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LARACHE, VISTA POR TOMÁS GARCÍA FIGUERAS

No hace mucho, compré un ejemplar del libro Larache: datos para su historia en el siglo XVII, de Tomás García Figueras y Carlos Rodríguez Joulia Saint-Cyr, editado en 1973 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid.

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Es un documento excepcional de 499 páginas dedicadas a Larache, y una fuente singular de datos y hechos históricos. El primer capítulo, titulado <Al-Araish en la Historia> es ya todo un resumen denso e interesante de los hechos que acontecieron en Larache en esa época entre los siglos XV y XVII, y que viene muy bien para complementar los artículos que estamos colgando en este blog sobre la fortaleza de <La Graciosa>, las conquistas y reconquistas de españoles y portugueses, y los continuos ataques y razias que tuvieron a Larache como objetivo.

Y por este motivo traigo aquí ese primer capítulo del libro…

Sergio Barce, junio 2014 

LARACHE:

DATOS PARA SU HISTORIA EN EL SIGLO XVII

AL-ARAISH EN LA HISTORIA

A tres kilómetros de la fenicia y más tarde romana Lixus, sobre la suave pendiente de una colina de crestas pedregosas que avanza en punta hacia el Atlántico, se levanta la ciudad de Larache, plaza destinada a jugar un importante papel en la historia de España y de Marruecos.
Sus orígenes son confusos. Parece ser que fue fundada por la tribu de los Banu Arus quienes le dieron el nombre de Al-Araish, emparrado o jardín de flores, en razón de los numerosos viñedos que la poblaban. La leyenda ha situado en estos parajes el famoso Jardín de las Hespérides, fundamentándose lógicamente en su privilegiada situación. Dominando la orilla izquierda de la desembocadura del río Lucus, sobre un terreno excepcionalmente fértil, al que por entonces rodeaban espesos bosques de alcornoques, encinas, robles, acebuches y lentiscos, su flora rivalizaba en riqueza con su fauna. Junto a la abundancia de cereales, viñedos y chumberas sobresalían los productos de su huerta: naranjos, limoneros y granados. Por sus tierras se multiplicaban las liebres, los conejos, perdices y palomas torcaces, chochas y codornices, mientras que las aguas del Lucus eran ricas en róbalos, lisas, pargos y lenguados, destacando especialmente las anguilas de sus pantanos.
La primera referencia que sobre Al-Araish nos proporcionan las fuentes árabes data del 828. A raíz de la muerte de Idris II el nuevo sultán Muhammad b. El-Idris repartió las diferentes regiones del Imperio entre sus hermanos, adjudicando al llamado Yahya el gobierno de las ciudades de Bosra, Arcila, Larache y de los territorios que se extendían hasta el Uarga.

LARACHE
Durante seis siglos la historia de Al-Araish permaneció en el anonimato salvo alguna breve referencia, tal como la noticia de una incursión cristiana contra la ciudad en 1270. Los atacantes, al parecer andaluces, “en el mes de Moharren del 668 de la Hégira, entraron en la ciudad de Larache, mataron hombres, robaron mujeres y bienes, prendieron fuego a la plaza y volvieron a embarcarse en las naves con rumbo a su país”.
Sobre este género de incursiones contra Larache comenzamos a tener noticias frecuentes desde los comienzos del siglo XV, partiendo las mismas del litoral andaluz o bien siendo protagonizadas por los portugueses.
En relación con las expediciones de iniciativa española, Jiménez de la Espada, al transcribirnos un manuscrito anónimo de finales del XV, comenta las constantes correrías de los andaluces al litoral africano, tanto por la parte de levante como por la de poniente. En este sentido nos da noticias de varios capitanes: Juan de Pinar, Bartolomé Verdugo y Juan de Sevilla, residentes en Jerez y Puerto de Santa María. “Estos –nos dice- han salteado y saben todos los ardiles desde Alarache hasta Mar Pequeña”.

