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“DÍAS CON ERRE”, UN LIBRO DE RELATOS DE ANA AÑÓN

Ana Añón y yo nos conocimos en Valencia, en la última Feria del Libro. Habíamos coincidido ya antes con nuestros cuentos en varios libros de relatos colectivos de la Generación Bibliocafé. En Valencia, nos dedicó un ejemplar de su libro Días con erre (Ediciones de la Discreta – Madrid, 2015). Me dio la sensación de que es de esas personas a las que les gusta observar, analizar a quien tiene delante, guardarse la información y, cuando es pertinente, utilizarla con inteligencia.

Ya de regreso, leí su libro. Su narrativa me confirmaba mi impresión, y, además, me desvelaba algo más de su personalidad: su sentido del humor. Un humor mordaz, muy negro. Ese es “el toque de la casa”. Utilizar el humor negro no es fácil, puede resultar ramplón, excesivo, a veces, incluso ridículo. Ana Añón lo conjuga a la perfección, sabiamente, en sus dosis precisas.

En poco tiempo he leído dos libros llenos de humor negro y muy bien escritos: el de Ana Añón, y la novela La uruguaya, de Pedro Mairal. Buena literatura en ambos.

Reconozco que, con Días con erre, he soltado alguna carcajada, otras veces he esbozado una sonrisa, y, en alguna ocasión, he llegado a arquear la ceja por el giro sorprendente o inesperado que Ana da a sus relatos. Lo inverosímil, a veces, se hace tan cercano que incluso asusta. Es prodigiosa su facilidad para que una historia cotidiana o simple, acabe siendo un relato de terror o se transforme en puro surrealismo. Pero siempre, con sus gotas de humor, ya digo, como si ese fuese su pequeño aderezo con los que convierte estos cuentos en algo muy personal, reconocibles.

Cuando acabé de leer su libro, le dije a Ana que, en algunos aspectos, éramos un poco como almas gemelas. Me había llamado poderosamente la atención una escena de su relato Aviones. Ocurre algo, algo terrible, y su manera de resolverlo es casi igual a como yo afronto una situación similar en mi novela Una sirena se ahogó en Larache. Me encantó esa coincidencia. Me di cuenta de que mi decisión entonces había sido la más elegante, porque al leerlo en el relato de Ana Añón vi que solucionaba la encrucijada con mucha delicadeza y un gran estilo. Eso sucede si las sensibilidades creativas y personales se parecen, y nos parecemos en eso.

ANA AÑÓN y SERGIO BARCE – foto de Celia Corrons

Para más similitud, Ana obtuvo el I Premio de Relatos “21 de marzo” de Tres Cantos con su extraordinario y tenebroso cuento Los huéspedes del hotel Áldor (que abre el libro Días con erre), y yo gané el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con Sombras en sepia. En las dos ocasiones, el presidente de los respectivos jurados fue Luis Mateo Díez. Esto podría dar lugar a que Ana escribiese una historia socarrona y siniestra. En cualquier caso, no es una mala señal que tengamos este detalle en común. Otro más.

Además de Los huéspedes del hotel Áldor, un relato redondo, que pasa de la ironía y del humor al absurdo y al terror casi gótico, en su libro hay muchas pequeñas joyas. A mí me gusta particularmente Bruno entre vampiros. Lo inquietante se instala desde la primera línea de esta historia y, sin tener muy claro hacia dónde nos lleva la trama, uno se va removiendo en el sillón barruntándose de que algo va a ocurrir, algo sin tintes de que acabe siendo agradable. Hay un sutil juego entre realidad, ensoñación y enfermedad, hasta construir un puzle que hubiera querido montar el mismo Hitchcock. Alucinante relato.

Difícil escoger entre el resto de los otros cuentos de este libro, además del que mencionara al comienzo, Aviones. Duro, áspero, perfecto. Pero me quedaría también con el titulado Cactus.

Le pedí a Ana que escogiese uno de los relatos para acompañar a esta reseña, y fue ése el relato que eligió. Lo entiendo. Es otra pequeña obra de ingeniería literaria.

Cactus, que podéis leer a continuación de mis palabras, y que os recomiendo fervientemente, es un ejemplo perfecto de la narrativa añoniana: concisión, inquietud, misterio, humor negro (negrísimo), fantasía, el absurdo, lo cotidiano, el horror instalado en la casa… Es una metáfora, y es un cuento surrealista. El pulso de Ana Añón lo transforma en algo excepcional.

