esbarzers (Uno Editorial, 2015). Ha participado en varias antologías de los Talleres de Escritura de Madrid y Escuela de Escritores, II Cuadernillo de textos hiperbreves (Pompas de papel, 2007), El sol, los pájaros (Facultad Derecho de Albacete, 2008), Más cuentos para sonreír (Hipálage, 2009), II Antología de haiku (Paseos.net, 2009), Gaceta Haiku Hojas en la Acera (2009), Las mujeres cuentan (Generalitat Valenciana, 2010), Cuentos alígeros (Hipálage, 2010), Un mar de poemas solidarios (Desde la otra orilla para ASPANION, 2012), Antología del haiku en castellano, Un viejo estanque (Comares, 2014), Microrrelatario Grita-Crida IU Estudios Feminista y Género (Universidat Jaume I, 2015), Antología poética de autores valencianos: Miradas para compartir la luz (Centro UNESCO Valencia, 2016),  Luna en el río (Concurso Internacional de Haiku. Facultad de Derecho de Albacete, Uno Editorial, 2017).  Próximamente participará en la antología de haiku 13 lunas y publicará el poemario infantil, Alaridos en la colección Versos para duendes de la Editorial Lastura.

 

 

 

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“LA VENUS DE TETUÁN” RELATO DE SERGIO BARCE, SEGÚN CELIA CORRONS

Mañana sábado, 29 de Noviembre, en la Librería Proteo, de Málaga, a las 12:00 horas, presento junto a la escritora Herminia Luque Por amor al arte, libro de relatos de 28 autores. Mi cuento La Venus de Tetuán se incluye en esta preciosa publicación de Jam Ediciones / GB.

Y aprovechando que Celia Corrons ha escrito una breve reseña de mi cuento, la traigo al blog para invitaros a que acudáis al acto de mañana.

LA VENUS DEL ESPEJO

En Por Amor al Arte de Generación Bibliocafé, se siguen descubriendo hallazgos como este.

Rozar la perfección está reservado a pocos genios, como Velázquez que representa a través de sus cuadros la excelencia del arte. Uno de sus secretos es pintar de verde la piel de sus retratados y sobre este color aplicar otros matices que esconden el original sempiterno.
La Venus del Espejo es el reclamo en el que ha reparado Sergio Barce para construir su relato, una joya, y uno de los pocos desnudos del Siglo de Oro Español.
Cuando se contempla reiteradamente la pintura de un gran maestro como lo hace el protagonista de La Venus de Tetuán, es porque la obra esconde matices a primera vista inapreciables, que se manifiestan en cada mirada, en cada observación, y se avanza hacia la satisfacción plena al descubrir los rasgos que desnudan el enigma.
Su personaje, Rivanera, contempla la obra del pintor barroco cada jornada a la que asiste como un ritual para hallar claves que consoliden su futura obra.

Barce muestra su diseño para disfrutar desde la primera línea. Destacar las capacidades de su prosa no requiere ningún esfuerzo añadido. No hay nada oculto, es más, el lector cabalga sobre las líneas con una cadencia que le propicia avidez y le transporta junto a los tres protagonistas a conocer el pasado en un estudio de Tetuán, un recuerdo que enciende la memoria y emociona el volver a aquellos años sobre los que se sustentan los mejores días de su vida.

El lector se siente arrastrado por las pinceladas del autor. Algunas son largas, otras cortas, también las hay sonoras y silenciosas, todas, absolutamente todas, muestran la habilidad de poseer un lenguaje propio cargado de sinestesia poética que subyuga hasta el más advenedizo.

Una historia tan bien construida que merece ser continuada. Atrapados quedamos, Sergio Barce.

