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“HARRAGA”, UNA NOVELA DE ANTONIO LOZANO

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ANTONIO LOZANO, Saljo Bellver, Abdellatif Bouziane y Sergio Barce

“…La mayoría de ellos eran también pequeños traficantes de hachís. Desde Ketama les llegaba la mercancía, que distribuían después en el mercado local. Atravesé en taxi el Rif, desde Tetuán hasta Nador, bordeé el Atlántico hasta Larache, donde terminaba mi zona de influencia. Allí conocí a Ahmed Buceta, un personaje singular, distinto al resto del equipo.

Había hecho alguna incursión en España, animado por Hamid, antes de mi incorporación a la familia. Decidió no volver a intentarlo el día que un aduanero le pidió que se bajara los pantalones, bajo los que ocultaba unas barras de hachís. <Déjalo tranquilo, hombre, que igual se caga del miedo nos deja esto hecho una mierda>, lo salvó otro, y dejó atrás la risa burlona de los dos capullos de verde con la promesa de no volver a intentarlo. Desde entonces, vive en Larache, su ciudad natal, donde se las arregla modestamente con sus trapicheos. Terminó sus estudios secundarios en el Instituto Español de Tánger, y su vida transcurre ahora entre libros, burdeles y amigos que, como él, nunca cambiarían una pipa de kif en Marruecos por una raya de coca en cualquier otro lugar del mundo…”

    De Antonio Lozano he escrito en varias ocasiones. Merece que se escriba de él. Tanyaui de los buenos, hasta la médula. Botón de muestra, esa preciosa novela suya titulada Un largo sueño en Tánger. Compartimos buenos momentos en Málaga cuando me pidió que presentara su libro Me llamo Suleimán, y aún mejores, creo, en su ciudad, en Le Cercle des Arts, junto a Saljo Bellver y Luis Leante.

   Acabo de zamparme su novela Harraga (Editorial Zech – Tenerife, 2011) que había sido antes publicada por Zoela Ediciones en 2002, galardonada con el Premio Novelpol de 2003 a la mejor novela negra publicada el año anterior en España. Tras leerla, me veo obligado a volver a escribir de Antonio y de este libro.

HARRAGA portada

   Harraga es un término marroquí que significa “los que queman”, y con el que se designa a los emigrantes ilegales, que hacen desparecer su documentación antes de emprender el viaje (así lo explica el autor en el glosario del comienzo de la novela). Pero, como suele hacer Antonio Lozano, sus páginas no se limitan a narrar las peripecias de un chico marroquí cruzando el estrecho. Su narrativa es siempre más profunda, más incisiva, más apasionada, y, por eso, en esta novela nos hace un retrato descarnado y certero de la sociedad marroquí, especialmente la tangerina, la tanyaui, que él conoce a la perfección. Suelo identificarme con su escritura, no sólo en la forma sino también en los temas que aborda, y coincidimos en muchos de nuestros planteamientos. Eso nos acerca aún más.

   Jalid Temsamani es el protagonista. Es un joven que busca su dorado. Su historia es la de miles de hombres como él que tratan de salir de la miseria de su entorno y que acaban devorados por las circunstancias, por la realidad, por los lobos que acechan. Antonio nos guía para llevarnos a la celda (porque la habitación que ocupa Jalid en el hospital es una suerte de celda inhumana) donde el protagonista ha acabado tras una peripecia increíble. Ya sólo es un despojo, un ser vencido; y desde ahí, reconstruye su historia para mostrarnos las mayores miserias y vilezas de este extraño mundo en el que vivimos. Desde el tráfico de drogas al tráfico de seres humanos, cualquier actividad es imperiosa para salir del boquete, pero las aspiraciones de Jalid por sacar a su familia adelante, de convertirse en alguien con un futuro se van tornando en una pesadilla kafkiana. Poco a poco, al igual que sus amigos, irá siendo devorado.

   Antonio hilvana con maestría los peldaños que van conduciendo a Jalid a la pérdida de su orgullo y a la pérdida de todas las esperanzas. Tanto la corrupción a ambos lados de la orilla, en Marruecos y en España, como las artimañas que utilizan las mafias para mercadear con las vidas ajenas son radiografiadas con certeza y realismo. Y también lo es ese retrato que hace de la desidia que se respira en Marruecos, esa desidia que da lugar a situaciones de marginalidad buscadas a propósito por quienes saben que en un ambiente de miseria pueden conseguir a quienes hagan el trabajo sucio, por desesperación.