PEDRO DE ESTOPIÑÁN

PEDRO DE ESTOPIÑÁN

Cita el manuscrito especialmente a un tal Francisco de Estopiñán, vecino de Cádiz, como muy ducho en las correrías norteafricanas, personaje perteneciente a una estirpe que iba a hacerse famosa con Pedro de Estopiñán, conquistador de Melilla en 1497 y con Bartolomé de Estopiñán quien, según veremos más adelante, sería protagonista de una desgraciada razia contra Larache en 1546. Jiménez de la Espada nos habla también de otra expedición de este género, concretamente en 1471, organizada por Pedro de Vera el conquistador de la Gran Canaria. Parece ser que el saqueo de Larache reportó al audaz capitán un gran botín, tanto en géneros como en cautivos.
Fue, no obstante, Portugal quien por su política de conquista en el litoral occidental africano estaba destinado por este tiempo a jugar un papel primordial en relación con la ciudad del Lucus. En 1471, dos años después de la conquista de Ceuta, se organizó una expedición marítima desde dicha plaza contra Larache. Varios capitanes, entre los que figuraba D. Diego Vasques de Portocarreiro, con cierto número de bergantines, fustas y galeotas, cayeron por sorpresa sobre Larache en el mes de julio del citado año, vencieron la resistencia que les ofrecían sus muros, saqueáronla a placer y, finalmente, emprendieron el regreso a Ceuta, no sin antes poner fuego a la ciudad.
La vecindad de los portugueses debió tener atemorizados a los habitantes de Larache, especialmente desde 1471 en que la proximidad se hizo aún mayor con la conquista de Tánger y Arcila por aquéllos. La ciudad del Lucus entró prácticamente en la zona de influencia lusitana, por lo que no es extraño que Larache se despoblara ante el temor de sus habitantes de correr la misma suerte que las dos plazas arriba citadas.

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No obstante, por incomprensible actitud de los portugueses, esta conquista no llegó a producirse. Lo extraño del hecho se hace aún más evidente cuando en 1489 Juan II de Portugal levanta la fortaleza de La Graciosa, a unos quince kilómetros de Larache sobre la orilla derecha del Lucus, sin parar mientes en las ventajas que para su propósito de amenazar a Alcazarquivir le hubiera reportado la posición privilegiada de Al-Araish. Sobre todo teniendo en cuenta que, por entonces y según apuntábamos más arriba, la plaza estaba abandonada. Confirma esta circunstancia el hecho de que las primeras embarcaciones que fueron a La Graciosa no hallaron la menor resistencia.
Para la ocupación del lugar donde iba a levantarse la nueva posesión lusitana Juan II envió una pequeña avanzadilla con propósitos exploratorios entre fines de febrero y principios de marzo del ya citado año de 1489 la que inició los trabajos de fortificación en el lugar elegido. Posteriormente, durante el mes de junio, arribó el resto de la expedición. El entonces sultán de Fez, Muhammad al-Xaij, temeroso de la peligrosa penetración portuguesa, puso inmediato sitio a la fortaleza y construyó una estacada aguas abajo del Lucus, con el fin de impedir cualquier socorro por parte de los navíos lusitanos. La situación se hizo extremadamente difícil para los conquistadores, hasta el punto de que en septiembre del mismo año, Juan II y Muhammad al-Xaij llegaron a un acuerdo por el que se establecía la evacuación de La Graciosa siempre que no fuera hostilizada la operación por las fuerzas marroquíes.

JUAN II DE PORTUGAL

JUAN II DE PORTUGAL

El episodio de La Graciosa debió influir sobremanera en el destino de Larache. A raíz del abandono de la posición portuguesa, los marroquíes apreciaron en su justa medida el valor militar de la ciudad del Lucus y lo poblaron y muraron, tornándose el padrastro de Arcila. Efectivamente, Mawlay al-Nasir, familiar del rey de Fez, se encargó de amurallar y pertrechar su recinto en 1491, que todavía subsisten, así como edificar un castillo en la boca del río.
En los comienzos del siglo XVI León el Africano nos describe así la situación de la ciudad de Larache:
Lharais es una ciudad edificada por los antiguos africanos sobre el mar Océano, a la entrada del río Lucus, sobre el cuál está asomada una parte de ella y la otra sobre el Océano. Todas sus partes están bien pobladas, tanto que los moros tuvieron a Arcila bajo su señorío con Tánger. Pero después que estas dos ciudades fueron subyugadas por los cristianos, quedó desierta por espacio de veinte años, después, bajo un hijo del rey de Fez que es el presente, deliberó poblarla y fortificarla, lo que hizo, siendo siempre bien guardada a causa de que los habitantes son en continuo temor de los portugueses, y tiene un puerto muy difícil de tomar a quien quiera entrar en la boca del río. Este hizo aún edificar una fortaleza en la cual queda de ordinario un capitán con doscientos arcabuceros y trescientos caballos ligeros. En el recinto de la ciudad hay grandes praderas y lagunas donde se pescan angulas en cantidad y se encuentra caza; más allá del río hay grandes bosques con leones y otros muchos animales. Los habitantes de esta ciudad tienen una antigua costumbre de hacer carbón que envían por mar a Arcila y Tánger…”

