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FRAGMENTO DE LA NOVELA “BROOKLYN FOLLIES” (The Brooklyn follies, 2006) de PAUL AUSTER

Releyendo a uno de mis autores de cabecera, Paul Auster, en concreto su novela Brooklyn follies (The Brooklyn Follies), vuelvo a encontrarme con unos párrafos llenos de significado sobre el arte o la enfermedad de escribir. Yo estoy contagiado de ella. Curiosas las anécdotas y hechos que Auster enumera a través de los protagonistas de su novela.

PAUL AUSTER

PAUL AUSTER

“…-Ridículo. Nadie se hace escritor a los sesenta años.

   El antiguo doctorando y erudito se aclaró la garganta y me pidió licencia para expresar su desacuerdo. No había normas en lo que se refería a escribir, afirmó. Cuando se consideraba la vida de poetas y novelistas, se acababa frente a un absoluto caos, una infinita sucesión de anomalías. Eso se debía al hecho de que escribir era una enfermedad, prosiguió Tom, algo así como una infección o gripe del espíritu que podía atacar a cualquiera en el momento más insospechado. Al joven y al viejo, al fuerte y al débil, al borracho y al sobrio, al cuerdo y al loco. Echa un vistazo a la lista de los gigantes y semigigantes, y descubrirás a escritores que siguieron todo tipo de tendencias sexuales, que asumieron todas las posiciones políticas, que mostraron todas las facetas del espíritu humano: del idealismo más noble a la corrupción más insidiosa. Eran criminales y abogados, espías y médicos, soldados y solteronas, viajeros y enclaustrados. Si no cabía excluir a nadie, ¿qué impedimento había para que un antiguo agente de seguros de vida casi sesentón pasara a engrosar sus filas? ¿Qué ley declaraba que Nathan Glass no se había contagiado de la enfermedad?

   Me encogí de hombros.

   -Joyce fue autor de tres novelas -explicó Tom-. Balzac escribió noventa. ¿Supone eso una gran diferencia para nosotros?

   -Para mí, no.

   -Kafka escribió su primer relato en una noche. Stendhal escribió La cartuja de Parma en cuarenta y cinco días. Melville escribió Moby Dick en dieciséis meses. Flaubert dedicó cinco años a Madame Bovary. Musil trabajó dieciocho años en El hombre sin atributos y murió antes de acabarlo. ¿Nos importa algo de eso ahora?

   La pregunta no parecía exigir respuesta.

   -Milton era ciego. Cervantes sólo tenía un brazo. A Christopher Marlowe lo mataron de una puñalada en una reyerta de taberna antes de que cumpliera los treinta. Al parecer, el puñal  le atravesó limpiamente un ojo. ¿Qué debemos pensar de eso?

   -No sé, Tom. Dímelo tú.

   -Nada. Absolutamente nada.

   -Me inclino a compartir tu opinión.

   -Thomas Wentworth Higginson <corrigió> los poemas de Emily Dickinson. Un engreído analfabeto que calificó Hojas de hierba de libro inmoral se atrevió a tocar la obra de la divina Emily. Y el pobre Poe, que murió loco y borracho en una alcantarilla de Baltimore, tuvo la desgracia de elegir a Rufus Griswold como albacea literario. Sin sospechar siquiera que Griswold lo despreciaba, que su presunto amigo y defensor pasaría años tratando de destrozar su reputación.

   -Pobre Poe.

POE

EDGAR ALLAN POE

   -Eddy no tuvo suerte. No la tuvo en vida, ni tampoco después de muerto. Lo enterraron en un cementerio de Baltimore en 1849, pero pasaron veintiséis años antes de que erigieran una lápida sobre su tumba. Un pariente suyo encargó una inmediatamente después de su muerte, pero el asunto terminó en uno de esos follones cargados de humor negro que le hacen a uno preguntarse quién rige los destinos del mundo. A propósito del desvarío humano, Nathan. Daba la casualidad de que el taller del marmolista se encontraba justo debajo de un terraplén por donde pasaba la vía férrea. En el preciso momento en que daban los últimos toques a la lápida, se produjo un descarrilamiento. El tren cayó al taller y aplastó la lápida, y como aquel pariente no tenía bastante dinero para encargar otra, Poe pasó un cuarto de siglo enterrado en una tumba sin nombre.

   -¿Cómo sabes todo eso, Tom?

   -Todo el mundo lo sabe.

   -No, yo no.”

brooklyn follies portada

El fragmento anterior es traducción del inglés de Benito Gómez Ibáñez para Anagrama, Colección compactos. Barcelona, quinta edición, mayo 2012.