Celia Corrons

http://turnodetinta.wordpress.com/

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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO, CON MI MANO COGIDA A LA DE SERGIO BARCE”, POR JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT

El profesor, escritor y poeta José Luis Pérez Fuillerat, que ya hizo una reseña muy especial a mi novela Sombras en sepia, ahora lo hace con Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y realmente me ha dejado impresionado por su intensidad y por la profundidad de sus palabras.
Al enviarme su reseña, me indicaba, entre otras cosas, lo siguiente (y es como otra pequeña reseña a modo de avanzadilla de lo que luego detalla a fondo):
Querido amigo Sergio: te adjunto ese comentario que he terminado sobre tus relatos últimos. No sabes lo que he disfrutado leyéndolos. Como puedes figurarte los he leído dos y, algunos, hasta tres o más veces, pues me han enganchado desde las primeras páginas. Esos relatos hay que leerlos varias veces, como la poesía. No sirve para nada leer un poema una sola vez. Y esos relatos son auténtica poesía, porque tú eres un poeta.
La sensualidad que recuerdo de Gabriel Miró (El libro de Sigüenza), el detalle de los cuentos de Azorín, la facilidad para expresar la variedad de olores que dominan los ambientes (El perfume: historia de un asesino, de Patrick Süskind) el sentimiento nostálgico de un autor tan sincero, me han dejado honda huella. No te exagero si te digo que me siento ya un poco de Larache pues conozco casi todas sus calles (…)
Espero que te agrade mi comentario y sepas perdonar lo que se me haya pasado y que tú creas importante. Yo lo he pasado muy muy bien y por eso te doy las gracias. Un abrazo. José Luis P.F.”
Estas palabras ya me han supuesto una satisfacción enorme, pero su reseña hace que, junto a las que han escrito José Garriga Vela, José Sarria, Manuel Gahete, Víctor Pérez, Fuensanta Niñirola, Celia Corrons… piense que este libro ha merecido la pena escribirlo y publicarlo.
Sergio Barce, noviembre 2014

Jose Luis Pérez Fuillerat

Jose Luis Pérez Fuillerat

“Paseando por el Zoco Chico” con mi mano cogida a la de Sergio Barce

Por José Luis Pérez Fuillerat

En treinta relatos, aparentemente inconexos cronológicamente, y diferentes por su contenido narrativo, el autor cuenta y, sobre todo, describe personajes, espacios y vivencias personales en la ciudad de Larache.

Aunque pueda parecer que el yo del autor-narrador invade y domina la narración, el personaje no es otro que esa ciudad marroquí en la que pasó su infancia y primera adolescencia y que rememora en cada uno de los relatos, citando lugares, nombres y acontecimientos reales, pero elevados, en su recuerdo, a la categoría de verdaderos mitos. Es esta la lectura que interesa al lector de una crónica que, además de tener interés en sí misma, destaca por el modo de contarla. Quiero decir, una lectura más que en clave localista que, ciertamente existe, reflejando los ambientes concretos, nombres reales, familia y amigos del propio autor-narrador, una lectura focalizada en dos perspectivas: la sociológica y la histórica, junto a constantes fictivizaciones (S. Schmidt) y, por consiguiente, con abundante intención poética en ambos puntos de vista. Función estética que llama la atención de cualquier lector, pero que va dirigida a unos narratarios concretos, las personas que compartieron con este narrador autodiégetico su experiencia vital, y a todos aquellos que, aunque no participaran en las mismas peripecias, decidieron pasar a la península tras el final del Protectorado español en Marruecos, a partir de 1956.
Pero ¿cuáles son esos recursos de función poética que dominan en estos relatos de Sergio Barce y que convierten un libro, que podría parecer solamente memoria o crónica de un tiempo vivido, en unos relatos profundamente literarios? Pues residen, sobre todo, en las descripciones cargadas de emotividad y de sensualidad. Tan solo unos ejemplos de esto último en Mimo (2000). Vista: “Mimo se fijó en los ojos del soldado, eran grandes y apacibles”; el oído: “la voz de Driss era ahora tan profunda que resultaba arcana, milenaria, casi demoníaca”; el tacto: “Apoyó la espalda a la pared. La notó húmeda, algo fresca…”; el olfato y el tacto: “Hueles a ajonjolí y a hierba del prado –le musitaba Mustapha, mientras las manos bajaban por la cintura y se expandían como una flor de terciopelo sobre sus nalgas”; sinestesias tan expresivas como: “voz aguardentosa” (del viejo Driss), “chispas de odio”, “escupitajos llenos de veneno…”
Esta sensualidad recorre, aunando en cuerpo y alma, todos los relatos.
Pero vayamos por orden cronológico, paseando con lentitud, larachensemente, con esa señal kinésica propia de los hombres musulmanes que interpretan la amistad verdadera como hermandad; es decir, paseando por entre los relatos, con mi mano cogida a la del autor-narrador.

