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TETUÁN – 9 DE NOVIEMBRE – PRESENTACIÓN EN EL INSTITUTO CERVANTES DE “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER” Y “EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS”, NOVELAS DE SERGIO BARCE

cubierta definitiva La emperatriz de Tánger

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ASÍ FUE EL RECORRIDO SENTIMENTAL DE LARACHE A TÁNGER, EN GRANADA

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Ayer, en el Palacio Abrantes, en Granada, junto a la cantante Sara Sae, que estuvo de nuevo magnífica interpretando temas andalusíes y sefarditas, y el poeta Pedro Enríquez, que leyó dos de mis relatos pertenecientes a Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, hice un recorrido, a través de mis libros, de Larache a Tánger. 

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La organización del evento, idea de Pedro Enríquez, fue de la Asociación Nueva Acrópolis de Granada. Además de las gracias a Pedro y a Sara Sae, por su generosidad al acompañarme y hacer más amena la presentación de mis obras, he de decir que los organizadores del acto fueron unos anfitriones no sólo perfectos, sino exquisitos, amables y encantadores. Gracias a Antonio Fernández Bernina y a Antonio Martínez por todo.

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Antonio Fernández Bernina, abriendo el acto

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Larachenses: Malika el Amrani el Mrini, Sergio Barce y María Ortega Ayllón

La asistencia de público fue la perfecta, y tuve la suerte de que, entre quienes acudieron, estuviesen dos de mis paisanas larachenses, preciosas y radiantes: María Ortega Ayllón y Malika el Amrani el Mrini, que hizo más de 120 kilómetros sólo para estar en el acto. Me encantó estar con ellas. 

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Un momento de la actuación de Sara Sae

Así que no hay más que decir. Todo salió redondo. Y, mientras firmaba ejemplares, sólo escuché palabras de agradecimiento por lo emocionante que transcurrió la presentación de mis libros Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, El libro de las palabras robadas y La emperatriz de Tánger.

Sergio Barce, octubre 2017

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Pedro Enríquez y Sergio Barce

Pedro Enríquez, con esa voz poderosa que tiene y esa manera suya de entonar y leer, usando la cadencia y la musicalidad precisas, leyó dos relatos. Uno de ellos, Medina de Larache, que transcribo a continuación:

Medina de Larache. Bajas las calles empinadas, zigzagueantes, con el sol cayendo oblicuo. Notas la brisa esquivando los edificios, correteando igual que los niños que se esconden por los vericuetos de su memoria. Huele a salitre, notas la humedad enquistada en las paredes desconchadas, los pies avanzan llevándote hacia el puerto sin una razón determinada, simplemente bajar, traspasar el maremágnum de viejas construcciones marchitas. Se oyen las voces de esos chiquillos que, minutos antes, se escondían de ti, riendo, tratando de que les siguiera su juego. ¡Hola! ¡Hola! Saludan a gritos, antes de volver a salir disparados como si les avergonzara dar la bienvenida. El aroma del té con yerbabuena se escapa por las ventanas, igual que las palabras de una mujer que habla con su hija en una azotea. Un par de rostros te miran con curiosidad desde una ventana enrejada.

Hay estrías abiertas en cada pared, igual que arrugas en la piel de un anciano; pero igual que éste, la Medina de Larache ha ido acumulando decenios de experiencias, rellenando el baúl de sus recuerdos, y cuando llegas a la altura de su corazón te lo abre y te lo muestra, al desnudo. Hay mucho dolor, pero también hay mucha alegría, la de tantas vidas como almas que dejaron algo de ellas, de los suyos. Tantos apellidos muertos, que partieron sin dejar más que el efímero olor de sus voces, un eco que sólo se escucha si se vaga por sus callejones en silencio. A veces, incluso, te encuentras de frente con tu infancia, con la juventud de tus padres, con la madurez de tus abuelos, y les sigues unos segundos hasta que se desvanecen por la calle Real…

