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MIS PELÍCULAS FAVORITAS 2

 

Segunda entrega. Después de Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), doy un salto atrás, hasta 1949, año de estreno de El manantial (The Fountainhead), largo dirigido por el gran King Vidor.

Al volver a visionarla, me he dado cuenta de que tiene algunos puntos en común con la primera, con Matar a un ruiseñor, especialmente dos: el primero, la dignidad del individuo; Atticus Finch en la cinta de Mulligan, al que da vida Gregory Peck, y Howard Roark en esta de El manantial, personaje encarnado por Gary Cooper. Es indudable que ambos actores, Peck y Cooper, junto a Henry Fonda, Spencer Tracy y James Stewart, conforman ese grupo de intérpretes que traspasaban la pantalla para ir más allá del personaje, los que mejor han encarnado la decencia. Y el segundo punto, el juicio. Y es que en ambas cintas hay un juicio y un tribunal. En una, Gregory Peck hace un hermoso alegato contra el racismo y la defensa de la presunción de inocencia de todo hombre; en la otra, Gary Cooper se dirige al tribunal para probar que sus actos violentos están justificados (llega a dinamitar la construcción de un edificio que había diseñado porque, con engaños, se construye sin seguir sus directrices), y realiza también un modélico discurso para defender la libertad creativa de todo artista, incluyendo a los arquitectos, y la integridad del mismo creador, que debe estar por encima de modas, intereses o presiones, todo ello con un larvado pero efectivo ataque contra los corruptos y contra quienes se venden con tal de satisfacer al poder. No puede ser más actual.

La diferencia entre ambas películas está en la sensualidad que desborda El manantial.

Haciendo una breve sinopsis, en El manantial, un arquitecto, innovador y vanguardista, que se adelanta a su tiempo con los proyectos que diseña, ha de luchar día a día contra una sociedad en la que sólo impera el dinero, la manipulación de las masas, el borreguismo, el pensamiento único… Parece que estuviera hablando de hoy en día. Pero este film, también adelantado a su tiempo, se rodó apenas cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.

GARY COOPER y PATRICIA NEAL en El manantial

El arquitecto, Howard Roark, va a enfrentarse a pruebas muy duras para poder sacar adelante sus ideas, ideas que van contra las que imponen el poder, encarnado por un personaje oscuro e intrigante llamado Toohey, al que da vida con maquiavélico cinismo Robert Douglas, y contra las que imponen los medios de comunicación, que, en el film, están representados por un multimillonario dueño del periódico sensacionalista The Banner, y al que interpreta Raymond Massey, uno de los mejores actores de carácter de la historia del cine. A Massey se le recuerda en papeles como los de El caserón de las sombras (The old dark house, 1932) de James Whale, Arsénico por compasión (Arsenic and old lace, 1944) de Frank Capra, con ese personaje siniestro pero cómico del asesino desfigurado que aterroriza a Cary Grant, o su papel como padre de James Dean en Al Este del Edén (East of Eden, 1955) de Elia Kazan, por nombrar sólo tres de sus magistrales trabajos. Pues bien, en El manantial, Raymond Massey borda el papel de hombre sin escrúpulos que, sin embargo, al conocer a Howard Roark, se verá a sí mismo cuando fue joven y tenía aún ideales, y será él quien, dejando a un lado sus propios intereses y su despreciable uso de la prensa amarilla que sólo hurga en los escándalos y trapos sucios, salga en defensa del protagonista, hasta que se dé cuenta de que eso sólo le lleva a enfrentarse, como hace Roark, a todos.

Pero, como decía más arriba, El manantial guarda una notable diferencia con Matar a un ruiseñor, y es su erotismo. Hay films que se consideran eróticos, como Instinto básico (Basic instinct, 1992), porque hay una escena en la que se vislumbra el sexo de Sharon Stone, lo que no es sino algo burdo; y hay otros que se consideran eróticos porque sus escenas, elegantes y sinuosas, rezuman sensualidad y sexualidad. Es lo que ocurre en El manantial.