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Del año 2000 son Mimo y El Flaco. Dos de los relatos en los que predomina la regla “F” (fictivización). En el primero, breve e intenso, se entrecruza el recuerdo de un marido huido y un hijo muerto, con el quehacer diario de la vieja Mimo en un puesto del zoco, junto a la Puerta de la Medina, en la plaza de España. La ira y el egoísmo de un vendedor, Driss, choca con la generosidad del soldado que logra refrescar en la anciana los recuerdos de su marido y de su hijo.
El segundo, extraordinaria descripción de un personaje enigmático, intocable, con cierto poder delegado por algún otro más importante, con un rostro que da cierto miedo: “huesudo, cuencas hundidas… cabello rojizo” (por cierto, como dicen fue el cabello de Judas, y por eso en El Buscón, de Quevedo, se dice al describir al clérigo cerbatana: “de cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán, ni gato ni perro de aquella color”).
De 2001 es Dukali, el niño que demuestra un amor enternecedor a sus padres. La felicidad puede estar en un simple regalo, un símbolo del deseo romántico de la ensoñación poética, un colgante con la luna, que regala a su madre: “Mira, mamá, te traigo la luna llena… y es solo para ti”. La sensibilidad del narrador se manifiesta, una vez más, en la descripción de los lugares en los que el niño Dukali, que “parecía insignificante e indefenso”, se sentía todopoderoso “sentado en el techo del castillo de San Antonio”. Los lugares descritos son abundantes: las salinas de Lixus, la Avenida Mohamed V, Iglesia del Pilar, Avenida Hasan II, cine Avenida, el río Lucus, Hotel Riad… Todo al servicio de un ambiente contado en tercera persona, pero en donde el narrador se hipostasia (se encarna de forma ideal) en el personaje.

