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Otros libros, otros autores: JUEGO DE CARTAS de MAX AUB

En las pasadas Navidades, me regalaron la novela “Juego de cartas” de Max Aub. Es una obra que se publicó en México en 1964 y, desde entonces, no se había reeditado. Pero “Cuadernos del Vigía” lo hizo hace pocos meses, y desde que había leído un artículo en la revista de letras “Los papeles mojados” sobre este curioso libro, anhelaba adquirirlo, así que recibí el regalo con alegría.

El libro lo forman 108 naipes, es decir, es una baraja de cartas (en barajas española y francesa), y en el anverso de cada uno de los naipes hay un dibujo de Jusep Torres Campaláns, y en el reverso el texto escrito por Max Aub.

Hay dos grandes curiosidades en esta obra única y socarrona: la primera es que Campaláns, el pintor, jamás existió, era una invención del propio Max Aub (como se relata más abajo, lo que dio lugar a situaciones realmente cómicas) y la segunda son las instrucciones que se indican en la caja que contiene estos 108 naipes invitando a jugar y a leer, y que termina diciendo: “Es juego de entretenimiento, las apuestas no son de rigor. Permite, además, toda clase de solitarios. Gana el que adivine quién fue Máximo Ballesteros.

Max Aub

Como digo, la curiosidad por este singular libro me la despertó un artículo escrito en “Los papeles mojados” así que le pedí a Manolo Yruela, que la dirige, que me remitiera, si eso era posible, el artículo del que es autor José Sánchez Pedrosa. No ha tardado en hacerlo, y creo que os va a resultar tan divertido y fascinante como me lo pareció a mí (aún me lo sigue pareciendo).

MAX AUB:   JUEGO DE CARTAS Por José Sánchez Pedrosa

Que la literatura es algo serio es un convencimiento que va desapareciendo con la edad. En el caso de Max Aub, este aserto es comprobable simplemente echando un ojo a su bibliografía. El autor que mejor ha novelado la guerra civil, que teatralizó o relató el drama de los refugiados republicanos en los campos de concentración franceses, de los judíos, de la muerte del Che, de la dictadura de Franco y de treinta años de exilio, publicó en 1958, a los 55 años de edad, la ficticia biografía de <Jusep Torres Campaláns>. El propio Max Aub pintó los cuadros de este vanguardista amigo de Picasso, retirado del mundo después de haber contribuido a la invención del cubismo. Simultáneamente a  la presentación del libro, se expusieron los cuadros de Torres Campaláns en una exposición que tuvo una gran repercusión. ¡Cuánto tuvo que reírse Max Aub cuando algunos encumbrados críticos afirmaron haber conocido al pintor en París!

Divertido por el éxito de su patraña, y seguramente cansado ya de ser  notario literario de una de las épocas más convulsas de la historia del mundo, Max Aub inaugura con ésta una serie de obras que, humorísticas o serias, se pueden calificar de bromas literarias. Desde entonces, y hasta después de su muerte, va a publicar la <Antología traducida> (1963), <Juego de cartas> (1964), <Imposible Sinaí> (1982) y desde 1961 a 1968, <El Correo de Euclides. Periódico conservador>, la gaceta satírica que editaba todos los 31 de diciembre para felicitar el año a sus amigos. <La Antología> e <Imposible Sinaí> son dos brillantes ejemplos del gusto de Max Aub por los heterónimos y por los personajes ficticios que, por obra de la literatura, como Torres Campaláns, cobran vida independiente de su autor.

<Juego de cartas> es un paso más atrevido en la literatura lúdica de Max Aub. La publicó en Méjico, en 1964, Alejandro Finisterre, el editor gallego que, además de inventar el futbolín, dio a la imprenta buena parte de la producción literaria del exilio español en México. El libro tenía un formato sorprendente: un estuche de cartas, cuyo dibujo correspondía a Jusep Torres Campaláns y cuyo autor era Max Aub. Abriendo la caja y extrayendo la baraja, el sorprendido lector, que ni siquiera tendría claro si el tal Campaláns era, o no, una mixtificación, se encontraba con 108 cartas, 54 rojas y 54 negras, con las que no sabría bien qué hacer: si sentarse en el sillón a leer la novela que había comprado; o si llamar a sus vecinos para, alrededor de la mesa camilla, echar unas manos a la  canasta.