LEÓN EL AFRICANO

LEÓN EL AFRICANO

A lo largo del siglo XVI esta sencilla estampa, primitivamente industriosa, que nos ofrece León el Africano sobre los pobladores de Larache va a evolucionar sensiblemente. La que en los viejos tiempos pudo ser una modesta factoría está llamada a convertirse en un centro comercial importante. Distanciado de la ciudad de Fez en 133 kilómetros, le convertía en su puerto natural. Por otra parte, el hallarse situado casi en la confluencia del Atlántico y el Mediterráneo proporcionaba a Larache un valor estratégico que iba a hacerse evidente en los siglos posteriores, valor que no lograban desvirtuar las condiciones bastantes deficientes de su puerto. La poca profundidad y lo angosto de su barra hacían muy dificultoso la entrada de barcos, especialmente en la bajamar, a menos que aquéllos fueran de poco calado. A los inconvenientes del río y de la barra, había que sumar la agitación constante del mar por aquellos parajes. No obstante, una vez vencidas las dificultades de acceso, el puerto ofrecía un refugio seguro. Cualidad ésta que iba a aprovechar eficazmente en su favor otro de los factores que habrían de influir en el porvenir de Larache: la piratería.
La presencia de los corsarios turcos y berberiscos en el Atlántico comienza a manifestarse desde los comienzos del siglo XVI, débilmente primero para alcanzar desde mediados de este siglo una importancia decisiva. En 1505 Fernando el Católico expidió una Cédula, fechada en Segovia el 10 de junio y dirigida al Corregidor de Jerez de la Frontera, con el objeto de que éste se pusiera de acuerdo con el asistente de Sevilla, Conde de Cifuentes, y organizasen conjuntamente una flota destinada a castigar las naves islámicas que infestaban no sólo el Mediterráneo sino el Atlántico. La Cédula dice así:
Sabido he que en la mar de Poniente entre estos puertos del Andalucía e las Canarias e el Cabo Agüer e las partes de Safi, e Azemur, e Salé, andan ciertos navíos de turcos e de moros que han fecho e facen mucho daño e cada día se fornesce e acrecienta más aquella armada de manera que si con el tiempo, Dios mediante, e con su ayuda, aquello se pudiese remediar sería mucho bien para la contratación de aquellas partes e escusarse an muchos dannos que si no se remedian a causa desto se podrán recibir…”

Ataque corsario (de la web www.galeon.com)

Ataque corsario (de la web http://www.galeon.com)

Larache por esta época comenzaba a convertirse en un refugio eventual de corsarios, completando así la eficacia que para la piratería suponían las importantes bases de La Mamora y Rabat-Salé. La existencia de este incipiente foco tan próximo a la portuguesa Arcila, llevó a don Juan de Meneses, su gobernador, a organizar una expedición de castigo contra Larache en el mes de julio de 1504. La acción iba dirigida concretamente contra una flotilla proveniente de Tetuán, compuesta por una galera y cinco galeotas, que se hallaban en aquella fecha acogidas al puerto del Lucus. Al mando de seis galeras Juan de Meneses atacó al enemigo, no sin encontrar seria resistencia desde el baluarte que protegía el acceso a Larache, y consiguió incendiar la galera tetuaní así como apoderarse de las restantes galeotas. No obstante, las dificultades que ofrecía la barra del puerto a la hora de la retirada dieron lugar a que algunas de las embarcaciones portuguesas hubieran de ser abandonadas después de prenderles fuego sus tripulantes.
El año 1517 señaló para Larache un acontecimiento trascendente. La flota de Barbarroja cruzó el Estrecho y arribó a la costa occidental de Marruecos. Las naves otomanas entraron en el puerto de Larache. Comentando el hecho, David López en su Historia de Arcila expresa lo siguiente: “Desde entonces Larache creció en poder y fue otro Tetuán o Vélez”.

Otra fecha importante para la historia de Larache en el siglo que nos ocupa es la de 1546. En dicho año los gaditanos intentaron saquear la ciudad del Lucus, cosa que llevaron a efecto aunque el final de la operación degeneró en auténtica catástrofe para la expedición andaluza. Los historiadores difieren en relación con el número de navíos que tomaron parte en la empresa. No obstante parece ser que éstos alcanzaron el número de 18, a cuyo bordo iban 600 hombres al mando del capitán Bartolomé de Estopiñán. Vencidas las dificultades de entrada en la ciudad gracias al elemento sorpresa, ya que la operación tuvo lugar con las primeras luces del alba, las huestes gaditanas saquearon a placer la villa. Entretenidos al parecer en el acopio de botín, descuidaron su vigilancia dando lugar a una violenta reacción marroquí que acabó con los asaltantes. La matanza de cristianos fue casi completa, figurando entre las víctimas el propio Estopiñán. Muy pocos fueron los que pudieron abordar las naves y regresar a Cádiz, maltrechos y derrotados.
Indudablemente el puerto de Larache a la par que refugio de piratas, fue también importante centro comercial, según apuntábamos anteriormente, y esta importancia iba a hacerse patente a lo largo de todo el siglo XVI. De antiguo la ciudad del Lucus había sostenido relaciones muy diversas, en parte con Portugal, alternadas con los momentos de fricción, pero, sobre todo, fueron los genoveses los principales iniciadores de este género de actividades en Larache.
Los genoveses debieron acudir a Larache muy pronto. En el siglo XII genoveses y pisanos mantuvieron un comercio considerable con Marruecos; sus relaciones se efectuaban principalmente por Ceuta, donde los genoveses tenían contadores importantes y un cónsul general cuya autoridad se ejercía sobre los agentes instalados en Andalucía y en el resto de Berbería. Los venecianos, rivales y enemigos de los genoveses, visitaban Tánger.