Para cuando llegas a la entrada del puerto, rodeado de atunes abiertos en canal, de cubos llenos de jureles y de sardinas, de pescadores sedientos ansiosos por regresar a sus casas, entonces te giras y miras de nuevo la Medina, el portento de su arquitectura frágil y desolada, y sientes el impulso de regresar. Subes de nuevo, dejando atrás el jolgorio de los vendedores, y te sumerges una vez más en el sueño de sus estrechas arterias. Es como si dieras un salto de años, y que hubieras regresado a otra época, a otro mundo. Un rabino parece rezar en la sinagoga, los franciscanos salen descalzos de la iglesia de San José, el almuecín llama a la oración desde la mezquita. Se oye al viento bambolear unas sábanas,  los golpes de una anciana tratando de limpiar una alfombra, tus pisadas buscando tus propias huellas. Esta tarde sólo hay tiempo para caminar, sólo hay tiempo para dejarse llevar, no hay destino, no hay prisas; la Medina de Larache te arropa, tranquila, amablemente, y vuelves a ver otro espectro que te saluda con la mano y te sonríe, igual que hacía tu abuelo cuando te esperaba en la calle Real, otra vez en la calle Real, con todos ellos…

GALERÍA FOTOGRÁFICA:

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GRANADA – 20 DE OCTUBRE – RECORRIDO SENTIMENTAL ENTRE LARACHE Y TÁNGER, POR SERGIO BARCE

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Este viernes, 20 de octubre

a las 20:00 horas

en el Palacio Abrantes, de Granada

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acompañado por la voz de la cantante

Sara Sae

y por la lectura del poeta

Pedro Enríquez

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el novelista

Sergio Barce

hablará de sus libros haciendo un

recorrido sentimental

de Larache a Tánger

cubierta definitiva La emperatriz de Tánger

 

 

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ENTREVISTA PARA EL PROGRAMA “EL JARDÍ DELS MANDALES”

 

Aquí os traigo la entrevista que me hizo la periodista Lourdes Prat Ferrer, con su calidez habitual, para su programa El Jardí dels Mandales, de CADENA PIRENAICA, RADIO VALIRA/ONDA CERO ANDORRA, y que se ha emitido hoy.

Podéis escucharlo pinchando en el siguiente enlace:  

https://www.ivoox.com/libro-sergio-barce-i-prana-yoga-ana-audios-mp3_rf_21437987_1.html

cubierta definitiva La emperatriz de Tánger

 

 

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FRAGMENTO DE “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER”, UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015). Esta novela es, quizá, uno de los libros que más satisfacciones me ha dado: finalista del XVII Premio de Novela Vargas Llosa 2012 y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía.

cubierta definitiva La emperatriz de Tánger

Os invito a leerla a quienes aún no se hayan aventurado por sus páginas. Os lanzo como anzuelo el inicio del capítulo dedicado al personaje de Esther Lipman… 

ESTHER

Augusto Cobos se limpió las manos con el pañuelo, que luego dobló con cuidado, dio un tirón de la solapa de la chaqueta y comenzó a subir la calle. Tenía la sensación de que ahí afuera, bajo la tenue lluvia, empezaba a respirar libremente. Había escapado de la casa, y era plenamente consciente de ese hecho. Lo asfixiaba el aire empapado a especias de las estancias, la estrechez del pasillo, el repiqueteo insufrible de la manta contra la ventana, lo asfixiaba incluso la entrega de Yamila. 

-Siempre huyes –le había dicho en una ocasión una de sus amantes. 

Llevaba años viviendo solo, refugiándose en sus libros, sorteando cualquier compromiso que pudiera surgir y que para él sólo podía significar recortar sus alas. Quería continuar solo, y no contemplaba otra posibilidad. Sin embargo, en lo más hondo de su ser, temía no llegar jamás a ninguna de sus metas, ser olvidado, no dejar huella, acabar siendo un pobre fantasma que atravesara las paredes sin que nadie se acordara de él.    

Disfrutaba de su soledad, pero se sentía a gusto caminando por Tánger en el agradable crepúsculo, cuando sus calles se convertían en un hervidero de risas, de voces, de idiomas diferentes. Ese día dio un rodeo para entrar por el Zoco, a contracorriente de la muchedumbre que se multiplicaba misteriosamente. Luego, echó un vistazo al hall del Hotel Minzah pero sólo vio a míster Richardson examinando su correspondencia en el mostrador. El viejo diplomático se había girado y había levantado la vista de las cartas, asomando sus ojos grises por encima de la montura de las gafas. Augusto evitó su saludo, fingiendo no haberlo visto, y continuó unos metros hasta el Café de París. 