Hay en Ana Añón huellas de buenas lecturas y mejores plumas. En estos cuentos, planean las sombras de Chesterton, de Shaw, de Quiroga, de Tom Sharpe, de Hitchcock (ya mencionado), de Tim Burton o de Stephen King, que son los que se me ocurren a vuelo pluma. Cine y literatura nos influyen a la par, y Ana conjuga su suave estilo con la potencia de las imágenes que nos hace estallar en la cara.

Vuelvo a insistir: quien lea a continuación Cactus, buscará Días con erre para seguir pasándolo bien y mal, para reír y para inquietarse, para leer buenos cuentos.

Sergio Barce, agosto 2017

 

CACTUS

de Ana Añón

Muchas veces Bernardo Cebamanos pensó en su muerte, pero jamás adivinó que acabaría sus días en el interior de una bolsa de basura. Esperaba resignado la llegada del camión, dentro del contenedor donde su hijo Nicolás lo había depositado. El niño no dudó al hacerlo: abrió la tapa, lanzó la bolsa, y la dejó caer de nuevo volviendo tras sus pasos.

Cabía la posibilidad de que su esposa, Silvia, lo rescatara arrepentida antes de que se lo llevaran. Pero cuando oyó cómo el camión descargaba los contenedores unas calles más arriba, perdió toda esperanza. Aquel terrible abandono era la evidencia de que ya no le importaba a nadie. Sin duda, para recordar algún gesto de cariño o señal de complicidad debía remontarse a los tiempos de noviazgo o, tal vez, a los primeros años de Nicolás en que el niño mostraba cierta admiración por él.

Se encontraba ya muy débil; los acontecimientos ocurridos en las últimas semanas le habían hecho perder la vista y la movilidad, pero sin embargo, su oído y su olfato se habían vuelto ahora extraordinariamente sensibles; tanto, que el olor a leche agria, al moho de las latas de tomate, y a los mejillones rancios con los que compartía espacio, le hicieron evocar aquella noche.

Cuando bajó la basura después de cenar, había notado que la bolsa estaba rota por una de las esquinas y observó contrariado el reguero verde que había dejado tras de sí, pero como estaba ya más cerca de la calle que de casa, continuó bajando las escaleras. Atravesó el portal, abrió la puerta y caminó hasta el contenedor donde se deshizo de su carga. A pesar de ello, un olor penetrante y putrefacto se había instalado en su nariz y le acompañó de vuelta a casa. El olor venía de sus pies que estaban cubiertos de una sustancia verde gelatinosa. «¿Qué demonios será esto?», se preguntó intentando recordar lo que había comido aquel día. Pensó que podía tratarse quizás de restos de alguna mascarilla de las que usaba Silvia para el cutis o de algún experimento de Nicolás, que siempre andaba haciendo potingues. Notó que sus manos estaban pringosas, por lo que en lugar de sacar las llaves del bolsillo, trató de pulsar el interfono con el codo. Nadie contestó. Silvia y Nicolás estaban en casa, era imposible que no le escucharan. Llamó varias veces y, finalmente, desesperado, introdujo la mano en el bolsillo y sacó las llaves. Al entrar en casa dio un portazo y escuchó unas risas que venían de la cocina. Se dirigió aprisa al baño para quitarse cuanto antes aquel olor.

–Silvia, voy a darme una ducha –le gritó a su esposa–. Me he manchado con la basura. –Ella no contestó.

Al quitarse la ropa advirtió extrañado que tenía unos puntos rojos por todo el cuerpo que parecían picaduras de mosquito. Quiso enseñárselos a Silvia pero cuando salió del baño, Nicolás y ella ya estaban durmiendo.

–Buenas noches –susurró resignado antes de acostarse.

Los picores no le dejaron dormir. Cuanto más se rascaba, más le picaba. Pasó una noche horrible pero al día siguiente se encontraba mucho mejor.

Ahora, metido en una bolsa de basura y con el camión cada vez más próximo, seguía recordando aquella mañana cuando entró en el cuarto de Nicolás para despertarlo. Al besarle en la mejilla, el niño lanzó un grito de dolor.

–Papá, ¿qué me has hecho? –le preguntó desconcertado tocándose la mejilla.

Silvia, que había escuchado el grito, acudió corriendo junto a ellos. La mejilla de Nicolás estaba chorreando sangre.

–¡Bernardo, animal!

