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ARTISTAS, CREADORES E INTÉRPRETES NACIDOS EN MARRUECOS – 2

Segunda entrega.

Tras José Luis Alcaine (Tánger, 1938), Amidou (Rabat, 1935 – París, 2013), Jesús Berenguer (Larache, 1942), Colette Mars (Tánger, 1916 – París, 1995) y José Ramón da Cruz (Tánger, 1961), hablemos de otros creadores y artistas nacidos en Marruecos.

 

LUIS MARTÍN SANTOS

(Larache, 1924 – Vitoria, 1964)

Uno de los autores más influyentes de la moderna literatura española, y cuya narrativa hemos tenido la suerte de estudiar durante el bachillerato.

LUIS MARTÍN-SANTOS

Nació en Larache, donde estaba destinado su padre, militar, durante el Protectorado español de Marruecos. Brillante médico, estudió en Salamanca y Alemania, y acaba dirigiendo el sanatorio psiquiátrico de San Sebastián a partir de 1951. Durante la dictadura sufrió la persecución del régimen y fue detenido en varias ocasiones por su militancia socialista.

Como decía antes, Martín-Santos es uno de los escritores que más han marcado la narrativa española, especialmente con su novela Tiempo de silencio (1962), considerada una obra maestra. Además de ensayos, estudios médicos, etc… es autor también del libro de relatos Apólogos, uno de poesía Grana gris, y de una novela inacabada: Tiempo de destrucción.

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PEDRO CASABLANC

(Casablanca,1963)

Su nombre artístico es un evidente homenaje a la ciudad marroquí donde nació. Su verdadero nombre es Pedro Manuel Ortiz Domínguez.

PEDRO CASABLANC

Pedro Casablanc es uno de los más sólidos actores del actual cine español. Comenzó haciendo teatro en Sevilla, y ya en Madrid ha obtenido importantes galardones por sus interpretaciones sobre las tablas. En cine y televisión, ha trabajado como actor de reparto en numerosas producciones, destacando en su filmografía películas como Días contados (1994) de Imanol Uribe, Los años bárbaros (1998) de Fernando Colomo, Su majestad Minor (Sa majesté Minor, 2007) de Jean-Jacques Annaud, Che: Guerrilla (2008) de Steven Soderbergh, Truman (2015) de Cesc Gay, El hombre de las mil caras (2016) de Alberto Rodríguez, Los últimos de Filipinas (2016) de Salvador Calvo, y como protagonista destacan Sicarius (2015) de Javier Muñoz, B (2015) de David Ilundian, papel por el que fue nominado al Goya como Mejor Actor, o Bajo la rosa (2017) de Josué Ramos.

Sus trabajos en series de televisión le han convertido en un actor muy popular: Los hombres de Paco (2006), La princesa de Éboli (2010), Hospital Central (2008-2011), Isabel (2011-2013), Mar de plástico (2016), entre otros. Ha obtenido varios premios como el Sant Jordi o de la Unión de Actores.

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ÁNGEL VÁZQUEZ

(Tánger, 1929 – Madrid, 1980)

Su nombre completo era Antonio Ángel Vázquez Molina. Personaje curioso donde los haya. Escritor afamado gracias a esa obra maestra que es La vida perra de Juanita Narboni. Cuando se habla de Tánger, se habla de Ángel Vázquez. Esta novela es el retrato descarnado de esos tangerinos que se quedaron en la ciudad, pero viviendo de los recuerdos de un Tánger que ya no existía.

ÁNGEL VÁZQUEZ

Desempeñó varios empleos, sin mucha fortuna, como vendedor en la famosa Librairie des Colonnes y colaboró en el Diario España de Tánger.

En 1962 ganó el Premio Planeta con su novela Se enciende y se apaga una luz, de la que él mismo renegaba.

Eduardo Haro Tecglen, que dirigió el Diario España, y que era amigo de Vázquez, recuerda que “…Vázquez no echaba las cartas. No las suyas, que no las escribía nunca; las de los lugares donde trabajaba. Otro amigo nuestro, el abogado Torrabadella, le colocó en su despacho. Todos los días, a la hora de salir, le daba el manojo de cartas del día y el dinero para el franqueo. Antonio Ángel iba pasando por los bares, bebiendo poco a poco el dinero de los sellos. Al final llegaba a Correos, con cartas, pero sin dinero: las tiraba a la alcantarilla. Se perdían plazos, citaciones, comparecencias, minutas, peticiones, para siempre…”

Su novela La vida perra de Juanita Narboni ha influido en numerosos escritores, y ha sido llevada al cine en dos ocasiones: en 1981, en la versión de Javier Aguirre, con Esperanza Roy como protagonista, y más reciente la dirigida por Farida Benlyazid, donde Juanita es interpretada por Mariola Fuentes.

Es autor de una tercera novela, Fiesta para una mujer sola (1964) y de numerosos relatos. Falleció en Madrid, solo, arruinado, abandonado, siempre añorando Tánger.

Curioso que dos de los autores más renombrados de la novela española del siglo XX hayan nacido en Marruecos: Marín-Santos y Vázquez.

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JEAN RENO

(Casablanca, 1948)

Hijo de padres andaluces (su padre era linotipista), su verdadero nombre es Juan Moreno y Herrera-Jiménez.