La película, además de ser ese canto a la libertad creadora del artista, a la integridad del ser humano, además de denunciar la corrupción y el arribismo (muy bien ejemplificado en la película en el arquitecto Peter Keating, capaz de venderse con tal de entrar en la jet set), además de todo eso, es un film muy romántico. King Vidor da un toque maestro en su cinta: cuando el protagonista ha de rechazar el ejecutar sus proyectos porque no quiere ceder en sus planteamientos, acabará trabajando en una cantera, como simple peón que taladra la piedra para arrancar el mármol con el que se construirán los edificios que él desearía levantar. Es ahí, bajo un sol de justicia, donde Howard Roark / Gary Cooper, se encontrará por primera vez con la hija del dueño de la explotación, Dominique Francon, a la que encarna la actriz Patricia Neal. Patricia Neal nunca ha estado tan arrebatadora. Saltan chispas en cuanto sus miradas se cruzan, y no es difícil adivinar que, especialmente en ella, se despierta un deseo sexual casi irrefrenable. La sensualidad se ejemplifica en esta cinta de muchas maneras, pero a modo de ejemplo encontramos ya un detalle significativo en ese primer encuentro: ella lo ve taladrando la piedra, y entra entonces en juego el montaje de David Weisbart, ejemplar para el fin que se persigue, ya que corta cada toma mientras la cámara va acercándose al rostro de los dos protagonistas y, en cada corte, vamos observando el esfuerzo físico de Gary Cooper, luego cómo el taladro penetra en la piedra, a continuación la tensión de sus músculos, su brazo sudoroso empujando la taladradora… Simbolismo de su poder fálico, en contraste con la mirada de Patricia Neal, llena de deseo y de pasión, y que va sucumbiendo de manera inevitable. A partir de ese instante, la atracción física de los dos se convierte en una pieza fundamental de la cinta. Y sin embargo, se conjuga a la perfección con la honestidad y dignidad de Howard Roark que, realmente enamorado de ella, sabrá esperar el momento para que esa mujer, desbocada y visceral, caprichosa a veces pero entregada en cuerpo y alma, se dé por vencida y ceda a lo que él espera de ella.

Esa atracción sexual que explota en la pantalla, se trasladó a la realidad, y la relación entre Gary Cooper y Patricia Neal se convirtió en un gran escándalo, alimentado aún más por la prensa sensacionalista (una especie de paradoja teniendo en cuenta el argumento de la película) ya que la esposa de Cooper era católica practicante.

Hablar de Gary Cooper es hacerlo de un icono. Por muchos, está considerado como el mejor actor de cine de la historia. Yo sólo sé que, cada año, lo veo en Solo ante el peligro (High noon, 1952), y que, en cada ocasión, descubro un nuevo detalle en su interpretación. En El manantial dota al protagonista de ese aire entre hombre inocente y hombre determinado que no se arredra por nada y que supo utilizar en sus trabajos con tanta inteligencia.

En cualquier caso, la cinta es fantástica. El director King Vidor fue uno de los grandes maestros del cine, suyas son las obras maestras El gran desfile (The big parade, 1925) con John Gilbert, Y el mundo marcha (The crowd, 1928), Aleluya (Hallelujah, 1929), Noche nupcial (The wedding night, 1936) también con Gary Cooper, Stella Dallas (1937) con Barbara Stanwyck, La pradera sin ley (Man without a star, 1955) o su suntuosa versión de Guerra y paz (War and peace, 1956) con unos inolvidables Henry Fonda y Audrey Hepburn. Junto a estas cintas, Vidor llenó no sólo El manantial de un aroma sensual tiznado de inteligencia, sino que hizo lo mismo en uno de sus mayores éxitos: Duelo al sol (Duel in the sun, 1946) con Gregory Peck y Jennifer Jones, arrastrándose literalmente uno hacia el otro empujados por el deseo, y en otra cinta llena de atractivo, que fue Pasión bajo la niebla (Ruby Gentry, 1952) de nuevo con Jennifer Jones ahora atrapada por el imán de Charlton Heston.

La influencia del cine mudo, al que regaló quizá sus obras más redondas, se aprecia en El manantial en el uso de la fotografía, de la que se encargó Robert Burks, y que estaba evidentemente influido en este trabajo por la alargada sombra de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles. Burks, con el tiempo, se convirtió en el director de fotografía predilecto de Alfred Hitchcock.

Por último, la música de la película es del maestro Max Steiner. Compositor tan prolífico como admirado, tiene tantas bandas sonoras conocidas y aclamadas que sólo mencionaré tres de ellas: Lo que el viento se llevó (Gon with the wind, 1939) de Victor Fleming, Casablanca (1942) de Michael Curtiz o Centauros del desierto (The searchers, 1956) de John Ford.

El manantial, una película arrebatadora.

Sergio Barce, julio 2017

 

 

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