–Yo… no…

No le dio tiempo a explicarse. Pensó que la herida del niño era muy profunda para haber sido causada por la barba por lo que se dirigió al baño y, frente al espejo, observó una inmensa púa que sobresalía en su barbilla. La tocó. Estaba muy dura. Bernardo cogió las pinzas de depilar de Silvia y trató de arrancarla, pero no pudo. Entonces fue a la galería y buscó entre las herramientas unos alicates. De nuevo en el baño, apoyó el pie en la pila para empujarse, agarró la púa con los alicates, y tiró con fuerza pero tampoco pudo arrancarla, aunque consiguió partirla. Al menos ya no dañaría a su hijo. Le enseñó a Silvia los puntos rojos de la piel –ahora aparecían con un punto blanco en el centro, como infectados–. Ella seguía enfadada, estaba curando a Nicolás y no le hizo mucho caso. Tras asearse y disculparse varias veces delante del niño se marchó al trabajo.

A las doce menos cuarto estaba de nuevo en casa. Los puntos rojos se habían convertido en ampollas, algunas de las cuales habían estallado dejando paso a unas enormes púas. Bernardo llamó asustado a su esposa pero ésta no pareció alterarse demasiado. «Iré en cuanto pueda», le dijo.

Silvia llegó unas horas más tarde y, al ver el aspecto que presentaba su marido, llamó de inmediato al médico. «Tiene que venir, doctor, en mi vida he visto nada igual», le dijo, «Además, está poniéndose verde». El doctor no se molestó en ir y le indicó por teléfono que debía de tratarse de una alergia y que le diera un jarabe antihistamínico.

Cuando Nicolás llegó del colegio no pudo contener la risa. Bernardo estaba ya cubierto de púas por todo el cuerpo. Silvia le pidió que no le molestara. Le explicó que había pasado todo el día de pie por no poder sentarse sobre las púas y que estaba hambriento. El pobre no había probado bocado porque las púas eran tan largas que nadie podía acercarse a él sin pincharse.

El niño susurró algo al oído de su madre sin dejar de reír.

–Bernardo, ven a la cocina, Nicolás ha tenido una idea estupenda.

El muchacho apareció en la cocina con una caña de pescar y clavó un trozo de manzana en el anzuelo. Se subió a una silla y acercó la manzana a la boca de Bernardo que, con mucha dificultad, consiguió dar un par de bocados que le supieron a gloria. Cuando Nicolás dejó de divertirse, tiró la caña junto a un plato lleno de trozos de manzana y salió corriendo. Bernardo quiso gritar para pedir más comida pero una púa atravesó su garganta en ese momento y sintió un dolor agudo que le dejó mudo de golpe. En ese instante sintió una punzada en los ojos y ya no vio nada más. Todo quedó a oscuras. Comenzó a sentir de pronto unas fuertes convulsiones y notó cómo su cuerpo iba menguando. Después, sus piernas se fueron haciendo cada vez más ligeras hasta que no las sintió y, no pudiendo aguantar el peso de su cuerpo, cayó al suelo. Ya no pudo moverse.

Silvia dio un grito al entrar y Nicolás acudió deprisa y comenzó a llorar. Bernardo se concentró para escucharles.

–¿Crees que nos oye mamá?

–No sé, mejor no grites.

–¿Y qué hacemos?

Bernardo les oyó hablar en voz baja pero no entendió nada. Luego escuchó cómo Silvia le pedía a Nicolás una maceta de plástico. Al momento alguien lo levantó del suelo y lo introdujo en un montón de tierra. A continuación echaron un poco de agua y, al sentir la tierra húmeda, no pudo evitar pensar en la muerte. Pero pronto se dio cuenta de que no se trataba de eso y que el cactus, del que tanto hablaban su mujer y su hijo, era él. Un poco después lo colocaron en el mueble chino del salón, junto a las velas aromáticas.

Durante dos o tres días lo regaron, acariciaron sus púas y pronunciaron su nombre, pero después, Bernardo les escuchó arrastrar muebles, cambiar cosas de sitio, y abrir y cerrar puertas; eso le hizo temer que era el único de la casa que conservaba la esperanza de que el proceso pudiera ser reversible. Nadie llamó de la oficina –como era de esperar–. No entendía por qué Silvia no pedía ayuda y Nicolás tampoco parecía muy preocupado por la nueva situación.