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“PATRIMONIO. Una historia verdadera” (Patrimony. A true story, 1991) de PHILIP ROTH

Mis autores de cabecera: Garriga Vela, Mohamed Chukri, Paul Bowles, Richard Ford, Paul Auster, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Emmanuel Carrére, J.M.Coetzee, Philip Roth (a veces)… Y un montón de libros más de otros escritores, claro. No había leído aún Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) de Roth, quizá porque el último título que había leído de él me había defraudado y temía otro revés. No ha sido el caso. Además, este libro ha removido algún episodio doloroso vivido con mi madre, así que me ha tocado de lleno.

Patrimonio - portada Esta novela autobiográfica de Philip Roth (que he leído en la cuidada traducción del escritor tangerino Ramón Buenaventura), es tan descarnada como envolvente. Escrita en primera persona, narra la dura relación que mantiene con su padre, al que se le diagnostica un tumor cerebral, y detalla todo ese proceso de degradación física que conlleva inevitablemente la vejez y sobre todo esta maldita enfermedad. Hay capítulos realmente duros en la descripción de esa decadencia que sufre todo hombre llegada cierta edad, con los achaques propios y ajenos, con los naturales y los causados por las enfermedades que parecen ansiosas por atacar durante el crepúsculo de nuestros días. Es una especie de larga letanía, una agónica representación del final de la vida. Y a esto se añade el hecho de que, quien padece estos males, es el padre del propio escritor-narrador. Doble padecimiento. Parece ser que a Philip Roth se le criticó en su momento que mostrara tan a la luz todo ese padecimiento, y lo que él, como hijo , experimentó durante ese proceso hasta la muerte de Herman, su padre. Sin embargo, a mí me parece que fue de una valentía admirable. Noto en sus frases el amor por su progenitor, su admiración ante su forma de encarar la vida –aunque no estuviera de acuerdo con él-, su sufrimiento al contemplar la decadencia que se muestra día a día, su desmoronamiento. Hay mucha angustia en las palabras de Philip Roth, y también rabia.

PHILIP ROTH

PHILIP ROTH

Confieso que, cuando en el libro nos desvela cuál es el patrimonio que realmente recibe de su padre, me causa una desazón difícilmente explicable, pero también confieso que es la certificación de una realidad que Philip Roth no duda de arrostrar con sinceridad. Hacía tiempo que un libro no me provocaba tantos sentimientos encontrados, y, a la vez, pese a su visceralidad, o tal vez también por ello, me he reencontrado con la mejor narrativa de Roth. Nadie como él para describir el padecimiento de una enfermedad, la angustia vital; en definitiva, nadie como Philip Roth para enfrentarnos bajo la desnuda luz cenital a nuestra propia imagen (o la de nuestros seres queridos) reflejada sin defensa alguna en el espejo, en el que al fin sólo descubrimos nuestras miserias humanas.

Sergio Barce, abril 2015

“… -Toma –le dije. Luego le tendí el jabón y el manguito y me acomodé en la taza del váter, con la tapa bajada, mientras él se frotaba la espalda con suavidad. Cuando hubo terminado, se agarró ambas nalgas con las manos y se las separó.

-Me ha dicho el médico que haga esto –dijo.

-Pues muy bien –le contesté-. Es una buena idea. Tómate el tiempo que te haga falta.

En 1956, cuando tenía exactamente la edad que yo tengo ahora, Metropolitan Life puso bajo su responsabilidad una sucursal con cuarenta agentes, ayudantes y corredores y doce administrativos en plantilla. Como jefe, mi padre imponía a sus empleados el mismo ritmo incansable que de su propia persona exigía, y el traslado al distrito de Maple Shade significaba su tercer ascenso desde que en 1948, en Newark, había dejado de ser ayudante. La consecuencia de estos ascensos era que lo hacían responsable de una sucursal más importante, donde podía mejorar sus ingresos, pero que se hallaba en peor situación y que facturaba menos que la sucursal anterior, que él ya había redimido de sus dificultades, con mano de hierro, hasta situarla entre las más productivas de la zona. Para él, los ascensos venían a ser una especie de degradación. Lo suyo era pasarse la vida superando las cuestas más empinadas.