   Hay acción, hay misterio, porque Harraga es novela negra. Pero también es drama y es narrativa realista. Se reconoce la mano de Antonio Lozano cuando se detiene en los detalles que siempre aborda en sus obras, cuando escribe de Tánger, cuando construye a los personajes. Jalid se ve rodeado de gentuza, de los mafiosos y de los corruptos, de los chivatos y de los traidores. Pero Antonio (en eso, ya digo, nos parecemos mucho) también sabe que hay mucha dignidad en Marruecos, y crea los personajes más valientes y más honestos de su novela: los padres y la hermana de Jalid. Me fascina Amina, esa mujer que lucha contra las injusticias de su tierra, y que, aunque cae, se levanta, y continúa en la brecha.

ANTONIO LOZANO ---

ANTONIO LOZANO

   Harraga habla también de las difíciles relaciones familiares cuando las estrecheces son muchas, de la dignidad y de la indignidad, de las pequeñas y de las grandes miserias, de la vida. No es fácil hacerlo en una historia de intriga, pero ahí está la mano del buen narrador para moldear una historia de personas de carne y hueso, con las que identificarse. Jalid nos mueve a la compasión, pero también a la complicidad.  

   Antonio se mueve entre Tánger, Larache y Málaga en una novela que nos obliga a reflexionar. Pero lo peor de su experimento es que, al final, nos demuestra que la realidad que se mueve en el estrecho está llena de estiércol, y que es muy difícil deshacerse de ella. El poder de los corruptos lo contamina todo, y es capaz de sacrificar lo que sea preciso con tal de permanecer ahí, moviendo los hilos y las vidas de gente como Jalid Temsamani, las vidas de los jóvenes que merecerían algo más que acabar olvidados en la nada.

   Sergio Barce, julio 2017

“…Cuando llegó el momento de partir aparté a Munir del grupo, y le deseé suerte. Nos dimos la mano, y en su apretón recibí el último adiós de todos los que mandábamos a la muerte. El taxi me devolvió a la superficie de la ciudad, donde la pobreza se podía ver sin causar demasiados estragos en la conciencia. Le pedí que me dejara en el balneario Chellah, un oasis en la noche tangerina, a orillas de la playa. En ningún otro sitio como en este puedo sentir esa sensación de intemporalidad que sólo Tánger me ha podido ofrecer, esa fusión mágica de todos los tiempos en un mismo momento. Pedí un whisky doble, e intenté huir de Beni Uriaghel dejando que la brisa y el ronroneo del mar acompañaran a la voz envolvente de Salima Abdelwahab:

A lala yelali

A lala yelali

A lala yelali

Soy extraño, berrani

Me preguntaron por ahí

De dónde eres tú

Enseguida respondí

Sin pensar, sin dudar:

Tánger me vio crecer

Donde se cruzan los mares

Y cuando tardo en volver

Sueño con volverla a ver.

A lala yelali

A lala yelali

A lala yelali

Soy un nómada tanyaui.

Entre calles me perdí

Sin saber mi destino

Con la mente confundida

En busca de un camino

Desde entonces comprendí

Que la Tierra no es de nadie

Soy un viajero sin fronteras

Soy un nómada tanyaui.

A lala yelali

A lala yelali

A lala yelali

Soy un nómada tanyaui.

De madrugada recibí una llamada del patrón: el barco salió sin problemas, esa misma noche. El buen tiempo así lo aconsejó, no fue necesario esperar más. La segunda parte de la operación, la recepción de la mercancía en España, podía seguir adelante. Entre todas las modalidades de travesía, estos harraga se habían pagado la más segura: nada de desembarco en la costa, ni de policías esperando a la llegada; nada de tirarse al monte muertos de frío, a refugiarse en la oscuridad: del barco, directamente al trabajo. La organización cobraba así del trabajador y del comprador de mano de obra barata, exenta de impuestos.