Los inconvenientes que descubrió durante los primeros días se convirtieron pronto en ventajas. Como dejaron de regarlo pensó que de ser otra planta ya habría muerto.

Una tarde, Nicolás se acordó de él; le explicó a su madre que los cactus absorben las radiaciones electromagnéticas y colocó la maceta junto a la pantalla del ordenador. Al menos por unos días se sintió útil y acompañado, pero al poco se secó y Silvia le pidió a Nicolás que lo echara a la basura. Bernardo no podía creer lo que oía. El muchacho acudió a la cocina y se detuvo ante los cubos. «Por fin una señal de humanidad en esta casa», pensó Bernardo, pero en ese momento Nicolás gritó.

–Mamá… ¿lo echo en la orgánica o en la de plásticos?

–Da igual –contestó ella.

El niño cerró la bolsa y la bajó al contenedor.

De pronto, el ruido del camión interrumpió sus pensamientos. Bernardo notó cómo se elevaba el contenedor y la bolsa donde se encontraba caía sobre las otras. Lo último que sintió fue un fuerte golpe que lo dejó clavado en un tetrabrik.

 

ANA AÑÓN – foto de Ricardo Ferrando

Ana Añón  (Valencia, 1965). Es Ingeniera Informática por la Universidad Politécnica de Valencia. Imparte formación y consultoría para la aplicación de Técnicas Creativas y de Innovación en los procesos empresariales, educativos y artísticos. Escritora y profesora de talleres literarios. Ha ganado numerosos premios y menciones y participado en diversas antologías y publicaciones, entre las que destacan antologías de relatos y haikus. En su libro de relatos “Días con erre” se recoge el relato ganador del Primer Premio en el Concurso de relatos 21 de marzo del Ayuntamiento de Tres Cantos (2010). El jurado estuvo compuesto por los académicos Luis Mateo Díez y José Mª Merino, y los escritores Milagros Frías e Ignacio Ferrando. Se incluye también el relato que quedó finalista en el mismo concurso y el Accésit X Concurso Narrativa Mujeres Generalidad Valenciana (2009), Miniaturas, en el que se inspiró el corto del mismo nombre del director Vicente Bonet. Este cortometraje acumula doce premios nacionales e internacionales y multitud de selecciones en festivales.

Es autora del libro de relatos Días con erre (Ediciones de la Discreta, 2015) y junto con Isabel Rodríguez del libro de haiku bilingüe, Entre las zarzas/ Entre els esbarzers (Uno Editorial, 2015). Ha participado en varias antologías de los Talleres de Escritura de Madrid y Escuela de Escritores, II Cuadernillo de textos hiperbreves (Pompas de papel, 2007), El sol, los pájaros (Facultad Derecho de Albacete, 2008), Más cuentos para sonreír (Hipálage, 2009), II Antología de haiku (Paseos.net, 2009), Gaceta Haiku Hojas en la Acera (2009), Las mujeres cuentan (Generalitat Valenciana, 2010), Cuentos alígeros (Hipálage, 2010), Un mar de poemas solidarios (Desde la otra orilla para ASPANION, 2012), Antología del haiku en castellano, Un viejo estanque (Comares, 2014), Microrrelatario Grita-Crida IU Estudios Feminista y Género (Universidat Jaume I, 2015), Antología poética de autores valencianos: Miradas para compartir la luz (Centro UNESCO Valencia, 2016),  Luna en el río (Concurso Internacional de Haiku. Facultad de Derecho de Albacete, Uno Editorial, 2017).  Próximamente participará en la antología de haiku 13 lunas y publicará el poemario infantil, Alaridos en la colección Versos para duendes de la Editorial Lastura.

 

 

 

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE MIS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALENCIA

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El pasado domingo, 30 de abril, presenté mis últimos libros en Valencia, en la Feria del Libro, en un día soleado, rodeado de amigos a los que, en algunos casos, veía por primera vez. En la foto anterior se nota el ambiente reinante. De izquierda a derecha: Ana Añón, Fuensanta Niñirola, Ana Lozano, Ana Berrocal, Celia Corrons, Sergio Barce, Alicia Muñoz Alabau, Susi Bonilla, Mauro Guillén, María Tordera y Alicia Corrons.