Mirándolo ahí, mientras el agua caliente aportaba alivio a las fisuras rectales que, según acababa de decirme, le provocaban aquellas pérdidas de sangre, me puse a pensar que la Compañía de Seguros Metropolitan Life nunca llegó a saber de veras lo que tenían con Herman Roth. Le habían concedido, a guisa de recompensa, una pensión decente, hacía ya veintitrés años, cuando le llegó la edad del retiro, y durante su vida laboral le fueron entregando diversas placas y pergaminos e insignias que levantaban acta de sus logros. Tenía que haber, por supuesto, decenas de directivos que trabajaran tan duro como él, y con no menos éxito; pero entre los mil directores de sucursal diseminados por todo el país era sencillamente imposible que ningún otro se hubiera –utilicemos sus propias palabras- <cagado> de miedo en los pantalones al enterarse de que unos ladrones habían aprovechado la noche para meterse en su sucursal. Aquello era de una lealtad como para que la compañía hubiese beatificado a Herman Roth, igual que hace la Iglesia con los mártires que en su nombre padecen.

Y yo, su hijo, ¿acaso había sido objeto de una devoción menos primitiva y esclava? Una devoción no siempre de la mejor índole –una devoción de la que ya estaba deseando desembarazarme allá por los dieciséis años, cuando empecé a darme cuenta de que me echaba a perder-, pero a la cual, ahora, me produce cierta satisfacción poder corresponder, aquí, sentado en la tapa del váter, mirándolo agitar las piernas arriba y abajo, como un bebé en su cochecito.

Patrimonio de Roth - portada SBarral Podría aducirse que no es gran cosa, en un hijo, proteger con ternura a su padre cuando ya éste ha perdido todo su poder y está casi destruido. A ello sólo podría aducir que ya sentía el mismo impulso de proteger su vulnerabilidad (como emotivo padre de familia, vulnerable a la fricción familiar; como sostén de la familia, vulnerable a la inseguridad económica; como hijo, toscamente labrado, de inmigrantes, vulnerable a los prejuicios sociales) cuando aún vivía en casa y él poseía una salud poderosa y me volvía loco con esos consejos inútiles y esas restricciones carentes de sentido y esos razonamientos suyos que me llevaban, en la soledad de mi cuarto, a darme manotazos en la frente, aullando de desesperación. Ésa era exactamente la discrepancia que había convertido el hecho de repudiar su autoridad en un conflicto agobiante, tan cargado de pena como de desprecio. Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre.

Al día siguiente, cuando llamó Lil desde Elizabeth, interesándose por él, lo oí decirle:

-Philip es como una madre para mí.

Me sorprendió. Lo lógico habría sido que dijera <como un padre>, pero su descripción, era, de hecho, más atinada que mis vulgares expectativas y, al mismo tiempo, mucho más flagrante y descarada en su desinhibida franqueza, tan envidiable. Sí, siempre me estaba enseñando algo…”

Frangmento de Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) publicada por DeBolsillo, segunda edición, septiembre 2008, con traducción de Ramón Buenaventura.

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“AQUÍ Y AHORA. CARTAS 2008-2011” (HERE AND NOW) DE PAUL AUSTER Y J.M.COETZEE

Paul Auster y John M. Coetzee, dos de los autores de los que más referencias y comentarios he efectuado en mi blog, y dos autores que sigo con cada obra que publican. Y este libro AQUÍ Y AHORA. Cartas 2008-2011 (Here and now) los reúne en la correspondencia que mantuvieron entre los años 2008 y 2011.

aqui y ahora portada

Confieso que al comenzar a leerlo pensé: esto tiene toda la pinta de ser algo tedioso. Luego, las cartas que se van cruzando comenzaron a resultarme atractivas, poco después interesantes y, cuando terminé de leer el libro, lamenté que acabara. Esto sólo significa que, al final, esta curiosa publicación es todo un acierto.

Paul Auster y John M. Coetzee hablan de una manera distendida y amena de cuestiones generales y particulares, de problemas sociales y personales. Escriben de sus libros, de sus publicaciones, y de cine, de literatura, del tiempo que pasa y no vuelve, de sus sueños cumplido e incumplidos, de política…

El humor, casi en su totalidad, se halla en las cartas de Paul Auster. Coetzee, como en sus novelas, se muestra más reservado, serio y circunspecto, pero las suyas son de una gran calidad literaria. Hay asuntos aparentemente banales, pero que en manos de estos autores se tornan en singulares.

Como botón de muestra reproduzco un asunto bastante divertido y curioso relacionado con el azar y el cine, y que cuenta Auster en una de sus cartas:

14 de diciembre de 2008:

Querido John:

(…) …Tu referencia al festival de cine me ha recordado una curiosa historia que quisiera contarte. Se remonta a 1997, cuando fui miembro del jurado en Cannes. Resultó ser el quincuagésimo aniversario del festival, y los organizadores decidieron congregar al mayor número posible de anteriores ganadores de premios para que posaran en una gran fotografía de grupo. Por la razón que fuese, se pidió a los miembros del jurado que también participasen; y así fue como acabé en aquella foto de más de un centenar de personas.