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A fines del siglo XV y principios del XVI, los negocios genoveses parecen concentrarse en algunas ciudades de la costa Atlántica, tales como Salé, Arcila y Larache, aunque ya desde 1438 había en Fez comerciantes y banqueros de dicha nacionalidad.
En 1532 un genovés, llamado Tomás Sumerga, era dueño de una pesquería en Larache y traficaba con Fez. Duarte Pacheco Pereira da el nombre de Castillo de los Genoveses  a un fortín situado junto a la desembocadura del Lucus.
Consta también que entre los moradores de Larache existía un núcleo judío cuya principal actividad era la de servir como intermediarios en los tratos comerciales sostenidos por los marroquíes con las naves extranjeras que arribaban al puerto.
También Andalucía sostuvo un tráfico marítimo regular con Larache. Gibraltar por un lado y, sobre todo, Cádiz, mantuvieron con aquél constantes intercambios comerciales, aunque predominando la exportación de los productos españoles sobre el género importado. En 1554 un factor portugués, Sebastián de Vargas, escribía a Juan III de Portugal dándole cuenta de la gran afluencia de embarcaciones gaditanas que llegaban al puerto de Larache, prefiriéndole al de Arcila, hasta el punto de que la ciudad del Lucus había llegado a monopolizar el abastecimiento de Fez. Efectivamente, Cádiz por esta época se había convertido en un importante centro de contratación, tanto de mercaderías europeas como mogrebíes. Horozco nos dice a este respecto: “El mayor trato que de España se tiene en Berbería es en esta ciudad de Cádiz, de adonde salen cada año hasta veinte navíos que en diferentes tiempos van a los reinos de Fez y de Marruecos“.

Hemos de pensar que el tráfico que las naves andaluzas sostenían con Larache debería ser, en cuanto a la índole de las mercancías, muy similar al que en líneas generales se verificaba comúnmente entre España y Marruecos salvo aquellos productos propios de la región del Lucus que pudieran interesar concretamente a los gaditanos. Por entonces el comercio hispano en Berbería se basaba principalmente en la exportación de paños de Castilla, bonetes y zencillos de grana fabricados en Toledo y Córdoba, lencería de la India, Flandes y Francia, azafrán, cochinilla y también trigo y cebada en los años en que la cosecha lo permitía. A cambio se traía a la Península cera (en grandes cantidades) y cueros. Junto a estos dos productos, los más solicitados, figuraba también la importación de azúcar, almendras, alcaparras, añil, dátiles, goma arábiga, miel y sebo. Es lógico que la fértil vega del Lucus, así como su copiosa ganadería, hicieran de Larache una excelente proveedora.

Juntamente con el tráfico estrictamente comercial y abierto a todas las nacionalidades, el litoral occidental de Berbería era testigo de otro, más o menos descarado, en el que el material entrante estaba compuesto por armas o municiones o bien por los metales necesarios para su fabricación. Rivalizaban en este menester Holanda e Inglaterra especialmente, aunque también Francia ejercía en ocasiones el contrabando. Es decir, aquellos países que buscaban, sin reparar en medios, reducir en lo posible el potencial hispánico aunque tal actitud implicara una contraproducente ayuda al Islam, rival máximo de la cristiandad por entonces.
La costa occidental marroquí se había convertido por todo ello en una latente amenaza para las dos naciones más interesadas en la lucha contra el mundo islámico, Portugal y España. La primera de ellas iba a intentar en 1578 una audaz y mal llevada penetración en Marruecos por iniciativa de su rey Don Sebastián. La batalla del Mejazen, de cuyas consecuencias nos ocuparemos más adelante, es sobradamente conocida para extendernos aquí en pormenores.
Por el lado español Felipe II tenía puestas de antiguo sus miradas en el litoral atlántico de Marruecos, estudiando las posibilidades de conseguir en el mismo alguna base similar a las que, hasta la posterior anexión de Portugal, únicamente poseía en la costa mediterránea. Y su atención se dirigió precisamente hacia Larache por considerar que su estratégica situación servía perfectamente a sus intenciones. Los motivos que justificaban sus proyectos así como las gestiones que en tal sentido realizó el monarca español merecen por su importancia capítulo aparte.

TOMÁS GARCÍA FIGUERAS

TOMÁS GARCÍA FIGUERAS

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