La presentación fue original, atípica y, a la vez, perfecta. Fue en la Sala Museo 2 del recinto ferial de los Jardines de Viveros, un entorno fantástico. El acto comenzó con el editor Mauro Guillen, que coordina al Grupo BiblioCafé, para introducir a los asistentes en mi obra. Hay que decir que, entre el público, sólo había un hombre, y que el resto eran mujeres, lo que prueba que son ellas las más entusiastas con la literatura. Luego, tomó la palabra la escritora Susi Bonilla. Nos sorprendió a todos. Sus palabras salían llenas de entusiasmo, de profundidad, y me dio una visión muy diferente de mis propias novelas. Le agradezco profundamente el trabajo que le ha dedicado para que el público quedara prendado de mis libros. Abajo podéis leer sus palabras, aunque he de decir que en directo son más elocuentes e hipnóticas, porque Susi actúa mientras habla y su entonación es capaz de rendir al enemigo más contumaz. Eso lo disfrutamos quienes estuvimos allí.

Y, finalmente, me tocó a mí hacer ese recorrido que ya habían iniciado Mauro y Susi, y me fue muy fácil hablar de mis motivaciones literarias y personales que me llevan a escribir sobre Marruecos. Descubrí algunas lágrimas entre las tangerinas y tetuaníes que asistían a la presentación.

Pero el acto nos reservaba aún su parte más onírica, divertida y original: a continuación de nuestro acto, llegaba el siguiente (que descubrí que era de otra amiga: Judith Cohen, pero ni ella sabía que yo estaba allí, ni yo que ella también lo estaría, y nos ofuscó el hecho de no haber compartido mis libros y su música sefardita, porque  habría resultado genial;  así que quedamos para hacerlo en otra ocasión)., y como la hora se echaba encima anuncié que teníamos que acabar. Fue entonces cuando el público dejó patente que la presentación se les hacía corta, de manera que, sobre la marcha, decidimos seguir en una de las jaimas existentes en la Feria del Libro, y allí nos fuimos… La charla continuó y tuve el placer y la fortuna de poder dedicarles mis libros a las amigas y a ese público tan cariñoso y entregado, que me hizo sentir realmente feliz.

He de dar las gracias a Mauro Guillén por su ayuda, a Susi Bonilla por sus palabras inolvidables; a la mejor anfitriona y fotógrafa con la que podía contar: Celia Corrons, un descubrimiento en persona; y a las escritoras de la Generación BiblioCafé que estuvieron a mi lado: Susana Gisbert, Ana Añón, Fuensanta Niñirola, Alicia Muñoz Alabau y María Tordera, con las que congenié enseguida (a Fuensanta ya la conocía de antes, y me alegró muchísimo verla de nuevo). A José Luís Rodríguez Núñez de Librería BiblioCafé por su ayuda para que los libros estuviesen en la presentación. Y al resto de las personas que acudieron y que disfrutaron con nuestra compañía: las hermanas Lozano, Olga y Chelo, Ana Lozano, Ana María Martínez, Alicia Corrons, Ana Pons, Concha Espín…

Y aunque eché en falta a algunos larachenses, sé que si no estuvieron fue por alguna razón poderosa, pero me acordé de Mariber Grimaldos, Cristina Galbis y Alfonso Santamaría. Me quedé con ganas de verlos. Aunque luego apareció mi amigo de infancia y hermano Emilio Gallego con Maya y los pequeños Daniel y Diana, y Berry y yo pasamos un rato muy familiar a su lado. En fin, que entre todos los mencionados, y Cuchi, la mujer de Mauro, que es divertidísima, y la amabilidad de Arturo, marido de Celia, así como su hermano, sólo me cabe decir que ya estoy deseando volver a Valencia.

Ahora os dejo con las palabras de Susi Bonilla… Me encantan.

Sergio Barce, mayo 2017

Cuando te adentras en las historias de Sergio comprendes porqué este encuentro no podía anunciarse como una presentación sin más. Vamos a tener la oportunidad de viajar a través de sus palabras del mismo modo que consigue trasladarnos por el espacio y el tiempo sin movernos de casa, solo abriendo sus libros y ya desde sus primeras páginas.

Quiero centrarme en sus dos últimas novelas: La emperatriz de Tánger y El libro de las palabras robadas para que los conozcáis y, a través de ellos, poderos mostrar qué tienen estos libros que no tengan la mayoría de los que están expuestos en las casetas. Qué os va a aportar Sergio cuando os llevéis sus libros a casa y abráis las primeras páginas.