Estoy mirándola en este momento, y entre los directores que reconozco se encuentran Antonioni, Almodóvar, Wajda, John Boorman, David Lynch, Tim Burton, Jane Campion, Altman, Wenders, Polanski, Coppola, los hermanos Coen, Mike Leigh, Bertolucci y Scorsese. Los actores incluyen a Gina Lollobrigida (¡), Lauren Bacall, Johnny Depp, Vittorio Gassman, Claudia Cardinale, Liv Ullman, Charlotte Rampling, Bibi Anderson, Vanessa Redgrave, Irène Jacob, Helen Mirren, Jeanne Moreau y Anjelica Huston.

Antes de ocupar nuestros respectivos lugares para la foto, hubo un cóctel que duró alrededor de una hora. Creo que nunca he estado en una habitación más cargada de electricidad humana. Parecía como si cada uno de los presentes quisiera conocer a todos los demás y hablar con ellos, que la emoción generada por un encuentro así hubiera convertido a aquellas estrellas y leyendas en una masa de colegiales hiperactivos.

Me presentaron a una serie de personas, mantuve breves conversaciones con algunas de ellas, y entonces, en la tumultuosa vorágine me encontré estrechando la mano de Sigue leyendo

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“DIARIO DE INVIERNO” (Winter journal) de PAUL AUSTER

    Cada año tengo una serie de citas ineludibles. Sólo nombraré tres de ellas: ver la película anual de Woody Allen y, si hay suerte ese mismo año, los nuevos libros de Paul Auster y Philip Roth.

    Acaba de salir el último de Auster: Diario de invierno (Winter journal). No es una nueva novela, sino lo que anuncia el título, una especie de diario escrito desde la distancia del tiempo.

Su inicio es revelador de lo que pretende su autor:

     <Parece que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro>.

     En efecto, Paul Auster hace un somero, sencillo y cálido repaso a su vida, sin honduras innecesarias, para reflexionar sobre el paso del tiempo y cómo todo nos llega a todos: las enfermedades, los achaques, las desilusiones, las pequeñas victorias, el amor, el equilibrio… La escritura es fluida, se le nota relajado, y con una gran ternura repasa su existencia con las mujeres que han compartido su vida hasta llegar a su gran amor, un amor rocoso y sin fisuras, que encontró hace ya muchos años en su actual esposa.

    Hay muchos episodios de su “diario” con el que me identifico de una manera absoluta. Cuando habla de su aspecto físico, y hay que reconocer que Paul Auster tiene un aspecto muy peculiar, y cuenta cómo hay quien le cree de origen paquistaní, hindú o europeo, casi todo el espectro, hace toda una declaración de principios que suscribo sin dudarlo:

(…) <Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas del hemisferio oriental, en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. Lo mismo que cualquier otra cosa, es una postura moral, una forma de eliminar el asunto de la raza, a tu juicio un falso problema que sólo puede traer deshonor a la persona que lo saque a relucir, y por tanto has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva>.

    Paul Auster repasa una a una todas las casas en las que ha vivido, y saca partido de esos recuerdos, a veces jocosos, otras veces hirientes o simplemente distantes. Hay peripecias aleccionadoras, como el incidente con la señora Rubinstein, y es también interesante su punto de vista y opinión acerca de los franceses, a los que conoció en profundidad en los años que residió en París. Y me parece divertidísima la anécdota de las actas que su mujer levantaba como secretaria en las reuniones de los miembros de la cooperativa dueños del edificio en el que vivieron durante un tiempo.

   También es fácil reconocerse en esos episodios que relata de las reuniones anuales de la familia para celebrar el día de Acción de Gracias o en las viejas disputas familiares.

(…) <Aún había que tratar la cuestión del carácter de tu madre, y aunque sólo haga dos días que hayan descubierto su cadáver, aunque el crematorio de Nueva Jersey tenga previsto quemar su cuerpo hasta reducirlo a cenizas esta misma tarde, eso no impide a tu tía ponerla verde. Treinta y ocho años después de que abandonara a tu padre, la familia ha codificado su letanía de quejas contra tu madre, ya es el tema de una historia ancestral, viejas habladurías convertidas en hechos fehacientes, ¿y por qué no repasar la lista de sus fechorías por última vez, con objeto de despedirla adecuadamente antes de irse al lugar adonde merece ir? Nunca satisfecha, dice tu tía, siempre buscando otra cosa, demasiado coqueta para su propio bien, una mujer que vivía y respiraba para llamar la atención de los hombres, obsesa sexual, algo puta, que se acostaba con cualquiera, una esposa infiel; una pena que alguien que por otra parte poseía tantas buenas cualidades haya sido semejante desastre. Siempre habías sospechado que los suegros de tu madre hablaban de ella de ese modo, pero hasta esta mañana nunca lo habías escuchado con tus propios oídos. Murmuras algo en el teléfono y cuelgas, jurando  no volver a hablar con tu tía nunca más, no dirigirle jamás una sola palabra durante el resto de tu vida>.