Y es que de ambas cosas participa el artefacto. La ambigüedad es el basamento sobre el que Max Aub construye la obra. La dilogía aparece ya en el título. <Juego de cartas> vale tanto como “juego de naipes” que como “conjunto de epístolas”. Lo novelesco pertenece a la segunda interpretación y lo lúdico a la primera. En su anverso, las cartas venían sobreimpresas con un texto; y el reverso, presentaban los curiosos dibujos de Torres Campaláns. Ninguna de ellas aparecía numerada, de modo que después de barajar por primera vez, la posibilidad de una lectura tradicional se esfumaba. De modo que había que jugar y para eso estaban las reglas del juego impresas en la parte de atrás del estuche: “Se baraja, corta, reparte una carta a cada persona que toma parte en el juego. La primera, a la derecha del que dio, lee su texto, luego, el siguiente, hasta el último. Después, el primero saca una carta del monte formado por las que quedaron, la lee, y así los demás sucesivamente hasta acabar con los naipes. Puede variarse el juego dando, desde el principio, dos o tres cartas, a gusto de los jugadores, con la seguridad de que el resultado será siempre diferente. Es juego de entretenimiento; las apuestas no son de rigor. Permite, además, toda clase de solitarios. Gana el que adivine quién fue Máximo Ballesteros”.

Todas las cartas se refieren a Máximo Ballesteros, el protagonista recién fallecido, y cada una de ellas va firmada por otro personaje. Max Aub, el autor, es aquí un mero compilador, que sólo se deja ver en un par de ocasiones en que la firma de la carta es “ilegible”. El resto son amigos, amantes, familiares, compañeros de trabajo, médicos, confesores de la mujer y la mujer misma, que se cruzan cartas entre sí a propósito de la muerte de Máximo Ballesteros. Casi todos ellos tienen una opinión sobre el difunto y el juego estriba en que ésta no coincide. Ignacio Soldevila Durante apunta la idea de que, a partir de las coincidencias fonéticas del  nombre, mucho del personaje coincida con su creador. Es muy posible y seguramente se trate de una ambigüedad deliberada. El juego es eterno, la posibilidad combinatoria de las cartas siempre dará perfiles nuevos a este Máximo Ballesteros, cuya personalidad se trata de descubrir.

Según Soldevila Durante, el libro se convierte en una obra que pone en cuestión el concepto de autoría, dado que es el receptor quien construye el personaje y no el novelista. Según él, el hecho obedece a que “el principio de autoría se ve replanteado en un mundo cada vez más socializado, en el que los valores individuales, por la fuerza de las cosas, van perdiendo puestos en la escala estimativa, a favor de los valores colectivos”.

Max Aub era socialista, pero uno cree que su socialismo no llegaba a tanto. Más bien, lo que se pone en juego (perdón por lo oportuno de la expresión) es un problema más caro a la posmodernidad: no se trata de una socialización de la autoría, sino una elucubración sobre la identidad. Como en las cartas que cada uno va cogiendo del montón, la identidad personal es fragmentaria, proteica, variable y, a fin de cuentas, inexistente. Lo que desaparece no es el autor, que firma esta vez con todas sus letras, sino el personaje, el individuo. <Juego de cartas> es, en este sentido, un experimento que da al libro un alcance filosófico que va bastante más allá del mero juego vanguardista.

Decíamos antes que la ambigüedad era el principio constructor del libro. Sólo hay que darle la vuelta a las cartas: todas ellas tienen un valor doble. La jota, por ejemplo, lo es de oros-rombos; y el seis, de picas-oros. Dicho de manera menos metafórica: no hay valores seguros. Porque ¿quién es Máximo Ballesteros? Sólo hay coincidencia en que era un funcionario conservador y mujeriego, casado con una mujer tradicional con la que no se lleva. El ser funcionario y de derechas es algo comprobable, objetivo. Lo de ser mujeriego, lo certifica el jugador-lector contando las amantes que firman cartas (a uno, sin querer perder demasiado el tiempo contándolas, le han salido más de 25). Podemos, entonces, asegurar que Máximo era, como dice un personaje, “un hombre abierto en busca de todas las aberturas”.