En La emperatriz de Tánger cruzamos el charco y nos encontramos a mediados del siglo pasado en un Tánger cautivador y misterioso con unos personajes que atrapan desde las primeras líneas. Un escritor, Augusto, es el protagonista de esta historia, un protagonista con características opuestas al héroe tradicional. Antisocial, adicto al alcohol, las drogas y el sexo. Pese a estas características tan poco atractivas, Sergio me arrastró al  interior del personaje y consiguió que me enamorase de él. Que me enamorase de un sinvergüenza. En el propio texto y en palabras que  Carmen, una de las mujeres que pasan por su vida, le dice al escritor: “Tu personaje, aunque es un sinvergüenza, en realidad es el amante que toda mujer querría tener”. Y lo sorprendente no es enamorarse de Augusto, sino de las mujeres que van pasando por su vida. Así nos va presentando a Yamila, Ester, Carmen o Miriam y no importa si eres hombre o mujer,  te seducen de forma irremediable.

La narrativa de Sergio es tan elegante que incluso la relación de Augusto con Miriam, que es menor,  y que podría resultarnos detestable se comprende y asimila por el vínculo afectivo que creamos con el protagonista y por enamorarnos de las mujeres del mismo modo que lo hace él.

El escritor protagonista busca su emperatriz y se verá inmerso en una trama de novela negra al más puro estilo de Bogart en Casablanca.

Un cierto paralelismo con este libro se produce en El libro de las palabras robadas cuyo protagonista también es el escritor de un libro del mismo título. Este escritor se llama Elio  y, aunque este personaje no muestra un perfil tan patológicamente adictivo, el alcohol y el tabaco son elementos que dominan su conducta. Tánger también es la ciudad donde transcurre la novela aunque hay escenas que transcurren en Málaga y Tetuán. Una muestra de la multiculturalidad de Sergio que se plasma incluso en el personaje de Moses, el psicólogo del escritor, que es hebreo.

La construcción del personaje del psicólogo me parece extraordinaria. El lenguaje, el manejo de las habilidades terapéuticas quedan perfectamente reflejadas y conforman un personaje redondo junto a la evolución del escritor como paciente. Una evolución recreada con realismo y credibilidad desde su escepticismo en las primeras citas, pues incluso acude a terapia no por voluntad propia,  hasta llegar al sosiego cuando saca de su interior lo que le atormentaba pese al dolor que, en ocasiones, le producía hacerlo.

De nuevo en esta novela se produce una característica relevante de Sergio que es la capacidad de dotar de belleza a escenas que pueden resultar aversivas. En este caso las circunstancias y el ambiente hospitalario que rodea al padre enfermo de alzhéimer.

Me he permitido extraer un fragmento en el que el protagonista habla del deterioro de su padre:

“Advertí la torpeza con la que ejecutaba cada operación, como si sus articulaciones se hubieran oxidado. En ese instante me di cuenta de que el tiempo había pasado por encima de mi padre, arrollándolo”.

Es imposible no contagiarnos del dolor, de la ternura o de la tristeza de los personajes ante esta sensitiva forma de transmitir lo cual produce una poderosa identificación con los personajes y con muchas de las circunstancias por las que pasan.

Aunque el protagonista de esta historia, al igual que la anterior, se ve inmerso en circunstancias amenazantes, yo no la calificaría como novela negra sino como novela de intriga y romántica. Una historia plagada de secretos, esos que todos tenemos o que hay en cualquier familia y que, el día que se desvelan, nos rompen todos los esquemas.

Esta novela introduce unos elementos novedosos en la narrativa de Sergio que no habían aparecido hasta este momento. Está aderezada por un toque de realismo mágico a través del personaje de su madre muerta con el que va contactando a lo largo de la historia. También el propio libro de hojas blancas en el que se pueden leer todas las palabras de los libros perdidos o destruidos introduce un elemento sobrenatural.

Junto a estos elementos que dan pinceladas de misterio y ocultismo a la narración nos encontramos con escritores conocidos y lugares reales como la librería Proteo. Una combinación que resulta muy atrayente al lector.

No quiero extenderme más respecto al contenido de ambos libros pues mi recomendación es que os adentréis en ellos para disfrutar de los aromas de Tánger, para recorrer sus calles de la mano de Sergio y para sentir todo un cúmulo de sensaciones que su narrativa te inyecta directamente en vena hasta llegar a unos finales que no os van a dejar indiferentes.