calle Chinguiti y Cine Ideal - Larache

calle Chinguiti y Cine Ideal – Larache

También de este año es El Ideal. Narrado en primera persona, reproduce una visita a Larache y contagia al lector de esas vivencias, por la forma tan familiar de contarlo. Aparecen aquí dos de sus amigos, Laabi y Sibari, con los que se veía en el Café Central. Más tarde, en otra visita a Larache, fechada en un relato de 2013 (Sibari), ya comprobó lo que este le anticipó: “si vienes y no me ves, es que estoy del revés”. Efectivamente, en noviembre de este año murió el escritor, novelista, poeta y traductor larachense, Mohamed Sibari, uno de los fundadores de la “Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española”, gran amigo del autor.
Del año 2002 son tres relatos que podríamos definir como líricos, auténtica prosa poética: El corazón del Océano, Mina, la negra y El nadador.
En el primero hay exacerbación de los sentidos, colores y olores que se sintetizan y subliman en el deseo cumplido de ver el mar. Un narrador omnisciente, dominador de la historia, nos presenta al viejo Rachid que sueña con conocer el mar que siempre le describía su amigo Zacarías. Con su nieto viaja hasta la playa. Hay ecos de aquella tarde remota recordada por el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, en “que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez). Es el mismo sueño por contemplar lo que se conoce relatado y que se desea hacer realidad. Así también el viejo Rachid sueña con ver un “espectáculo de fuerza primitiva que le hiciese temblar” mucho más que “algo pacífico y sosegado como la de la otra banda”. Y cuando logra ver “una inmensa arena blanca salpicada de matorrales, que asomaban por las pequeñas dunas” queda decepcionado porque la narración de su amigo Zacarías en nada se parecía a lo que estaba viendo. Sin embargo, conforme se dirigía hacia el mar y se adentraba en sus aguas, la sensación que experimentó fue la del paraíso prometido por A’láh (sea siempre alabado). No se adentró en el mar para quedarse allí y morir, como un lector romántico podría creer -y el nieto Ahmed llegó a sospechar-, no. Rachid Ben Hassan recibió una especie de bautismo, que le hizo salir del agua reconfortado. Puso en su oído la caracola que le acercó su nieto y, así, pudo admirar “esa ingente belleza encarcelada en una jaula tan diminuta”.
Con unos kines muy significativos, finaliza el relato: piernas cruzadas; mirada entregada, silencioso, temblando…
En Mina, la negra, vuelve al punto de vista subjetivo. Describe el mundillo que pulula por el mercado: un viejo tullido, un ladrón, tamboriles y chirimías, danzarines, un ciego y, sorprendentemente, el propio autor, el niño Sergio con sus escuálidos ocho años, “con cara de hambre”, según lo vio la bella Rachida Ben Hassen, su madre marroquí, su segunda madre. Mundo sensorial recurrente: “turbantes blancos, azules o grises, chilabas pardas, caftanes verdes, celestes, amarillos y rosas; Mina tenía una piel tersa, oscura; los aros tintineaban en sus orejas; sonido estridente de tamboriles y chirimías; olores a hierbabuena, cilantro y pimienta; olor del cuero, del tinte, de la fruta y del salitre; de los mulos, de los camellos, y de sus excrementos”, junto con los más agradables “del pachuli, del sándalo, del agua de rosas o del agua de azahar; del sudor, de las especias, de los perfumes y de los dulces de dátiles y almendras tostadas; de la miel y el olor a crepúsculo”. En definitiva, alimento “de puro olfateo”.
Quizás sea este relato el que mejor refleja el paseo por el Zoco Chico, que es el título general del libro.
En El nadador, un antináufrago, un inmigrante fallido, que nunca consigue llegar a la otra orilla. Nadaba sin descanso, seguro de sí mismo, soñando con llegar a Europa, entregándose “a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo”, ver al Real Madrid y pedir un autógrafo a Roberto Carlos. Pero, curiosamente, el patrón del barco pesquero que lo recoge y que es seguidor del Barça, no le hace ningún caso. Hakim vuelve a nado a su arena, pudiendo contemplar la estampa de su pueblo y regresar junto a su familia. Un relato que sintetiza la idea del regreso, la identificación con el origen, el deseo que todo emigrante tiene de volver, una autoanagnórisis, para reconocerse en sus raíces.
El primer regreso, Moro, Últimas noticias de Larache, Al otro lado del Estrecho, Abdelazziz y Solo quiero remar son del año 2003. En todos estos relatos lo autobiográfico domina lo narrado. Al lector le parece que el narratario es el propio autor-narrador, para servirle de catarsis, purificación de todos sus nostálgicos recuerdos. Una concatenación de emociones en las visitas a Larache: regreso por primera vez a su pueblo, después de quince años y, frente a la decepción de ver casi destruida, abandonada, su casa, en la ventana solitaria, pudo reconocer su hogar (la parte por el todo, en una sinécdoque emotiva y, además imagen muy cinematográfica la del hogar encarcelado en el marco de la ventana).

En Moro narra la salida de Larache con su familia, navegando en el Ibn Battuta, barco que recibió el nombre del viajero más importante del siglo XIV y que ha significado tanto en los viajes por el Estrecho.
Resulta imposible reprimir una lágrima al leer este pasaje de la despedida. Refiere “un mar de nombres” de amigos y familiares. Pero en uno de esos viajes de regreso, el hombre del carrito, Abdellaziz, le reprocha el haberse ido de Larache. Es este personaje, junto con el sabio Sibari la pareja de amigos que siembran en el autor-narrador la esencia de ser marroquí, pues ve en ellos cumplido, de manera estricta, el hannan; es decir, el sentido musulmán de la hospitalidad innata, la generosidad, el candor y el perdón hacia el que te hace daño.