Nunca deseé tanto haberme equivocado como aquel día…”

 

 

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “ME LLAMO SULEIMÁN” DE ANTONIO LOZANO

Acabo de asistir en el Teatro Echegaray de Málaga a la representación de la adaptación teatral de la novela Me llamo Suleimán de mi amigo el escritor tanyaui Antonio Lozano. Impresionante. Los espectadores han (hemos) salido de la sala con el corazón en un  puño, emocionados, noqueados. Con dirección de Mario Vega y dirección audiovisual de Juan Carlos Cruz, la puesta en escena es, sin duda, excepcional. Y la interpretación de Marta Viera, desde el mismo arranque de la función, me ha parecido intensa y pasional, arrebatadora y estremecedora, de una gran fuerza. Todo ello, unido al magnífico texto de Antonio Lozano, es un cóctel perfecto. Más de un espectador ha salido con las lágrimas aún prendidas de sus ojos.

Marta Viera interpretando ME LLAMO SULEIMÁN

Marta Viera interpretando ME LLAMO SULEIMÁN

Ayer, tuve el privilegio de presentar esta novela en la Asociación Económica de Amigos del País. Fue un acto sencillo, pero se creó una gran atmósfera de confidencialidad y complicidad, a la que ayudaba la numerosa presencia de tangerinos, amigos y familiares de Antonio. Toda una suerte también para mí el haberlos conocido. Se le notaba a Antonio muy a gusto en la presentación de su obra. Luego, aprovechamos la oportunidad para hablar de su otra novela Un largo sueño en Tánger, y entonces fue cuando algunos de los asistentes se sumaron a nuestro coloquio. Los recuerdos comunes comenzaron a brotar y tuve la impresión de que todos se marcharon con un agradable sabor de boca. 

Antes del coloquio, leí un breve texto sobre Me Llamo Suleimán, y que ahora transcribo a continuación. Me siento realmente orgulloso que alguien como Antonio Lozano pensara en mí como la persona idónea para que presentara su novela. Un regalo, además, contar con su amistad.

Mañana, también dentro del marco del Festival de Teatro de Málaga, volveremos a vernos porque Antonio Lozano es el único autor que se representa por partida doble. Hoy, Me llamo Suleimán, y mañana Los malditos. A disfrutar de nuevo a su lado.

Sergio Barce, enero 2017

ME LLAMO SULEIMÁN de Antonio Lozano

por Sergio Barce

Me llamo Suleimán. No te preocupes si no lo recuerdas, si no recuerdas de qué me conoces. Aquí, nadie me conoce. A menudo hasta siento que soy invisible, pero no, no lo soy. Aunque a veces me gustaría serlo. Mucho. Por ejemplo, cuando bajé del cayuco que me trajo hasta la playa y descubrí que muchos blancos en bañador, unos tumbados en la arena y otros jugando a la pelota, o corriendo por la orilla, me miraban asombrados, deseé ser invisible…

Así comienza Me llamo Suleimán, la novela de Antonio Lozano.

La voz de Suleimán resuena aún en mi cabeza al acabar el libro. Puedo imaginarlo. Antonio Lozano le ha dado alma a ese joven, casi un niño al comenzar su historia, que abandona su tierra para escapar de la miseria.

Dice Suleimán al hablar de su pueblo: “la felicidad, allá, significa no darse cuenta de que la miseria se come a tu familia, a tus vecinos, a tu ciudad. A tu país”

Estremecedor acompañar a Suleimán por las páginas escritas por Antonio, como si formásemos parte de él, como si fuésemos él, y la experiencia es traumática.

Antonio me hace viajar en un camión destartalado desde Malí, cruzando el inhóspito Sahara, hasta la frontera con Melilla. No es amable, porque no me oculta ninguno de los padecimientos de ese viaje descorazonador. Un viaje de injusticias. Me hace sentir además la vergüenza que siente Suleimán encerrado en ese camión, como un cerdo. Cuenta Suleimán que, después de aquello, cuando veía un camión con cerdos sentía rabia; y dice: “siento rabia porque los veo y me reconozco, no lo puedo evitar. Sobre todo en la mirada, sobre todo en la manera de ir, de dejarse llevar”.