En los últimos tiempos se está sacrificando el arte literario por conseguir una trama atrayente. Se está perdiendo los artesanos de la palabra, los que pulen y embellecen el lenguaje, y no solo importa lo que se dice sino cómo se dice. Esa es la verdadera literatura. Sergio es uno de los escasos escritores que consiguen atrapar con su trama mediante una narrativa precisa, cuidada y elegante sin perder por ello ni un ápice de intensidad en su historia.

Combina de forma magistral ficción y realidad y sabe confundirlas de forma magistral hasta fusionarlas. Es un escritor sensorial especialmente habilidoso en conseguir que el lector empatice con sus personajes lo cual facilita que nos identifiquemos con ellos en muchas escenas.

Cuando impartes un taller literario se insiste a los alumnos en la importancia de  mostrar en lugar de contar y Sergio es el mejor ejemplo de ello.

Dijo Tolstoi que todas las obras, para ser buenas, deben brotar del alma del autor. En el caso de Sergio no solo brotan, sino que deja un pedacito de su alma en ellas y consigue llegar a las nuestras. Es una experiencia que no debéis perderos y por ello os recomiendo su lectura que, sin duda, disfrutareis, al igual que ahora con sus palabras.

Susi Bonilla 

Galería Fotográfica de la presentación de mis libros en la Feria del Libro de Valencia 2017 (la mayoría de las fotos son de Celia Corrons, y algunas de Susi Bonilla):

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SE EDITA “¿CUÁNTO PESA UN LIBRO?”, NUEVO VOLUMEN DE RELATOS DE GENERACIÓN BIBLIOCAFÉ

Imagen de la presentación

Acaba de presentarse en la Feria del Libro de Valencia, el nuevo volumen que reúne 23 relatos del Grupo Generación BiblioCafé. Su título: ¿Cuánto pesa un libro? (Jam Ediciones / Generación BiblioCafé – Valencia, 2017).

Nuevamente colaboro con el grupo que coordina, dirige y edita Mauro Guillén, y, en esta ocasión, lo hago con el relato titulado Cuentos para Alicia. El resto de los autores son: Alicia Muñoz Alabau, Susana Gisbert Grifo, Franz Kelle, José Luis Rodríguez Núñez, María Tordera, Susi Bonilla, Josep Asensi, Fuensanta Niñirola, Antonio Briones Torres, Felicidad Batista, Angel Marqués Valverde, Giovanna Vivian, Luisa Berbel Torrente, Alfredo Cot, María Isabel Peral del Valle, Sergio Aguado, Rosa Pastor Carballo, José Luis Sandín, Javier Lacomba Tamarit, Carmen Barrachina, Rafael Borrás y Xenia Rambla.

Como bien explica Mauro Guillén en el pequeño prólogo del libro, “…ésta es la décimo quinta publicación de la Generación BiblioCafé y en ella se reúnen 23 relatos que giran en torno a esas huellas que dejaron grandes libros con independencia de sus gramos o tamaño, de la existencia de ilustraciones o de su género…”

 

 

 

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MÁLAGA – 29 DE ENERO – PRESENTACIÓN DE LA NUEVA EDICIÓN DE “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE” DE SERGIO BARCE

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MÁLAGA

En Ámbito Cultural de El Corte Inglés,

en calle Hilera – Librería de El Corte Inglés

29 de enero

a las 19.30 h. 

J.L. Pérez-Fuillerat

J.L. Pérez-Fuillerat

Presentación por el escritor JOSÉ LUIS PÉREZ-FUILLERAT

de la reedición por Ediciones del Genal de mi libro

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO

LARACHENSEMENTE

En este acto, además, pasearemos por el zoco chico, larachensemente, acompañados por:

PACO SELVA

Paco Selva

El pintor y poeta larachense PACO SELVA

que leerá poemas dedicados a Larache.

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Mónica López

Mónica López

La historiadora del arte MÓNICA LÓPEZ

proyectará imágenes de la Medina y Zoco Chico de Larache

y presentará su Guía “Larache, el cálido color de la bienvenida”

SARA SAE

Y la cantante SARA SAE

que interpretará temas fusionando el flamenco

con canciones sefarditas y marroquíes

También el poeta PEDRO ENRÍQUEZ

leerá un fragmento de los relatos 

Pedro Enríquez

Pedro Enríquez

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AVISO

EL ACTO COMENZARÁ A LAS 19:30 HORAS, POR LO QUE SE RUEGA PUNTUALIDAD YA QUE EL SALÓN TIENE UNA HORA CONCRETA DE CIERRE

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Sergio Barce

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