El espigón y la otra banda - Larache

El espigón y la otra banda – Larache

El yo domina en todos estos relatos de 2003. En Solo quiero remar cita a sus amigos, con nombres y apellidos para volver a la realidad histórica. Le sirven al autor-narrador de terapia, pues parece como si tuviera sentimiento de culpa por haber tenido que abandonar aquel pueblo. Los olores, una vez más, están ahí para el recuerdo más lírico, más intimista: “Abdussalam olía a sudor marino, a esfuerzos sin recompensa, a sueños embarrancados. Su olor era el almizcle de Lucus y del Átlántico, del azúcar y de la sal, de las redes encanecidas y del humo de los cangrejos cocidos”.
Puente entre estos relatos de los primeros años del 2000 y los escritos a partir de 2011, son los titulados, Un paseo por la Medina de Larache (2005) y Los herederos de Al-Ándalus (2007). Si dije al principio de este comentario que hay dos posibles lecturas en este libro de Sergio Barce, a saber, la sociológica y la histórica, aquí tenemos un modelo de estas dos perspectivas: por un lado la visión de un Larache desatendido, con deterioro de sus edificios más emblemáticos (2005); por otro, la historia de Al-Ándalus (2007), desde la expulsión en 1495, hasta la instalación en Larache de sus protagonistas, un musulmán, Ahmed Ben Hassen el Hakhdar y un judío, Salomón Samun, y la perspectiva social mediante la constatación de la tolerancia y la convivencia entre las tres religiones. Una historia breve e intensa de Larache, la antigua Lixus, desde el primer asentamiento de judíos y musulmanes hasta el posterior de moriscos en esta tierra, el “Jardín de las flores” o de las Hespérides. Tres idiomas y tres religiones, creando un lenguaje propio y genuino, la haquetía, emparentado con el ladino, mezcla de hebreo, castellano antiguo y árabe dialectal. Una confesión final muy emotiva del autor-narrador, conmueve al lector: “nadie es forastero en Al-Ándalus de Larache […]. Yo vengo de allí”.
Entre 2011 y 2013 están el resto de los relatos de esta extraordinaria compilación de experiencias, vivencias y emociones de un autor que tiene el corazón en el Océano, el alma en Larache y todo su recuerdo asentado, y germinando, en la ciudad definitiva, la Ciudad del Paraíso, como llamó Vicente Aleixandre a Málaga.
Ellos vuelven a Larache (2011) es un homenaje a su padre y a otros miembros de su familia. Curioso el nombre de la tienda que regentaba el padre del autor, La Bandera Española. Resulta obvio el comentario acerca del nombre con el que se hace confesión, desde la entrada a ese comercio, de la españolidad de su dueño.
Ramadán en Larache (2011) es un canto a la libertad de la infancia y la toma de posesión de la ciudad por los muchachos en bicicleta, sobre todo en el mes del Ramadán en el que “éramos los dueños de las calles de Larache”, tan libres y dominadores de sus plazas como para sentirse “los emperadores de Lixus”.
De 2012 es Esa foto de la otra banda. Relato de los QUÉS, es decir, de las preguntas: no sé qué año, qué sentiría, qué notaría, cuál es dureza… como interrogaciones retóricas, haciendo partícipe de las respuestas a algún confidente que también participara de esas mismas vivencias. El presente histórico potencia las imágenes del recuerdo para hacerlas más reales: “salgo del agua; me zambullo en el agua; nado hacia la orilla; Fátima me mira; me acerco de nuevo al espigón; me dirijo a las casetas; ayudo a Ahmed; llegan los amigos; huelo a salitre”…En definitiva, todo un recorrido por aquella playa, que vuelve a disfrutar contemplando la foto.
Otra foto, la de Mohammed, el niño de Alhucemas (2012) sirve para recordar a este niño, adolescente y mayor en diversos acontecimientos vividos con la familia de los abuelos maternos del autor. La historia del niño Mohammed es motivo para citar nombres de sus familiares y para que el lector conozca dónde nació y cómo en el año 1973 salió de Larache hacia Málaga donde ya vivían sus abuelos. Es la crónica de un viaje, que contiene también, brevemente, el episodio de los años de la guerra civil española vividos por su familia en Larache.
Voy a detenerme en dos relatos más: el titulado Larachensemente y el que aparece en los finales del libro: Larache sin Sibari.
Del primero hay noticias ya en El callejón sin salida (2013). Los chicos se sentaban a observar cómo jugaban a la damas los hombres del Casino y lo hacían larachensemente, es decir, con calma, sin prisas. Luego una descripción modélica (muy apropiada para un análisis-examen de texto universitario), en donde se nos dibuja “el callejón de abajo“, el callejón sin salida de sus juegos y aquella pared que cerraba el callejón con la voz de su madre que lo llama: “¡Sergio, a merendar!”
Vivir Larachensemente (2013) es no tener prisa para casi nada. El diálogo entre los protagonistas de este relato es muy vivo, pero las actitudes son muy lentas, según las palabras reflejadas en el texto: “Al que madruga, Dios no le ayuda”.
El poeta, periodista, novelista y traductor Mahamed Sibari nació en Alcazarquivir, provincia de Larache, en el año 1945 y falleció el 28 de noviembre de 2013. Nueve días después de su muerte, Sergio Barce visita Larache, Larache sin Sibari. De una forma reiterativa, poética, y como si esa recurrencia fuera un pesar profundo por no haber podido estar junto a su amigo Sibari antes de su final, el autor-narrador repite “este fin de semana lo he pasado en Larache”. Como si hubiera sido el tiempo más triste vivido allí, en contraste con todos los recuerdos alegres que ha reflejado en los anteriores relatos. Sibari también se fue larachensemente, “se ha ido despidiendo lentamente”.
Este lector ha de confesar que ha releído estos relatos también lentamente y procurando no soltarse de la mano del autor-narrador, tal como hacen los amigos musulmanes cuando caminan por las calles de las ciudades, pues para los que siguen el Corán la amistad es un vínculo, se considera la mitad del intelecto y, en cierto modo, es parentesco que se adquiere.