Yo decido seguir a Suleimán, y aunque pasamos malos tragos, creo que Antonio va a dejarnos cruzar la valla. Me equivoco. Después de pasar tan malos momentos, sin embargo, no es esa su historia. Antonio me muestra la realidad de Suleimán, y esa realidad es más dura, más inclemente.  

Antonio juega con las palabras y hace que Suleimán pronuncie frases lapidarias ante las que me quedo ensimismado, sin fuerzas.

Suleimán dice: “lo único mejor en el camión era que llevábamos con nosotros la esperanza de alcanzar lo que buscábamos, y eso, en el autobús, había muerto. Se había acabado, habíamos cambiado la esperanza por la vergüenza, por el fracaso. Y eso es peor que el más apestoso de los olores”.

Y añade más adelante: “nadie está para hacer amigos en esos viajes, para contar su vida. Como mucho, para compartir tu miedo, el horror”. 

Y es que hay tanto dolor en este viaje de huida de la miseria…

Antonio describe una escena desgarradora cuando ya viajamos en el cayuco en dirección a Canarias. Yo leo las palabras de Antonio y escucho la voz agarrotada de Suleimán:

“…Fue al amanecer cuando un grito horrible rompió ese silencio, nos sacó a todos de nuestros pensamientos y oraciones. Lo había lanzado una de las madres, al darse cuenta de que su hijo no respiraba. El de Burkina se lanzó sobre ella, cogió al niño y le tocó el corazón, y después el pulso. Intentó devolverle la respiración apretándole el pecho con sus manos, pero no había nada que hacer. Lo volvió a poner en silencio entre los brazos de la madre…

(…) oía los gritos de Yunus ordenándome que lo echara al mar, y eso hice.

(…) El llanto de la mujer no se apagó, y sigue vivo aquí, dentro de mi cabeza”. 

La emoción de este libro no sólo la transmite el dolor de esos personajes que nada tienen, también la noto en pequeños detalles que Antonio convierte en casi mágicos, como cuando a Suleimán, en el Centro de Acogida, ya en España, le dan material escolar.

Cuenta Suleimán: “El director, aquella tarde, nos repartió a cada uno una mochila con cuadernos y libros que, nos dijo, ya aprenderíamos a leer, y un estuche con bolígrafos, lápices de colores, goma, regla, en fin, una maravilla. Eso nos pareció, no te puedes imaginar cómo se nos abrieron los ojos, sobre todo con los lápices de colores. No es que no los hubiéramos visto antes, pero tan nuevos, y además nuestros… La verdad es que eso nos ayudó a pasar esa noche con la ilusión de que al fin, al día siguiente, empezarían a ocurrir cosas nuevas en nuestras vidas. Cosas nuevas y buenas…”

Suleimán está en Canarias. Antonio me cuenta ahora detalles de la nueva vida de Suleimán. Lo veo mejor, ha crecido, pero a medida que la historia avanza, descubro otra clase de miserias. El miedo al extraño, al diferente, crea monstruos. Sin embargo, Suleimán parece capaz de sortear los últimos obstáculos para alcanzar su objetivo… ¿Pero deja Antonio que los logre?

Creo que para saberlo solo les queda embarcarse en este emocionante pero inimaginable viaje junto a Suleimán, y dejarse llevar por las palabras sabias y humanas de una persona que transmite una gran generosidad y que escribe como quien respira, sin el menor esfuerzo: Antonio Lozano.

SERGIO BARCE y ANTONIO LOZANO

SERGIO BARCE y ANTONIO LOZANO

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ANTONIO LOZANO

ANTONIO LOZANO

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MÁLAGA, 26 DE ENERO – PRESENTACIÓN DE “ME LLAMO SULEIMÁN”, UNA NOVELA DEL ESCRITOR TANGERINO ANTONIO LOZANO

Os recuerdo que este jueves, 26 de enero, a partir de las 18.00 h. en la Sociedad Económica Amigos del País, en Málaga, tengo la suerte de presentar la novela Me llamo Suleimán de mi amigo el escritor “tanyaui” Antonio Lozano. Novela que además se representa este viernes en el Teatro Echegaray, dentro del Festival de Teatro de Málaga.

Aprovecharemos el acto para hablar, por supuesto, de su otra novela Un largo sueño en Tánger. Ese precioso libro que nos lleva a su tierra natal.

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