Jean Reno es uno de los actores franceses más famosos del cine actual. Versátil, ha sabido compaginar papeles violentos en los que interpretaba a delincuentes y personajes oscuros, con otros de comedia, policíacos, románticos y de aventura. Y en todos, ha salido airoso.

JEAN RENO

Sus trabajos para el realizador galo Luc Besson fueron los que le lanzaron al estrellato en películas como Kamikaze 1999 (1983), Subway (1985), El gran azul (Le grand bleu, 1988), Nikita (1990) y El profesional: Léon (Léon, 1994) en la que hace uno de sus mejores trabajos. A ellas hay que añadir sus películas cómicas, dirigido por Jean-Marie Poiré: Operación Chuleta de Ternera (L´opération Corned Beef, 1991), Los visitantes (Les visiteurs, 1993), Los visitantes regresan… (Les couloirs du temps: Les visiteurs II, 1998), Dos colgados en Chicago (Just visiting, 2001)…

Entre otros films que ha protagonizado en Francia, destacan: El jaguar (Le jaguar, 1996) de Francis Veber, Los ríos de color púrpura (Les rivières pourpres, 2000) de Mathieu Kassovitz, Que te calles (Tais-toi!, 2003) de Veber, o La redada (La rafle, 2010) de Rose Bosch.

Ha trabajado en diversas producciones internacionales como I love you (1985) de Marco Ferreri, French Kiss (1995) de Lawrence Kasdan, Más allá de las nubes (Al di lá delle nuvole, 1995) de Michelangelo Antonioni y Wim Wenders, Misión: Imposible (Mission: Impossible, 1996) de Brian de Palma, Por amor a Rosana (Roseanna´s grave, 1997) de Paul Weiland, Godzilla (1998) de Roland Emmerich, Ronin (1998) de John Frankenheimer, que coprotagonizó con Robert de Niro, Hotel Rwanda (2004) de Terry George, El tigre y la nieve (La tigre e la neve, 2005) de Roberto Benigni, La pantera rosa (The Pink Panther, 2006) de Shawn Levy, El código da Vinci (The Da Vinci code, 2006) de Ron Howard, con Tom Hanks, Margaret (2011) de Kenneth Lonergan o Hermanos del viento (2015) de Gerardo Olivares & Otman Perker.

Ha trabajado junto a actores y actrices como Marcello Mastroianni, Jeanne Moreau, Fanny Ardant, Tom Cruise, Kevin Kline, William Hurt, Dominique Sanda, Natalie Portman, Don Cheadle, Matt Damon, Mercedes Ruehl, Emmanuélle Beart, Isabelle Adjani…

Ha sido nominado en varias ocasiones al César como Mejor Intérprete, y ha sido reconocido por el Premio del Cine Europeo por su contribución artística. Es Caballero de la Legión de Honor en Francia y se le otorgó la Medalla al Mérito de las Bellas Artes en España.

 

 

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LUIS MARTÍN SANTOS, escritor larachense

En 1961 se publica una de las obras cumbres de la literatura española del siglo XX, la novela “Tiempo de silencio del escritor Luís Martín Santos, nacido en Larache en el año 1924.

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.”

Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Psiquiatría, llegando a ser el director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Durante la dictadura franquista, militó en el Partido Socialista y estuvo en permanente contacto con los nuevos escritores de la posguerra.

El éxito e influencia de la única novela que logró publicar en vida, y que supuso un cambio radical en lo que venía publicándose en España, se truncó en 1964 cuando Martín Santos falleció inesperadamente a causa de un accidente de tráfico. En el año 70, la editorial Seix-Barral recopiló varios textos suyos en el libro miscelánea “Apólogos”.

“La celda era más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Este, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Solo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal solo puede estirar a la vez los dos brazos -sin estropear la materia opaca- en el sentido de las diagonales.”

Tiempo se silencio” se convirtió en una de las obras obligadas en los planes de estudios en la asignatura de literatura (aún recuerdo que varias de sus escenas me impresionaron muchísimo por su dureza cuando lo leímos en BUP). En ella se retrata la realidad de una España miserable que soportaba el peso de la posguerra, convirtiéndose en el retrato más crudo y veraz de lo que estaba sucediendo en el país, más en concreto en el Madrid de 1949. Su estilo, que rompía con la novela realista del momento al introducir cambios estilísticos hasta entonces inauditos, fijó el nuevo camino por el que se adentrarían otros autores experimentales.

Su novela comienza así:

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. « ¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles -ellas que son el sumo movimiento-. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador.» La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?» Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene.» Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón.» No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor.» Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis -éstas normales- carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con proteína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones -machos y hembras- separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. E n cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción -¡más rápido que el de la reproducción!- y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestilbeno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que -aquí- las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo?…”

Tiempo de silencio” fue llevada al cine en 1986 por Vicente Aranda, de manera bastante honesta. La película está protagonizada por Imanol Arias, Victoria Abril, Paco Rabal y Charo López.

Después de su prematura muerte, además de la mencionada recopilación, vio también la luz otra novela, aunque inconclusa, titulada “Tiempo de destrucción”.

En 2009, la editorial Tusquets editó la biografía “Vidas y muertes de Luis Martín Santos” de José Lázaro.

Sergio Barce, febrero 2011

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