As-Salamu Alaicum
Evenu Shalom Alehem
La Paz sea con vosotros
Málaga, 10 de noviembre de 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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RESEÑA DE CELIA CORRONS A “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE” DE SERGIO BARCE

Después de las reseñas tan favorables de Fuensante Niñirola y de Joana Márquez, llega la de Celia Corrons y, sinceramente, me he quedado gratamente sorprendido por lo que le han transmitido los relatos de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y, sobre todo, cómo ha sabido plasmar esas impresiones, con una delicadeza casi poética. Es para sentirse bien. Espero que los lectores del libro lleguen a percibir todo lo que ellas tres, cada una desde una perspectiva diferente, han sabido hallar en estas páginas.
Creo que la reseña de Celia Corrons es para deleitarse con su lectura. Ya de por sí, es un relato.
Sergio Barce, octubre 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil, la singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color.
En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban en su memoria Paseando por el Zoco Chico.
Para cantar a Larache se necesita de una imaginación dotada de un gran cromatismo, también de una pluma diestra como la del autor que absorbe colores, pinta aromas y extrae texturas inimaginables. Donde la melancolía se transforma en luz y cargado de nostalgia ahuyenta lo superfluo y lo solemne queda velado para dejar paso a la sencillez de la cotidianidad.
La curiosidad que sintió desde muy temprano le hizo atesorar en su portentosa memoria material valioso para construir sus recueros, escombros que recoge cada vez que vuelve a su Meca y edifican de nuevo para construir en forma de relatos su privilegiada infancia.
Larachensemente aparece en el titulo como un suspiro que se escucha en profundidad, es como tomar un té saboreando los aromas lentamente, mientras se es testigo de lo que te rodea y te apoderas para endulzar la bebida.
Sergio Barce guarda un as en la manga y sorprende con un punto de inflexión en el capítulo de La cautiva, en el que la atmósfera envolvente de un cuadro le sumerge en un momento íntimo y sensual al adolescente que la contempla.
Atención a la banda sonora, y no me refiero a la excelencia de Cole Porter, que también se escucha. Hay una partitura original que envuelve a todos y cada uno de los relatos, y son las voces de los más queridos, las que pasearon por el zoco, las de las frenadas de bicicleta, las del cine y del colegio. Voces que contemplaron el balcón del Atlántico, las que cruzaban el Lucus para alcanzar la playa y sobre todo, las de sus amigos, entonces niños que descubrían a gritos la aventura de vivir en Larache.
La mítica historia de Larache, sumada a su ubicación geográfica, donde el Lucus y el Atlántico se dan el eterno abrazo deja, para las miradas que escuchan, un paisaje digno de una hermosa leyenda.
Al poco de iniciar la lectura por el Zoco Chico y si el lector lo ha realizado larachensemente, habrá alcanzado la categoría de converso. Seguramente no podrá prescindir de seguir recibiendo noticias de Larache, aquí recopiladas en treinta relatos que llegan tan frescos como una crónica diaria, una noticia comentada con anchura y con poca extensión, donde la voz del autor fascina con su amplia paleta y seduce como los colores que se filtraron por la ventana de Matisse.
Por Celia Corrons -Publicado en octubre 9, 2014

EL ENLACE A ESTA RESEÑA ES EL SIGUIENTE:

http://turnodetinta.wordpress.com/2014/10/09/paseando-por-el-zoco-chico-sergio-barce/

Celia Corrons con miembros de  la Generación BiblioCafé

Celia Corrons con miembros de la Generación BiblioCafé

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