El local estaba lleno. Las aspas de sus ventiladores ronroneaban con placidez sin conseguir que el aire del local se inmutase. Echó un rápido vistazo, tratando de encontrar a alguien conocido. Fue la señorita Esther Lipman quien llamó su atención alzando el brazo y agitando la mano:

Hey, August! ¡August!

Se habían encendido las luces del local y un brillo apagado ensortijaba las paredes. El murmullo de las conversaciones parecía el lejano rumor del mar. Fue sorteando las mesas, saludando a unos con una leve inclinación de cabeza o llevándose la mano al pecho tras estrechar la de algún viejo conocido marroquí, hasta llegar a la que ocupaba Esther. La besó en las mejillas, se desabotonó la chaqueta, con los hombros y la solapa aún mojados, y se sentó. Luego, de uno de los bolsillos interiores, sacó una pitillera de alpaca.

-August, querido… –su voz era un tintineo que acompañaba a las joyas que llevaba encima-. ¿Dónde te metes, mi rey? Parece que Carmen te ha secuestrado, porque desde que ella te ha secuestrado… Te echo tanto de menos en el Kursaal… ¡Llevo tres noches sin ganar un chavo!

-¿Te ha abandonado tu suerte?

Esther Lipman entornó los ojos, enormes, como su cuerpo, tan rotundo como el de Mae West. Le cogió entonces la pitillera, sacando uno de los cigarrillos, que atrapó ostensiblemente con sus labios. Augusto le acercó lumbre.

-Gracias, nechama.

-¿Y tus amigas? –hizo un gesto con la mano y el camarero le sirvió de inmediato un Pernod.

-Esas memlocas andan por ahí de compras. Ya te habrás enterado de que a Ana María le han tocado unos chavos en la lotería y parece que ahora es la reinona de Tánger… 

-Noto un deje de envidia en tu reproche…

-¡Te entre un mal! Parece que no me conoces… Yo vivo mi vida, me preocupo de mi casa y safi –Augusto le llenaba su copa de champán, lo único que Esther permitía que le sirvieran a partir de las ocho de la tarde-. Brindemos…

Dieron un sorbo a sus copas y, al instante, ella se puso a rebuscar en su bolso hasta sacar un pequeño espejo y una barra de pintura con la que se retocó los labios. Era tan barroca y coqueta como deslenguada.

-En cuanto termine de beberme esto, me largo –dijo Augusto, arrastrando las palabras.  

Esther se quedó un instante en silencio, calibrando sus opciones de esa noche. Entrecerró los ojos, como si renunciara a algo ineludible, dio una calada al pitillo y exhaló el humo en la cara de Augusto. 

-Si quieres podemos ir a mi casa. Podríamos celebrar por adelantado lo de tu libro… Si la doña de Carmen te da permiso… 

-No, hoy no –sacudió la cabeza, y miró a su alrededor como si buscara a alguien que no aparecía.

Ella lo estudió con perplejidad, como si no diera crédito a su desplante. Sin embargo, agitó su cabellera y soltó una risotada. En el fondo, le gustaba ese tipo delgado y huesudo que, cuando estaba de buen humor, podía mostrarse todo lo generoso que su carácter le permitía. No la trataba peor que esos cabrones del casino, los prestamistas que se la cepillaban en los servicios a cambio de unas pesetas que sólo le servirían para un par de jugadas más. Pero Augusto Cobos, aunque era otro putero, al menos la hacía sentirse como una mujer de verdad y no babeaba buscándola luego como un perro apaleado.

-Tú te lo pierdes… -refunfuñó, guasona.

-Ya encontrarás algo que echarte a la boca…

-Eres terrible, August… -y arqueó una ceja antes de añadir: Un día tendrás que contarme qué te hace esa doña para tenerte así de shalado

Si había algo que admirase de Esther, y quizá fuera una de las razones por la que la consideraba una amiga, era esa ausencia de orgullo o de dignidad, esa inconsciencia que la hacía inmune al sarcasmo… 

 

 

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