   Como ocurre en todas sus obras, no impide que aflore el Paul Auster político, analizando la evolución de la sociedad norteamericana. Hay un párrafo que me ha parecido sugerente, muy de actualidad ante la situación tan crítica por la que pasa en nuestros días la educación pública, y que muestra su lado humano y comprometido:

(…) <…tuviste educadores buenos y algunos mediocres, unos cuantos profesores excepcionales y alentadores y otros pésimos e incompetentes, y tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en  el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados físicos. Ninguno en silla de ruedas que recuerdes, pero aún puedes ver al niño jorobado con el cuerpo torcido, a la chica a quien faltaba un brazo (un muñón sin dedos sobresaliéndole del hombro), al niño al que se le caía la baba sobre la pechera de la camisa y a la niña que apenas era más alta que una enana. Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquéllos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio>.

    Un libro, en definitiva, lleno de sugerencias, ameno, que se lee casi sin darnos cuenta, plácidamente, y que nos trae, este año, no al Paul Auster novelista, sino al Paul Auster intimista y reflexivo. Un delicatessen.

Sergio Barce, febrero 2012

 Los textos están tomados de la Primera Edición, febrero 2012, publicada por Anagrama, y con traducción del inglés de Benito Gómez Ibáñez.  

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“LEVIATÁN” (Leviathan) (1992) de PAUL AUSTER

Suele utilizar Auster en algunas de sus novelas la técnica de la matrioska (la muñeca rusa) y el relato va abriéndose igual que una de esta figuras tradicionales: de la mayor a la menor, de la periferia al núcleo, y, como si de un prestidigitador se tratara, va desvelando secreto tras secreto a medida que avanza la trama. En “Leviatán”, Auster no lo hace así exactamente, sino que utiliza el relato concéntrico, mejor dicho, la espiral que gira frente a nosotros para hipnotizarnos y llevarnos de regreso hasta el inicio de la historia.

“…El año pasado, continué, descubrí que alguien había estado suplantando mi personalidad, contestando cartas en mi nombre, entrando en las librerías y firmando libros míos, rondando como una sombra maligna en torno a mi vida. Un libro es un objeto misterioso, dije, y una vez que sale al mundo puede ocurrir cualquier cosa. Puede causar toda clase de males y tú no puedes hacer nada para evitarlo

El narrador, Peter Aaron, nos cuenta los avatares de Benjamin Sachs, un escritor que se convertirá, por sus ideales, en un terrorista peculiar, y Auster, para retratarlo, crea una galería de personajes imborrables, como María Turner o Lillian Stern. Ese tipo que es capaz de cometer pequeños atentados, con cuidado siempre de no herir a nadie, me recuerda al de ese film extraño pero hermoso de Sidney Lumet que es “Un lugar en ninguna parte (Running on empty, 1988)”. En cualquier caso, la novela va in crescendo, hasta ofrecernos sus mejores páginas en la última parte del libro.

“…Hay un momento en el cual un libro empieza a apoderarse de tu vida, cuando el mundo que has imaginado se vuelve más importante para ti que el mundo real, y apenas se me pasó por la cabeza que estaba sentado en la misma silla en la que Sachs solía sentarse, que estaba escribiendo en la misma mesa en la que él escribía, que estaba respirando el mismo aire que él había respirado

“Leviatán” es otra de esas novelas de Paul Auster que nos atrapan finalmente para hacernos vivir una historia marcada por el fatalismo, donde el azar y el imprevisible destino juegan una baza fundamental para desencadenar los hechos.

Sergio Barce, enero de 2011

(Los fragmentos de la novela pertenecen a la traducción de Maribel de Juan hecha para la edición de Anagrama, Colección Compactos)

Paul AusterPaul Auster (Newark, New Jersey, USA, 1947). Es autor de las novelas Mr. Vértigo (Mr.Vertigo, 1994), El libro de las ilusiones (The book of illusions, 2002) o The Brooklyn Follies (2005). Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia y ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Su última  novela es Sunset Park (2010).

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