Max Aub

El resto de sus cualidades, sin embargo, dependen de las cartas que le toquen a uno. Máximo Ballesteros puede ser un cobarde, un egoísta, un vitalista, educado, inaguantable, valiente, honrado, reconcentrado, inseguro, desgraciado, hijo de la tal por cual, soberbio, taciturno y encantador, exquisito, correcto con los subordinados, etc, etc. Y todos tienen razón. La identidad se construye con el reflejo que de nosotros proporciona el espejo de los que nos rodean. Ese parece ser el verdadero objetivo del juego: tomar conciencia de quienes somos; o, mejor dicho, de quiénes no somos. No hay un yo, nos viene a decir Max Aub; sino una multiplicidad de yoes. Y esto no es un juego. Hay ocho cartas que se ocupan de recordárnoslo. Generalmente las cartas son descriptivas o declarativas o narrativas, pero hay ocho que ni describen a Máximo, ni retratan al remitente ni narran ninguna anécdota. Max Aub dispuso cartas suficientes para que, por combinatoria, saliesen prácticamente en todas las partidas. Son cartas que inciden en la imposibilidad de describir a nadie. “Los hombres son un puzzle”, dice una. “¿Un cadáver es un algo tangible, que existe, pero un vivo qué es?”, se pregunta otra. “Imposible saber” y, más claro imposible: “eres lo que se figuren que eres, con mayor o menor conocimiento de causa”.

Y en este enseñar deleitando que nos propone Max Aub, la dimensión filosófica se da al lado de la novelesca. Si novela, como decía Cela, es todo escrito que lleve la palabra novela debajo, <Juego de cartas> también podría serlo. Y de las realistas. Describiendo a Máximo Ballesteros, los remitentes descubren sus vidas, sus caracteres, las relaciones que mantienen entre ellos, creando una sociedad tan compleja, mentirosa, hipócrita y apasionante como las de <La Calle de Valverde> o <Las buenas intenciones>. Al intercambiarse cartas, los personajes dialogan, se mienten, se descubren cosas de su pasado y el lector-jugador, con ellos. El estilo de Max Aub es acendrado, compacto, eficacísimo para crear esa malla que se va tejiendo conforme avanzan las partidas. El entretenimiento está asegurado porque, además, hay también intriga, como en las novelas tradicionales. Según la carta que destapemos, la trama va a tener un giro inesperado. Máximo, según algunos, se ha suicidado. Según otros, lo mató su mujer. ¿Mujeriego? ¿Pero no era homosexual de jovencito? Si te toca el 2 de espadas-tréboles rojo, descubres que tuvo una hija subnormal producto de uno de sus adulterios. También puede ser un delator. Una vida entera da para mucho. Por otra parte, a veces, los momentos de humor negro recuerdan a los mejores de <Crímenes ejemplares>. ¿Qué más quieren que les diga?  Abandonen la literatura. Pierdan el tiempo. Jueguen a las cartas.”

En cuanto a la revista de letras “Los papeles mojados” me permito reproducir más abajo lo que Manolo Yruela me ha enviado para que sea presentada a quienes no la conozcan (y que os recomiendo).

Sergio Barce, marzo de 2011

 

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Los papeles mojados de Ríoseco es un proyecto cultural que tiene el formato de revista impresa y que ya tuvo una primera etapa en la que se editaron siete números (el primero en 1999, el último en 2005). Ahora se trata de refundar el proyecto para iniciar una segunda etapa.

Se trata de una revista de literatura vinculada a la editorial Point de Lunettes. Su ISSN es 1576-4230

La Editorial Point de Lunettes nació en 2002 y lleva publicados hasta el momento 24 libros.

Publica libros de literatura y pensamiento (con incursiones en el libro de arte) y su ámbito de distribución es Nacional (España) e internacional (Hispanoamérica). La editorial nació en las provincias de Sevilla y Huelva, que es donde se ubican sus componentes.

En cuanto al contenido, la revista Los papeles mojados de Ríoseco tendrá las siguientes secciones: Sigue leyendo

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